LOGINHaruki Zhao‑Bach odiaba perder el tiempo.
La pantalla frente a él mostraba tres columnas de cifras, dos gráficos y un informe en inglés impecable que detallaba la proyección del próximo trimestre, claro que podría haber delegado la revisión final a cualquiera de sus analistas senior, pero no lo hizo ni lo haría, no porque desconfiara de ellos, sino porque detestaba que su nombre apareciera sobre algo que él no hubiera diseccionado hasta el último detalle.
—Cinco por ciento por debajo de lo que quiero. —murmuró, apoyando los codos sobre el escritorio.
Desde el piso cuarenta y ocho, Nueva York se extendía como una red de luces y acero más allá del ventanal, aún era temprano, pero el vidrio ya reflejaba el interior de su oficina, tan impecable, minimalista, ordenada al punto de rozar lo maniático.
Un leve golpeteo sonó en la puerta, intentando distraerlo.
—Entra. —ordenó sin apartar la vista del informe.
Su asistente actual, Miriam, asomó la cabeza, con el gesto crispado.
—Señor Zhao‑Bach… Recursos Humanos envió el borrador de las nuevas contrataciones para el área financiera. Y su madre llamó. Dalia. Dice que…
—Que quiere saber cuándo voy a dejar de “casarme con las cifras” para darle nietos. —terminó él, con un suspiro seco.
Miriam titubeó.
—Más o menos.
Haruki estiró una mano, tomó el celular que reposaba boca abajo junto al teclado y vio la lista de llamadas perdidas de Dalia, Lizbeth, y Kaito, definitivamente el grupo familiar había estado más activo que sus socios en Asia esa mañana.
—Te pedí que filtraras estas llamadas por la tarde.
—Lo intenté, señor, lo juro, pero la señora Dalia habló con el presidente del directorio y…
Claro que sí, nadie se interponía entre una Bach y lo que quería, por desgracia él era exactamente igual que su madre.
—Déjalo. —dijo, cortante— Respóndele que estoy en una reunión con inversores europeos, que la llamaré cuando termine.
Miriam asintió, tragando saliva.
—Sobre las nuevas contrataciones, señor… —agregó, dudando— RR. HH. dice que no han encontrado perfiles que vayan a su ritmo. Y…
—No me sorprende. —Haruki cerró finalmente el informe y se recostó en la silla— ¿Cuántos han durado este año?
—Ocho, señor.
Ocho asistentes en menos de doce meses, todos ellos o renunciaban o cometían errores imperdonables, y por supuesto que él no toleraba errores.
Haruki se puso de pie, dejando ver su traje negro perfecto, corbata oscura, cada botón en su sitio, mientras sus ojos negros, reflejados brevemente en el cristal, devolvieron la imagen de un hombre joven, rico y aterradoramente decidido.
—Hoy hay entrevistas en Recursos Humanos. —dijo, ajustando el puño de la camisa— Lo sé porque Kaito insistió en enviarme los perfiles anoche... Ninguno me convenció.
—Pensé que… —Miriam se humedeció los labios, nerviosa— que dejaría que RR. HH. decidiera.
Haruki la miró con esa serenidad que incomodaba más que un grito, y Miriam vio el piso.
—Por eso estamos cinco por ciento por debajo, Miriam, porque mucha gente “deja que otros decidan”. Avísale a Hikara que lo espero en el ascensor en cinco minutos.
—Sí, señor.
Cuando Miriam salió, el mal humor de Haruki volvió a instalarse en su pecho, porque malditamente sus padres querían nietos, Dalia hablaba de “dar continuidad al linaje” con una naturalidad que rozaba la obsesión, claro que su padre Shen, desde el país asiático donde aún movía los hilos del Tigre Blanco, había sido menos sutil.
“Has construido un imperio, hijo, pero un apellido sin herederos es solo un nombre bonito en una lápida.”
Haruki no se consideraba menos que ningún Bach occidental, porque él era un Zhao‑Bach, él al igual que sus hermanos y primos, tenía ambos mundos en la sangre, pero había algo que lo quemaba por dentro… la necesidad de demostrar que podía levantar un monstruo corporativo que no necesitara escudarse ni en la mafia Zhao ni en el dinero Bach.
Su ambición era un arma, y en ese momento, estaba cargada.
Cruzar el pasillo principal hasta el ascensor fue como atravesar un desfile silencioso, empleados enderezando la espalda, bajando la voz, mirando a otro lado cuando su mirada oscura pasaba sobre ellos, mientras que, en el lobby de los ejecutivos, apoyado de forma demasiado relajada contra la pared de mármol negro, lo esperaba su gemelo.
