LOGINMaximilian van Der Weyden observaba el atardecer desde su despacho en el Conac. El humo de su cigarrillo se enroscaba en el aire como una serpiente gris, pero su mirada no estaba en el horizonte; estaba atrapada en el recuerdo de un par de ojos azules, cristalinos como el cielo antes de la la tormenta.
«He visto esa inocencia en ti, niña», pensó, y la sola idea le provocó un hambre nueva. Su mente, habituada a los cálculos fríos, ahora solo trazaba mapas hacia ella. Recordaba su cabello rubio, una cascada de oro que parecía hecha para ser enredada en sus dedos, y esa piel nívea, tan pura que casi dolía mirarla. Maximilian soltó un suspiro cargado de amargura. En cada mujer que se le acercaba solo encontraba el reflejo de sus demonios: la misma ambición desmedida. Un año atrás, había creído encontrar una tregua en los brazos de Larisa Popescu, una mujer de la alta sociedad de Bucarest, tan ambiciosa como peligrosa, de la cual decidió alejarse tras descubrir su traición. Pero la joven del restaurante era distinta. Era un lienzo en blanco. «Serás mía», juró para sí mismo. «Cargarás a mi heredero y, a través de ti, purificaré este linaje maldito. Te encontraré, cueste lo que cueste». Sus pensamientos fueron interrumpidos por un golpe seco en la puerta. Era Jack, su sombra. —Max, he rastreado el perímetro del restaurante, pero no he podido dar con la chica —informó Jack con cautela, manteniendo la cabeza baja, consciente de que estaba reportando un retraso a un hombre que medía el tiempo en márgenes de ganancia—. Es como si se hubiera desvanecido de los registros locales. "Jenny" es un nombre común, y nadie en las bases de datos civiles o comerciales de la zona figura bajo el alias de "Niña de Oro". Maximilian se giró lentamente. A sus treinta años, su imponente presencia llenó la habitación. Vestía un impecable traje oscuro a la medida que enmarcaba su silueta atlética, esculpida bajo una rigurosa disciplina física. Sus ojos verde avellana destellaron con la intensidad calculadora que utilizaba para doblegar directorios enteros. Se acercó a una pantalla táctil integrada en su escritorio donde se proyectaba la terminal financiera conectada directamente a los servidores seguros del holding en Zúrich. —No me importa el tiempo que tome, Jack —respondió con voz gélida, sin alzar la voz pero con una autoridad implacable—. Sigue buscando. Jack dio un paso adelante, bajando el tono de voz. Sabía que con Maximilian no se admitían rodeos. —¿Es un movimiento estratégico, Maximilian? ¿O hay algo más? —No es solo su presencia, Jack —respondió Maximilian con un dejo de cálculo—. Es la ausencia de ambición en su mirada. Necesito asegurar mi sucesión antes de desatar la asfixia financiera sobre los Volkov. Ella no sabe que al cruzarse en mi camino firmó su destino... o tal vez, mi única tregua. No quiero a otra arribista que intente fracturar lo que he construido. Jack asintió, comprendiendo el peso de la directriz y el trasfondo de su protegido tras haberse emancipado silenciosamente de la red de Lucien Volkov. —Sigue rastreándola —ordenó Maximilian, sirviéndose un dedo de bourbon. —Si, Max —respondió Jack, saliendo con un suave clic tras la puerta. Maximilian contempló el licor dorado. Gracias a Dorian y César, sus únicos aliados leales y socios fundadores en Vaelis Global Holdings, conocía al detalle cada movimiento de su familia biológica. Mientras César operaba como el rostro público y CEO Legal, y Dorian comandaba la logística de redes y seguridad avanzada, Maximilian ejercía como el cerebro cuantitativo desde las sombras. Su anonimato en el piso ejecutivo era su activo más letal; para el resto del mundo, la farsa de Lucien seguía funcionando a la perfección, haciéndoles creer a las cúpulas que Maximilian era solo un peón dócil en Rusia, cuando en realidad controlaba la ingeniería del holding financiero desde Bucarest. «Maldito Lucien», pensó, apretando el vaso de cristal con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. «Destruiré cada cimiento de tu consorcio. Pero primero, tomaré el control de lo que me arrebataste. No te daré el gusto de dejar un solo cabo suelto». Una risa fría se dibujó en su rostro mientras la mirada se le oscurecía por completo. Dio un trago amargo al licor, sintiendo cómo la rabia acumulada por el pasado le quemaba la garganta.Tras abandonar las frías y húmedas paredes del calabozo, Leonel caminó con paso firme hacia el despacho principal de su hacienda. El ambiente a su alrededor parecía estático, como si el aire mismo de la propiedad se contuviera ante su presencia. Al entrar, ignoró la imponente mesa de caoba que presidía la estancia y se dirigió directamente hacia el gran ventanal que dominaba sus vastas tierras. Encendió un cigarrillo. El fósforo iluminó brevemente la dureza de sus facciones antes de que el humo comenzara a danzar frente a sus ojos. Su mente, un engranaje perfecto de estrategia y odio, comenzó a procesar la tormenta que estaba a punto de desatar. Maldito Lucien... Me arrebataste lo que era mío, y Aurora fue tu cómplice. Pero esto no termina aquí. Voy a desmantelar cada uno de tus clanes, pieza por pieza, hasta borrarlos de la faz de la tierra. Su mirada se endureció al cambiar de objetivo. Y tú, padre... No me abandonaste, es cierto, pero jamás me buscaste. Tienes un poder inmen
