LOGINEl sonido del teclado en mi escritorio era el único ruido en la recepción de la presidencia. Mantuve la espalda recta, la vista fija en la pantalla y la voz desprovista de cualquier matiz personal cuando el intercomunicador chilló.
—Entra a mi oficina, Camila —la voz de Damián sonó firme, sin la más mínima huella de la tensión con la que nos despedimos anoche. Tomé la carpeta de informes, me arreglé la falda del traje y crucé la puerta de roble. Él estaba de pie junto al ventanal, de espaldas, sosteniendo una taza de café recién hecho. —Aquí están las auditorías que me pediste —dije, dejando los papeles en el borde de su escritorio sin acercarme de más. Damián se giró lentamente, escaneándome de arriba abajo con esa mirada calculadora con la que manejaba las fusiones multimillonarias. Dejó la taza en la mesa y se apoyó contra la madera, cruzando los brazos. —Estuviste muy distante anoche —comentó, inclinando la cabeza—. Siempre pensé que un par de diamantes hacían feliz a cualquier mujer, pero veo que contigo me equivoqué. —Eran hermosos, señor Voss. Simplemente estaba cansada —respondí con una calma ensayada, dando un paso atrás. Él dejó escapar una risa baja, casi entretenida por mi postura. —Deja el "señor Voss", Camila. No hay nadie aquí —avanzó dos pasos cortando la distancia, atrapándome entre su cuerpo y el borde de la mesa—. En fin, hay un tema del que debemos hablar antes de que esta actitud tuya siga escalando. Me quedé rígida, sintiendo la presión de su mirada sobre mí. —Voy a casarme en un par de meses —soltó sin anestesia, con la misma soltura con la que anunciaría la compra de una propiedad. El aire se me congeló en la garganta, pero apreté los dientes para no darle el gusto de verme tambalear. —Felicidades —murmuré, con los labios secos. —No me felicites, no es un evento de amor —interrumpí con frialdad—. Es un contrato. Un arreglo de negocios firmado entre mi familia y los Larrea desde hace años para unificar las acciones del holding. Es un matrimonio real ante la ley y la sociedad, pero no tiene nada que ver con lo que tú y yo somos. —¿Y por qué me dices esto a mí? —articulé, intentando dar un paso atrás. Estiró la mano y me tomó de la barbilla con dos dedos, no con fuerza, sino con esa posesividad natural con la que reclamaba lo que consideraba suyo. —Porque quiero que dejes de actuar así —dijo, acortando el espacio hasta que su aliento me rozó los labios—. Ese compromiso es un trámite inevitable que debo cumplir por la empresa. Pero no voy a dejarte, Camila. Lo nuestro no tiene por qué cambiar en absoluto. —¿Pretendes que me quede como tu amante en la sombra mientras le pones un anillo a otra y haces tu vida con ella? —solté, sintiendo el veneno en la garganta. —Pretendo que seas razonable —contestó, genuinamente desconcertado de que yo lo viera como un problema, como si su propuesta fuera la decisión más lógica del mundo—. Tienes las llaves de mi piso, te doy todo lo que pides y nos seguimos viendo exactamente igual que siempre a puerta cerrada. No voy a soltarte, Camila. No hay ninguna razón para arruinar lo que tenemos por un papel. Su frialdad me dejó muda. De verdad no veía la monstruosidad de sus palabras. En su mente pragmática y arrogante, mantenerme a su lado en secreto mientras se casaba con otra era el arreglo perfecto, y esperaba que yo lo aceptara sin dudar. Extendió un brazo, me sujetó firmemente de la cintura y me pegó a su cuerpo con una brusquedad conocida. Antes de que pudiera protestar, inclinó la cabeza y me atrapó los labios en un beso hambriento, posesivo, que me robó el poco aire que me quedaba. Odié la forma en que mi cuerpo reaccionó de inmediato. Aunque el pecho me ardía de rabia y la humillación me carcomía por dentro, mi fuerza de voluntad se desmoronó. Simplemente no tenía autocontrol cuando se trataba de él. Cedí, cerrando los ojos y devolviéndole el beso con una mezcla amarga de deseo y dolor, odiándome por responder a su toque. Lo sintió y sonrió contra mi boca. Sus dedos bajaron con destreza hacia los botones de mi blusa, comenzando a desabrocharla con la soltura de quien se sabe dueño de la situación. —Quiero que duermas conmigo esta noche —susurró contra mi cuello, repartiendo besos calientes sobre mi piel mientras jalaba la tela de mi blusa para deslizarla por mi hombro—. Tenemos que aprovechar estos meses... Cuando