FAZER LOGINMaximilian van Der Weyden, conocido en las esferas de cuello blanco bajo el alias corporativo de Dante Cazimir, caminaba por el complejo inmobiliario moviéndose entre la multitud con una presencia arrolladora. Su estatura de un metro noventa y tres, una imponente estampa heredada de la genética aristocrática de la dinastía van Der Weyden, iba enfundada en un traje hecho a la medida, impecable y de un corte perfecto que delataba su estatus financiero con cada paso.
Nadie en ese entorno imaginaba que su elegancia era una armadura corporativa, ni que compartía un pacto secreto con Dorian y César para desmantelar a sus enemigos desde las sombras del sistema legal. Maximilian estaba allí monitoreando los activos y las rutas de los Volkov cuando el aire se detuvo. Jenny Vorobiev caminaba cerca de la salida, ajena a la oscuridad que la acechaba. A pocos metros, Kevin Volkov la observaba desde una cafetería, con la mirada lúbrica de quien cree que puede reclamar lo que quiera por la fuerza bruta del apellido mafioso. Maximilian apretó la mandíbula; el aire a su alrededor se enfrió instantáneamente. Cuando el grupo alcanzó el estacionamiento y vio a Kevin interceptarla, bloqueándole el paso con hombres contratados para amedrentarla, la paciencia de Maximilian llegó a su límite. No hubo disparos ni caos callejero. Eso era para novatos que no entendían cómo funcionaba el mundo moderno. Maximilian actuó con la precisión quirúrgica de un estratega legal. Sin alzar la voz, sacó su dispositivo móvil encriptado y marcó directamente al director de operaciones del complejo inmobiliario, cuya administración dependía en su totalidad de las firmas de inversión de su propio fondo. Su voz sonó gélida, desprovista de cualquier emoción: —Habla Dante Cazimir. Tengo bajo mi vista a Kevin Volkov cometiendo un intento de privación ilegal de la libertad en el cajón 4B del sector poniente. Si ese hombre saca a la chica de su complejo, la demanda por negligencia, omisión y complicidad que mi firma les meterá mañana a las ocho de la mañana va a cerrar este centro comercial. Activen un protocolo de revisión técnica. Bajen las plumas de acceso por un supuesto fallo en el sistema de cobro vehicular. Ahora. El miedo corporativo fue más eficiente que cualquier orden militar. En menos de noventa segundos, las plumas de acceso del perímetro bajaron de golpe, deteniendo el flujo de autos. Al mismo tiempo, tres patrullas eléctricas de la seguridad privada del consorcio llegaron al sector encendiendo sus torretas. Los guardias, armados únicamente con carpetas, radios y cámaras, no buscaron un enfrentamiento físico; simplemente rodearon las camionetas de los Volkov de forma masiva, tomándoles fotografías a las placas y exigiéndoles identificaciones por "infringir el reglamento interno de propiedad privada debido a una supuesta fuga de aceite". Kevin Volkov, furioso por la interrupción burocrática y cuidando de no armar un escándalo público que atrajera a la policía nacional rumana, se enfrascó en una acalorada discusión legal con el supervisor del estacionamiento. Esa distracción era todo lo que Dante Cazimir necesitaba. Caminó hacia el centro del conflicto con total naturalidad, aparentando ser un cliente más de la alta sociedad que regresaba a su vehículo. Aprovechando el caos visual de las torretas, se interpuso entre los hombres de Kevin y Jenny. La tomó del brazo con firmeza pero sin brusquedad, arrancándola de ese entorno hostil. —Camina conmigo si no quieres terminar en una comisaría —le dijo al oído, su voz dictando una orden implícita. Justo antes de que cruzaran el umbral, Kevin Volkov volteó bruscamente, buscando a la chica. Sus ojos se encontraron de lleno con el rostro de Max bajo la luz del estacionamiento. El destello de reconocimiento en Kevin fue brutal; la farsa se había roto. Max sostuvo la mirada un milisegundo antes de empujar a Jenny hacia la puerta gris de servicio, de acceso exclusivo para el personal administrativo. El golpe seco de la puerta al cerrarse aisló por completo el bullicio del estacionamiento. La puso de pie en el pasillo iluminado por luces fluorescentes, obligándola a sostenerse, aunque sus piernas apenas respondían. Jenny, con los ojos anegados en