INICIAR SESIÓNEl trayecto de regreso desde el hospital fue el más amargo que Elena había experimentado. El diagnóstico médico no dejó lugar a dudas, aunque ella intentó ocultar el informe en su bolso. El silencio dentro del coche era denso, casi sólido.
Dante conducía con una rigidez que asustaba; sus manos apretaban el volante como si quisieran estrangularlo.
Dante no era tonto. Había visto el envoltorio en la basura, había visto las náuseas y ahora veía el pánico en los ojos de Elena.
La cercanía que habían construido en el balcón y los meses de convivencia se habían transformado en una tensión que amenazaba con estallar.
De repente, Dante se desvió de la ruta principal y frenó bruscamente en un callejón desierto. El chirrido de los neumáticos hizo que Elena saltara en su asiento.
—¿Qué haces? —preguntó ella, con el corazón en la garganta—. Tenemos que volver, Liam nos espera.
Dante apagó el motor y se giró hacia ella. Sus ojos oscuros estaban cargados de furor, ya no era el guardaespaldas profesional; era el hombre que la había poseído en la oscuridad del hotel.
—Dime la verdad —exigió él —. De quién es ese niño, Elena.
Elena apretó su bolso contra su vientre, un gesto instintivo de protección que no pasó desapercibido para Dante.
—No sé de qué hablas. El médico dijo que era una infección gástrica.
—¡No me mientas! —rugió él, acercándose tanto que ella pudo sentir el calor de su cuerpo—. Encontré el test. Sé que estás embarazada. ¿De quién es?
Elena sintió que el mundo se le venía encima. Para proteger la vida de su hijo y la de su padre, tenía que decir la mentira más dolorosa de su vida.
—Es de Liam —soltó ella, evitando su mirada—. Es de mi esposo, Dilan. ¿De quién más va a ser?
Dante pareció recibir un golpe físico. Retrocedió y su rostro se desencajó por la ira y los celos. Durante meses había alimentado la esperanza de que aquella noche hubiera significado algo más, de que ella fuera suya en cuerpo y alma.
—¿De él? —preguntó con desprecio—. ¿Después de cómo te trata? ¿Después de cómo te humilla? Te acostaste con él mientras yo te cuidaba la espalda.
—¡Es mi marido! —gritó Elena, desesperada por hacer creíble la mentira—. ¿Qué esperabas? Él tiene derechos sobre mí. Así que respétame tú solo eres el guardaespaldas.
Dante estalló. Soltó un puñetazo violento contra el volante, haciendo que la bocina sonara de forma estridente en el callejón. El golpe fue tan fuerte que Elena temió que hubiera roto el mecanismo.
***
Cuando llegaron a la mansión, el coche de Liam ya estaba estacionado en la entrada. Liam los esperaba en el vestíbulo, consultando su reloj de oro con impaciencia. Al verlos entrar, su rostro se iluminó con una sonrisa maliciosa.
—Llegas tarde, Elena —dijo Liam, ignorando el estado demacrado de su esposa—. Sube a cambiarte. Tenemos una cena con el señor Hamilton. Esta vez no aceptaré excusas. No me importa si te duele el estómago o si te mueres.
Elena sintió que las náuseas regresaban. Hamilton era el inversor lascivo del que había escapado la noche que conoció a Dante.
—Liam, por favor... me siento mal —suplicó ella—. No me obligues a ir.
—No te estoy preguntando —replicó él, acercándose y tomándola del brazo con fuerza—. Quiero que te pongas el vestido rojo, el que tiene la espalda descubierta y el escote profundo. Ese viejo verde de Hamilton no firmará el contrato si no tiene algo hermoso que mirar durante la cena.
Dante, que se había quedado en las sombras del vestíbulo, apretó los puños con tanta fuerza que sus dedos crujieron.
Ver a Liam tratarla como a una mercancía, justo después de saber que supuestamente llevaba a su hijo, era una tortura que apenas podía soportar. Su instinto de protección luchaba contra su rabia y sus celos.
Elena miró a Dante, buscando una pizca de la ayuda que él le había ofrecido en el coche horas antes. Pero Dante mantenía el rostro impasible, aunque su mandíbula estaba tan tensa que parecía de piedra. La frialdad en sus ojos la hirió más que las palabras de Liam.
