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Capítulo 2

Author: Ale Raven
last update publish date: 2026-07-06 02:25:40

La oscuridad se retiró de golpe, dejándome en una realidad blanca y dolorosa.

Un pitido rítmico e insistente taladraba mis oídos antes de que mis ojos lograran enfocar el techo liso de la habitación.

Intenté moverme, pero un gemido de dolor escapó de mis labios.

Un dolor sordo, punzante y abrasador nacía en mi pierna derecha, extendiéndose por todo mi cuerpo como si el fuego siguiera devorándome viva.

Al intentar respirar profundo, el aire se sintió espeso, rasgando mi garganta como arena caliza.

El olor a humo y a carne quemada parecía haberse quedado impregnado en el fondo de mis pulmones..

—Por fin despertaste.

La voz de Arthur, mi padre, cortó el silencio de la sala.

Giré la cabeza con lentitud, sintiendo el peso de la debilidad sobre mis párpados.

Ahí estaba él.

El hombre que se suponía debía protegerme, parado junto a la cama con su habitual traje de diseñador, impecable, sin una sola mancha de hollín, sin un solo rastro de preocupación real en sus facciones duras.

Pero no estaba solo, a su lado, luciendo un atuendo pulcro, apareció Cynthia.

Se me congeló la sangre en las venas.

La última vez que los había visto, Julian la llevaba en brazos a través de la densa cortina de humo, dejándome tirada en el suelo como si fuera un despojo del que era más fácil deshacerse.

Recordé sus palabras exactas, esas que se habían clavado en mi pecho con más fuerza que las llamas:

«No podría cargar contigo jamás. Pesas demasiado».

Había preferido salvar a su amante, a mi media hermana, mientras me miraba con un desprecio absoluto y me pedía una disculpa patética antes de abandonarme a la muerte.

¿Y ahora estaba aquí frente a mí con una sonrisa de suficiencia dibujada en su rostro? ¡Qué descaro el de esta mujer!

Cynthia cambió su expresión en un parpadeo, adoptando una fachada de simpatía fingida que me dio náuseas.

Dio un paso hacia mí, entrelazando sus manos con un gesto ensayado.

—Valerie, cariño, estábamos muy preocupados por ti —dijo con una voz suave, tan falsa que zumbaba en mis oídos.

La miré fijamente, tragándome el dolor físico para dejar que la rabia tomara el control de mi voz.

—¿Acaso escuché "preocupados"? —pregunté, interrumpiéndola con un tono áspero, herido pero cargado de veneno—. Lo único que les preocupa a ustedes es que yo les cuente a todos la manera en la que tú y Julián me dejaron en medio de un incendio para que muriera.

Cynthia ensanchó los ojos, fingiendo una ofensa perfecta, y miró a nuestro padre como si yo estuviera sufriendo un ataque de delirio.

—¡¿Pero qué dices?! Estás hablando tonterías, Valerie. El humo te debe estar afectando la cabeza.

—No te hagas la tonta, Cynthia. Sé perfectamente lo que vi. Sé que tú y Julián están teniendo una aventura, los escuché en la bodega antes de que el fuego empezara. Los descubrí.

—¡Ya basta, Valerie! —la voz de mi padre tronó en la habitación, cortando mis palabras con una frialdad que me partió el alma—. Cynthia es de la familia, y la familia es lo primero.

Dejé escapar una carcajada amarga, una que me desgarró la garganta y me obligó a toser.

Las lágrimas de frustración comenzaron a acumularse en mis ojos, pero me negué a parpadear para no mostrarme débil ante ellos.

—¿Como si tú pudieras hablar del tema de la familia? —exclamé, clavándole la mirada a Arthur—. Cynthia es cualquier cosa menos parte de mi familia después de lo que presencié. Y tú... tú nunca me has tratado como a un miembro de la familia. Eres una verdadera vergüenza.

La hostilidad entre nosotros no era nueva, era una guerra fría que venía gestándose desde mis dieciocho años.

Aquella época volvió a mi mente como una ráfaga hiriente.

A esa edad, cometí el error de enamorarme y quedar embarazada de un chico que mantenía en secreto, lejos del control y la ambición de mi padre.

Pero la privacidad no existía en nuestra casa.

Cynthia se encargó de husmear, de encontrar las pruebas y, con una crueldad milimétrica, le filtró la noticia a la prensa.

Los titulares se dispararon en todos los tabloides de la ciudad:

«Valerie Grand, la hija del gran magnate de Chicago, embarazada en secreto».

El escándalo fue mayúsculo.

Mi padre jamás me lo perdonó. Me arrinconó, me humilló y me obligó a tomar la decisión de terminar con ese embarazo.

Me opuse con todas mis fuerzas. Estaba dispuesta a renunciar al apellido, al dinero, a irme sola con mi bebé a donde nadie pudiera tocarnos, pero no tuve la oportunidad de pelear.

