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El refugio del estratega
El refugio del estratega
Author: Hanni-230

La Marca del Gemelo

Author: Hanni-230
last update publish date: 2026-07-16 06:03:09

El tintineo de las copas de cristal de Bohemia y el murmullo elegante de las conversaciones en francés y rumano llenaban el salón privado de L’Étoile, el restaurante más exclusivo del distrito diplomático de Bucarest. Era el lugar predilecto de mi padre para celebrar los hitos que marcaban la historia de la familia. Hoy no era la excepción: mi hermano mayor, Giovanni, finalmente asumía el mando como el nuevo CEO de la división de Enlaces Gubernamentales e Infraestructura Crítica de nuestro consorcio familiar.

A mis diecinueve años, siempre había visto a mi padre, Dominic Vorobiev, como un pilar inquebrantable de rectitud y legalidad corporativa. La atmósfera en nuestra mesa era pura calidez, una fortaleza de complicidad rodeada por mis tres hermanos, sus esposas y la risa constante de mis sobrinos. Pero esa burbuja de seguridad perfecta estaba a punto de romperse en mil pedazos.

Un movimiento rápido a mi izquierda me sacó de la conversación. Uno de mis sobrinos pequeños se había escabullido de la mesa, atraído por las luces de una zona contigua. Sonreí con ternura y me puse de pie en silencio para ir tras él antes de que causara un desastre en la recepción de la alta sociedad.

—Ven aquí, viajero —murmuré alcanzándolo justo a tiempo.

Pero el niño, con la energía desbordante de sus cuatro años, lanzó el carrito de juguete que llevaba en la mano. El pequeño vehículo de metal rodó sobre la alfombra oscura y se detuvo justo a los pies de un hombre sentado en una mesa cercana, un rincón envuelto en penumbras lejos de la luz principal del salón.

Me apresuré a recogerlo, dispuesta a ofrecer una disculpa rápida y regresar a la celebración familiar. Sin embargo, en cuanto me agaché y alcé la vista, el aire se congeló en mi pecho. Mis piernas fallaron por un segundo y el mundo a mi alrededor pareció perder todo sonido. Allí sentado, observándome en un silencio absoluto, estaba el rostro de Matthias van Der Weyden. Pero mi intuición me gritó de inmediato que no era Matthias.

Físicamente era idéntico al amigo de nuestra familia. El mismo rostro que mis hermanos Giovanni, Eliezer y Andrei conocían perfectamente desde siempre. Tenía las mismas facciones simétricas y la misma estructura imponente. Sin embargo, la mirada de Matthias siempre transmitía luz y seguridad. El hombre frente a mí era una antítesis absoluta; su aura era un abismo denso, una frialdad capaz de cortar la respiración. Me observaba como un depredador que analiza a su presa antes de dar el zarpazo, estudiando cada microexpresión de mi rostro con precisión quirúrgica.

Con una fluidez peligrosa y calculada, el hombre se inclinó para recoger el carrito de juguete. Se puso de pie sin apartar su atención de mí un solo segundo. Su envergadura era intimidante, vistiendo un traje oscuro hecho a la medida que acentuaba su presencia dominante.

Apreté los puños a los costados para evitar que mi cuerpo temblara visiblemente. Miré de reojo hacia la mesa de mi familia, a varios metros de distancia, donde todos seguían riendo, ajenos a la amenaza que tenía enfrente. Qué alivio que mi padre no hubiera visto esta escena; la sola presencia de ese apellido en el mismo recinto habría desatado una tormenta en el gobierno. Le forcé una sonrisa, apretando los labios para proyectar una compostura aristocrática que por dentro se desmoronaba.

—Gracias, señor —murmuré, extendiendo la mano para recuperar el juguete.

Él no parpadeó. Sostuvo el objeto un segundo de más antes de entregármelo, asegurándose de que la piel de sus dedos rozara la mía. Un escalofrío helado me recorrió la columna vertebral de inmediato; la frialdad de su piel contrastaba con la intensidad destructiva y magnética de sus ojos.

—¿Cuál es tu nombre, señorita? —preguntó.

Su voz no fue en un tono casual. Fue un susurro grave, rasposo y seductor, como el roce de un cuchillo sobre seda fina. Retumbó en mi pecho con una frecuencia que hizo latir mi corazón a un ritmo frenético. La presión de su aura me aprisionaba de tal forma que responder se sintió como una necesidad biológica antes que una elección de etiqueta.

—Soy Jenny... —contesté, intentando mantener el tono firme, aunque mi respiración se volvía cada vez más agitada—. Aunque todos en mi familia me llaman la Niña de Oro.

Un silencio pesado cayó entre los dos. Por un instante fugaz, la frialdad implacable en sus pupilas dio paso a una chispa distinta, algo oscuro, denso y profundamente posesivo que me cortó el aire por completo. No era curiosidad de la alta sociedad; era el brillo de alguien que acaba de reclamar la propiedad de algo valioso.

—Qué hermoso nombre —dijo despacio, paladeando cada sílaba. Sus ojos se oscurecieron aún más, grabando cada detalle de mi rostro en su memoria con una fascinación perturbadora—. Niña de Oro...

Mi corazón golpeaba con fuerza contra mis costillas, envuelto en un miedo primario que me ordenaba huir de ese lugar inmediatamente. Su sonrisa no llegó jamás a sus ojos; fue solo un gesto cortante, un aviso implícito del peligro que representaba.

—Gracias... Con permiso —alcancé a articular, tomando al niño entre mis brazos.

Me di la vuelta y caminé a pasos apresurados, manteniendo la espalda recta a duras penas mientras sentía su mirada fija sobre mi nuca como una marca de fuego. Al llegar de vuelta a la mesa familiar, abracé a mi sobrino con fuerza y me senté junto a mi madre, tratando de ocultar el sofoco que me quemaba el rostro.

—¿Pasa algo, Jenny? Te ves pálida —preguntó mi madre suavemente, pasándome una servilleta de lino.

—No, mamá... Solo me dio un poco de calor —mentí, mirando fijamente la platería de la mesa.

Miré disimuladamente a mi padre. Dominic Vorobiev conversaba animadamente con Giovanni, orgulloso del legado legal y limpio que le estaba entregando. Afortunadamente, nadie había notado nada. Mi padre siempre había protegido a nuestra familia con rectitud, construyendo un imperio transparente, lejos de las sombras oscuras que acechaban en la historia de nuestra estirpe. Pero mi mente seguía atrapada en esa mesa en penumbras.

Aquel hombre tenía exactamente el mismo rostro de Matthias van Der Weyden. Conocía sus facciones de memoria. Pero este extraño no era Matthias; mi amigo jamás me miraría con esa voracidad implacable. Recordé los viejos murmullos que corrían en las familias de la alta sociedad: uno de los gemelos de Stefan había sido secuestrado por la mafia rusa. Los rumores sobre un hermano perdido, una sombra borrada del mapa familiar hacía décadas por los Volkov, me golpearon la mente. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Si el pasado de esa dinastía rota o el peligro de los Volkov vuelven a cruzarse en nuestro camino, todo nuestro imperio limpio se vendrá abajo.

Tenía que fingir que este cruce de miradas jamás había ocurrido. Porque en los ojos de ese extraño no solo había visto un misterio; había visto el comienzo de un fuego capaz de consumirlo todo.

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