LOGINCAPÍTULO 97: Dobles latidos. Nicolás Russo Había pasado todo el día atrincherado en nuestra habitación junto a mi pequeña, mi luz. Mientras ella cabeceaba agotada por la anemia y la tensión acumulada, aproveché para agendar una cita privada con la jefa de obstetricia de nuestra clínica familiar. Le exigí al Dr. Giordani que le transfiriera el expediente completo de Isabella; porque, aunque respetaba al viejo Giordani como el profesional y amigo de la familia que era, ya me parecía un abuso que siguiera mirando partes de mi mujer que solo me pertenecían a mí. Sí, soy un bastardo celoso, posesivo y territorial. ¿Pero qué le vamos a hacer? Así estoy hecho. Isa necesitaba chequeos rigurosos y, entre el accidente de la avioneta, el ataque a Roma y las ratas de la mansión, no habíamos tenido un minuto para hacer las cosas como la gente decente. Mi prioridad absoluta era ella y la vida que florecía en su vientre. El chequeo estaba pactado para la mañana siguiente, así que dediqué
CAPÍTULO 96: Una devoción. Lorenzo Vitalis Un solo disparo seco, metálico y ensordecedor retumbó en la estancia, silenciando para siempre al despreciable Turco. Muchos en la escuadra querían llevárselo a los calabozos subterráneos, arrastrarlo para desollarlo vivo y cobrar cada gota de sangre derramada durante meses; pero Nicolás no estaba dispuesto a darle tiempo ni margen de maniobra a la suerte. Lo torturo en el mismo salón donde lo capturo. La Bestia de Italia apretó el gatillo sin pestañear, erradicando a la serpiente de una vez por todas. El líder disidente del norte, aterrorizado en el suelo con el rostro aplastado contra el mármol, comenzó a suplicar con la voz entrecortada por el pánico: —¡Yo les di las coordenadas! ¡Fui yo quien filtró la posición a los Blackwood! ¡Queremos la paz con los Russo, con la 'Ndrangheta! ¡Queremos un nuevo tratado! Nicolás lo observó con un desprecio absoluto desde su altura. La pintura negra de camuflaje en sus pómulos y la pólvora
CAPÍTULO 95: La despedida antes del fuego Nicolás Russo (Horas antes del despegue hacia Roma) A las dos de la mañana, la sala de mando se congeló cuando Fabricio y los hackers de la red Blackwood confirmaron la presencia del Turco en la villa de las colinas de Roma. No había dudas; estaba ahí, acorralado y confiado en que su red de protección le ganaría tiempo para escapar del país y reorganizarse. Me levanté de la mesa, cargué mi arma y miré a Lorenzo. —Salimos en treinta minutos. Preparen los helicópteros ya —ordené. Antes de subir al helipuerto, mis pasos me llevaron de vuelta a la habitación lo más rápido que podía. Entré en silencio, procurando que mis botas no resonaran en el piso de madera, pero en cuanto me acerqué a la cama, vi los ojos de mi ángel abiertos en la oscuridad. —¿Nico? —murmuró con la voz adormilada, intentando incorporarse. Me despojé del chaleco táctico para no asustarla y me hincé al borde de la cama. Le tomé la mano suavemente, ahu
CAPÍTULO 94: La sombra sobre Roma Lorenzo Vitalis El rugido de los motores del helicóptero ahogaba cualquier otro sonido mientras sobrevolábamos la silueta fragmentada de la cordillera que rodeaba la periferia de Roma. El aire dentro de la cabina olía a queroseno, metal frío y la adrenalina pura que precede al derramamiento de sangre. Me ajusté el chaleco táctico sobre el torso, verificando dos veces las trabas del arnés y el cargador extendido de mi subfusil MP5. A mi lado, Nicolás permanecía inmóvil como una estatua tallada en granito. Llevaba la pintura de camuflaje negro cruzándole los pómulos, acentuando la mirada de bestia sedienta que solo se le formaba en los ojos cuando la guerra era la única opción. —Trozos de cristal —dijo Nicolás de pronto, alzando la voz por encima del estruendo de las hélices, sin mirarme—. Eso era lo que quedaba del piso de la villa del norte cuando entramos hace dos semanas. No quiero que de esta guarida en Roma quede ni el polvo, Lorenzo.
CAPÍTULO 93: La marcha de los imperios. Isabella ManciniHabía despertado ahogada por una pesadilla. Cuando tanteé el costado de la cama y sentí el vacío helado de las sábanas, sumado a la imposibilidad de comunicarme, de llamarlo a él, tras la destrucción de mi teléfono, entré en un pánico ciego. Las lágrimas me brotaron sin control, sofocándome. Por eso, cuando Nicolás me envolvió en sus brazos, sentí que los pulmones volvían a llenárseme de aire.Escuchar la confesión de sus miedos fue una conmoción profunda. Me desarmó entender que la despiadada Bestia de Italia, el Capo absoluto de la 'Ndrangheta, albergaba un terror voraz a perderme a mí, una mujer tan común como yo. En el fondo comprendía su angustia, porque esos mismos pensamientos me torturaban a menudo: él era un hombre poderoso, influyente, empresario, sumido en un mundo implacable, capaz de elegir a cualquier mujer del planeta. ¿Cómo podía yo competir contra eso?Pero allí estaba él, rendido y vulnerable contra mi pec
CAPÍTULO 92: Celos. Nicolás Russo —Don Nicolás, la señora Janet está ingresando al perímetro de la residencia bajo custodia. La voz de Adams sonó seca a través de la puerta de la habitación. Suspiré profundamente, manteniendo mis manos descansando en la cintura de Isabella, quien dormitaba bajo el efecto de los analgésicos. Le había contado a mi ángel parte de lo sucedido con la filtración de datos, ahorrándome los detalles más crudos sobre el estado de la madre de Lorenzo para no alterarla en su delicada condición. Cuando descendí al área de detención, me reuní con mi padre y con Enzo en el pasillo adyacente a la sala blindada. Al observar el interrogatorio a través del cristal, la descompresión mental de Janet nos dejó a todos en shock. No era solo la traición; era la forma descarada y delirante en que justificaba haber vendido a la familia, a la organización, culpando a todos menos a sí misma. Mi padre mantuvo un rostro impenetrable, de piedra, exactamente igual que







