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Capítulo 3

Penulis: Seven Seas
POV: Claire

Mi teléfono vibró sobre la mesa. Leí la notificación:

«Vuelo internacional a Río de Janeiro — Check-in disponible»

Miré la notificación en la pantalla por un buen rato.

Caelan detestaba con su vida lugares como ese. Odiaba el calor y la luz.

Pero, por primera vez en cinco años, sentí que al fin podía respirar de nuevo.

En ese tiempo, me había rebajado a ser su bolsa de sangre personal. Dormí encajonada a su lado en ataúdes rígidos. Esperé dócilmente a que bajara la cabeza y se alimentara de mis venas. Mendigué las asquerosas sobras de ternura que me lanzaba de vez en cuando, como si fuera un perro callejero.

Y todo por esa única mirada de amor que me dedicó en la oscuridad la noche que me salvó. Qué jodido chiste.

Cuando regresé al castillo esa tarde, los sirvientes ya habían vaciado mi habitación. A la princesita Isolde le daba asco el olor a humano, así que los muy arrastrados empacaron mis cosas y me exiliaron al ala oeste, la zona más vieja y podrida del castillo.

En mi nueva y lúgubre habitación, solo dejaron una cosa intacta: una cajita de terciopelo negro sobre la mesa de noche. Un viejo regalo de Caelan. En aquel entonces, mi yo ingenua creyó que esa baratija significaba que yo le importaba de verdad.

Solo la miré en silencio durante un par de segundos antes de arrojarla al fuego de la chimenea.

Las llamas consumieron el terciopelo por completo y lo devoraron sin prisa.

Así que eso era lo que se sentía estar vacía. Algunas cosas podían arder hasta volverse cenizas sin doler en lo más mínimo.

—Claire —resonó la voz ronca de Caelan a mis espaldas, acompañada de sus pasos insonoros.

Estaba parado en el umbral de la puerta, con sus ojos rojos clavados en las llamas.

—¿Qué estás quemando? —indagó y frunció el ceño.

—Nada que te importe —respondí y me sacudí el hollín de los dedos con indiferencia.

El Príncipe se quedó callado por unos segundos más y evaluó mi actitud antes de decirme alguna excusa barata.

—Mi compromiso con Isolde solo se va a llevar a cabo porque las familias de sangre pura exigen una alianza política —se justificó con frialdad—. Es solo una fachada para mantener el control. No significa nada real.

Alcé la vista y lo encaré, con una mirada más muerta que la suya.

—Caelan, a decir verdad, me importa una reverenda mierda con quién te comprometas —dije cada palabra para lastimarlo—. O con quién te cases.

Por un momento, el todopoderoso Príncipe de los vampiros puso cara de no haber entendido ni una sola de mis palabras. Solo se quedó ahí y me miró en silencio durante un largo rato, como si el juguete que siempre controló acabara de morderle la mano.

***

Los pasillos de la escuela de medicina estaban en silencio y apestaban a ese olor a desinfectante.

El reporte de laboratorio que apretaba entre mis manos temblorosas ya estaba tan arrugado que casi ni se leía:

«Resultado: Positivo. Embarazo: 8 Semanas».

Ocho semanas. Dos meses para ser exactos. Justo antes de que la perra de Isolde regresara al castillo y me reemplazara.

El doctor frente a mí se acomodó las gafas y adoptó una postura profesional.

—Claire, ¿estás completamente segura de que deseas interrumpir el embarazo? —preguntó en voz baja.

Abrí la boca para decir que sí, pero no salió ningún sonido de mi garganta.

Lo único que tenía en mi cabeza era el recuerdo de aquella noche. La oscuridad del ataúd. Caelan me apretaba contra su pecho de piedra, mientras sus largos dedos rozaban la piel desnuda de mi vientre bajo.

—Si alguna vez llegas a embarazarte, ese bebé sería mi único y verdadero heredero —me había susurrado.

En aquel entonces, mi mente estúpida fantaseaba en secreto con que, si de verdad lograba darle un hijo, a lo mejor algún día ese monstruo aprendería a amarme de la misma forma en que la gente normal lo hacía.

Bajé los ojos hacia el papel arrugado que sostenía.

—... Déjeme pensarlo un poco más —murmuré al fin, con un nudo en la garganta.

Cuando regresé al castillo esa misma noche, el salón principal estaba atestado de vampiros de la realeza.

—Mis más sinceras felicidades, señorita Isolde. Un heredero de sangre pura cambiará nuestro mundo —aduló uno de los nobles y alzó su copa de sangre.

Me quedé parada en mi sitio. Me puse pálida por lo que acababa de escuchar.

Isolde estaba sentada en el centro del sofá de terciopelo con toda su asquerosa elegancia. Una de sus manos pálidas descansaba sobre su propio vientre.

El médico personal de la familia Vale esbozó una sonrisa servil.

—Está cien por ciento confirmado. La señorita Isolde está esperando un bebé —anunció.

El salón entero estalló en murmullos de celebración. Entonces, en medio del alboroto, los ojos rojos de Caelan se encontraron con los míos. Me vio parada como un fantasma en la entrada.

Su expresión se endureció y caminó hacia mí a pasos largos.

—Claire, escúchame —exigió con urgencia.

Di un paso hacia atrás y repudié su cercanía.

¿Escuchar qué? ¿Escuchar su estúpida explicación de por qué su primera reacción fue correr a sostenerla en el segundo en que ella anunció su estado? ¿O que me explicara cómo el despiadado vampiro al fin era capaz de preocuparse por alguien de su misma especie?

—Caelan, querido —lo llamó Isolde. Se levantó del sofá sin ninguna prisa, consciente del poder que tenía ahora—. Hay demasiada gente de la corte mirando...

El cuerpo entero de Caelan se tensó y vi cómo dudó un segundo. Al instante, desvió su camino hacia mí, se dio media vuelta y voló a velocidad sobrenatural hacia ella para sostenerla entre sus brazos.

—Siéntate. Tienes que descansar —le ordenó, con una suavidad que me revolvió las entrañas.

Le acomodó el costoso chal oscuro sobre los hombros con devoción. Me quedé ahí parada y me tragué la bilis en silencio mientras el estómago se me retorcía en un nudo de dolor. Isolde me miró por encima del hombro de él y se aferró a su manga con una delicadeza triunfal.

Cerré los ojos para asimilar el golpe de gracia. Y cuando volví a abrirlos, la estúpida bolsa de sangre que había sido durante cinco años había muerto.

Di media vuelta y salí por las puertas del castillo sin mirar atrás.

El aire de la noche me golpeó la cara. Era frío, pero a la vez purificador.

Caminé sin rumbo hasta que me senté en un banco de la calle, con mis pruebas de embarazo todavía apretado entre los puños. Fue entonces cuando me di cuenta de la gravedad del asunto: no tenía adónde ir.

El nido de vampiros donde había desperdiciado cinco años de mi vida nunca había sido mi hogar en realidad. Solo había sido mi prisión.

De pronto, la pantalla de mi teléfono se iluminó con un correo de confirmación: el contrato de arrendamiento de mi nuevo apartamento en Río de Janeiro había sido aprobado.

Bajé la cabeza, cerré los ojos y apoyé una mano sobre mi vientre aún plano con muchísimo cuidado.

De ahora en adelante, solo seríamos nosotros dos contra el mundo.

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