INICIAR SESIÓN
Sabrina nunca había tenido tanto, ni tampoco se había sentido tan desesperada como lo estaba en ese momento, ni siquiera meses atrás cuando pensó que realmente lo había perdido todo, la desesperación que sentía en este momento, en verdad no la había sentido jamás.
Tenía la ciudad a sus pies, de forma literal, desde el ventanal del piso cincuenta y algo, Nueva York era un mar de luces que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, Y qué decir del mármol bajo sus rodillas, era frío sí, pero también era sumamente carísimo, y es que el pent‑house donde estaba arrodillada valía más que todo lo que había pasado por sus manos en veinticuatro años.
Y aun así, estaba llorando como la misma pobre estúpida patética que siempre había sido, tenía el rostro empapado en lágrimas que caían sobre el suelo perfecto, y por un breve segundo pensó que nada en su vida había cambiado, porque si, pudiese ser que ahora estuviese rodeada de… riquezas, y aun así se sentía tan desesperada, que su mirada comenzó a vagar por el lugar, buscando algo, quizás un mínimo de esperanza, tal vez un ancla al presente, o un vistazo hacia el pasado, pero todo lo que había allí, era demasiado nuevo para ella, a excepción de una cosa, y fue cuando sus ojos se clavaron en aquel rincón, ese que pretendía ser el más íntimo, allí donde había decidido que estaría su pequeña biblioteca.
Y fue cuando la realidad atroz la golpeó de lleno, y es que era tan ridícula, porque era consciente que, en aquel mueble minimalista, en un pasado no muy lejano, aquella esquina del salón había mostrado verdaderas obras de arte, auténticas invaluables, acompañada de tratados de economía biografías motivacionales o manuales de liderazgo, ahora, sin embargo, ella había colocado allí… sus estúpidas historias de hombres lobos, cuentos de hadas, reinos mágicos y títulos largos en letras doradas.
Fantasía romántica, ese era su refugio, a la vida tan m****a que le había tocado, novelas de hombres lobo, hadas, vampiros reformados, príncipes malditos, y por supuesto no podía pasar por alto las historias de renacidas que morían de forma horrible y despertaban en otro mundo con una segunda oportunidad para hacerlo todo distinto.
“El universo escuchó mi deseo.”
“Elegida por el destino.”
“Renací como la protagonista.”
Durante años, Sabrina se había avergonzado de esa biblioteca, porque mientras sus compañeras se compraban manuales para ascender en la empresa, libros de autoayuda, guías para “ser tu mejor versión”, ella escondía esas portadas bajo fundas negras, como si fueran pornografía, ahora, sin embargo, ya ni siquiera se molestaba en fingir.
Pero ahora miró ese rincón con una amargura que le quemó la garganta, porque durante tantos años lo había deseado… Había deseado renacer, para escapar de su vida patética, ella en verdad había anhelado ser la escogida del universo aunque fuera una vez, quizás de esa forma podría dejar de ser la sombra que caminaba entre todos, la cual nadie veía, mejor aún dejar de ser la cuidadora, la hermana invisible que todo tenía que dar sin recibir nada, tantas veces había fantaseado, mejor dicho tantas veces había deseado que el universo le concediera que el deseo, darle un buen futuro darle un giro a su vida darle… algo de lo que tanto le habían quitado.
Pero ahora era todo un caos, porque tal parecía que finalmente el universo la había escuchado, salvo que lo había hecho mal.
—Esto no puede estar pasándome… —susurró, con la voz rota.
No supo cuánto tiempo se quedó así, con el cuerpo encogido, las uñas clavadas en la falda, el pecho subiendo y bajando a trompicones, Solo sentía su respiración cortada y como el aire parecía que se negaba a entrar a sus pulmones.
—Por un demonio, ¿y ahora qué te sucede?
La voz de Kaito la arrancó del pozo en el que Sabrina había caído, o mejor dicho, en el que se había arrojado, la aparición de la pelinegra fue tan repentina, que Sabrina dio un respingo alzando su cabeza de inmediato.
