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Capítulo 4

Penulis: Seven Seas
POV: Claire

Me quedé en un hotel de mala muerte a pasar la noche, pero, durante la madrugada, alguien aporreaba la puerta de mi habitación con furia.

Antes de que pudiera siquiera levantarme de la cama, la puerta voló de una patada.

Caelan estaba parado en el umbral como un espectro. El aire frío de la noche todavía se aferraba a su abrigo negro.

—Claire Hartwell —ronroneó y avanzó hacia mí con la letalidad de un depredador. Su voz sonó peligrosa—. ¿Qué tan lejos planeabas huir de mí?

Retrocedí por instinto hasta que mi espalda chocó contra el borde de la ventana. Ya no había escapatoria.

Su mirada observó mi cuello expuesto, y vi cómo tragó saliva, ansioso.

El pecho se me contrajo con fuerza.

—¿Viniste a cazarme hasta aquí solo porque necesitabas tu dosis de sangre? —indagué, molesta.

Caelan me miró durante un buen rato antes de dignarse a hablar.

—¿De verdad crees que me quedé contigo estos cinco años solo para beber tu sangre? —siseó.

Giré la cara con asco.

—Si la quieres, tómala de una vez —le dije.

Su aliento gélido me rozó el cuello y me erizó hasta el último nervio. La punta afilada de sus colmillos acarició mi piel y mi cuerpo tembló en un acto reflejo de sumisión.

Pero, en lugar de perforarme la vena, se detuvo. Estiró los brazos y me pegó con fuerza contra su pecho.

—Ven conmigo —ordenó.

Me tomó entre sus brazos y a una velocidad sobrenatural recorrimos los bosques hasta llegar al observatorio abandonado en la cima de una montaña.

Hace cinco años, ese fue el primer lugar fuera del castillo al que me trajo. En aquel entonces, yo era una presa recién capturada. Vivía muerta de miedo todas las noches y apenas lograba dormir.

Hasta que una noche, Caelan me llevó hasta ese lugar.

La enorme cúpula de cristal se abrió sobre nosotros poco a poco y reveló un cielo nocturno atiborrado de estrellas. Caelan se paró detrás de mí y me rodeó en la oscuridad.

—¿Acaso a los humanos no les gusta mirar las estrellas? —murmuró.

Y por culpa de esa frase, me convertí en su sumisa fuente de sangre por voluntad propia durante cinco años.

El viento barrió el observatorio mientras él me rodeaba con sus brazos por la espalda. La estúpida que vivía en mí casi quiso fingir que no había pasado nada.

Pero apreté los puños a mis costados con tanta fuerza que me clavé las uñas.

—Sobre el hijo de Isolde... Claire, escúchame con atención... —empezó a decir, pero el sonido de su teléfono lo interrumpió. Contestó rápido.

—¡Su Alteza! —chilló una voz llena de pánico a través del auricular—. ¡La señorita Isolde empezó a sangrar de la nada! ¡La corte entera lo está esperando!

Caelan se quedó callado antes de soltarme como si mi piel le quemara.

—Espérame aquí —ordenó.

Se dio media vuelta y desapareció.

Me quedé ahí plantada como una idiota, sin mover ni un solo músculo, y vi su figura desvanecerse a velocidad inhumana en la oscuridad.

De pronto, quise vomitar.

Mi visión se tiñó de negro en los bordes. Intenté aferrarme a la barandilla de metal para no colapsar, pero el cuerpo no me dio para más y caí de rodillas contra el suelo. El viento de la madrugada entró a mis pulmones y me ardió.

Lo último que vi antes de desmayarme fue ese cielo infinito lleno de estrellas que daba vueltas sobre mi cabeza.

Cuando volví a abrir los ojos, el aire me golpeó con ese olor a desinfectante clínico.

Me quedé con la mirada perdida en los tubos de luz blanca del techo de la habitación del hospital, mientras oía una conversación en voz baja.

