LOGINPara Mateo, Lucía nunca fue más que una esposa conveniente. Un acuerdo entre familias, un nombre en un papel y una presencia silenciosa en una casa fría. Durante dos años de matrimonio, él le dejó claro cuál era su lugar: la sombra detrás del recuerdo de Sofía, el primer amor que jamás pudo olvidar. Sin caricias, sin afecto y compartiendo una cama dividida por el desprecio, Lucía soportó en silencio la frialdad de un hombre que se negaba a mirarla. El límite se rompe cuando Sofía regresa a la ciudad. En una sola noche de humillación pública y tras ser abandonada en medio de una crisis de salud, Lucía comprende que no hay amor que valga la pena mendigar. Sin llantos, sin reclamos y sin exigir un solo centavo de su fortuna, firma los papeles de divorcio, se quita la alianza y desaparece por completo de la vida de Mateo. Libre de la "esposa molesta", Mateo cree haber recuperado la libertad para vivir el romance que siempre soñó. Pero a medida que la convivencia con Sofía revela una realidad caprichosa e interesada, la ausencia de Lucía comienza a asfixiarlo. Al descubrir que la paz y la estabilidad de su vida eran construidas por la mujer que despreció, Mateo se enfrenta a la verdad más amarga: destruyó al único amor verdadero por perseguir a un fantasma. Ahora, Lucía ha renacido, no piensa volver a ser la opción de nadie y la reconquista será una batalla donde Mateo tendrá que pagar el precio de cada una de sus indiferencias.
View MoreEl chasquido seco de la puerta principal al cerrarse retumbó en la penumbra del apartamento como un eco helado. Lucía abrió los ojos en medio de la oscuridad, aunque en realidad nunca había logrado conciliar el sueño. Permanecía inmóvil, acurrucada sobre el costado derecho de la inmensa cama de tamaño king, manteniendo la espalda rígida hacia la puerta de la habitación. Escuchó los pasos pesados y cansados de Mateo acercándose por el pasillo de mármol. Eran más de las dos de la mañana.
Como cada noche en que él decidía aparecer a deshoras, no hubo una palabra de disculpa, ni un murmullo que justificara su retraso. Mateo entró al dormitorio en completo silencio, arrastrando apenas los pies. La tenue luz de la calle filtrada a través de las cortinas traslúcidas dibujaba su silueta sombra tras sombra. Se quitó el saco del traje con un movimiento rutinario y lo arrojó sobre el sillón de lectura, seguido de la corbata, que dejó caer sin el menor cuidado. Lucía contuvo la respiración, sintiendo cómo el estómago se le contraía en un nudo ciego. Una parte de ella, esa diminuta y necia fibra de esperanza que aún se negaba a morir, deseaba que él se acercara a su lado de la cama, que le pusiera una mano sobre el hombro o que simplemente le preguntara si seguía despierta. Pero el milagro no ocurrió. Cuando Mateo finalmente se metió bajo las cobijas, el colchón cedió bajo su peso en el extremo opuesto. Se colocó lo más lejos posible de ella, pegando la espalda al borde de la cama, como si la sola cercanía del cuerpo de su esposa fuera una amenaza o una incomodidad insoportable. Ni un saludo. Ni un toque accidental de piel con piel. Ni el más mínimo ademán de calidez. La distancia física entre ellos era de apenas un metro, pero en términos emocionales se sentía como un abismo insalvable. Desde que se habían casado dos años atrás —una unión promovida por el interés de sus familias y por los negocios de sus respectivos padres—, la intimidad entre ellos había sido prácticamente inexistente. Las pocas veces que habían compartido la cama en el sentido pleno de la palabra se podían contar con los dedos de una sola mano, y cada una de esas ocasiones había dejado en Lucía un sabor amargo. Mateo jamás la había buscado con pasión o deseo; siempre lo había hecho con la frialdad de quien cumple con un trámite burocrático, con los ojos cerrados la mayor parte del tiempo, como si para tocarla necesitara imaginar que estaba sosteniendo a alguien totalmente diferente. En medio del denso silencio del cuarto, el leve resplandor azulino de una pantalla iluminó la penumbra. Mateo había sacado su teléfono móvil. Lucía, sin moverse un solo milímetro y apretando la barbilla contra la almohada, giró levemente los ojos para mirar de reojo hacia la parte trasera del aparato. La pantalla reflejó la imagen de bloqueo, una fotografía que él creía guardar con celoso secreto y que jamás se molestaba en cambiar. Era una fotografía vieja, desgastada por los años y el formato digital. En ella aparecía un Mateo más joven, sonriente y radiante como jamás lo había visto en persona, abrazando por la cintura a una mujer de cabello claro y sonrisa descarada. Sofía. Su prometida de la universidad, la mujer que le había roto el corazón al abandonarlo sin contemplaciones para mudarse a Europa a perseguir una vida de lujos y libertad. A pesar del tiempo, a pesar del matrimonio y del anillo de oro que llevaba grabado en el dedo, Mateo seguía viviendo encadenado a ese recuerdo. Lucía sintió que un nudo amargo le quemaba la garganta. Dos años mendigando una mirada, una palabra amable, un gesto que le demostrara que ella también tenía un