LOGINCAPÍTULO 88: El retorno del fantasma y el latido. Lorenzo Vitalis —¡Lo logré, joder! —el grito de Fabricio retumbó en las paredes de la sala de mandos como un disparo, rompiendo la tensión sofocante—. ¡Tengo el rebote del canal privado! ¡Está en la costa norte... cerca de Sicilia?? —¡Rápido, desplieguen los equipos! —ordené de inmediato, sintiendo la adrenalina correrme por las venas—. Envía las coordenadas, iremos en... —¡No! —la voz de Graham Blackwood cortó mi orden con una frialdad categórica—. Tu te quedas aquí, Vitalis. Tienes que coordinar la seguridad, los médicos y todo lo que pueda ser necesario. Fabricio viene con nosotros. Si nos desplegamos nosotros tres con una unidad reducida de infiltración, seremos invisibles para los radares de cualquier amenaza incluso el Turco. Un convoy de la 'Ndrangheta movilizándose en masa solo expondrá su posición. Nadie dice una sola palabra de esto hasta que regresemos con él. Graham, William y Ryan junto a Fabricio salieron del ce
CAPÍTULO 87: La sombra de la espera y la perdida.Isabella ManciniNunca en mi vida imaginé que el alma pudiera doler de una forma tan física, tan destructiva. Sentía que me quebraba en mil pedazos por dentro, como un cristal fino lanzado contra el concreto. Escuchar que Nicolás no aparecía y que la probabilidad de que estuviera muerto era casi absoluta, resultaba sencillamente inaceptable. Él me lo prometió... Me prometió con la mirada fija en mí que siempre, sin importar el infierno que se interpusiera, volvería a mí.Cuando el doctor Giordani confirmó que mi colapso no se debía únicamente al pánico y estrés, sino a un embarazo de pocas semanas, el mundo se detuvo por completo. Laurent reaccionó con la misma incredulidad, y el médico comprendió de inmediato que ni yo misma lo sabía.Le expliqué entre lágrimas que me aplicaba la inyección anticonceptiva cada mes con rigurosa puntualidad, hasta que... recordé la memoria me traicionó. En medio de pruebas de la academia y esa tensió
CAPÍTULO 86: El eco del abismo. Lorenzo Vitalis Cuando los cauchos de las camionetas derraparon sobre la grava de la mansión Russo, el aire no olía a hogar; olía a carnicería fresca, plomo y pólvora quemada. La destrucción se concentraba en los dos primeros anillos de seguridad. Había casquillos esparcidos como una alfombra metálica y cuerpos de mercenarios caídos mezclados con los de nuestros propios soldados. En ese preciso instante, una caravana de todo terrenos negros irrumpió en la propiedad a alta velocidad. De la primera camioneta descendió Don Maximiliano Russo, escoltado por mi padre. —¡Lorenzo! —rugió Don Max. Su voz no era la de un hombre; era el rugido de una bestia herida que hacía vibrar el concreto. Tenía los ojos inyectados en sangre y las manos manchadas de hollín—. ¡¿Ellas están bien?! ¡¿Dónde mierdas está mi hijo?! El corazón me dio un vuelco violento. Don Max era la misma estirpe destructiva que Nicolás, pero moldeada con décadas de frialdad y poder absol
CAPÍTULO 85: Fuego en las alturas.Nicolás Russo La desesperación es el peor enemigo de un hombre cuando ama; nubla el juicio, acelera el pulso y distorsiona la realidad. Por eso nunca había querido pareja, hasta que llegó mi ángel a derrumbar mis muros. Cuando quedé aislado tras la explosión, la imagen de Isabella atravesó mi mente como una hoja afilada. En ese instante preciso de caos, una camioneta blindada de mi propia escolta frenó derrapando sobre la grava. La puerta se abrió de golpe y la cara desencajada de Rogelio —uno de mis hombres de mayor confianza, alguien que llevaba años comiendo de mi mesa— apareció entre el humo.—¡Don Nicolás! ¡Suba, rápido! —gritó con la voz rota por el pánico—. ¡Lograron traspasar la seguridad! ¡Están atacando la mansión y entraron al perímetro! ¡Ya le avisé a Lorenzo, va para allá con refuerzos!No lo pensé. No razoné. El instinto brutal y primario de proteger a la mujer que poseía mi alma tomó el control absoluto de mi cuerpo. Sabiendo que L
CAPÍTULO 84: Comienza la fiesta.Nicolás RussoCuando crucé los portones de la mansión, sentí de forma física cómo mi vida se quedaba dentro de esos muros. Tenía que volver. Tenía que regresar con vida por ella, por nosotros, por la promesa sagrada que le hice a mi ángel y que no pensaba romper aunque tuviera que quemar el infierno entero.El olor a pólvora quemada, azufre y sangre fresca es el único perfume que no miente. En la oscuridad de la zona industrial abandonada de los muelles, el estruendo seco de las balas resonaba como un trueno continuo que retumbaba en mis oídos, marcando el pulso encarnizado de una guerra a muerte. La 'Ndrangheta no cede territorio. Jamás. Y menos cuando un perro sarnoso como el Turco pretende usar el suelo calabrés para cobrarse el no haberle permitido ejecutar sus tratos sucios de tráfico en nuestras tierras y costas.Apreté el agarre del Kalashnikov AK-12 personalizado contra mi chaleco táctico, sintiendo el culatazo seco e implacable retumbar en
Capítulo 83. Llega la guerra y con ella el pánico. Nicolás Russo La sangre se me congeló en las venas para luego convertirse en un torrente de lava ardiente. Lorenzo ingresó al despacho como una tromba en ese preciso instante. Había escuchado los gritos de Mark desde el pasillo y ya traía el chaleco táctico puesto y la funda de la pierna ajustada. —¡Nos vamos ya al puerto! —gritó Lorenzo, cargando su arma—. ¡Voy a masacrar a ese infeliz con mis propias manos! —¡Detente, Lorenzo! —le rugí, interponiéndome en su camino —. ¡No podemos actuar como animales impulsivos! Eso es exactamente lo que ese desgraciado quiere; que salgamos a ciegas a una emboscada en los muelles. —¡Tiene a quince de nuestros hombres desangrándose, Nicolás! —escupió, con los ojos inyectados en sangre. —¡Escuchame bien! —ordené, mirando a Mark y a Lorenzo por igual—. Mark, envía de inmediato a las unidades médicas blindadas para trasladar a los heridos al hospital de la familia. Quiero tres anillos de segurida