Kaito Zhao‑Bach estaba de pie a unos metros, cruzada de brazos, y sus tacones clavados en el mármol, mirándola como si no fuera la misma mujer con la que había reído dos noches antes viendo una mala comedia romántica, y por primera vez desde que la conoció, Sabrina no vio en ella a una amiga, sino más bien vio un fantasma, no porque Kaito le hubiera hecho algo, sino porque Kaito era la hermana de ellos... De los dos, y Sabrina había hecho algo imperdonable.
—Sabrina. —la voz de Kaito salió más baja, más peligrosa— si no me dices en este momento qué demonios te sucede, voy a buscar a alguno de mis hermanos.
Las palabras de Kaito fueron como un disparo, tanto así que Sabrina intentó ponerse de pie tan rápido que el mundo le dio vueltas, aun así, logro incorporarse un par de centímetros antes de que las piernas le fallaran y volviera a caer de rodillas.
—No. —jadeó— No, por favor, no hagas eso, por nada del mundo llames a tus hermanos.
Kaito la miró horrorizada y no era para menos, y es que ese pent‑house, ese piso de mármol, ese ventanal con vistas a Manhattan… todo lo que tenía Sabrina era por una razón muy simple, y esa era que los hermanos de Kaito habían decidido que la querían en su vida.
Sabrina les debía el puesto de trabajo, el sueldo obsceno, la seguridad, incluso su libertad, eran sus jefes, sus protectores… sus condenas… Haruki e Hikara Zhao‑Bach, eran los Tigres que se habían encaprichado con ese dulce canario.
—Por los dioses… —murmuró Kaito, avanzando un paso— ¿Cómo te atreves a arrodillarte frente a mí? Ponte de pie, anda, antes de que me hagan cortar la cabeza por dejar que su “tesoro” se humille así.
Hablaba medio en broma, medio en serio, y es que Sabrina sabía que había un lado de la familia Zhao que solo conocía de oídas, el lado que gobernaba en la sombra, que manejaba más que empresas, Kaito, en cambio, había crecido con eso, sabía muy bien las normas no escritas, y una de ella era que nadie que fuera reclamado por un Zhao‑Bach debía arrodillarse ante otro.
Sabrina tragó saliva.
—Yo… yo cometí un error. —balbuceó, tropezándose con las palabras— Un error enorme, no sé cómo pasó, no sé cómo permití que pasara, pero pasó… Primero con uno, luego con el otro y ahora…
La rubia se tapó la cara con ambas manos, sentía que no podía ni ver a la cara a Kaito, sentía que incluso la había traicionado a ella.
—Ahora lo he echado todo a perder. —sollozó la rubia— Ahora estoy perdida... De verdad.
Kaito apretó la mandíbula, porque definitivamente no estaba entendiendo nada, y ella odiaba no entender, por lo que se acercó, la tomó de los brazos quizás con más firmeza de la necesaria, y la obligó a levantarse lo justo para sentarla en uno de los sofás carísimos que dominaban el salón.
—No estoy comprendiendo una m****a. —dijo, sin adornos— y eso es raro en mí, así que respira, lento y pausado, busca tu calma, porque si tú caes, mis hermanos se van al fondo contigo, pero antes de eso… —sus ojos negros se endurecieron— van a destruir medio mundo.
Sabrina intentó contener el sollozo, pero no podía, porque sabía que era verdad, porque esos hombres la habían sacado de un departamento húmedo donde contaba monedas para el bús, la habían llevado a un mundo que solo había visto en sus novelas, le habían abierto puertas, cuentas bancarias, cielos que ella solo veía de lejos y ella, a cambio, había hecho lo peor que podía imaginar.
—Estoy embarazada. —escupió, de golpe, como si se arrancara algo del pecho, y Kaito se quedó helada, pero Sabrina continuo, porque una vez que lo dijo en voz alta… ya no podía parar. —Estoy embarazada de uno de tus hermanos… y no sé de cuál.
El silencio se hizo tan denso que Sabrina casi pudo oír el eco de sus propias palabras rebotando en las paredes de cristal, y ante el silencio de Kaito, Sabrina rompió en llanto de forma estrepitosa, tanto así que parecía estar convulsionando sobre el sofá, con las manos aferradas a la tela de la falda como si de eso dependiera no caerse al vacío.