espacio en su vida, para terminar comprendiendo que competía contra el fantasma de un amor idealizado que jamás podría superar. Con los labios temblorosos, Lucía decidió hacer un último e inútil intento por romper el hielo que los congelaba a ambos. —Mateo... —murmuró con la voz rota y baja, casi en un susurro que apenas raspó el aire de la habitación. Mateo no se giró. Ni siquiera detuvo el movimiento de su pulgar sobre la pantalla del teléfono. —Estoy cansado, Lucía. Duérmete —respondió él con un tono plano, tajante y profundamente distante, apagando el teléfono de golpe y dándole la espalda por completo. La habitación volvió a quedar sumida en la oscuridad más absoluta. Lucía apretó las sábanas entre sus puños cerrados y apretó los dientes para evitar que los sollozos se escaparan de su pecho. Cerró los ojos en silencio, asimilando con una dolorosa y aplastante claridad la verdad de su matrimonio: estaba durmiendo al lado de un hombre cuyo cuerpo compartía su cama, pero cuya alma, mente y corazón pertenecían a una mujer que ni siquiera estaba allí.Al día siguiente, la rutina en la sede central de la firma de inversiones era un caos sordo. Mateo permanecía sentado tras su amplio escritorio de nogal, con los codos apoyados sobre la superficie pulida y la frente descansando en sus manos. En las últimas veinticuatro horas apenas había logrado dormir un puñado de minutos. Cada vez que cerraba los ojos, no veía la sonrisa perfecta de Sofía ni sus exigencias de la noche anterior; veía la mesa del comedor vacía, el brillo helado de la alianza abandonada y la caligrafía serena de Lucía en esa nota de despedida.El sonido del teléfono interno interrumpió el silencio de su oficina.—Señor Mateo, el abogado de la familia, el licenciado Ramos, está en la línea dos —anunció su secretaria a través del intercomunicador.Mateo enderezó la espalda de inmediato y presionó el botón del auricular.—Ramos. Dime que lograste rastrear la dirección de Lucía o que aceptó recibir mi llamada.Un suspiro cansado al otro lado de la línea fue la primera resp
Pasaron tres semanas. Durante los primeros días, Mateo se mantuvo firme en su postura. En su mente, la marcha de Lucía no era más que un drama pasajero, una estrategia burda para intentar forzar una atención que él no estaba dispuesto a darle. Se repetía a sí mismo que era libre, que la ausencia de exigencias y el fin de ese matrimonio de conveniencia le devolvían la vida que siempre había deseado.Sin embargo, la rutina en el penthouse comenzó a deformarse de manera sutil pero implacable.La casa ya no se sentía como un hogar, sino como una enorme caja de cristal helada. La pulcritud impecable a la que estaba acostumbrado empezó a desvanecerse; los detalles invisibles que Lucía sostenía sin hacer ruido salieron a la luz. Su ropa favorita tardaba días en regresar de la lavandería, sus llamadas a los servicios domésticos no tenían la misma eficiencia, y el silencio por las noches se volvió insoportablemente denso. Ya no había nadie esperándolo en la penumbra, ni el aroma suave a té de
Eran pasadas las dos de la tarde cuando Mateo cruzó la puerta del penthouse. Traía la corbata floja, la chaqueta sobre el brazo y el cansancio marcado en el rostro tras una larga jornada de reuniones que había comenzado inmediatamente después de su desayuno con Sofía.Al entrar, esperaba el escenario habitual de las últimas semanas: el silencio tenso, la presencia de Lucía moviéndose de fondo como una sombra silenciosa o, tal vez, una escena de reclamos sofocados por la llamada de la noche anterior. Venía preparado con un discurso frío sobre sus responsabilidades sociales para cortar de raíz cualquier intento de discusión.Sin embargo, la atmósfera del lugar era distinta. El aire olía a vacío, a espacio deshabitado.—¿Lucía? —llamó con su voz grave, sin obtener respuesta.Avanzó por el pasillo hacia la sala principal. La luz del sol entraba a raudales por los grandes ventanales, iluminando una pulcritud casi clínica. La mesa de centro, habitualmente decorada con los libros de diseño e
Lucía pasó las siguientes dos semanas sumida en un trance silencioso. Tras la humillación en la gala, Mateo no ofreció disculpas ni intentó justificar su conducta. Al contrario, la llegada de Sofía a la ciudad pareció desmantelar por completo la poca presencia que él tenía en la casa. Volvía a altas horas de la noche, pasaba los fines de semana fuera bajo el pretexto de "reuniones de negocios" y mantenía el teléfono pegado a la mano en todo momento, respondiendo mensajes con una sonrisa distraída que jamás le dedicó a su esposa.Lucía, por su parte, dejó de esperarlo. Comenzó a preparar su salida en estricto secreto, reuniendo sus documentos, organizando sus ahorros personales y contactando a un abogado para redactar un acuerdo de divorcio impecable.La noche del quiebre definitivo llegó un martes helado. Una migraña feroz, acompañada de fiebre alta y náuseas, dejó a Lucía incapacitada sobre la cama a las diez de la noche. Sintiendo que el pulso le retumbaba en las sienes y demasiado






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