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Capítulo 4.

Autor: Emily Rose
last update Fecha de publicación: 2026-02-02 04:58:55

Las semanas siguientes al viaje de Liam fueron un tormento silencioso para Elena. No era solo la presión de vivir en una mentira, sino que su propio cuerpo empezaba a traicionarla.

Aquella mañana, el olor del café y el tocino frito en el comedor le revolvieron el estómago de una forma violenta.

Elena palideció. Se llevó una mano a la boca y, sin pedir permiso, se levantó de la mesa y corrió hacia el baño del pasillo.

Liam dejó caer el periódico sobre la mesa con un gesto de fastidio. La miró alejarse con una mezcla de asco y desprecio.

—Qué patética eres, Elena —gritó Liam desde el comedor—. Ni siquiera puedes terminar un desayuno sin montar un show.

Dante, que estaba de pie cerca del ventanal, no dijo nada. Sus ojos siguieron a Elena hasta que la puerta del baño se cerró. Escuchó el sonido de las arcadas y sintió una punzada de preocupación que no pudo ocultar del todo.

Liam se levantó, ajustándose el saco de su traje de tres piezas.

—Dilan, vigílala. Si sigue así de enferma, llama al médico de la familia. No quiero que se muera antes de que firme el traspaso de las acciones el próximo mes. Tengo una reunión importante.

Sin esperar respuesta, Liam salió de la casa, haciendo resonar sus zapatos caros contra el suelo. Dante esperó a escuchar el motor del coche alejarse antes de caminar hacia la puerta del baño.

Entró sin llamar. Elena estaba arrodillada frente al inodoro, temblando. Dante se acercó con suavidad y le tendió un vaso con agua que había tomado de la cocina.

—Bebe un poco —dijo.

Elena lo miró, con los ojos llorosos y el rostro empapado en sudor frío. Aceptó el vaso, pero antes de que pudiera decir nada, escucharon unos pasos rápidos de regreso. Era Liam; se había olvidado de su teléfono sobre la mesa y había vuelto a entrar a la casa.

—¿Elena? —Liam golpeó la puerta del baño con fuerza desde fuera—. ¿Qué demonios te pasa?

Elena abrió la boca para responder, pero Dante fue más rápido. Se inclinó sobre ella y le tapó la boca con una de sus manos grandes y calurosas. La otra mano la usó para sujetarla por la cintura, manteniéndola pegada a él.

Elena sintió un chispazo con el contacto. El olor de Dante la envolvió, calmando extrañamente sus náuseas. Él le hizo una señal de silencio con la mirada.

—Es solo... un problema del estómago, Liam —logró gritar Elena cuando Dante retiró la mano unos centímetros—. Algo me cayó mal anoche. Vete a tu reunión, estaré bien.

—Más te vale —gruñó Liam tras la puerta—. Dilan, llévala al hospital esta tarde si no mejora. No quiero problemas en esta casa.

Escucharon sus pasos alejarse definitivamente. Dante no soltó a Elena de inmediato. Sus ojos bajaron de su rostro y recorrieron su abdomen de forma lenta y pensativa. Su mirada se detuvo allí un segundo de más.

—¿Es solo el estómago, Elena? —preguntó Dante, entrecerrando los ojos.

—Sí —mintió ella, apartándose de él.

***

Más tarde, Dante estaba revisando el perímetro de la casa. Al pasar cerca del contenedor de basura del ala este, algo llamó su atención. Un pequeño envoltorio de cartón sobresalía entre los papeles desechados.

Lo recogió. Era el empaque de una prueba de embarazo.

Dante sintió que el mundo se detenía. Sus dedos apretaron el cartón. Sus sospechas de la mañana cobraron más fuerza. Recordó las fechas, recordó aquella noche bajo la máscara y el control que perdió con ella.

"¿Es mío?", se preguntó. Pero luego pensó en Liam.

Si Elena estaba embarazada y el niño era de Liam, su plan para destruirlo se volvería mucho más complicado. Y si el hijo era suyo, entonces Elena estaba en un peligro mortal.

No la confrontó. Guardó el envoltorio en su bolsillo y caminó hacia la entrada principal. Elena lo esperaba allí, vestida para salir.

—Liam llamó. Quiere que me lleves a que me revisen el estómago —dijo ella sin mirarlo a los ojos.

—Sube al coche —respondió él con aspereza.

El trayecto al hospital fue silencioso. Dante conducía con concentración, pero sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el volante. Elena miraba por la ventana, perdida en sus propios miedos.

Sabía que si Liam descubría que esperaba un hijo que no era suyo, su padre sería el primero en pagar las consecuencias. Liam no tendría piedad; cortaría los fondos del hospital ese mismo día.

Dante rompió el silencio cuando estaban a pocos minutos de llegar. Habló en voz baja, casi en un susurro, para que los micrófonos ocultos del coche —que él sabía cómo bloquear momentáneamente— no captaran sus palabras.

—Pase lo que pase allá adentro —dijo Dante, mirando fijamente la carretera—, quiero que sepas algo.

Elena se giró hacia él, sorprendida por el cambio en su tono.

—¿Qué?

—Si alguna vez sientes que no puedes más... si quieres huir de esta casa y de Liam... yo tengo una salida preparada —dijo él, girando el volante para entrar al estacionamiento del hospital—. Puedo sacarte de aquí hoy mismo si me lo pides.

Era la primera vez que Dante dejaba caer su careta de empleado. Le estaba ofreciendo traicionar a su jefe y le estaba ofreciendo la libertad.

Elena sintió que el corazón le latía con una fuerza desbocada. Miró por el espejo retrovisor y se encontró con los ojos de Dante.

Por un instante, la desesperación que la había acompañado durante años pareció ceder. Una idea loca y arriesgada cruzó su mente:

"¿Y si confío en él? ¿Y si este hombre es realmente quien puede salvarme?".

—¿Por qué me ayudarías? —preguntó ella—. Arriesgarías tu trabajo, quizás tu vida. Liam no es de lo que perdona.

Dante detuvo el coche y apagó el motor. Se giró hacia ella, y por un segundo.

—Porque no soporto ver cómo te marchitas en esa casa —confesó él—. Y porque hay cosas más importantes que un contrato o un trabajo.

En ese momento, en la penumbra del coche, el guardaespaldas ya no era un desconocido. Era su único aliado.

—Entremos —dijo ella, con la voz más firme—. Veremos qué dice el médico. Pero guarda esa oferta, Dilan. Puede que la necesite más pronto de lo que crees.

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