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Capítulo 2

Penulis: Seven Seas
POV: Claire

Isolde se quedó en el castillo como si le hubiera pertenecido en toda su vida.

Caminó a la zona más profunda donde estaba el cuarto que Caelan y yo compartíamos, y le echó una mirada despectiva al ataúd donde dormíamos juntos.

—¿Así que la humana ha estado durmiendo a tu lado todos estos años? —indagó con burla. Avanzó sin prisa. Sus dedos pálidos rozaron el borde de terciopelo del ataúd antes de volverse hacia Caelan—. Me gusta esta habitación. ¿Puedo quedarme aquí?

Unos cuantos sirvientes que estaban cerca miraron a su Príncipe por instinto y esperaron que la pusiera en su lugar.

Él no se negó.

Pude sentir la mirada fría de Caelan sobre mí, pero el muy imbécil no dijo ni una sola palabra para defenderme.

A partir de ese día, el castillo entero se dedicó a preparar su ceremonia de compromiso.

Rosas teñidas de sangre. Trajes ceremoniales de seda oscura para los sangre pura. Caelan jamás se ensuciaba las manos con esos detalles triviales, así que a los sirvientes no les quedaba de otra que venir a buscarme para coordinar los preparativos.

Bajé la mirada hacia el antiguo escudo de armas de la familia, grabado en relieve sobre las costosas invitaciones. Los nombres entrelazados en el interior eran el de ella y el de él.

Cuando levanté la vista, Isolde ya le estaba dando órdenes a los sirvientes por todo el salón.

—No me gusta este asqueroso color. Cámbienlo —exigió con voz chillona—. Redecoren el pasillo del ala este completo. El candelabro del salón de banquetes se ve muy anticuado y es horrible.

Todas y cada una de esas cosas las había elegido yo, poco a poco, a lo largo de esos cinco años que desperdicié.

Los sirvientes me miraron con incomodidad.

—Dénselo todo a ella —ordené en voz baja, con los ojos vacíos—. Ya no necesito nada de esta porquería.

Durante cinco años, Caelan bebía mi sangre a esa hora todas las noches. Era un depredador de rutinas estrictas.

Pero esa noche, cuando empujé la puerta de roble del estudio, vi a Isolde sentada a su lado, con el cabello plateado cayendo en cascada sobre el hombro de mi secuestrador.

—¿Te acuerdas? —ronroneó ella con pereza y apoyó la barbilla en la mano—. La primera vez que aprendiste a montar a caballo, casi me tiras al lago por accidente.

Caelan soltó una risa grave que me vibró en el pecho.

—Eras demasiado estúpida —se burló él—. Temías a las alturas, pero insististe en montar de todos modos.

Isolde se volteó hacia mí y me miró con esos ojos rojos.

—Claire, ¿lo sabías? Caelan tenía un carácter de mierda cuando era más joven. Aparte de mí, nadie se atrevía a acercarse a él. —Hizo una pausa corta y midió sus palabras—. Así que siempre me ha dado curiosidad saber cómo se acostumbró a tener a alguien más a su lado estos últimos años.

Me quedé ahí parada junto a la puerta, en silencio.

—Ya no me necesita —respondí sin sentir nada por él.

Caelan se quedó callado. Solo me observó como si estuviera analizando un insecto bajo un microscopio.

Recogí mis libros de medicina del estante con una calma que hasta a mí misma me resultaba desconocida. Por un instante, me quedé aturdida.

¿Era posible que, después de cinco años de que me drenaran la sangre estando viva, yo también hubiera empezado a convertirme en un vampiro sin alma? Cero amor. Cero odio. Incapaz de sentir esas emociones tan fuertes.

Me di la vuelta y salí del sitio. Cerré la puerta con cuidado para no hacer ruido.

Era de madrugada. La nueva habitación que me habían asignado era vieja y estaba destartalada, pero al menos podía volver a dormir en una cama normal como un ser humano. La verdad era que nunca me había gustado dormir en ataúdes. Solo lo soportaba porque Caelan estaba ahí adentro conmigo, rodeándome en la oscuridad.

Los vampiros eran fríos por naturaleza, pero cada vez que Caelan me abrazaba al dormir, me apretaba con tanto amor contra su pecho que me hacía sentir viva.

Ese sentimiento estúpido al que solía aferrarme ya no existía.

La cerradura hizo clic y la puerta se abrió.

Caelan entró en mi habitación envuelto en sombras y se subió a la cama a mi lado.

—El exterior no es seguro como antes —gruñó, con voz ronca—. No salgas más allá de los muros del castillo. Demasiados vampiros callejeros le tienen puesto el ojo a tu sangre.

