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CAPÍTULO DOS: La Garantía de la Mafia

작가: Preshy_writes
last update 게시일: 2026-07-15 00:03:36

—Tráiganmela cueste lo que cueste —tronó su voz—, pero no quiero encontrarle ni un solo rasguño —añadió con un tono frío mientras sus hombres salían apresuradamente.

El miedo que le tenían siempre estaba en su punto más alto. Después de que se marcharon, tomó asiento detrás del escritorio de su magnífica oficina. Se recostó en la silla y sacó un puro de uno de los cajones mientras esperaba la llegada de su nuevo juguete sexual.

Había oído hablar del escándalo que se había desarrollado en el restaurante y ahora no podía esperar para conocer a la chica que se había atrevido a enfrentarse a sus hombres.

Aquello era algo nuevo para él.

Como líder de una legendaria organización mafiosa, Donatello Rossini, también conocido como "el jefe", quedó sorprendido. Nadie se había atrevido jamás a responderles a sus hombres, mucho menos a mirarlos directamente a los ojos, pero ella había hecho incluso más, y eso era lo que más lo enfurecía.

***

Julia ayudó a su madre limpiando el restaurante mientras la mujer de mediana edad ordenaba la cocina.

Habían terminado la jornada y ella no veía la hora de descansar, aunque sabía que sería difícil. Con todos los pensamientos que rondaban su mente, se sentía muy incómoda.

Todavía estaba inmersa en sus pensamientos cuando escuchó una voz detrás de ella.

—Nos volvemos a encontrar, cariño.

Se sobresaltó y giró rápidamente la cabeza. Eran los mismos rostros perversos que había visto horas antes. Le sorprendía que hubieran regresado tan pronto.

¿Planeaban renovar el contrato? ¿O quizá se habían dado cuenta de que no era para ellos y habían vuelto para recuperarlo?, pensó.

—Hemos venido a llevarnos lo que es nuestro —comenzó el hombre—. A estas alturas ya debes de haber leído el contrato y entendido lo que queremos.

En ese momento, Julia intentó controlar el miedo.

—¿Por qué han vuelto tan rápido? No nos dieron el tiempo que prometieron.

—Bueno, las cosas han cambiado. El jefe se impacientó un poco. Te necesita ahora mismo.

El hombre se relamió los labios.

Julia sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo, pero antes de que pudiera decir algo más, uno de los hombres la sujetó.

Arañó y pateó con todas sus fuerzas, pero fue inútil. Solo sus gritos alertaron a su madre, que corrió desesperadamente hacia el lugar.

Suplicó una y otra vez que liberaran a su hija, pero sus ruegos cayeron en oídos sordos mientras el vehículo arrancaba y se perdía por la calle.

***

—Jefe, Marcello y los hombres han llegado —anunció uno de los guardias.

—Hazlos pasar —respondió con voz ronca.

Cuando la puerta se abrió, Julia fue llevada al interior con la cabeza inclinada hacia el suelo, seguida por Marcello y los otros dos hombres, que la sujetaban con fuerza por los brazos.

—Me están apretando demasiado —protestó, intentando soltarse.

—No te atrevas a hablar delante del jefe —la advirtió Marcello.

Cuando llegaron frente al jefe, se detuvieron y la empujaron al suelo.

Julia, que no tenía idea de dónde estaba, levantó lentamente la vista.

A su alrededor había hombres vestidos con camisas y pantalones negros, además de varias mujeres... bueno, prostitutas, a juzgar por la forma en que iban vestidas.

Todos la miraban con desprecio, mientras algunos se reían.

—Silencio —ordenó Don.

Toda la habitación quedó en absoluto silencio.

Julia levantó la cabeza y se encontró con la mirada más fría que había visto en toda su vida.

Podía sentir cómo aquellos ojos atravesaban directamente su corazón. Su rostro por sí solo transmitía toda su personalidad; desde su mandíbula perfectamente marcada hasta sus pómulos y sus facciones bien definidas, cada detalle parecía irradiar una energía siniestra que imponía autoridad.