Mariana llegue a la ciudad las cosas se van a poner un poco complicadas. El nombre me golpeó como un balde de agua fría. Mariana. La realidad del asunto me atravesó el pecho con la violencia de un golpe físico. La nebulosa del deseo se disipó al instante. Puse ambas manos contra su pecho firme y lo empujé con toda la fuerza que me quedaba, dando tres pasos hacia atrás mientras me acomodaba la ropa con manos temblorosas. —¿Qué m****a pasa contigo? —solté, mirándolo con los ojos ardiendo de rabia y la respiración agitada. Acomodó los puños de su camisa con una tranquilidad exasperante, mirándome como si mi explosión fuera un capricho absurdo en mitad de una reunión de trabajo. —No entiendo a qué viene ese escándalo, Camila —dijo, dando un paso hacia mí como si nada hubiera pasado—. Te estoy siendo transparente. —¿Transparente? —repetí con una risa amarga que se me quebró en la garganta—. ¡Me estás pidiendo que me quede escondida en la sombra mientras te casaste con otra! ¿Crees que soy un adorno? ¿Un premio de consolación? Soltó un suspiro de cansancio, cruzándose de brazos con esa postura condescendiente que solía usar con los socios difíciles en una negociación. —No seas dramática —contestó, ajustándose el reloj en la muñeca con total frialdad—. Te estoy ofreciendo seguir teniendo exactamente la misma vida que has tenido hasta hoy. Yo pago el departamento en el que vives, me encargo de tus gastos, te doy una posición privilegiada aquí en la empresa y tienes acceso a todo lo que quieras. Nada de eso va a cambiar, Camila. Ni un solo centavo, ni un solo beneficio. —¡No se trata de tu maldito dinero! —exclamé, dando un paso al frente con el pecho agitado por la rabia—. ¡Me estás pidiendo que acepte ser tu amante mantenida! Él me miró fijamente, frunciendo el ceño con una genuina perplejidad. En sus ojos no había culpa ni remordimiento; solo la irritación de un hombre al que le parecía absurdo que yo no entendiera la lógica de su propuesta. —Es una palabra demasiado vulgar para un arreglo perfecto —murmuró, dando un paso firme hasta acorralarme de nuevo contra el borde del escritorio—. Te estoy garantizando tu tranquilidad y tu lugar a mi lado sin que te falte nada. Mariana es un contrato de negocios; lo nuestro es otra cosa. Cualquier otra mujer entendería la posición en la que te estoy poniendo y lo agradecería. No te estoy dejando. Te estoy eligiendo a ti para lo que de verdad me importa. Escucharlo hablar así me revolvió el estómago. No era solo que me estuviera rompiendo el corazón; era que ni siquiera se daba cuenta del asco que provocaba. En su mente arrogante y pragmática, seguir pagando mi techo era la prueba máxima de su lealtad, y esperaba que yo le diera las gracias por conservarme.DamianDeslicé mis manos por su ropa y desabroché su sostén, dejándolo caer a un lado. Al contemplar la desnudez de su pecho y recordar a la criatura que llevaba dentro, la culpa se me clavó en el alma junto con el deseo.Me incliné despacio sobre ella, rozando mi boca contra su piel caliente antes de murmurar:—Ahora me siento culpable porque cada vez que tomé de ti, estaba quitándole el alimento a mi hija.Camila soltó un suspiro entrecortado mientras mi boca comenzaba a reclamarla despacio, rindiéndome por completo ante la evidencia de su cuerpo.Camila soltó un suspiro entrecortado, sujetando mi cabeza con suave firmeza para mantener mi rostro pegado a su piel caliente.—Que chupes solo hace que genere más —susurró, con la voz quebrada por el deseo y una chispa de provocación temblándole en la garganta.Una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en mis labios contra la tibieza de su pecho. Alcé la mirada solo un segundo para cruzarla con la suya, sintiendo cómo esa revelación borra
Damian,El código digital del penthouse emitió un pitido sordo y la puerta pesada se abrió sin ruido. Entré a la penumbra del departamento con la mente saturada por la rabia, el cansancio y el peso brutal de las decisiones que acababa de tomar.Me quité el saco de vestir, dejándolo caer sobre la consola del recibidor, mientras mis pasos marcaban un ritmo lento y calculado sobre el mármol helado.Al girar hacia la estancia principal, me detuve en seco.La única iluminación venía de una lámpara tenue en la esquina de la sala, cortando la oscuridad con una luz dorada y tenue.Sentada en la orilla del enorme sofá, estaba ella.Vestía una bata ligera desajustada sobre los hombros, albergando a la bebé entre sus brazos. La pequeña succionaba con tranquilidad mientras Camila la sostenía con una delicadeza casi sagrada, sosteniendo el peso de su cabeza y meciéndola apenas para no romper la calma de la nocheMe detuve a un par de metros, observando la escena en silencio. La luz tenue la envolv