Estiró un brazo pálido y volvió a taparme con la manta que se me resbalaba de los hombros.

En el pasado, momentos de falsa ternura como ese siempre lograban ablandarme. Yo, de reverenda estúpida, los confundía con amor. Pero ahora lo entendía mejor que nunca. Caelan jamás me había mentido. Lo que protegía con tanto recelo siempre había sido su fuente de sangre personal. Nada más.

En la oscuridad, su aliento gélido me rozó el cuello y me erizó la piel.

En el instante en que la punta de sus colmillos tocó mi yugular, mi cuerpo se sobresaltó por reflejo.

Caelan notó mi ligero temblor y soltó una risa arrogante.

—¿A qué le tienes miedo? —susurró contra mi piel—. No voy a lastimarte.

Sus colmillos perforaron mi carne de una buena vez, y esa familiar sensación de calambre se extendió por todo mi sistema nervioso en un abrir y cerrar de ojos.

Cerré los ojos y soporté la mordida, pero de golpe el estómago se me revolvió con una violencia brutal.

Mi mano libre voló para presionar la parte baja de mi vientre en un acto reflejo, mientras mis latidos se descontrolaban bajo los labios de Caelan. Ya habían pasado dos meses. Desde que Isolde regresó al castillo, el Príncipe no había vuelto a tocarme en la cama.

Sin embargo, justo antes de su llegada, una noche me susurró en la oscuridad después de cogerme: «Si alguna vez quedas embarazada, ese bebé sería mi único heredero».

En aquel entonces, me sentí feliz y atesoré esas palabras durante muchísimo tiempo. Qué idiota fui.

Pero ahora, solo le rogaba al cielo que no estuviera pasando nada y que solo fuera un susto.

De pronto, un grito agudo resonó desde afuera de la ventana.

—¡Caelan! —chilló la voz de Isolde, temblando con un pánico falso—. Hay alguien en mi balcón...

Antes de que la intrusa pudiera siquiera terminar la frase, Caelan ya había sacado los colmillos de mi cuello, me soltó de golpe, y se había levantado de la cama a una velocidad inhumana.

—Quédate aquí —ordenó con dureza.

Y desapareció. Ni siquiera se molestó en mirar atrás.

Me quedé acostada a solas en la oscuridad. La sangre caliente que escurría por las marcas en mi cuello se sentía como un chiste de mal gusto. Si de verdad estaba embarazada de ese vampiro, iba a deshacerme de ese bebé sin pensarlo dos veces.

Para cuando Caelan regresó a la habitación, la luz del amanecer ya amenazaba en el horizonte.

No volvió a meterse en mi cama. Caminó al baño para lavarse.

El olor empalagoso a rosas flotó por debajo de la puerta. Era el mismo perfume barato que Isolde usaba para marcar su territorio. Volví a tener ganas de vomitar.

A la mañana siguiente, cuando bajé las escaleras del salón, los formularios de solicitud para dar clases en el programa de intercambio médico ya estaban en las manos de Caelan.

—¿De verdad quieres ir a Río de Janeiro? —indagó él. Levantó la vista de los papeles y frunció apenas el ceño—. Hace demasiado calor ahí. Además, es una ciudad caótica.

Río de Janeiro. Me veía en el trópico bronceándome la piel. Oí en mi fantasía las olas del mar y la gente ruidosa que caminaba por sus calles.

Ese lugar no se sentía como un lugar lleno de vampiros interesados. Se sentía como un mundo donde los humanos estaban vivos de verdad.

—Si quieres quedarte —ofreció Caelan. Dejó los documentos sobre la mesa y tiró de mi muñeca para atraerme hacia su regazo—, puedo conseguirte un puesto fijo de profesora en la academia de medicina de la élite vampírica ahora mismo.

Apenas abrí la boca para rechazarlo.

—Caelan —llamó Isolde desde arriba.

Estaba parada en lo alto de la escalera principal. Su camisón de seda negra se le resbalaba por un hombro de manera lujuriosa.

—Llegaron mis vestidos de la modista. Ven a ayudarme a elegir el encaje.

Caelan me apartó a un lado como si fuera basura. Se puso de pie como un resorte y subió las escaleras hacia ella.

Bajé la mirada. Me sentía mal, y pasé las yemas de los dedos por el antiguo contrato de sangre.

Las palabras mágicas escritas en el pergamino ya habían empezado a desvanecerse. En unos cuantos días más, no quedaría nada en esa página.

Solo sería una hoja de papel en blanco. Al igual que mi historia con él.

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