LOGINZeirenLa casa estaba en silencio.Pero no de ese silencio incómodo, como el que reina en el Cielo.Este era otro. Uno lleno de cosas vivas.De palabras susurradas casi sin aliento.De promesas que colgaban en el aire y se concretaban una vez al mes.La Ciudad de los Renegados había cambiado. Ya no olía a ruina. Ya no gritaba abandono.Había faroles encendidos, calles de tierra pero limpias. Diferentes lugares para socializar, para convivir sin miedo.Y en medio de todo eso… nuestra casa.No era grande. No era lujosa.Pero era nuestra.Un sueño hecho realidad.Uno que no pensamos que realmente podríamos disfrutar juntos.Al principio, la idea era que cada uno viviera allí, pero no a la misma vez. Ella pasaría unos días y me dejaría detalles para crear la ilusión de que aún estábamos juntos... y yo haría lo mismo.¿Patético? Posiblemente sí, pero era la única salida que teníamos.Hasta que nos llegó la noticia.El relato más valiente que Fernanda y Damien nos pudieron dar: se atreviero
FernandaHabía una vez, en una tierra ni tan lejana ni tan mágica, dos almas destinadas a encontrarse. Como imanes imposibles de separar, tanto así que el universo conspira para reunirlas.Dicen que hay fuerzas invisibles que guían los pasos de esos enamorados, que la muerte misma se detiene para dejar que el amor suceda.Y ellos lo eran...Él era alto, atormentado, guapo hasta el pecado y con el pasado lo suficientemente trágico como para hacer llorar a una piedra.Ella, fuerte, valiente, con el corazón lleno de cicatrices y la determinación de quien ya lo perdió todo… pero que aún caminaba como si el mundo fuera suyo.Se cruzaban entre la vida y la muerte. Entre la luz y la oscuridad. Entre el cielo y el infierno.Y cuando sus miradas se encontraban, todo se detenía.El tiempo.El dolor.El mismísimo universo.Era amor. De ese que rompe reglas. De ese que hace temblar dimensiones.Un amor eterno.Poderoso.Inevitable.Romántico, ¿no?Sí… hasta que te das cuenta de que ese "gran reen
ZeirenOdiaba esa oficina.Cada ángel que pasaba me saludaba con una reverencia ridícula, y cada vez que alguien me decía “Señor de la Transición” me daban ganas de estrellarles la cabeza contra la pared.No porque no supiera el peso del cargo.Sino porque ese cargo no me devolvía lo que más me importaba.Mi Eloah.Desde que Cordelia y yo fuimos separados por voluntad del Creador, el cielo se volvió una jaula luminosa.Todo demasiado blanco, demasiado perfecto. Sin una sombra donde perderse. Sin un rincón que pudiera doler.Y yo necesitaba sentir ese dolor.Porque lo único que me quedaba de ella… Era eso, el único sentimiento que tenía permitido experimentar.Dormir era inútil.Cada vez que cerraba los ojos, la sentía.Su voz, su piel, el sonido de su risa.Despertaba con el corazón hecho nudos. Y solo el peso de la responsabilidad me mantenía en pie. Porque me debía a este "trabajo" para que ella siguiera existiendo.En teoría, tenía tareas. Documentos. Audiencias.Pero el cielo, tan
CordeliaVolver al Averno fue como despertar en mitad de una pesadilla que ya conocía muy bien.La arena estaba agrietada, como si el corazón del mundo se hubiera partido en dos.El aire… el aire ardía de manera distinta. Se sentía más denso de lo común... más viejo y misterioso.Como si el lugar también lamentara la derrota que yo sentía.Pero yo no pensaba en el Averno.Ni en las ruinas.Ni en nada que tuviera que ver con mi vida ahora...Solo podía pensar en él.Zeiren.Él allá arriba… yo aquí.Separados.Vivos, sí. Pero divididos... rotos... solos.Mis pasos resonaban entre escombros, cada uno más pesado que el anterior. No porque mi cuerpo doliera, ya no era del todo humana, sino porque el alma...El alma estaba hecha trizas... pedazos que pesaban mil toneladas.Entonces los vi.Fernanda, de pie, con los brazos cruzados, y Damien un paso atrás, apoyado contra un muro de piedra cuarteada.Ambos enteros.Ambos esperándome.Ambos… testigos de mi ruina.Fernanda me vio primero.Sus o
Zeiren Una figura sin forma. Sin rostro. Sin tiempo.Y sin embargo… lo reconocí.El Creador.La Presencia. El Origen.Cordelia bajó la cabeza a mi lado, pero no por rendición. Fue respeto, asombro, comprensión.La luz que lo rodeaba no lastimaba. Sanaba.Y aún así, dolía. Porque nos veía. Nos juzgaba.Y todo se detuvo. Los ángeles no dijeron nada. Solo nos miraron. Los demonios corrieron a esconderse en las sombras.Yo tragué saliva. Sentía el cuerpo temblar, no de miedo, sino de… vacío. Como si toda mi existencia estuviera en un hilo, esperando una sentencia... y me partía al medio la sola idea de que nos volverían a separar.Cordelia me tomó la mano.—¿Nos va a castigar? —preguntó, apenas en un susurro.Negué con la cabeza.—No. Nos va a probar.Y entonces Él habló.—El orden cayó. Pero el destino eligió. ¿Qué harán ustedes ahora?Y yo… yo no tenía respuesta.Pero Cordelia sí.—Lo que sea necesario —dijo con seguridad sin levantar la cabeza.El mundo dejó de colapsar. El cielo qued
ZeirenMe quedé quieto.La respiración aún me costaba, como si el aire no supiera si quería quedarse en mis pulmones o abandonarme del todo. Mis manos temblaban. Tenía la piel rasgada, los huesos dolían como si cada uno hubiera sido forjado de nuevo a martillazos.Y entonces la vi.Cordelia.Deslizándose hacia mí como si no pisara el suelo, como si su propia presencia desplazara la realidad para abrirle paso. No llevaba la túnica negra esta vez. Era ella. Mi Eloah. O eso quise creer.Me arrodillé sin poder evitarlo. No por reverencia. Por necesidad. Por miedo. Por amor. Porque no entendía si lo que estaba viendo era real o una de las muchas alucinaciones que Azrael había puesto en mi mente como dagas.Ella se inclinó frente a mí. Me rozó el rostro con la yema de los dedos.Tibia. Viva. Verdadera.—Estás aquí... —susurré.Ella sonrió.No dijo nada. Solo me miró como si el universo entero le cupiera en los ojos. Como si todas las respuestas estuvieran encerradas en esa sonrisa que me ha