Porque ya había caído en sus camas, en sus brazos, en sus voces, no al mismo tiempo por supuesto, no en el mismo lugar, solo fue una noche con Haruki, después de un viaje, después de un miedo compartido, y otra con Hikara, después de una discusión, después de una copa de más y una caricia de menos, ella creía haber fallado, ser una aprovechada embustera, y es que Sabrina nunca supo que las trampas estaban tendidas, ella no tenía como saber que los dos sabían, que los dos querían, que los dos la habían encerrado en una historia que se parecía peligrosamente a las que llenaban su biblioteca, solo que de una forma un poco retorcida.
Sabrina se encorvó sobre sí misma, sintiendo que todo el mármol del mundo se abría bajo sus pies, mientras que Kaito no se movió durante unos segundos, porque el apellido Zhao‑Bach pesaba sobre sus hombros como nunca, porque así como manejaban en el lado oriental del mundo, a través de la mafia, también se regían por el destino, y estaba más que claro que Sabrina era el destino de sus hermanos, pero también estaba lo otro, el hecho de que ellos manejaban el lado occidental, el lado Bach, y ese así como les concedía fortuna y poder gracias a contactos y empresas, cargaba con una maldición, y era el complicarlo absolutamente todo, y los idiotas de sus hermanos realmente lo habían complicado todo, y en la mente de Kaito solo una idea era factible para tratar de solucionar las cosas, era hora de dejar Nueva York.
Era hora de llevar a ese canario directamente a las tierras del Tigre Blanco, donde las decisiones realmente importantes se tomaban bajo la mirada de Shen, Dalia y Lizbeth.
Porque si no arreglaban pronto lo que Haruki e Hikara habían enredado con tanta obsesión y tan poca cabeza, Sabrina no iba a morir a manos de ningún enemigo, ella iba a morirse de pura pena, al estar convencida de que había traicionado a los dos hombres que, sin que el universo se lo hubiera explicado bien, la habían convertido en su destino.
A la mañana siguiente las manitas no tardaron en ocupar la habitación con una eficiencia silenciosa, Sabrina despertó a medias, envuelta todavía en la blandura pesada del sueño y el dolor, no abrió los ojos de inmediato; primero percibió el murmullo suave de pasos contenidos, el roce delicado de telas al moverse, el aroma tenue del té recién servido y algo más difícil de nombrar, una clase de calma extraña, casi reverencial, que parecía haberse instalado en el penthouse entero, y cuando por fin abrió los ojos, descubrió que una de las mujeres estaba junto a la cama, sosteniendo una bandeja con agua tibia y una pequeña toalla doblada con precisión.—Buenos días, señora —dijo con una inclinación respetuosa y Sabrina tardó un segundo en procesarlo.—Yo... no——Los señores han pedido que no haga ningún esfuerzo —intervino la otra manita, acercándose con una prenda cuidadosamente doblada en brazos— También dijeron que eligiera esto para usted.Sabrina alzó la vista, la tela que le mostraba
Sabrina había despertado el tiempo suficiente como para alimentarse, aunque había rehusado tomar los calmantes, alegando que no sentía ningún dolor, aun así Haruki la incitó a tomarlos, y Sabrina simplemente obedeció, quizás era el hecho de que él era uno de sus jefes, tal vez sintió vergüenza de comportarse como una niña pequeña, quizás simplemente Haruki tenía ese poder de convencimiento de quien todo lo controla y que lo mejor que puedes hacer es obedecerlo, y es que a pesar de que Sabrina no tuviese ninguna molestia, Haruki sabía que la medicación era necesaria para que pudiera descansar, el médico ya se lo había informado no importaba el tiempo que hubiese dormido en el hospital, ella en verdad necesitaba descansar su mente para poder afrontar el seguir viviendo, y así fue al poco tiempo que tomó la medicación los párpados de Sabrina comenzaron a cerrarse y las manitas se encargaron de arroparla una vez más como si fuese realmente una niña pequeña, mientras los hermanos Zhao reg
