LOGINEl cielo sobre la zona industrial del puerto se había vuelto de un gris plomizo, amenazando con una lluvia helada que empezaba a golpear con fuerza las láminas del viejo galpón. En el interior, el agua filtrada caía en gotas constantes sobre el concreto, rompiendo el tenso silencio en el que se encontraban los tres ocupantes.Elena permanecía atada de pies y manos contra la columna central. El dolor en la cabeza persistía, pero el efecto del sedante se había disipado por completo, dejando espacio a una lucidez fría y aterradora. Observaba a sus captores a pocos metros de distancia.Leonardo caminaba de un lado a otro con la pistola empuñada, revisando la hora en su reloj cada dos minutos. Tenía la frente cubierta de sudor y la camisa arrugada; la compostura del empresario manipulador había desaparecido para dejar ver a un hombre completamente acorralado. Chloe, por su parte, intentaba retocarse el maquillaje frente al espejo retrovisor del auto sedán, aunque el temblor de sus manos tr
El sonido intermitente del tono de llamada al otro lado de la línea se convirtió en una tortura lenta para Alessandro. Uno, dos, tres, cuatro tonos... hasta que la grabadora del buzón de voz saltó por tercera vez consecutiva.—Maldita sea, Elena, contesta —murmuró el magnate entre dientes, bajando el teléfono con la mano temblorosa de rabia y ansiedad.A su alrededor, en el departamento secreto recién abandonado, los agentes de la policía continuaban tomando huellas dactilares y embalando pequeñas evidencias, pero Alessandro sabía que todo eso era una pérdida de tiempo. Leonardo y Chloe no eran criminales improvisados; estaban acorralados, desesperados y armados. Una combinación mortál.El jefe de seguridad de los Valenti se acercó a Alessandro tras colgar su propio transmisor.—Señor, rastreamos el GPS del vehículo de la señora Elena. Su auto sigue estacionado en el garaje de la clínica médica. Sin embargo, no hay registro de que haya salido del perímetro por las vías peatonales prin
El rugido del motor del auto deportivo de Alessandro retumbó en la planta subterránea de la torre corporativa Valenti. El magnate tenía las manos aferradas al volante de cuero con una fuerza que le blanqueaba los nudillos, mientras la pantalla del tablero mostraba el mapa satelital con la ubicación exacta del departamento a las afueras de la ciudad. El reporte del equipo de seguridad aún resonaba en sus oídos: Leonardo y Chloe eran amantes, y la red de mentiras que habían tejido rozaba un nivel de bajeza que Alessandro no estaba dispuesto a tolerar ni un segundo más.Aceleró para salir hacia la rampa del estacionamiento, pero una figura se atravesó de golpe en su camino, obligándolo a pisar el freno a fondo. Los neumáticos chirriaron con un sonido estridente sobre el concreto pulido.Isabella permanecía de pie frente al capó del vehículo, con los brazos cruzados y el rostro encendido por el despecho y la furia.Alessandro dejó escapar una maldición entre dientes, puso el auto en march
En la sede central de la constructora Valenti, los analistas de ciberseguridad trabajaban a marchas forzadas en coordinación con el jefe del equipo táctico de Alessandro. Los rastreos de IP y el análisis de las cámaras de vigilancia del edificio de Chloe Kensington habían arrojado un resultado contundente: su departamento en el centro estaba vacío. Cuando la policía echó la puerta abajo con una orden judicial, solo encontraron un clóset revuelto, cajones abiertos y la señal de su teléfono móvil desactivada hacía más de una hora.A quince kilómetros de ahí, en un edificio residencial discreto a las afueras de la ciudad, Leonardo aguardaba en la penumbra de la estancia. El lugar era una propiedad a nombre de una entidad que sólo Beatriz tenía conocimiento.El timbre de la puerta sonó con tres golpes secos y pausados. Leonardo caminó rápido, descorrió el cerrojo y abrió. Chloe entró a toda prisa, quitándose los lentes oscuros y cerrando la puerta tras de sí con el hombro.—¿Te cercioras
El eco de la tormenta pareció desvanecerse al cruzar la puerta de la estancia principal. En la penumbra del ático, solo quedaba el sonido acompasado de sus respiraciones y el latido acelerado de dos corazones que habían dejado de luchar contra lo inevitable.Alessandro sostenía a Elena contra su cuerpo con una intensidad feroz. Sus manos, firmes y cálidas, se deslizaban por la espalda de ella, atrayéndola aún más hacia sí, mientras sus labios descendían con lentitud desde su boca hasta la curva sensible de su cuello. Elena inclinó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un suspiro entrecortado y apretando los dedos contra las solapas del saco de su esposo. La electricidad entre ambos era sofocante, una marea de deseo reprimido durante meses de desconfianza, frialdad y batallas compartidas en silencio.El magnate la cargó con delicadeza, permitiendo que las piernas de Elena rodearan su cintura mientras la llevaba hacia la penumbra del pasillo con dirección a la alcoba principal. Elena
La torre corporativa de la constructora Valenti se alzaba en medio de la noche neoyorquina como un gigante de cristal y acero. Sin embargo, en la planta ejecutiva, el ambiente era de una tensión helada. Las luces del centro de control de datos parpadeaban mientras los técnicos del equipo de ciberseguridad trabajaban a marchas forzadas frente a decenas de monitores.Las puertas del ascensor privado se abrieron con un chasquido seco. Alessandro ingresó a la sala a pasos agigantados, desprendiendo una autoridad que hizo que todo el personal se pusiera de pie al instante.—Informe —ordenó el magnate en voz baja, deteniéndose a espaldas del jefe de operaciones tecnológicas.—Señor Valenti, logramos congelar el intento de extracción a tiempo —explicó el especialista, tecleando rápidamente en la consola—. Sin embargo, el atacante no buscaba la licitación que su padre manejaba. Iban tras las cuentas bancarias de la filial de inversiones y la estructura de custodia de activos de la familia.Al







