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Sombras en el despacho

Penulis: Hanni-230
last update Tanggal publikasi: 2026-07-24 12:15:52

Habían pasado cinco días desde que Dominic Vorobiev convirtió la mansión en una fortaleza impenetrable. Estaba aterrado por la peligrosa obsesión de Kevin Volkov hacia su hija, por lo que Jenny permanecía encerrada, consumida por un aburrimiento que empezaba a transformarse en pura desesperación.

Ella sabía que la única grieta en esa prisión era su primo César. Su padre confiaba en él ciegamente; lo consideraba el único hombre capaz de protegerla y mantenerla fuera del alcance de la mafia clásica. Sin dudarlo más, Jenny tomó su teléfono y marcó con dedos temblorosos.

—¿Hola? ¿Jenny? —respondió la voz de César al otro lado de la línea.

—César, necesito que vengas por mí —suplicó ella con la urgencia tiñéndole la voz—. Solo contigo me dejarán salir. Me estoy volviendo loca aquí dentro. Por favor.

—Está bien, Jenny. Trataré de pedir permiso a tu padre. Si lo permite, te llevaré conmigo a mi propiedad.

—Gracias, César. Sabía que contigo sí podía contar. Te espero. No tardes.

Pasaron treinta minutos que a Jenny le parecieron una eternidad. Dominic, fiel a la lealtad que le profesaba a su sobrino, accedió al traslado. Puso una estricta condición: no desviarse ni un solo centímetro de la residencia de César.

Al llegar a la propiedad, el ambiente se sentía pesado. Maximilian estaba allí; aguardaba en la penumbra de la entrada como una sombra imponente. Cuando Jenny bajó del auto, la mirada del estratega se clavó en ella con una intensidad eléctrica. Era una posesividad tan cruda y hambrienta que la joven sintió un escalofrío helado recorrerle la nuca. Ella ya sabía, por lo que César le había revelado en el auto, que él no era un Volkov, pero su presencia seguía intimidándola hasta el tuétano.

Una vez dentro, César le indicó que esperara en la sala. Para Jenny fue un alivio inmediato; quería alejarse de esa presencia oscura y de esos ojos fríos.

César y Maximilian cruzaron el umbral del despacho privado y cerraron la puerta de madera maciza. El aire dentro de la habitación se volvió sofocante de inmediato.

—Maximilian, tenemos que fijar límites —dijo César, bajando el tono de voz a un susurro alerta—. Jenny sabe que eres mi socio, pero no conoce los detalles de nuestra estrategia cuantitativa. Nadie en mi círculo familiar debe ver esta conexión.

Maximilian se mantuvo impasible. Lo observó con esa frialdad de acero que lo caracterizaba.

—Bien —respondió con una calma que erizaba la piel—. Dime, ¿qué es exactamente ella para ti?

—Es la hija de Dominic Vorobiev. Él y mi padre eran hermanos. Ella es mi familia, Max.

Al escuchar ese nombre, Maximilian tensó la mandíbula y alzó una ceja. Sus ojos se oscurecieron con una intensidad peligrosa. El nombre de Dominic Vorobiev resonó en su mente no como un simple dato, sino como la chispa que iluminó de golpe sus planes. Evocó al instante los archivos de inteligencia confidenciales que Jack le había entregado años atrás. Dominic no solo era el padre de Jenny: era el socio más leal de Stefan van Der Weyden. Ambos lideraban juntos el consorcio de infraestructura crítica y concesiones estatales, un imperio financiero intocable que seguía en la cúpula gubernamental mientras a él lo habían dejado en la basura tras su trauma de la niñez.

Un destello de satisfacción macabra cruzó por su rostro.

Si ella es su hija, es la pieza que me faltaba en el tablero, pensó Maximilian mientras dibujaba una sonrisa imperceptible. Las reglas del juego cambiaban drásticamente en su cabeza. Ya no se trataba solo de una atracción obsesiva; ella era la clave maestra para su estrategia de venganza contra su padre biológico y contra los Vorobiev.

Maximilian caminó hacia la salida con una parsimonia que cortaba la respiración. Se detuvo justo en el umbral, recortando su imponente silueta contra la luz del pasillo. No se giró ni le dio a César el beneficio de ver su rostro. Permitió que la frialdad de su voz llenara la habitación como veneno.

—Desde hoy, espero verla más seguido, César —sentenció con esa gélida cadencia que no admitía réplica—. A menos que prefieras que sea yo mismo quien se presente en la mansión de Dominic Vorobiev. Puedo ir a explicarle cara a cara quién soy realmente.

La puerta se cerró tras los pasos de Maximilian. César quedó inmóvil, procesando la amenaza latente.

Maldición... la quiere para su juego, pensó con pánico. Dominic y todo el gremio creen que Maximilian sigue bajo el ala de los Volkov. Nadie sabe que opera Vanguard desde las sombras. Jenny no puede involucrarse en su venganza. Pero si no obedezco, este infeliz es capaz de ir a buscarla y desatar el caos con su padre.

Tratando de componer su semblante, abandonó el despacho y regresó a la sala.

—¿César, pasa algo? —preguntó Jenny de inmediato, notando la sombra de preocupación en su rostro en cuanto él cruzó el umbral.

—Nada, Jenny... Solo estaba cerrando unos negocios de la firma con Maximilian.

—Te noto distinto, César —añadió ella, observándolo detenidamente mientras daba un paso hacia él—. Ya no haces las mismas bromas de siempre. Últimamente te ves muy serio. Preocupado. Y él... ese hombre me inquieta. César, ¿cómo se llama él en verdad?

César se tensó imperceptiblemente. Miró hacia el pasillo vacío por donde se había marchado su socio y luego clavó sus ojos en su prima con una seriedad absoluta.

—Su nombre real es Maximilian, Jenny —reveló en un susurro alerta—. Pero tienes que escucharme bien: solo Dorian y yo lo sabemos en este país. Para el resto del mundo, para las cúpulas comerciales y las auditorías del Estado, él es Dante Cazimir.

Jenny frunció el ceño, sintiendo un vuelco en el corazón.

—¿Por qué lleva dos nombres? ¿Por qué ocultarse detrás de otra persona?

—Es por pura protección, Jenny —explicó César, bajando aún más la voz—. Dante Cazimir es la identidad legal que blindamos en el sistema financiero para que nadie pueda rastrear su biometría ni su ubicación. Pero su nombre de cuna, la sangre que corre por sus venas, es Maximilian van Der Weyden. Es el secreto más peligroso de este holding, y bajo ninguna circunstancia puede salir de esta habitación.

Para disimular el peso que le carcomía el pecho, César se acercó y le dio un apretón cariñoso en el hombro.

—Mañana pasaré por ti otra vez a la mansión. Así no te vuelves a aburrir encerrada.

—¡Sí, qué bien! —exclamó ella con una sonrisa genuina.

César asintió. Por dentro la angustia lo devoraba. Para él, Jenny era como una hermana menor que debía proteger a toda costa. Sin embargo, saber que Maximilian la tenía en la mira con intenciones tan serias y peligrosas transformaba su deber en una verdadera pesadilla de vigilancia. El estratega ya había movido su primera pieza.

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