Él la observaba sin parpadear. Sus ojos parecían capaces de atravesarla por completo, como si pudieran recorrer su pasado y descubrir todos sus secretos.

De pronto, su mirada descendió hasta los labios de Julia. Durante todo ese tiempo ella no había dejado de mirarlo. Quería apartar la vista, pero era incapaz. Algo simplemente no se sentía bien.

El intenso intercambio de miradas terminó cuando una de las prostitutas lo besó en la mejilla.

Eso hizo que Julia volviera en sí. Se sorprendió de no haber notado antes a las dos morenas sentadas a ambos lados de él. Ellas rozaban sus cuerpos contra el suyo mientras él les acariciaba los pechos por turnos. Se escuchaban gemidos, pero nadie les prestaba atención; era algo completamente habitual allí.

—¿Quién es ella? —preguntó una de las morenas de exuberante busto.

—Un juguete nuevo —respondió el jefe.

Todos estallaron en carcajadas.

Aquello enfureció a Julia, pero permaneció en silencio. Al darse cuenta del tipo de personas que la rodeaban, comprendió que bastaría un simple gesto de su líder para acabar con su vida.

—Silencio —ordenó nuevamente mientras se levantaba de su asiento y caminaba hacia Julia, que seguía en el suelo.

Cuando estuvo frente a ella, se arrodilló sobre una rodilla y acercó su rostro al suyo.

La joven, todavía repugnada por lo que acababa de presenciar, echó la cabeza hacia atrás mientras su corazón latía con fuerza.

Él se detuvo de repente, soltó una breve risa y luego la levantó del suelo para inmovilizarla contra la pared. Los presentes observaban la escena con interés.

Con una mano sujetó con fuerza las dos muñecas de Julia por encima de su cabeza y la besó a la fuerza. Ella intentó resistirse, pero el agarre de Don era demasiado fuerte. Con la otra mano se deslizó por debajo de su blusa y comenzó a manosearle los pechos.

Julia sentía que el corazón quería salírsele del pecho. Temblaba con cada roce y cada caricia.

De repente, la mano de él descendió hasta su falda, cruzó la cintura de la prenda y se introdujo dentro de su ropa interior. Deslizó un dedo en su interior.

—Mmm... todavía está muy ajustada —susurró antes de detenerse.

—Llévenla a cambiarse y pónganle una lencería bonita. La necesitaré para entretenerme esta noche —anunció dirigiéndose a una de las chicas, Brittany.

—No haré semejante cosa —soltó Julia mientras se acomodaba la ropa. No podía creer que hubiera permitido que un hombre hiciera con ella lo que quisiera.

Don se detuvo en seco, sorprendido por su respuesta.

—No la golpeen. No quiero ver ni una sola marca en su bonita piel. Además, es bastante especial —indicó a Marcello.

—De verdad que tienes agallas —comentó con frialdad—. Pero déjame recordarte que ahora me perteneces, y cuanto antes aprendas a mantener la boca cerrada, más fácil será tu vida aquí. Ahora sé una buena chica y ven a hacerme feliz.

Mientras se la llevaban fuera de la habitación, uno de sus hombres se acercó desde el exterior.

—El señor Martin desea hablar con usted.

El rostro de Don se endureció.

—Marcello —llamó a su asistente personal—. Dile a Brittany que detenga lo del cambio de ropa. Ha surgido algo importante.

—Sí, jefe.

Marcello hizo una reverencia y salió de la habitación.

Don caminó hasta su escritorio, irritado, y sacó su teléfono inteligente del cajón. Se enfurecía cada vez que escuchaba el nombre de su hermanastro; aquel joven tenía un talento especial para arruinar todos sus momentos de diversión.

Después de guardar el teléfono en el bolsillo, alguien entró en la oficina.

—Hola, hermano. Cuánto tiempo sin verte.

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