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Embarazada del Príncipe Vampiro
Embarazada del Príncipe Vampiro
Penulis: Seven Seas

Capítulo 1

Penulis: Seven Seas
POV: Claire

En siete días, el vínculo de sangre que me ataba a Caelan se disolvería. Y cuando ese día llegara, al fin podría largarme del castillo en el que me había mantenido prisionera durante cinco años.

En el instante en que empujé las puertas del salón de banquetes, todo el lugar se quedó en silencio. Y entonces, los presentes se me quedaron viendo.

No había más que lástima y diversión a mi costa.

Me miré a mí misma. Acababa de terminar mi turno de rotación en el hospital, y el olor a desinfectante todavía se aferraba a mi ropa como una garrapata.

Al otro extremo de la mesa estaba sentada Isolde Voss junto a Caelan. Cabello plateado perfecto. Labios manchados de un rojo atractivo. Un vestido de terciopelo negro que se ceñía a sus curvas. Solo con respirar en esa silla, encajaba a la perfección en ese retorcido y oscuro mundo. Y desde el segundo en que aparecí, los ojos del Príncipe no se habían apartado de ella ni una sola vez.

—Vaya, así que el Príncipe por fin trajo de vuelta a su verdadera prometida —susurró alguien entre la multitud.

—Esa tal Claire es solo una bolsa de sangre con patas. ¿En serio la humana inferior se creía la dueña del castillo? —se burló otra voz.

—Escuché que es una médica muerta de hambre que recogió de la calle —añadió un tercero, sin molestarse en ocultar su asco.

Unas risitas maliciosas se esparcieron por el salón.

Me quedé ahí plantada y me tragué la humillación en silencio. Ella era la prometida de su mismo linaje. ¿Y yo? ¿Qué carajos era yo? Nada más era el envase desechable del que él bebía por costumbre.

Isolde agitó su copa de cristal con una elegancia perezosa. El espeso líquido se arremolinó en el interior. Después, le acercó el borde a los labios de Caelan.

El salón de banquetes volvió a callarse. Hasta mi propia respiración se cortó.

Durante los últimos cinco años, Caelan jamás había permitido que nadie tocara su sangre. El muy arrogante incluso detestaba usar copas. Cada vez que se alimentaba, insistía en clavar sus colmillos en la carne de mi muñeca o mi cuello. Cuando perforaba mi piel, el ardor siempre me provocaba un calambre que me sacudía. Y cada vez que bajaba la cabeza para succionar la herida con avidez, mi cuerpo temblaba de forma descontrolada.

Pero ahora, el vampiro que siempre había actuado como un obsesivo compulsivo, bajaba la cabeza y bebía de la delicada mano de una vampira. El movimiento fue natural, íntimo, como si ya hubieran hecho esa misma porquería miles de veces.

Así que nunca se había obsesionado por mí. Yo solo había sido conveniente para su paladar.

—Claire —habló Caelan, fastidiado, y me miró con indiferencia—. Ven aquí.

Lo dijo exactamente igual que si estuviera llamando a una mascota fiel que había domesticado durante años.

Tragué saliva y caminé hacia él. Caelan apartó la copa ensangrentada y la dejó sobre el mantel.

—¿Qué era ese documento que me pediste que firmara ayer? —indagó.

Mi corazón se aceleró.

—Un permiso de salida para dar clases en un programa de intercambio médico universitario —respondí.

Su mirada letal se detuvo en mí por un segundo.

—Déjame verlo —exigió.

Apreté los dedos con un sudor frío mientras metía la mano en mi bolso. Isolde soltó una tosecita débil y conveniente.

La atención de Caelan se desvió hacia Isolde.

—¿Qué pasa? —Se giró hacia ella en un parpadeo sobrenatural y bajó la voz a un susurro.

—No es nada, querido —negó Isolde con la cabeza y le rozó el brazo.

Caelan frunció el ceño con preocupación y le murmuró alguna otra cosa al oído antes de volver a mirarme. Pero, al hacerlo, su rostro ya había regresado a su habitual frialdad.

—No vuelvas a interrumpirme con estupideces humanas durante un banquete de la corte —me dijo.