—¿Qué esperas? ¡Sube! —ordenó Liam, dándole un empujón hacia las escaleras.
Elena subió los escalones mecánicamente, con las lágrimas a punto de brotar. Sabía que el guardaespaldas la estaba observando.
Liam se giró hacia él, notando la intensidad con la que el guardaespaldas seguía los movimientos de Elena. Una chispa de sospecha y arrogancia brilló en los ojos del jefe.
—Guardaespaldas —dijo Liam con voz burlona—, ¿qué miras?
Dante no respondió. Se mantuvo firme, con la mirada fija en un punto de la pared, aunque sus sentidos estaban totalmente enfocados en Elena.
—¿Es algo que tú puedas mirar? —continuó Liam, acercándose a Dante con una sonrisa provocadora—. Ella es mi esposa. Es demasiado para un simple empleado como tú. No te atrevas a levantar los ojos cuando ella lleve ese vestido. Tu trabajo es vigilar la puerta, no codiciar lo que nunca será tuyo.
Dante bajó la mirada por un segundo, ocultando el fuego que ardía en sus pupilas. Si Liam supiera quién era él realmente, si supiera que podía comprar toda su empresa y su vida con un chasquido de dedos, no se atrevería a hablarle así.
Pero lo que más le dolía era que Elena hubiera elegido, supuestamente, procrear con ese monstruo.
—Entendido, señor —dijo Dante con despego.
—Bien. Prepárate. Saldremos en veinte minutos. Asegúrate de que nadie se acerque a ella en el restaurante, excepto Hamilton.
Liam se alejó riendo, satisfecho de haber humillado a su guardaespaldas frente a la mujer que custodiaba. Dante se quedó solo en el gran vestíbulo. Miró hacia arriba, hacia la habitación donde Elena se vestía para ser exhibida como un trozo de carne.
La rabia y los celos lo estaban consumiendo. Ya no le importaba el plan de su familia, ni las cuentas ilegales, ni la investigación en Suiza.
Solo quería entrar en esa habitación, arrancarle ese vestido a Elena y llevársela lejos de allí. De pronto, Dante sacó su teléfono y marcó un número internacional.
—¿Dante? —respondió una voz masculina al otro lado.
—Acelera todo —dijo Dante, con la voz cargada de odio—. No quiero esperar al final del mes. Quiero a Liam destruido lo más pronto posible. Vamos a mover todo esta misma noche.
Epílogo.El vapor denso y caliente empañaba por completo los inmensos cristales de la ducha.El agua hirviendo caía en cascada, pero no era suficiente para apagar el fuego que consumía a Dante Vontobel.La acorraló contra la pared de mármol negro.El choque de la piedra helada contra la espalda desnuda de Elena la hizo soltar un jadeo agudo, arqueando la columna.Ese contraste brutal entre el frío del muro y el pecho ardiente de su esposo frotándose contra ella, le erizó cada centímetro de piel.Dante no le dio tregua.Atrapó ambas muñecas de su mujer con una sola de sus grandes manos y las fijó por encima de su cabeza, inmovilizándola contra el cristal resbaladizo.Sus ojos oscuros la devoraban bajo el chorro de agua. Era una mirada cargada de una lujuria oscura, hambrienta y completamente desatada.—Eres mi antídoto —ronroneó él contra su cuello mojado, dejando un rastro de besos húmedos que la hacían temblar—. Lo único que me mantiene cuerdo en este jodido mundo.Dante bajó el rost
En el centro del salón principal, rodeado de críticos exigentes y magnates, estaba Gabriel Pierce.Lucía muy diferente. Mucho más maduro, relajado y con una paz que antes no tenía.A su lado, sostenida de su brazo con orgullo, estaba una joven hermosa de cabello castaño y sonrisa dulce que lo miraba con profunda admiración.Dante y Elena se acercaron a ellos a paso lento y seguro, abriendo un camino entre la multitud que los reverenciaba.Gabriel los vio llegar y, por una fracción de segundo, el grupo que lo rodeaba pareció guardar un tenso silencio.Atrás había quedado el tiempo oscuro en que Gabriel Jones intentó jugar con fuego y casi se quema.Él había decidido conservar para siempre el apellido Pierce, renunciando al legado tóxico de los Jones para forjar su propio destino limpio.Dante se detuvo justo frente a él. La antigua tensión y rivalidad de los viejos tiempos ya no existía en absoluto.El magnate le tendió la mano derecha con cortesía.—Felicidades, Pierce. La exposición