Hikara.
El mismo rostro, el mismo cuerpo, pero los ojos azules, brillando con un fastidio mal disimulado marcaban la diferencia.
—Llegas tarde. —soltó Haruki.
—Y tú, como siempre, demasiado temprano para algo que no sea una fusión o un asesinato financiero. —respondió Hikara, enderezándose— Buenos días para ti también, hermano.
Subieron al ascensor sin necesidad de saludos más cálidos, porque no los necesitaban, se conocían demasiado.
—Mamá llamó. —dijo Haruki, apretando el botón que los llevaría al piso de Recursos Humanos.
—¿Cuál de las dos? —Hikara rodó los ojos— Dalia me mandó un ensayo por mensaje anoche sobre “la importancia de pensar en el futuro”, aunque Lizbeth fue más dramática, he hizo un grupo con Kaito para recordarme que ya voy tarde para darle primos a mis sobrinos.
—Podrías resolverles el trauma si te decidieras de una vez por todas. —replicó Haruki— Llevas un año con la misma mujer, les has alimentado la esperanza.
Hikara soltó una risa seca.
—Un año. ¿Sabes lo que significa que Nancy haya durado un año conmigo?
—Que estás aburrido. —contestó Haruki sin titubear.
El ascensor descendía con una suavidad casi imperceptible, pero el ambiente se volvió pesado, tanto así que Hikara se pasó una mano por el cabello, inquieto.
—Al principio pensé que podría… no sé, ¿funcionar tal vez?... Tenía sentido, a Nancy le gusta que mande, sabe cuándo callar, no se asusta de mis gustos en la cama, creí que era suficiente para formar una familia, sonaba práctico.
Haruki ladeó la cabeza.
—El amor no es práctico y lo sabes.
Los Zhao‑Bach podían tener muchas fallas, pero una cosa tenía claro, y eso era que, en su familia, el amor no se tomaba a la ligera, si bien su padre Shen tenía dos esposas, no era porque quisiera variedad… sino porque, de una forma retorcida, las amaba a ambas como si cada una fuera la única, sus esposas eran el día y la noche y él navegaba en ambas.
—Eso es lo que me enferma. —admitió Hikara— Todos hablan del amor como si fuera una cárcel bonita, ya sabes, una jaula de oro, papá, con dos esposas y aun así incapaz de imaginarse sin alguna de ellas, nuestros tíos que son capaz de matar a quien quiera que vea a tía Mei o a tío Huang, y nuestros primos que se ríen, pero ni siquiera voltean a ver a otra cuando están enamorados.
—Es lo que se espera de nosotros. —dijo Haruki, sin emoción.
—Y yo… —Hikara apretó la mandíbula— Yo veo a Nancy como… como se ve a una mascota, útil, cómoda, familiar, si se va, me molestará por costumbre, pero no me partiría en dos, no me arrastraría al infierno por ella, ¿entiendes?
Haruki sí entendía, y ese era el problema.
—Entonces termínalo. —sentenció su hermano— Estás desperdiciando tu tiempo y el de ella.
—No sé cómo hacerlo sin que parezca que la estoy tirando a la basura. —refunfuñó Hikara— No la odio, solo… no la amo, y eso, para esta familia, es casi peor.
El ascensor se abrió con un suave “ding”.
El piso de Recursos Humanos olía a café tibio y a perfume barato, el contraste con los pisos superiores, de mármol y cristal, era brutal, ya que aquí, las paredes estaban llenas de pósters motivacionales que Haruki consideraba una pérdida de tinta.
Varias personas con carpetas en la mano esperaban sentadas en las sillas alineadas frente a la recepción, en su mayoría jóvenes, nerviosos, arreglados con su mejor ropa, que aspirantes a formar parte del monstruo Zhao‑Bach.
Apenas los vieron salir del ascensor, el murmullo cesó, y Hikara sonrió, ese tipo de sonrisa que parecía amable pero que escondía colmillos.
—¿Listo para destrozar esperanzas? —susurró divertido.
—Listo para dejar de perder el tiempo. —corrigió Haruki.
Mientras la responsable de Recursos Humanos, una mujer de unos cuarenta y tantos con gafas rectangulares y gesto preocupado, se apresuró hacia ellos.
—Señores Zhao‑Bach, no… no los esperábamos aquí hoy.