—Isolde tose una sola vez y el despiadado Príncipe ya pierde la cabeza por ella —murmuró un vampiro cerca de mí.

—Esa Claire es solo una triste mortal. El Príncipe ya está siendo demasiado generoso al dejar que su comida camine por el salón —le respondió su acompañante con una sonrisa cruel.

Caelan los escuchó. Y no lo negó.

En el instante en que Isolde fingió una mínima molestia, a él le importó un reverendo carajo confirmar si yo pensaba irme de su vida o no.

Cinco años atrás, yo era solo una ingenua médica que daba clases en la facultad de medicina.

Recordé aquella noche. El campus se quedó a oscuras por un apagón. Yo llevaba una pesada pila de expedientes por las escaleras cuando un nido de vampiros sedientos me acorraló en el pasillo. Sentí el olor a putrefacción y encierro. Estaba segura de que me iban a desangrar viva ahí mismo.

Pero, de pronto, la oscuridad se tragó el ruido y el pasillo quedó en un silencio que me aterró. Esos monstruos callejeros percibieron algo aterrador en el aire. Uno por uno, cayeron de rodillas y temblaron de miedo.

Al final del pasillo, Caelan emergió de las sombras. Avanzó hacia mí con pasos insonoros y clavó sus ojos rojos en los míos.

Esa fue la primera noche que Caelan rastreó el olor de mi sangre.

Mucho tiempo después, descubrí que yo poseía un tipo de sangre raro. Una droga casi irresistible para un Príncipe sangre pura con un paladar tan exigente como el suyo.

La primera vez que hundió sus colmillos en mi piel, su respiración fría se descontroló contra mi cuello. Y, de alguna forma, con solo tener esa presencia amenazante tan cerca de mí, mi cuerpo se derretía y me volvía sumisa.

Durante mucho tiempo, fui tan ilusa como para creerme el cuento de que cada vez que Caelan se me acercaba o me arrinconaba contra la pared, quería algo más que solo alimentarse.

Hasta que Isolde regresó. Solo entonces me di cuenta de la realidad.

No me necesitaba a mí. Necesitaba el cóctel que corría por mis venas. No era lo mismo, y yo había desperdiciado cinco años de mi vida mientras fingía que mi carcelero sentía algo real por su presa.

—Caelan —ronroneó Isolde y se apoyó con descaro contra su pecho—. Los sirvientes del castillo ya empezaron a preparar la ceremonia de compromiso.

La aristocracia a su alrededor se unió al coro de aduladores de inmediato.

—Los linajes Vale y Voss siempre estuvieron destinados a unir la oscuridad —brindó un noble y levantó su copa hacia ellos.

Caelan bajó la mirada y le acomodó con lentitud el tirante de terciopelo que se le resbalaba por el hombro. Sus nudillos pálidos le rozaron la piel con un cuidado casi reverencial. Vi cómo Isolde tragaba saliva, sonrojada por el roce.

Mi pecho se volvió de plomo. Cualquier mentira o excusa que hubiera tenido preparada en mi cabeza, simplemente... desapareció.

—El papeleo del intercambio que mencionaste hace un rato —habló Caelan y me miró otra vez—. ¿Cuándo te vas?

Antes de que yo pudiera abrir la boca para contestar, Isolde deslizó su mano sobre la de él con total posesividad.

—Es solo un programa humano sin importancia, querido —intervino ella con voz suave y manipuladora—. ¿No me digas que el Príncipe en serio está preocupado de que su bolsa de sangre pueda huir y dejarlo?

Caelan soltó una risa despectiva y no volvió a preguntar.

Por supuesto que no. El muy arrogante ya había dado por hecho que yo siempre sería la patética mortal que se quedaría sentadita en su cuarto, a la espera, con el cuello expuesto, de que él bajara la cabeza y se alimentara de sus venas.

Pero lo que ese monstruo narcisista no sabía era que, en siete días, el contrato mágico de sangre expiraba. Y yo me largaría para siempre.

Dejaría el Castillo Vale y su nido de chupasangres aristócratas. Regresaría al mundo donde pertenecía. Volvería a ser Claire Hartwell y enterraría para siempre mi título como la humillada fuente de sangre de Caelan Vale.

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