El ascensor privado se abrió directo al piso superior del penthouse, y Haruki fue el primero en salir, con esa clase de seguridad silenciosa que hacía parecer que todo el lugar obedecía a su voluntad, Sabrina lo siguió un paso atrás, todavía estaba pálida, y llevaba en el rostro la huella de todo lo que había perdido, y aun así se obligó a mantener la compostura, porque no quería parecer débil, tampoco queria ser una carga, pero el simple hecho de estar allí, de dejar que otros decidieran por ella una vez más, le dejaba en el pecho una sensación extraña, casi hueca.Haruki abrió la puerta principal y la condujo sin rodeos hacia el interior.—Este será tu lugar por ahora —dijo con naturalidad y Sabrina apenas asintió.La recibieron dos mujeres que aguardaban con una discreción impecable cerca del área principal, eran jóvenes, sobrias, elegantes, y se movían con una eficiencia serena que delataba experiencia, no tenían la rigidez de una empleada común, ni la distancia fría de alguien co
Sabrina fue dada de alta cerca del mediodía, aunque el proceso fue lento y tuvo que escuchar varias instrucciones médicas, aceptar medicamentos que apenas podía recordar y prometer que no permanecería sola durante los siguientes días, mientras tanto Hikara se encargó de cada documento y Haruki le preguntó tres veces a la enfermera si estaba segura de que Sabrina podía caminar.Sora permaneció junto a la puerta, silencioso y atento y cuando Sabrina salió finalmente de la habitación, vestida con ropa limpia y demasiado grande, se detuvo al verlo, Sora inclinó la cabeza.—Señorita Reyes.Sabrina no respondió, pero sus ojos se llenaron de lágrimas y Sora enderezó la espalda, preocupado.—¿He cometido algún error? — consulto, pero ella negó lentamente.—No. — dijo finalmente y dio un paso hacia él. —Tú me encontraste. — aseguro y Sora permaneció inmóvil. —llamaste a una ambulancia, no te fuiste... No me dejaste sola. — Sabrina tomó aire, pero la respiración se le quebró. —Y protegiste a mi
Kaito llegó temprano a la empresa, mucho antes de que los empleados ocuparan sus puestos, los ascensores comenzaran a llenarse y las salas de reuniones se convirtieran en escenarios de discusiones interminables, a esas horas, el edificio parecía pertenecerle únicamente a ella, silencioso, pulcro y demasiado grande para una sola persona.Dejó el bolso sobre su escritorio y contempló la torre de documentos que la esperaba.—Esto no estaba en mis planes —murmuró.Y es que, en realidad, nada de aquello estaba en sus planes, porque Kaito ni siquiera debería encontrarse en ese continente, ella solo había viajado a acompañando a su esposo, Luka Vasilki, abogado de la familia Zhao, y es que Luka estaba ejerciendo como defensor de su primo Yong Zhao, acusado de asesinar a un agente encubierto llamado Andrea.La situación era tan absurda que Kaito no sabía si reírse o maldecir a alguien, porque en verdad había cientos de motivos reales por los cuales podrían haber acusado a Yong, y es que él er
Sabrina despertó sin saber qué hora era, y durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo blanco de la habitación, sin poder recordar cuando había podido conciliar el sueño, aunque su cuerpo parecía haber decidido por ella.Todo le dolía de una manera sorda y profunda, el abdomen, la espalda, la garganta reseca y, sobre todo, el pecho, no era un dolor físico… Era el vacío, la ausencia de su bebé ocupaba cada rincón de su mente, ya no podria verlo, pero tampoco podía dejar de imaginarlo, a veces pensaba que todavía lo sostenía entre los brazos, otras, recordaba el peso pequeño contra su pecho y despertaba con la certeza de que alguien se lo había arrancado.Giró apenas la cabeza, observando que Haruki estaba dormido en una silla junto a la ventana, incluso dormido conservaba una postura rígida, como si su cuerpo se negara a relajarse por completo, Hikara, en cambio, se había quedado junto a la cama, con la cabeza apoyada sobre uno de sus brazos y su otra mano descansaba sob