un terror puro, se encogió contra la pared, temblando. El trauma de la mafia Volkov la asfixiaba. —Por favor... no me hagas daño —sollozó ella con la voz rompiéndose—. ¡Tú eres uno de los Volkov! ¡Por favor, te lo suplico! Dante la sostuvo de los hombros con firmeza, cuidando de no lastimarla, y la miró con determinación. Sus ojos se clavaron en los de ella con una intensidad que la obligó a callar, invadiendo su espacio con una seguridad tan calculada que la hizo olvidar el miedo por un segundo. —Mírame bien —su voz no era un ruego, era una orden profunda y gélida—. No estoy aquí por ellos. Estoy aquí por ti. Mientras estés bajo mi guardia, nadie en este mundo volverá a tocarte. Ni los Volkov, ni nadie. No hubo explicaciones redundantes, solo una verdad absoluta. Jenny, paralizada, asintió, atrapada en la órbita de ese hombre que parecía ser su verdugo y su salvador al mismo tiempo. Mientras avanzaban por el pasillo interior, Dante redactó un mensaje rápido en un canal encriptado dirigido a sus socios: «Dorian, intercepta el circuito cerrado del centro comercial y borra el respaldo de las cámaras del pasillo de carga de las últimas dos horas. César, prepara el cortafuegos legal por si la administración de la plaza hace preguntas. La tengo conmigo». La guio hacia la zona de carga exclusiva del complejo, donde una camioneta blindada de alta gama, con cristales completamente oscuros, ya los esperaba. El vehículo arrancó con un zumbido imperceptible, incorporándose al tráfico de la avenida principal como cualquier otro automóvil de lujo de la ciudad. Dante conducía con una mano mientras mantenía la vista al frente, con la frialdad analítica de siempre. —¿A dónde te llevo? —preguntó. Jenny se quedó sin aliento. El pánico de que su padre la viera llegar en ese estado la paralizó; sabía el peligro inminente que eso representaría dentro de la alianza legal que su padre mantenía con Stefan, y cómo los Volkov usarían cualquier debilidad en su contra. Necesitaba un refugio donde sus pasos pasaran desapercibidos, lejos de los ojos de la mafia clásica. Con manos temblorosas, desbloqueó su celular y le mostró la pantalla con la dirección de su primo César, asumiendo que la casa de su familiar de la alta sociedad sería el único lugar seguro. Dante apenas le lanzó un vistazo a la pantalla. Una chispa de reconocimiento cruzó por sus ojos al ver la dirección de su propio socio secreto. Giró el volante con una firmeza absoluta, conduciendo directo hacia la residencia.Tras abandonar las frías y húmedas paredes del calabozo, Leonel caminó con paso firme hacia el despacho principal de su hacienda. El ambiente a su alrededor parecía estático, como si el aire mismo de la propiedad se contuviera ante su presencia. Al entrar, ignoró la imponente mesa de caoba que presidía la estancia y se dirigió directamente hacia el gran ventanal que dominaba sus vastas tierras. Encendió un cigarrillo. El fósforo iluminó brevemente la dureza de sus facciones antes de que el humo comenzara a danzar frente a sus ojos. Su mente, un engranaje perfecto de estrategia y odio, comenzó a procesar la tormenta que estaba a punto de desatar. Maldito Lucien... Me arrebataste lo que era mío, y Aurora fue tu cómplice. Pero esto no termina aquí. Voy a desmantelar cada uno de tus clanes, pieza por pieza, hasta borrarlos de la faz de la tierra. Su mirada se endureció al cambiar de objetivo. Y tú, padre... No me abandonaste, es cierto, pero jamás me buscaste. Tienes un poder inmen
Después de dar el primer golpe contra la empresa de Lucien, los dos CEOs se despidieron. Dominic había decidido quedarse en el departamento dentro de la oficina de Stefan, mientras que este se dirigía de regreso a su mansión.Tras cruzar el umbral de la entrada, Stefan avanzó hacia su despacho en absoluto silencio. No quería ver a Santiago; no quería revelarle aún que Leonel había reaparecido tras haber permanecido oculto durante tantos años.Se dejó caer en el sillón tras su escritorio, cerró los ojos y dejó que la memoria lo arrastrara veintiséis años atrás...—¡Alicia, la maldita Aurora me dejó un mensaje! —bramó Stefan con la mandíbula apretada y los puños cerrados por la furia—. ¡Me dijo que mis dos bastardos están en un hotel!Alicia, su esposa, reaccionó de inmediato. El miedo y la adrenalina borraron cualquier rastro de duda en su rostro.—¡Vamos ya, Stefan! —exclamó con desespero, tomándolo del brazo—. ¿Qué esperas? ¡Vamos!Se dirigieron a toda velocidad hacia la dirección in