CamilaEl silencio en la sala se volvió sepulcral.Adrián caminó despacio hacia el pasillo, sin despegar los ojos de las maletas. La calidez en su rostro se esfumó por completo, reemplazada por una máscara rígida y helada.—¿Qué significa esto, Camila? —preguntó. Su voz ya no era dulce; era un hilo tenso y filoso.El pulso me martillaba en los oídos. Intenté recordar las órdenes de Damián, pero la excusa se me congeló en la garganta al sentir el peligro flotando entre los dos.—Necesito un tiempo, Adrián —logré decir con la voz rota, apretando las manos sobre mi regazo—. Necesito espacio. Me voy unos días con la bebé.Adrián dejó escapar una risa baja, corta y sin pizca de humor. Se giró hacia mí con una lentitud amenazante.—¿Un tiempo? —repitió, dando dos pasos calculados hasta quedar frente a mí—. ¿Con equipaje listo para la niña y sin decirme una sola palabra?Me puse de pie de golpe, encarándolo con las lágrimas desbordadas y la respiración completamente desbocada.—¡Ya estoy har
CamilaPasaron dos días infernales. Dos días viviendo dentro de una jaula invisible, sintiendo la sombra de la vigilancia de Damián a través de las ventanas y disimulando frente a Adrián con la sonrisa más falsa y miserable de mi vida.Cada minuto era una cuenta regresiva que me estaba destruyendo por dentro.El aire de mi oficina se cortó de golpe cuando la puerta se abrió sin anunciar.Damián entró sin pedir permiso.Vestía un traje oscuro impecable, pero sus ojos reflejaban una frialdad implacable. Antes de que pudiera reaccionar, cerró la puerta a sus espaldas y le pasó el seguro con un click seco que retumbó en las cuatro paredes.—Damián, ¿qué haces aquí? Estás loco, alguien puede verte... —empecé a decir, poniéndome de pie de golpe con el corazón a punto de salírseme del pecho.No respondió.Cortó la distancia hacia mi escritorio con pasos lentos y dominantes. De su saco sacó un documento doblado y lo arrojó con fuerza sobre la madera pulida, haciendo volar mis papeles.El foli
CamilaEl mundo se me vino abajo en un segundo. La mano se me quedó pegada al picaporte helado, incapaz de girarlo, mientras la sangre se me congelaba en las venas. La clínica. El abogado. No podía ser verdad. No podía haber llegado tan lejos... ¿o sí?El pánico me cerró la garganta de golpe, dejándome sin aire. Sentí su sombra envolverme por completo antes de que su cuerpo se pegara a mi espalda, acorralándome contra la madera dura de la puerta. Su aliento en mi oído no era una caricia; era una soga apretándose alrededor de mi cuello.—¿Quién es el padre de tu hija, Camila?El corazón me martillaba en el pecho con una violencia salvaje, tanto que me daba náuseas. Todo lo que había construido para protegerme, la mentira perfecta sobre el parto prematuro, el escudo de mi matrimonio con Adrián, la vida de madre abnegada... todo se estaba desmoronando a mis pies como un castillo de naipes.No tenía a dónde huir. Ya no había excusas de oficina, ni reuniones, ni pasillos llenos de gente de
Damian,Me acerqué a la cuna en cuanto me quedé a solas, mientras el murmullo de Camila y mi hermano se escuchaba a lo lejos. Pasé la yema del dedo por la mejilla de la niña.Cuatro meses.Eso era lo que ella le repetía a todos. Un supuesto parto prematuro para maquillar las fechas. Pero no había nada de frágil en esta bebé; ninguna marca de incubadora, ningún retraso en el peso.Nada.Hice las matemáticas en mi cabeza. Si la niña no fue prematura, la fecha de concepción no correspondía al tiempo en que Camila decía estar solo con él. Caía exactamente en las semanas en que ella y yo todavía dormíamos juntos.Una sonrisa calculadora se me dibujó en los labios. Me había mentido en el camarote, temblando mientras juraba que siempre nos cuidábamos.Apoyé las manos en el borde de la cuna, sintiendo cómo una sospecha oscura me quemaba el pecho. La farsa de mi hermano acababa de agrietarse.Esa niña podría ser mía.Una semana. Casi siete días enteros en los que Camila se ha dedicado a jugar







