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El universo escucho mal
El universo escucho mal
Author: Cristina López

Capítulo 1

last update publish date: 2026-07-28 22:44:55

Sabrina nunca había tenido tanto, ni tampoco se había sentido tan desesperada como lo estaba en ese momento, ni siquiera meses atrás cuando pensó que realmente lo había perdido todo, la desesperación que sentía en este momento, en verdad no la había sentido jamás.

Tenía la ciudad a sus pies, de forma literal, desde el ventanal del piso cincuenta y algo, Nueva York era un mar de luces que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, Y qué decir del mármol bajo sus rodillas, era frío sí, pero también era sumamente carísimo, y es que el pent‑house donde estaba arrodillada valía más que todo lo que había pasado por sus manos en veinticuatro años.

Y aun así, estaba llorando como la misma pobre estúpida patética que siempre había sido, tenía el rostro empapado en lágrimas que caían sobre el suelo perfecto, y por un breve segundo pensó que nada en su vida había cambiado, porque si, pudiese ser que ahora estuviese rodeada de… riquezas, y aun así se sentía tan desesperada, que su mirada comenzó a vagar por el lugar, buscando algo, quizás un mínimo de esperanza, tal vez un ancla al presente, o un vistazo hacia el pasado, pero todo lo que había allí, era demasiado nuevo para ella, a excepción de una cosa, y fue cuando sus ojos se clavaron en aquel rincón, ese que pretendía ser el más íntimo, allí donde había decidido que estaría su pequeña biblioteca.

Y fue cuando la realidad atroz la golpeó de lleno, y es que era tan ridícula, porque era consciente que, en aquel mueble minimalista, en un pasado no muy lejano, aquella esquina del salón había mostrado verdaderas obras de arte, auténticas invaluables, acompañada de tratados de economía biografías motivacionales o manuales de liderazgo, ahora, sin embargo, ella había colocado allí… sus estúpidas historias de hombres lobos, cuentos de hadas, reinos mágicos y títulos largos en letras doradas.

Fantasía romántica, ese era su refugio, a la vida tan m****a que le había tocado, novelas de hombres lobo, hadas, vampiros reformados, príncipes malditos, y por supuesto no podía pasar por alto las historias de renacidas que morían de forma horrible y despertaban en otro mundo con una segunda oportunidad para hacerlo todo distinto.

“El universo escuchó mi deseo.” 

“Elegida por el destino.” 

“Renací como la protagonista.”

Durante años, Sabrina se había avergonzado de esa biblioteca, porque mientras sus compañeras se compraban manuales para ascender en la empresa, libros de autoayuda, guías para “ser tu mejor versión”, ella escondía esas portadas bajo fundas negras, como si fueran pornografía, ahora, sin embargo, ya ni siquiera se molestaba en fingir.

Pero ahora miró ese rincón con una amargura que le quemó la garganta, porque durante tantos años lo había deseado… Había deseado renacer, para escapar de su vida patética, ella en verdad había anhelado ser la escogida del universo aunque fuera una vez, quizás de esa forma podría dejar de ser la sombra que caminaba entre todos, la cual nadie veía, mejor aún dejar de ser la cuidadora, la hermana invisible que todo tenía que dar sin recibir nada, tantas veces había fantaseado, mejor dicho tantas veces había deseado que el universo le concediera que el deseo, darle un buen futuro darle un giro a su vida darle… algo de lo que tanto le habían quitado.

Pero ahora era todo un caos, porque tal parecía que finalmente el universo la había escuchado, salvo que lo había hecho mal.

—Esto no puede estar pasándome… —susurró, con la voz rota.

No supo cuánto tiempo se quedó así, con el cuerpo encogido, las uñas clavadas en la falda, el pecho subiendo y bajando a trompicones, Solo sentía su respiración cortada y como el aire parecía que se negaba a entrar a sus pulmones.

—Por un demonio, ¿y ahora qué te sucede?

La voz de Kaito la arrancó del pozo en el que Sabrina había caído, o mejor dicho, en el que se había arrojado, la aparición de la pelinegra fue tan repentina, que Sabrina dio un respingo alzando su cabeza de inmediato.

Kaito Zhao‑Bach estaba de pie a unos metros, cruzada de brazos, y sus tacones clavados en el mármol, mirándola como si no fuera la misma mujer con la que había reído dos noches antes viendo una mala comedia romántica, y por primera vez desde que la conoció, Sabrina no vio en ella a una amiga, sino más bien vio un fantasma, no porque Kaito le hubiera hecho algo, sino porque Kaito era la hermana de ellos... De los dos, y Sabrina había hecho algo imperdonable.

—Sabrina. —la voz de Kaito salió más baja, más peligrosa— si no me dices en este momento qué demonios te sucede, voy a buscar a alguno de mis hermanos.

Las palabras de Kaito fueron como un disparo, tanto así que Sabrina intentó ponerse de pie tan rápido que el mundo le dio vueltas, aun así, logro incorporarse un par de centímetros antes de que las piernas le fallaran y volviera a caer de rodillas.

—No. —jadeó— No, por favor, no hagas eso, por nada del mundo llames a tus hermanos.

