FAZER LOGINEl restaurante La Corona era el lugar donde los hombres como Liam cerraban tratos manchados de codicia. Elena caminaba con dificultad, sintiendo que el vestido rojo que Liam la obligó a usar le apretaba.
Era demasiado ajustado, demasiado revelador. Cada paso que daba bajo las luces de cristal del salón principal la hacía sentir desnuda frente a los viejos verdes que ocupaban las mesas.
Liam caminaba delante de ella, inflado de arrogancia. A su lado, el señor Hamilton, un hombre de setenta años con ojos pequeños y manos inquietas, no dejaba de lamerse los labios mientras miraba a Elena.
—Liam, mi querido amigo —dijo Hamilton con voz pastosa—, tu esposa es, sin duda, la joya más brillante de esta ciudad. Tienes buen gusto.
—Me alegra que le guste, Hamilton —respondió Liam con una sonrisa —. Ella sabe que su deber es que usted se sienta cómodo esta noche.
Dante caminaba dos pasos por detrás. Sus ojos oscuros estaban fijos en la nuca de Liam. Si las miradas pudieran matar, Liam ya habría caído muerto en la alfombra. Dante sentía la rabia bullendo bajo su piel que lo estaba volviendo loco.
Al llegar a la entrada de la zona reservada del banquete, un par de guardias de seguridad privada del restaurante se interpusieron.
—Solo los invitados principales, señor —dijo uno de los guardias, mirando el uniforme de Dante.
—Es mi guardaespaldas personal —intervino Liam —. Pero no lo necesito aquí dentro. Dilan, quédate afuera. Vigila la entrada y no dejes que nadie interrumpa nuestra cena privada.
Dante apretó la mandíbula con odio. Miró a Elena, buscando que ella dijera algo, que le pidiera que se quedara. Pero Elena, aterrorizada por las amenazas de Liam sobre su padre, solo bajó la cabeza y entró al salón.
—Ya oíste al jefe —dijo el guardia del restaurante, empujando levemente el hombro de Dante—. Afuera.
Dante dio un paso atrás, pero no se fue. Se quedó en el pasillo, mirando a través del cristal de la puerta doble.
Vio cómo Hamilton sentaba a Elena a su lado, cómo Liam reía de un chiste del viejo y, lo más insoportable, cómo Hamilton ponía una mano sobre el muslo de Elena, apretando la tela roja del vestido.
Elena estaba al borde del colapso. Necesitaba salir de allí. Con un movimiento rápido y supuestamente torpe, alcanzó su copa de vino tinto y la volcó sobre su regazo.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó ella, poniéndose de pie de un salto—. Soy una tonta. Mi vestido...
—Elena, fíjate lo que haces —gruñó Liam, molesto por la interrupción.
—Debo ir a limpiarme —dijo ella, con la voz temblorosa—. Necesito aire. Iré a la terraza un momento.
Sin esperar permiso, Elena corrió hacia las puertas traseras del salón que daban a una terraza privada en el segundo piso. El aire frío de la noche fue un alivio momentáneo. Se apoyó en la barandilla, intentando calmar las náuseas y el llanto.
Pero la paz no duró. Escuchó el sonido de la puerta abriéndose y los pasos pesados de Hamilton. El viejo la había seguido.
—No tienes por qué huir, preciosa —dijo Hamilton, cerrando la puerta tras de sí—. Liam me dijo que eras una mujer complaciente. Ese vino se puede limpiar... o podemos quitar el vestido por completo.
—Aléjese de mí, señor Hamilton —dijo Elena, retrocediendo hacia el borde de la terraza—. No estoy de humor para juegos.
—¿Humor? No estamos aquí por humor, cariño. Estamos aquí para cerrar un trato. Y tú eres parte del pago.
Hamilton se lanzó hacia ella con una agilidad sorprendente para su edad, atrapándola contra la barandilla. Elena gritó, forcejeando contra sus manos asquerosas.
—¡Suéltame! ¡Dilan! ¡Ayuda! —gritó ella.
Dante, que había estado vigilando desde el pasillo, vio a Elena salir a la terraza y a Hamilton seguirla.
Al intentar entrar por la puerta principal, los guardias lo bloquearon de nuevo. Dante no perdió el tiempo peleando con ellos. Corrió hacia una ventana lateral del pasillo, la abrió y saltó hacia la cornisa exterior.