Después de dar el primer golpe contra la empresa de Lucien, los dos CEOs se despidieron. Dominic había decidido quedarse en el departamento dentro de la oficina de Stefan, mientras que este se dirigía de regreso a su mansión.Tras cruzar el umbral de la entrada, Stefan avanzó hacia su despacho en absoluto silencio. No quería ver a Santiago; no quería revelarle aún que Leonel había reaparecido tras haber permanecido oculto durante tantos años.Se dejó caer en el sillón tras su escritorio, cerró los ojos y dejó que la memoria lo arrastrara veintiséis años atrás...—¡Alicia, la maldita Aurora me dejó un mensaje! —bramó Stefan con la mandíbula apretada y los puños cerrados por la furia—. ¡Me dijo que mis dos bastardos están en un hotel!Alicia, su esposa, reaccionó de inmediato. El miedo y la adrenalina borraron cualquier rastro de duda en su rostro.—¡Vamos ya, Stefan! —exclamó con desespero, tomándolo del brazo—. ¿Qué esperas? ¡Vamos!Se dirigieron a toda velocidad hacia la dirección in
Después de enviar la cabeza de Kevin a Rusia, el monstruo volvía a su rayito, comprendiendo más que nunca y aceptando que, por fin, esa luz había venido a iluminarle la vida.Salió de su despacho después de tantos ataques y de haber derramado sangre. Se detuvo un segundo frente al espejo del baño, mientras el vapor apenas disipaba la imagen del rostro de Kevin. Se observó las manos; esas manos que hacía unas horas habían ejecutado la sentencia más fría de su carrera. No sentía remordimiento, y eso era lo que realmente lo definía. Para el mundo, él era el heredero de un infierno, el estratega que no conocía la piedad. La crueldad no era un juego para él; era una necesidad de supervivencia. Si no era el verdugo, era la víctima, y ya había sido víctima demasiados años.Tras una larga ducha para quitarse el rastro del combate, salió vistiendo únicamente un pantalón cómodo y se acercó a la cama. La vio allí: tan delicada, que parecía una niña de cristal.—Leonel... ¿qué pasó con Damián y S
El despacho privado de Stefan Dragomir era un santuario de caoba y cristales blindados donde la tensión apenas comenzaba a disiparse. Las pantallas de los monitores aún reflejaban el éxito del primer movimiento financiero y legal que acababan de asestar contra la fachada de Lucien Volkov. La nota firmada por El Monstruo —que Dominic le había entregado a Stefan al llegar en su avión privado— reposaba sobre la madera pulida como un recordatorio constante de que el hijo perdido de los Dragomir operaba por cuenta propia en las sombras. Stefan se apoyó en el borde de su escritorio, respirando con algo más de calma al ver que su poder institucional por fin empezaba a doblegar al enemigo. —El golpe ha sido limpio, Dominic —dijo Stefan con voz grave, cruzándose de brazos—. Las cuentas de Lucien están congeladas y su red corporativa se está desmoronando. Si creyó que podía amenazarnos desde el anonimato, subestimó el peso de nuestras leyes. Dominic, sin embargo, no despegaba la vista de la v
Jenny Vorobiev miró a Maximilian van Der Weyden desde el umbral de la puerta, sosteniéndole esa mirada analítica y penetrante con un desafío frontal que cortaba el aire de la recámara. —Entonces, desde mañana, Maximilian... quiero verlo con mis propios ojos si en verdad todo lo que dices sobre la corporación tiene sentido —sentenció con una firmeza inquebrantable de reina. Sin darle tiempo a replicar en el tablero, cerró la puerta de madera maciza y se alejó con pasos decididos hacia la recámara principal. En la penumbra de la habitación, una idea audaz cruzó por su mente de sastre. Tenía que averiguar por sí sola si en verdad el estratega cuantitativo la estaba manipulando para destruir el imperio de su familia o si había algo más profundo y turbio detrás de sus jugadas de cuello blanco. A los pocos minutos, el eco amortiguado de unos pasos firmes resonó por el pasillo superior del Conac. Maximilian terminaba de abotonarse los puños de su camisa limpia y se ajustaba el saco de sas
Al caer la noche, Jenny se encontraba en la penumbra de la recámara de invitados, acomodada sobre las sábanas mientras leía bajo la luz cálida de la lámpara de noche. De pronto, el sutil chasquido del cerrojo rompió el silencio. Esa presencia que la fascinaba y la irritaba a partes iguales inundó la habitación antes de que ella pudiera reaccionar. Maximilian cruzó el umbral con pasos lánguidos y cerró la puerta tras de sí con movimientos milimétricamente calculados. Avanzó hacia la cama sin apartar sus ojos verde avellana de la silueta de Jenny, estudiándola con la frialdad analítica de quien descifra a su única variable indomable. —¿Te gusta tu nueva recámara, fiera? —siseó él con un cinismo magnético. Jenny se tensó de inmediato cuando sintió el peso firme y dominante de la mano de Max asentándose sin pedir permiso sobre su muslo. Intentó desviar el rostro para no mirarlo, pero él extendió dos dedos, le sujetó el mentón con suave firmeza y la obligó a sostenerle la mirada.