Kaito la miró horrorizada y no era para menos, y es que ese pent‑house, ese piso de mármol, ese ventanal con vistas a Manhattan… todo lo que tenía Sabrina era por una razón muy simple, y esa era que los hermanos de Kaito habían decidido que la querían en su vida.

Sabrina les debía el puesto de trabajo, el sueldo obsceno, la seguridad, incluso su libertad, eran sus jefes, sus protectores… sus condenas… Haruki e Hikara Zhao‑Bach, eran los Tigres que se habían encaprichado con ese dulce canario.

—Por los dioses… —murmuró Kaito, avanzando un paso— ¿Cómo te atreves a arrodillarte frente a mí? Ponte de pie, anda, antes de que me hagan cortar la cabeza por dejar que su “tesoro” se humille así.

Hablaba medio en broma, medio en serio, y es que Sabrina sabía que había un lado de la familia Zhao que solo conocía de oídas, el lado que gobernaba en la sombra, que manejaba más que empresas, Kaito, en cambio, había crecido con eso, sabía muy bien las normas no escritas, y una de ella era que nadie que fuera reclamado por un Zhao‑Bach debía arrodillarse ante otro.

Sabrina tragó saliva.

—Yo… yo cometí un error. —balbuceó, tropezándose con las palabras— Un error enorme, no sé cómo pasó, no sé cómo permití que pasara, pero pasó… Primero con uno, luego con el otro y ahora…

La rubia se tapó la cara con ambas manos, sentía que no podía ni ver a la cara a Kaito, sentía que incluso la había traicionado a ella.

—Ahora lo he echado todo a perder. —sollozó la rubia— Ahora estoy perdida... De verdad.

Kaito apretó la mandíbula, porque definitivamente no estaba entendiendo nada, y ella odiaba no entender, por lo que se acercó, la tomó de los brazos quizás con más firmeza de la necesaria, y la obligó a levantarse lo justo para sentarla en uno de los sofás carísimos que dominaban el salón.

—No estoy comprendiendo una m****a. —dijo, sin adornos— y eso es raro en mí, así que respira, lento y pausado, busca tu calma, porque si tú caes, mis hermanos se van al fondo contigo, pero antes de eso… —sus ojos negros se endurecieron— van a destruir medio mundo.

Sabrina intentó contener el sollozo, pero no podía, porque sabía que era verdad, porque esos hombres la habían sacado de un departamento húmedo donde contaba monedas para el bús, la habían llevado a un mundo que solo había visto en sus novelas, le habían abierto puertas, cuentas bancarias, cielos que ella solo veía de lejos y ella, a cambio, había hecho lo peor que podía imaginar.

—Estoy embarazada. —escupió, de golpe, como si se arrancara algo del pecho, y Kaito se quedó helada, pero Sabrina continuo, porque una vez que lo dijo en voz alta… ya no podía parar. —Estoy embarazada de uno de tus hermanos… y no sé de cuál.

El silencio se hizo tan denso que Sabrina casi pudo oír el eco de sus propias palabras rebotando en las paredes de cristal, y ante el silencio de Kaito, Sabrina rompió en llanto de forma estrepitosa, tanto así que parecía estar convulsionando sobre el sofá, con las manos aferradas a la tela de la falda como si de eso dependiera no caerse al vacío.

Porque ya había caído en sus camas, en sus brazos, en sus voces, no al mismo tiempo por supuesto, no en el mismo lugar, solo fue una noche con Haruki, después de un viaje, después de un miedo compartido, y otra con Hikara, después de una discusión, después de una copa de más y una caricia de menos, ella creía haber fallado, ser una aprovechada embustera, y es que Sabrina nunca supo que las trampas estaban tendidas, ella no tenía como saber que los dos sabían, que los dos querían, que los dos la habían encerrado en una historia que se parecía peligrosamente a las que llenaban su biblioteca, solo que de una forma un poco retorcida.

Sabrina se encorvó sobre sí misma, sintiendo que todo el mármol del mundo se abría bajo sus pies, mientras que Kaito no se movió durante unos segundos, porque el apellido Zhao‑Bach pesaba sobre sus hombros como nunca, porque así como manejaban en el lado oriental del mundo, a través de la mafia, también se regían por el destino, y estaba más que claro que Sabrina era el destino de sus hermanos, pero también estaba lo otro, el hecho de que ellos manejaban el lado occidental, el lado Bach, y ese así como les concedía fortuna y poder gracias a contactos y empresas, cargaba con una maldición, y era el complicarlo absolutamente todo, y los idiotas de sus hermanos realmente lo habían complicado todo, y en la mente de Kaito solo una idea era factible para tratar de solucionar las cosas, era hora de dejar Nueva York.

Era hora de llevar a ese canario directamente a las tierras del Tigre Blanco, donde las decisiones realmente importantes se tomaban bajo la mirada de Shen, Dalia y Lizbeth.

Porque si no arreglaban pronto lo que Haruki e Hikara habían enredado con tanta obsesión y tan poca cabeza, Sabrina no iba a morir a manos de ningún enemigo, ella iba a morirse de pura pena, al estar convencida de que había traicionado a los dos hombres que, sin que el universo se lo hubiera explicado bien, la habían convertido en su destino.

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