Mag-log inValeria salió del centro comercial con una bolsa barata de ropa interior y productos básicos. Había gastado sus últimos dólares en cosas esenciales para el embarazo. La cabeza le daba vueltas por el hambre y las náuseas constantes. Apenas dio dos pasos fuera del mall cuando una voz familiar y fría la paralizó.
—Mira nada más quién sigue arrastrándose por la ciudad. Alexander Blackwood bajaba de un lujoso auto negro con Sophia del brazo. Ella llevaba un vestido rojo ajustado y gafas de diseñador, sonriendo como si acabara de ganar un premio. Varias personas sacaron sus teléfonos al reconocerlos. Valeria intentó ignorarlos y seguir caminando, pero Alexander la alcanzó en dos zancadas y la tomó del brazo con fuerza. —¿Todavía estás aquí? —siseó cerca de su oído para que solo ella escuchara—. Pensé que ya te habrías ido a morir debajo de un puente como la rata que eres. Sophia se acercó riendo y le arrancó la bolsa de las manos, tirándola al suelo. Las prendas baratas rodaron por la acera sucia. —Qué patética. Comprando porquerías en rebajas mientras nosotras venimos de la zona VIP. ¿Sigues pensando que alguien te va a dar trabajo después de lo que Alexander dijo de ti? La gente empezó a grabar. Valeria sintió las lágrimas quemarle los ojos, pero se negó a llorar delante de ellos. —Déjenme en paz… —suplicó en voz baja—. Ya no soy nada para ustedes. Alexander apretó más su brazo, clavándole los dedos. —Exacto. No eres nada. Si te veo otra vez respirando el mismo aire que yo, haré que te arrepientas de haber nacido. La empujó con desprecio. Valeria tropezó y cayó sentada sobre la acera. Un dolor agudo le atravesó el vientre y se abrazó instintivamente, protegiendo a su bebé. La multitud murmuraba, algunos riendo, otros grabando el espectáculo. En ese momento, un hombre alto de unos cuarenta años, con un traje gris impecable y de mirada afilada, se acercó con paso decidido. Era Damien Cross, el principal rival de Alexander en el mundo de los negocios. Dueño de Cross Empire, enemigo declarado de los Blackwood. —Esto es patético incluso para ti, Blackwood —dijo Damien con voz fría y alta para que todos escucharan—. Humillar a una mujer en la calle no te hace más hombre. Solo demuestra lo pequeño que eres. Alexander soltó una risa oscura. —Cross… No te metas en mis asuntos. Esta mujer ya es historia. Damien ignoró a Alexander y se agachó frente a Valeria, ofreciéndole su mano. Sus ojos oscuros mostraban una mezcla de lástima y cálculo. —Señorita Montenegro, ¿está bien? Permítame ayudarla. Valeria dudó. Su orgullo estaba destrozado, pero el dolor en su vientre y el miedo por su hijo le hicieron aceptar la mano. Damien la levantó con gentileza y recogió sus cosas del suelo. —Venga conmigo —le dijo en voz baja mientras la guiaba hacia su auto—. Tengo una propuesta que podría salvarla de todo esto. Alexander dio un paso adelante, furioso. —Cross, si te llevas a esa mujer… —Ya ella no es tu esposa, ¿verdad? —respondió Damien con una sonrisa desafiante—. Ya la descartaste públicamente. Sin decir más, Demián ayudó a Valeria a caminar hacia su auto bajo la atenta mirada de todos los presentes. Dentro del auto de lujo, Damien le ofreció una botella de agua y la miró con seriedad. —Sé quién eres y lo que te han hecho. Necesito una asistente personal de confianza para mi sucursal en España. Buen sueldo, casa incluida, protección total. Nadie sabrá dónde estás. Alexander no podrá tocarte. Si aceptas yo personalmente te sacaré del país esta misma semana. Valeria bajó la mirada, tocándose el vientre discretamente. Por su hijo. Tenía que protegerlo. —Yo… acepto —susurró con voz temblorosa—. Pero necesito irme pronto. Damien sonrió satisfecho. —Excelente decisión. Esa misma noche, Valeria estaba empacando sus pocas pertenencias en el hotel cuando la puerta se abrió violentamente. Alexander entró como un huracán, acompañado de dos hombres de seguridad. La tomó del cuello y la empujó contra la pared. —¿Te atreves a irte del país con mi enemigo? —gruñó con los ojos llenos de rabia posesiva—. Escúchame bien, Valeria. Si subes a ese avión, te encontraré. Y te mataré. No permitiré que mi ex mujer la puta oportunista que eres se convierta en el trofeo de Damien Cross. Te destruiré antes. La soltó bruscamente. Valeria cayó al suelo, jadeando y temblando de miedo. —Eres mía hasta que yo decida lo contrario —escupió Alexander antes de salir—. Intenta huir y verás lo que soy capaz de hacer. La puerta se cerró con un golpe seco. Valeria se abrazó las rodillas, llorando en silencio. El miedo la paralizaba, pero dentro de ella, la pequeña vida que crecía le recordaba que tenía que ser fuerte. Ahora tenía dos enemigos poderosos… y solo una oportunidad de escapar.La casa de Alessandro se había convertido en una fortaleza. Cámaras en cada esquina, personal de seguridad rotando cada ocho horas, y un protocolo estricto que Valeria todavía no lograba asimilar. Los trillizos, ajenos a todo, seguían llenando los pasillos de risas y llantos. Liam y Ethan ya intentaban ponerse de pie agarrándose de los muebles, mientras Anastasia observaba todo con esos ojos grises que tanto le recordaban a su padre.Valeria estaba en la cocina preparando el desayuno cuando Alessandro entró, todavía con el teléfono pegado a la oreja. Y su expresión era tensa.—Confirmaron que el jet aterrizó en un aeródromo privado cerca de Viterbo —dijo al colgar—. Alexander está en Italia. Y no vino solo.Valeria dejó el cuchillo sobre la tabla de cortar. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho.—¿Qué tan cerca?—A menos de dos horas de Roma si se mueve con cuidado —respondió Alessandro, acercándose y tomándola de los hombros—. Damien ya tiene gente rastreando. Pero si