Había pasado exactamente un año desde la boda del siglo.La inmensa mansión Vontobel, que alguna vez fue un templo de silencio absoluto y seriedad, ahora era un completo y maravilloso manicomio.—¡Klaus, atrápalo por la izquierda! —gritó el tío Heinrich, riendo a carcajadas desde su inmenso sillón de cuero.Klaus, el elegante hermano menor de Dante, se tiró al suelo sobre la costosa alfombra.Pero llegó una fracción de segundo tarde.Joshua, uno de los gemelos de dos años, pasó corriendo a toda velocidad con sus pasitos torpes y una galleta de chocolate en la mano.—¡Ven aquí, pequeño terremoto! —jadeó Klaus, levantándose con el traje lleno de migajas dulces—. ¡Dante, tus hijos son inalcanzables!Por el otro lado del inmenso salón, la escena de locura familiar no era mucho mejor.Don Leonardo, a pesar de su edad, corría con una energía renovada detrás de Aaron, el otro gemelo.El pequeño Aaron llevaba en la cabeza un costoso y enorme sombrero de diseñador que le tapaba los ojos, solta
El sonido de la cinta adhesiva rasgándose rompió el silencio del pequeño departamento.Charlotte sacó un par de zapatos de una caja de cartón gastada.Eran unos tacones exclusivos de diseñador, con suelas rojas intactas.Los miró por un segundo, sintiendo una mezcla de extrañeza y lejanía, como si pertenecieran a otra vida.Y la verdad es que así era. Pertenecían a una vida que ya no existía.El departamento que ahora alquilaban en las afueras de Múnich era minúsculo comparado con las mansiones a las que estaba acostumbrada.No había techos altos, ni candelabros de cristal, ni un ejército de sirvientes dispuestos a cumplir sus caprichos.Solo estaban ella, su madre y el sonido rítmico del respirador artificial que venía de la habitación aledaña.Su madre, con el cabello recogido de forma descuidada y ojeras profundas, sacó un abrigo de piel blanco de otra de las cajas.—Charlotte, hija... —murmuró la mujer, acariciando la suave tela—. Este abrigo de invierno costó una pequeña fortuna
El inmenso recinto de cristal estaba a reventar de invitados.Allí estaban sentados los empresarios más poderosos del planeta.Políticos influyentes, magnates y la verdadera socialité de Europa susurraban con expectación.Todos morían de curiosidad por ver a la mujer que había logrado domar al implacable magnate.Dante estaba de pie en el altar, con las manos entrelazadas a la espalda, proyectando un poder absoluto.Pero por dentro, su corazón latía a mil por hora.La majestuosa música clásica comenzó a resonar en las paredes de cristal.Todos los invitados se pusieron de pie en perfecta sincronía.Las enormes puertas de madera se abrieron de par en par.Los flashes de las cámaras de las revistas más exclusivas estallaron en la entrada.Pero Dante no vio a los fotógrafos. Ni vio a los millonarios, ni el lujo absurdo que los rodeaba.Solo la vio a ella.Elena caminaba del brazo de su padre, avanzando por el pasillo central como una verdadera diosa.Cada paso que daba silenciaba a los p
Afuera de la inmensa propiedad, el ambiente era un caos total.Los paparazzis se empujaban contra las barricadas de seguridad, desesperados por conseguir la foto del siglo.Las luces de los flashes parpadeaban tan rápido que parecían relámpagos iluminando la nieve.Todo el mundo gritaba los nombres de los novios, intentando llamar su atención.Adentro, en un salón privado con vista a los jardines nevados, Dante Vontobel se ajustaba los gemelos de oro de su camisa.El esmoquin negro hecho a la medida lo hacía ver más imponente y hermoso que nunca.A su lado, su tío Heinrich sonreía ampliamente.El anciano lucía completamente recuperado, con un color saludable en las mejillas y lleno de vitalidad.—Quién diría que el gran lobo solitario, el hombre más frío de Suiza, terminaría así —bromeó Heinrich, dándole una palmada en la espalda.Dante sonrió de lado. Fue una sonrisa genuina, sin sombras del pasado.—Solo necesitaba encontrar a mi verdadero amor, tío.La pesada puerta de madera se ab