—Evidentemente. —dijo Haruki, observando los currículums apilados sobre el mostrador, todos iguales, todos mediocres a sus ojos— Tengo entendido que hoy entrevistan candidatos para el área administrativa y financiera.
—Así es. Tenemos una lista de…
—Sus últimas recomendaciones duraron menos que mi paciencia. —interrumpió Hikara, con una sonrisa cortés— Y créame, señora Tacher, mi paciencia es considerablemente más larga que la de mi hermano.
La mujer tragó saliva, y Haruki apoyó dos dedos sobre la pila de expedientes.
—A partir de ahora, las personas que vayan a trabajar directamente con nosotros serán elegidas por nosotros. —dictaminó— No volveré a ajustar mi ritmo al de alguien incompetente.
—Pero… tenemos un protocolo, una serie de filtros previos, pruebas psicotécnicas, entrevistas iniciales…
—Adoro los protocolos. —mintió Hikara con descaro— Podemos considerar que hoy somos solo otra fase del filtro, una fase… más sincera.
Haruki no sonreía, pero tampoco parecía enojado, solo firme, inamovible.
—Queremos entrevistar al próximo candidato. —añadió, mirando de reojo a su gemelo— De inmediato.
La mujer dudó un segundo, hasta que recordó su lugar en la jerarquía, por lo que solo asintió con movimientos cortos y tomó el primer expediente de la pila, pero se detuvo de golpe y frunció el ceño.
—¿Algún problema? —preguntó Haruki.
—No. —contestó ella, con la voz un poco más tensa— Es solo que… esta candidata aplicó a un puesto de auxiliar administrativo, no específicamente para la sección de ustedes.
—Entonces tendrá un ascenso anticipado si es lo suficientemente buena. —replicó Hikara, inclinado sobre el mostrador— Nombre.
La mujer tragó saliva, como si el nombre quemara en su lengua por razones que ellos aún desconocían.
—Sabrina Reyes. —leyó al fin— Veinticuatro años... Experiencia previa en oficinas pequeñas, estudios en Administración de Empresas.
El apellido pasó por la mente de ambos como cualquier otro, común, anónimo, no tenían como relacionarlo con uno de los médicos que para ellos trabajaba.
—Llámela. —ordenó Haruki.
La responsable de RR. HH. asintió y tomó el teléfono interno.
—Que pase la señorita Sabrina Reyes a la sala de entrevistas uno. —anunció, con la voz reverberando por los altavoces del piso.
Los gemelos se encaminaron hacia la sala indicada, sin saber que, al otro lado del edificio, una joven con el currículum apretado entre los dedos respiraba hondo por tercera vez, tratando de controlar las náuseas que no sabía que no eran solo por los nervios, y por supuesto que los hermanos Zhao-Bach, no tenían como saber que el destino, estaba a punto de hacer de las suyas con ellos.
Hikara trataba de mantener la calma, lo hacía por orgullo, por costumbre y, sobre todo, por Sabrina.La tenía a su lado, inquieta, hermosa y visiblemente ansiosa, y su instinto más profundo, ese que no sabía fingir cuando se trataba de ella, le exigía ofrecerle refugio incluso en medio del desastre. Porque, aunque acababan de compartir hacer el amor con una desesperación que todavía ardía bajo su piel, él sabía perfectamente que el verdadero nerviosismo de Sabrina no venía de aquello.Venía de Yong.Sabrina ya conocía parte de la verdad, o al menos la versión que Haruki e Hikara le habían permitido conocer, y eso era que Yong Zhao-Bach estaba preso en una prisión de máxima seguridad, acusado injustamente, y ella, con esa fe dulce y obstinada que tenía en la familia de los hombres que amaba, había creído en ellos sin vacilar, porque a sus ojos, ningún Zhao-Bach podía ser un asesino.Pero la preocupación que la consumía ahora también era real, aun para Hikara.Porque definitivamente alg
Haruki se sentía el peor de los hermanos, aunque estaba seguro, qué Hikara había podido devorar un poco a Sabrina, aun así no se perdonaba el hecho de haber estropeado su salida, y es que a pesar de que le ganó a Hikara y consiguió poder tener su oportunidad primero con Sabrina, aun así su hermano fue todo un caballero y no los molestó, ni siquiera envió un mensaje, y ahora él les había tenido que arruinar todo, y por supuesto que no iba a cargar solo con eso, por lo que apenas terminó la llamada se fue contra Luka.—En verdad, eres un maldito bueno para nada, ¿no habías asegurado hace unos días, que estabas a punto de liberar a Yong?Por supuesto que la acusación no quedó solo en palabras, y antes de que Luka pudiera responder, Haruki ya estaba a medio paso de él, y claro que Kaito no iba a permitir que su hermano golpeara a su esposo por las estupideces que hacían los demás.—Basta, detente ahí, es en serio Haruki, no me hagas golpearte.Advirtió la pelinegra con rostro de asesino,