Después de enviar la cabeza de Kevin a Rusia, el monstruo volvía a su rayito, comprendiendo más que nunca y aceptando que, por fin, esa luz había venido a iluminarle la vida.Salió de su despacho después de tantos ataques y de haber derramado sangre. Se detuvo un segundo frente al espejo del baño, mientras el vapor apenas disipaba la imagen del rostro de Kevin. Se observó las manos; esas manos que hacía unas horas habían ejecutado la sentencia más fría de su carrera. No sentía remordimiento, y eso era lo que realmente lo definía. Para el mundo, él era el heredero de un infierno, el estratega que no conocía la piedad. La crueldad no era un juego para él; era una necesidad de supervivencia. Si no era el verdugo, era la víctima, y ya había sido víctima demasiados años.Tras una larga ducha para quitarse el rastro del combate, salió vistiendo únicamente un pantalón cómodo y se acercó a la cama. La vio allí: tan delicada, que parecía una niña de cristal.—Leonel... ¿qué pasó con Damián y S
El despacho privado de Stefan Dragomir era un santuario de caoba y cristales blindados donde la tensión apenas comenzaba a disiparse. Las pantallas de los monitores aún reflejaban el éxito del primer movimiento financiero y legal que acababan de asestar contra la fachada de Lucien Volkov. La nota firmada por El Monstruo —que Dominic le había entregado a Stefan al llegar en su avión privado— reposaba sobre la madera pulida como un recordatorio constante de que el hijo perdido de los Dragomir operaba por cuenta propia en las sombras. Stefan se apoyó en el borde de su escritorio, respirando con algo más de calma al ver que su poder institucional por fin empezaba a doblegar al enemigo. —El golpe ha sido limpio, Dominic —dijo Stefan con voz grave, cruzándose de brazos—. Las cuentas de Lucien están congeladas y su red corporativa se está desmoronando. Si creyó que podía amenazarnos desde el anonimato, subestimó el peso de nuestras leyes. Dominic, sin embargo, no despegaba la vista de la v
Jenny Vorobiev miró a Maximilian van Der Weyden desde el umbral de la puerta, sosteniéndole esa mirada analítica y penetrante con un desafío frontal que cortaba el aire de la recámara. —Entonces, desde mañana, Maximilian... quiero verlo con mis propios ojos si en verdad todo lo que dices sobre la corporación tiene sentido —sentenció con una firmeza inquebrantable de reina. Sin darle tiempo a replicar en el tablero, cerró la puerta de madera maciza y se alejó con pasos decididos hacia la recámara principal. En la penumbra de la habitación, una idea audaz cruzó por su mente de sastre. Tenía que averiguar por sí sola si en verdad el estratega cuantitativo la estaba manipulando para destruir el imperio de su familia o si había algo más profundo y turbio detrás de sus jugadas de cuello blanco. A los pocos minutos, el eco amortiguado de unos pasos firmes resonó por el pasillo superior del Conac. Maximilian terminaba de abotonarse los puños de su camisa limpia y se ajustaba el saco de sas
Al caer la noche, Jenny se encontraba en la penumbra de la recámara de invitados, acomodada sobre las sábanas mientras leía bajo la luz cálida de la lámpara de noche. De pronto, el sutil chasquido del cerrojo rompió el silencio. Esa presencia que la fascinaba y la irritaba a partes iguales inundó la habitación antes de que ella pudiera reaccionar. Maximilian cruzó el umbral con pasos lánguidos y cerró la puerta tras de sí con movimientos milimétricamente calculados. Avanzó hacia la cama sin apartar sus ojos verde avellana de la silueta de Jenny, estudiándola con la frialdad analítica de quien descifra a su única variable indomable. —¿Te gusta tu nueva recámara, fiera? —siseó él con un cinismo magnético. Jenny se tensó de inmediato cuando sintió el peso firme y dominante de la mano de Max asentándose sin pedir permiso sobre su muslo. Intentó desviar el rostro para no mirarlo, pero él extendió dos dedos, le sujetó el mentón con suave firmeza y la obligó a sostenerle la mirada.