—Su cuerpo ha estado perdiendo sangre con mucha frecuencia durante años. Ahora presenta un cuadro de anemia severa. Si esto continúa... —advirtió el médico.

—¿Anemia? —La voz fría de Caelan lo interrumpió—. Llevaba semanas sin morderla hasta esta noche.

El doctor dudó y miró mi expediente.

—Eso es porque ella...

Mi corazón latía a mil. Me obligué a sentarme en la camilla lo más rápido que pude e ignoré el mareo.

—Doctor —lo interrumpí a toda velocidad, con la voz trémula—, solo he estado doblando turnos y trabajando demasiado en la academia estos días. Es cansancio.

La mirada amenazante de Caelan regresó a mi cara en el acto y me escaneó.

—Claire, ¿qué me estás ocultando? —exigió saber.

Tenía el ceño fruncido a más no poder. Se acercó y me agarró la muñeca con la fuerza suficiente para hacerme daño.

Entonces, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

—Caelan... —gimoteó Isolde desde el umbral. Estaba ahí parada. Se veía pálida y frágil—. Nunca regresaste a mi lado. Me asusté muchísimo.

Vi cómo la furia depredadora en los ojos de Caelan se ablandaba en un abrir y cerrar de ojos. Se puso de pie como un resorte, me soltó la mano con indiferencia y fue hacia ella.

—¿Qué pasa? ¿Sigues sangrando? ¿Dónde carajos está el doctor de la familia? ¿Por qué no hay nadie escoltándote? —preguntó, desesperado.

Las preguntas salían de su boca una tras otra, sin pausa, cargadas de una devoción enfermiza.

Y yo me quedé sentada en la camilla del hospital, en silencio, y vi todo el espectáculo desde la primera fila.

Así que el intocable Príncipe Caelan Vale sí podía entrar en pánico por alguien. El pequeñísimo detalle era que ese alguien jamás había sido yo.

—Preparen la mejor suite VIP para Isolde en este momento —ordenó Caelan a las enfermeras con frialdad—. Y si algún humano se queja, córtenle la lengua. Además, traigan a los mejores especialistas obstétricos del país.

El personal médico se arremolinó a su alrededor a toda prisa mientras escoltaban a Isolde fuera de mi habitación.

—El Príncipe trata a su prometida como a una verdadera reina —susurró una de las enfermeras rezagadas en el pasillo.

—Va a darle un heredero sangre pura. Si le pasara algo a ese bebé, el mundo de los vampiros estallaría en caos y nos matarían a todos —le respondió su compañera.

Debajo de la áspera manta del hospital, deslicé mi mano y la dejé descansar sobre mi vientre con lentitud.

El hijo que crecía en ella era el mesías sangre pura que toda la aristocracia vampírica llevaba siglos esperando. El mío era solo un sucio mestizo que, para sus ojos, jamás debió existir.

Desde el principio, estábamos destinados a separarnos. No podíamos vivir entre ambos mundos.

La habitación del hospital quedó sumida en silencio otra vez.

Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué el antiguo pergamino del vínculo de sangre. Las letras mágicas, que durante cinco años brillaron con un rojo intenso, se habían desvanecido por completo. Al fin.

Miré la hoja en blanco durante mucho tiempo. Luego, sin sentir nada, la hice pedazos hasta que no quedó más que los trozos entre mis dedos.

Fuera de la ventana, las primeras luces del amanecer empezaban a iluminar el cielo y prometían quemar la oscuridad.

Mi teléfono vibró en la mesita de noche.

El recordatorio de embarque de mi vuelo internacional a Río iluminó la pantalla. Lo miré fijamente.

Cinco malditos años.

El primer instante en que lo vi emerger de las sombras... la primera vez que clavó sus colmillos en mi muñeca para drenarme... la mentira de esa noche, cuando me juró que si alguna vez le daba un hijo, ese bebé sería su único heredero... la forma asfixiante en que me abrazó bajo las estrellas del observatorio...

Todo se había acabado ya.

—Adiós para siempre, Caelan Vale —susurré al vacío.

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