Desde el segundo piso, con una precisión letal, Dante saltó. Aterrizó en la terraza de un porrazo, justo cuando Hamilton intentaba besar a Elena a la fuerza.
Dante se acercó a Hamilton, lo agarró de la solapa de su traje y lo separó de Elena de un tirón. Hamilton se tambaleó, sorprendido.
—¿Qué haces? —chilló Hamilton—. ¡Soy un invitado de honor! ¡Llamaré a Liam!
Dante lo ignoró. Tomó la mano derecha de Hamilton, la misma mano que había estado manoseando a Elena, y con un movimiento brutal, le dobló los dedos hacia atrás hasta que los huesos crujieron.
El grito de Hamilton desgarró la noche. Cayó de rodillas, sujetándose la mano destrozada.
—¡Me has roto la mano! —aulló Hamilton entre lágrimas de dolor—. ¿Sabes quién soy? ¡Soy el dueño de medio sector financiero! ¡Te voy a pudrir en la cárcel!
Dante se inclinó sobre él, con una mirada tan oscura y vacía que Hamilton dejó de gritar por puro terror. Dante lo agarró del cuello de la camisa y lo acercó a su rostro. Su voz era un susurro tan frío y letal que hizo que el viejo temblara.
—Entonces —susurró Dante al oído de Hamilton—, reza para no saber quién soy yo.
Hamilton se orinó encima del miedo. Nunca había visto unos ojos así en un simple guardaespaldas.
Dante lo soltó como si fuera basura y se giró hacia Elena. Ella estaba temblando, cubriéndose con sus propios brazos, mirando a Dante.
La rabia de Dante se suavizó por un segundo al verla, pero los celos seguían allí, quemándole el pecho.
—¿Te ha tocado en algún otro lugar? —preguntó él, acercándose a ella.
Elena negó con la cabeza, incapaz de hablar. Dante se quitó su chaqueta de uniforme y se la puso sobre los hombros, cubriendo el vestido rojo que tanto odiaba.
—Vámonos de aquí —dijo él, tomándola de la mano con firmeza.
—¿Y Liam? —preguntó ella—. Se volverá loco si nos vamos así. Mi padre...
—Liam no podrá hacer nada esta noche —respondió Dante—. Hoy se acaban las reglas de Liam.
Epílogo.El vapor denso y caliente empañaba por completo los inmensos cristales de la ducha.El agua hirviendo caía en cascada, pero no era suficiente para apagar el fuego que consumía a Dante Vontobel.La acorraló contra la pared de mármol negro.El choque de la piedra helada contra la espalda desnuda de Elena la hizo soltar un jadeo agudo, arqueando la columna.Ese contraste brutal entre el frío del muro y el pecho ardiente de su esposo frotándose contra ella, le erizó cada centímetro de piel.Dante no le dio tregua.Atrapó ambas muñecas de su mujer con una sola de sus grandes manos y las fijó por encima de su cabeza, inmovilizándola contra el cristal resbaladizo.Sus ojos oscuros la devoraban bajo el chorro de agua. Era una mirada cargada de una lujuria oscura, hambrienta y completamente desatada.—Eres mi antídoto —ronroneó él contra su cuello mojado, dejando un rastro de besos húmedos que la hacían temblar—. Lo único que me mantiene cuerdo en este jodido mundo.Dante bajó el rost
En el centro del salón principal, rodeado de críticos exigentes y magnates, estaba Gabriel Pierce.Lucía muy diferente. Mucho más maduro, relajado y con una paz que antes no tenía.A su lado, sostenida de su brazo con orgullo, estaba una joven hermosa de cabello castaño y sonrisa dulce que lo miraba con profunda admiración.Dante y Elena se acercaron a ellos a paso lento y seguro, abriendo un camino entre la multitud que los reverenciaba.Gabriel los vio llegar y, por una fracción de segundo, el grupo que lo rodeaba pareció guardar un tenso silencio.Atrás había quedado el tiempo oscuro en que Gabriel Jones intentó jugar con fuego y casi se quema.Él había decidido conservar para siempre el apellido Pierce, renunciando al legado tóxico de los Jones para forjar su propio destino limpio.Dante se detuvo justo frente a él. La antigua tensión y rivalidad de los viejos tiempos ya no existía en absoluto.El magnate le tendió la mano derecha con cortesía.—Felicidades, Pierce. La exposición