Sabrina en verdad comenzaba a creerse un canario, y es que de pronto de manera fugaz, no pudo contener ese pensamiento, porque la forma en que Haruki, la veía, como la observaba, la seguía, aunque siempre mantenía la distancia, se asemejaba a como si fuese un gato al acecho, que de pronto ante el más mínimo descuido saltó sobre ella y la devoró.Mientras que Hikara, Hikara se asemejaba a un gato juguetón y travieso, de ese estilo de gato que le gusta corretear a su presa, Sabrina sentía que durante todo ese tiempo había estado en las manos de Hikara sin darse cuenta, hasta que ahora al fin el gato había decidido comerse al canario.— Dios mío.Dijo casi con miedo, y es que Hikara la había sujetado de los muslos, la había elevado, obligándola a poner sus piernas alrededor de su cintura, y había pegado la espalda de Sabrina con demasiada fuerza contra el cristal.—Tranquila, te prometo que el cristal no se romperá, y tú tampoco pequeño canario.Sabrina no pudo evitar temblar, no sólo por
Hikara se pasó la lengua por los labios, como si acabara de descubrir algo que no esperaba y, al mismo tiempo, le encantara.—No estoy preocupado —murmuró, casi para sí mismo, y es que, por supuesto durante todo ese tiempo tanto Hikara como Haruki habían cuidado no solo de la salud de Sabrina, sino también de su bienestar físico, incluso en una ocasión la rubia se había golpeado el dedo pequeño con un mueble e Hikara se encargó de destruirlo— Estoy seguro de que sea lo que sea que te sucedió, Haruki se encargó bien de ti.Sabrina lo miró, confundida y él sonrió, despacio.—Solo me pregunto… si gritaste.Sabrina no se atrevió a preguntarle a su jefe a qué se refería, porque de una u otra forma encontraba en el tono de voz de Hikara ciertas notas de seducción, y eso la confundía, porque Haruki la contenía, pero Hikara la encendía.Y Sabrina, contra toda lógica, parecía responder a ambos de un modo que le resultaba cada vez más imposible de controlar.Cuando llegó la noche, y quedaban po
El avión privado aterrizó en Hawái poco después del mediodía, cuando el sol caía a plomo sobre la pista y el aire húmedo envolvía todo con una calidez casi irreal.Sabrina descendió la escalerilla con una mano sujetando la correa del bolso y la otra intentando domar el leve temblor en sus dedos, aunque no estaba segura de sí era por el vuelo, por el cambio brusco de clima o por la certeza de que, al otro lado de la pista, Hikara ya la estaba esperando con esa sonrisa suya que siempre parecía saber más de lo que decía.Y cuando levanto la mirada… ahí estaba.Recostado con absoluta despreocupación junto a un vehículo negro, con una camisa ligera de lino abierta en el cuello, gafas oscuras y esa expresión indolente que hacía parecer que el mundo entero era una invitación personal para divertirse, y cuando la vio, levantó una mano en un saludo exageradamente cordial, como si no fueran casi desconocidos atrapados en la intimidad extraña de una relación que ya había empezado a torcerse en d
Sabrina apenas había logrado conciliar el sueño en toda la noche, y no era por la situación legal de Michael, tampoco por Valeria, ni por sus padres, ni siquiera por la madre de Michael, que, dentro de todo, había sido una de las pocas personas que alguna vez se había mostrado considerada con ella.No, Sabrina no sentía pena por ninguno de ellos y es que todo aquello le parecía lejano, casi ajeno, como si perteneciera a la vida de otra persona, y aunque no disfrutaba saber que Valeria la estaba pasando mal, definitivamente no sentía compasión por ella, mucho menos después de la llamada de Alex, que se había reído sin pudor al describir el rostro desencajado de Michael en el momento en que lo esposaron frente a todos.Sabrina no sintió lástima, porque ellos tampoco la habían sentido por ella, lo que de verdad la había mantenido despierta era otra cosa.Era recordar la respiración agitada de Haruki en su cuello, era esa forma en que sus manos grandes la habían sujetado con firmeza, como