La mudanza a la casa de Alessandro se llevó a cabo en menos de cuarenta y ocho horas. No fue un proceso alegre ni romántico. Fue una operación de seguridad. Hombres de traje oscuro cargaban cajas, revisaban cada rincón del nuevo lugar y colocaban cámaras adicionales en puntos estratégicos. Valeria observaba todo desde la cocina, con Anastasia en brazos y los gemelos gateando a su alrededor, ajenos a la tormenta que se cernía sobre ellos.Alessandro se acercó por detrás y le rodeó la cintura con un brazo.—Sé que no es como te lo imaginaste —dijo en voz baja—. Pero aquí estarás más segura. Hay tres niveles de acceso, vigilancia las veinticuatro horas y un equipo que responde directamente a mí.Valeria asintió sin apartar la mirada de la ventana.—No es el miedo a que entre… es el miedo a que ya esté dentro. A que alguien cercano esté trabajando con él.Alessandro apretó ligeramente el abrazo.—Camila no es de confianza. Ya se lo dije a Damien. La vamos a mantener lejos de cualquier inf
—No dormiste otra vez.—Intenté —respondió ella sin girarse—. Pero cada vez que cierro los ojos, siento que alguien nos está mirando.Él se agachó detrás de ella y la abrazó, apoyando la barbilla en su hombro.—Hoy vamos a reforzar todo. Damien ya tiene gente nueva en la calle. Y yo personalmente voy a hablar con mis contactos en Nueva York. Alexander no va a poder ni respirar sin que lo sepamos.Valeria se apoyó en él, buscando esa seguridad que solo él parecía darle.—¿Y si no es solo él? Lucas dijo que hay alguien más moviendo piezas.Alessandro se tensó ligeramente.—Entonces vamos a descubrir quién es. Y vamos a detenerlos.---En la oficina, el ambiente estaba cargado. Camila Herrera llegó temprano, impecable como siempre, pero con una expresión más cerrada. Damien la recibió con una sonrisa educada, pero Valeria notó que él mantenía cierta distancia.—Camila, necesito que revises los contratos con el grupo alemán —dijo Damien—. Elena te pasará los archivos.Camila miró a Valeri
La noche en Roma era densa, casi asfixiante. Valeria no lograba conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Alexander Blackwood, esa sonrisa retorcida que ahora parecía perseguirla incluso en los sueños. Se levantó de la cama con cuidado para no despertar a Alessandro, que dormía profundamente a su lado, con un brazo todavía extendido hacia donde ella había estado.Caminó hasta la habitación de los trillizos. Liam y Ethan dormían abrazados, como siempre. Anastasia tenía el ceño ligeramente fruncido, como si también sintiera la tensión del ambiente. Valeria se sentó en el borde de la cuna y acarició la cabecita de su hija.—Mamá no va a dejar que nadie los toque —susurró.Alessandro apareció en la puerta, descalzo y con el cabello revuelto.—Otra vez —dijo en voz baja, no como pregunta, sino como afirmación.Valeria asintió. Él se acercó y la rodeó con los brazos por detrás, apoyando la barbilla en su hombro.—Mañana firmamos los papeles de la orden de restricc
La mañana siguiente amaneció gris y pesada en Roma. Valeria no había dormido casi nada. Se levantó temprano, se duchó y preparó el desayuno de los trillizos con movimientos mecánicos. Liam y Ethan ya gateaban por la cocina, mientras Anastasia golpeaba la bandeja de su silla alta con una cuchara.Alessandro apareció detrás de ella y le rodeó la cintura con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro.—No dormiste —dijo más que preguntó.—Imposible —respondió Valeria, intentando sonreír—. Cada vez que cierro los ojos lo veo.Él la giró y la besó suavemente.—Hoy voy a hablar con mis abogados y con Damien. Vamos a cerrar todos los caminos que Alexander tenga. No va a tocarlos.Valeria asintió, pero el nudo en su estómago no desaparecía.En Nueva York, Alexander caminaba de un lado a otro en su pequeño apartamento. La mujer misteriosa no había vuelto a responderle. Él marcó su número una y otra vez hasta que finalmente contestó.—Deja de llamar —dijo ella con voz fría.—Necesito tu ayud
—¡Dime dónde están!La voz de Alexander Blackwood retumbó en el pequeño apartamento oscuro de Nueva York. Estaba de pie frente a una mujer de cabello negro corto, ojos afilados y una expresión de puro desprecio. Ella cruzaba los brazos, apoyada en la pared, sin inmutarse.—Ya te lo dije mil veces, Alexander —respondió ella con calma glacial—. No sé dónde está Valeria. Y aunque lo supiera, no te lo diría.—¡Mientes! —gritó él, golpeando la mesa con el puño—. Tú siempre has sabido más de lo que dices. ¡Eres la única que tiene contactos en Europa! ¡La única que puede encontrarla!La mujer soltó una risa fría.—¿Y qué vas a hacer? ¿Amenazarme como amenazabas a tu esposa? ¿Como amenazabas a todos cuando eras el gran Blackwood? Mira a tu alrededor. No te queda nada. Ni dinero, ni poder, ni familia. Solo tu obsesión.Alexander avanzó hacia ella, los ojos inyectados en sangre.—Esos niños son míos. ¡Son mis herederos! Valeria no tiene derecho a escondérmelos. Y ese Rossi… ese maldito italiano