Había pasado exactamente un año desde la boda del siglo.La inmensa mansión Vontobel, que alguna vez fue un templo de silencio absoluto y seriedad, ahora era un completo y maravilloso manicomio.—¡Klaus, atrápalo por la izquierda! —gritó el tío Heinrich, riendo a carcajadas desde su inmenso sillón de cuero.Klaus, el elegante hermano menor de Dante, se tiró al suelo sobre la costosa alfombra.Pero llegó una fracción de segundo tarde.Joshua, uno de los gemelos de dos años, pasó corriendo a toda velocidad con sus pasitos torpes y una galleta de chocolate en la mano.—¡Ven aquí, pequeño terremoto! —jadeó Klaus, levantándose con el traje lleno de migajas dulces—. ¡Dante, tus hijos son inalcanzables!Por el otro lado del inmenso salón, la escena de locura familiar no era mucho mejor.Don Leonardo, a pesar de su edad, corría con una energía renovada detrás de Aaron, el otro gemelo.El pequeño Aaron llevaba en la cabeza un costoso y enorme sombrero de diseñador que le tapaba los ojos, solta
El sonido de la cinta adhesiva rasgándose rompió el silencio del pequeño departamento.Charlotte sacó un par de zapatos de una caja de cartón gastada.Eran unos tacones exclusivos de diseñador, con suelas rojas intactas.Los miró por un segundo, sintiendo una mezcla de extrañeza y lejanía, como si pertenecieran a otra vida.Y la verdad es que así era. Pertenecían a una vida que ya no existía.El departamento que ahora alquilaban en las afueras de Múnich era minúsculo comparado con las mansiones a las que estaba acostumbrada.No había techos altos, ni candelabros de cristal, ni un ejército de sirvientes dispuestos a cumplir sus caprichos.Solo estaban ella, su madre y el sonido rítmico del respirador artificial que venía de la habitación aledaña.Su madre, con el cabello recogido de forma descuidada y ojeras profundas, sacó un abrigo de piel blanco de otra de las cajas.—Charlotte, hija... —murmuró la mujer, acariciando la suave tela—. Este abrigo de invierno costó una pequeña fortuna
El inmenso recinto de cristal estaba a reventar de invitados.Allí estaban sentados los empresarios más poderosos del planeta.Políticos influyentes, magnates y la verdadera socialité de Europa susurraban con expectación.Todos morían de curiosidad por ver a la mujer que había logrado domar al implacable magnate.Dante estaba de pie en el altar, con las manos entrelazadas a la espalda, proyectando un poder absoluto.Pero por dentro, su corazón latía a mil por hora.La majestuosa música clásica comenzó a resonar en las paredes de cristal.Todos los invitados se pusieron de pie en perfecta sincronía.Las enormes puertas de madera se abrieron de par en par.Los flashes de las cámaras de las revistas más exclusivas estallaron en la entrada.Pero Dante no vio a los fotógrafos. Ni vio a los millonarios, ni el lujo absurdo que los rodeaba.Solo la vio a ella.Elena caminaba del brazo de su padre, avanzando por el pasillo central como una verdadera diosa.Cada paso que daba silenciaba a los p
Afuera de la inmensa propiedad, el ambiente era un caos total.Los paparazzis se empujaban contra las barricadas de seguridad, desesperados por conseguir la foto del siglo.Las luces de los flashes parpadeaban tan rápido que parecían relámpagos iluminando la nieve.Todo el mundo gritaba los nombres de los novios, intentando llamar su atención.Adentro, en un salón privado con vista a los jardines nevados, Dante Vontobel se ajustaba los gemelos de oro de su camisa.El esmoquin negro hecho a la medida lo hacía ver más imponente y hermoso que nunca.A su lado, su tío Heinrich sonreía ampliamente.El anciano lucía completamente recuperado, con un color saludable en las mejillas y lleno de vitalidad.—Quién diría que el gran lobo solitario, el hombre más frío de Suiza, terminaría así —bromeó Heinrich, dándole una palmada en la espalda.Dante sonrió de lado. Fue una sonrisa genuina, sin sombras del pasado.—Solo necesitaba encontrar a mi verdadero amor, tío.La pesada puerta de madera se ab