El estrés sistemático, las amenazas de mi padre y la presión mediática destruyeron mi cuerpo por dentro, provocando un aborto natural que me dejó vacía.

Cynthia y Arthur habían destruido mi primer rastro de felicidad, y ahora pretendían actuar como si nada hubiera pasado.

—¡Basta ya! Te estás comportando como una niñata egoísta —escupió mi padre, dando un paso hacia la camilla, sus ojos destellando con impaciencia—. Cynthia merecía ser salvada de ese siniestro. Ella es el futuro de esta familia, el verdadero motor de lo que construimos. Lo hubieras pensado mejor antes de tirar tu propio futuro por la borda hace años por estar con aquel delincuente de quinta.

Mi mandíbula cayó al suelo.

Las palabras se me atascaron en la garganta mientras el dolor emocional me invadía por completo, eclipsando las quemaduras de mi cuerpo.

No podía creer lo que estaba escuchando de la misma boca de mi padre. La cruda realidad me golpeó en el rostro con la fuerza de un mazo.

—¿Papá? —mi voz flaqueó, rompiéndose en un susurro desesperado—. No puedes estar diciendo eso. En verdad... ¿en verdad quieres decir que, dado el caso, hubieras preferido que Cynthia se salvara y yo muriera quemada en esa bodega? Dímelo. Mira a tu hija a los ojos y dímelo.

Arthur ni siquiera se inmutó ante mis lágrimas, que ya rodaban calientes por mis mejillas, perdiéndose en la bata del hospital.

—Ves lo que digo, todavía piensas como una niña caprichosa —respondió él, cruzándose de brazos con total indiferencia—. Deja de inventar cosas que no he dicho y asume las consecuencias de tus acciones de una vez por todas. No hay tiempo para tus melodramas.

—¿Cynthia es el futuro de esta familia? ¿Y qué hay de mí, papá? —le grité, aunque el esfuerzo me hizo arder el pecho—. ¿O convenientemente se te olvidó que yo también soy tu hija? ¿Que la sangre de mi madre es la que levantó la mitad de este imperio?

Todo lo que obtuve en respuesta fue el silencio sepulcral de Arthur y la sonrisa triunfante, casi imperceptible, que Cynthia dibujó en sus labios delgados al sentirse ganadora.

Para ellos, yo no era más que un cabo suelto, un estorbo que había sobrevivido por puro accidente.

Sin mostrar la más mínima empatía por mi estado, mi padre metió la mano en su abrigo y sacó un fajo de papeles perfectamente ordenados.

Me los extendió, mostrando un brillo siniestro, calculador y corporativo en sus ojos grises.

—Firma esto, Valerie. Es lo mejor para todos. Es hora de hacer una reestructuración.

Miré los papeles con desconfianza, estirando una mano temblorosa que aún conservaba restos de ceniza bajo las uñas.

—¿Qué es esto? —pregunté, conteniendo la respiración.

—Es un Contrato de Transferencia de Acciones —declaró con voz monótona, como si estuviera discutiendo el precio de un inmueble—. Un documento que te despojará del puesto de directora ejecutiva en Hardwood Enterprises. La posición que tu madre te dejó en su testamento.

Mis ojos se abrieron de par en par, fijos en las cláusulas que legalmente me borraban del mapa de la compañía de mi propia madre.

Mi mente se resistía a procesarlo. No podía ser cierto.

Mi única familia directa, el hombre que me crió, no podía estar desechándome de esta manera tan fría, despojándome del único legado vivo que me quedaba de la mujer que de verdad me amó.

Pensé, por una milésima de segundo, que se trataba de una mala broma para presionarme.

Pero al ver la determinación despiadada en su rostro, supe que me había equivocado.

Iban en serio.

—Lo mejor es que Cynthia se haga cargo de todo a partir de ahora —concluyó Arthur, dándome un bolígrafo con una frialdad que me heló los huesos—. Ella tiene la visión, el apoyo de los inversores y, sobre todo, la cabeza fría que a ti te falta. Firma.

Y esas fueron las palabras que terminaron de abrir la herida que se venía gestando desde hacía años en mi corazón.

Una grieta profunda, sangrienta y definitiva que, supe en ese instante, no cerraría jamás.

Ya no había espacio para la tristeza o la súplica.

Mientras miraba el papel, una transformación lenta pero irreversible empezó a operar dentro de mí.

Si me querían muerta, si me querían fuera de sus vidas, les daría exactamente lo que buscaban, pero bajo mis propios términos.

Ya no era la niña gorda e indefensa que rogaba por un gramo de atención paterna.

La empresa de mi madre no se quedaría en manos de los asesinos de su memoria.

Miré a Arthur, luego a Cynthia, y el dolor se transformó en un hielo sólido.

Alguien me había sacado de ese incendio, alguien con ojos grises como el acero me había devuelto la vida, y no pensaba desperdiciarla complaciendo a mis verdugos.

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