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Elixir de Venganza

Elixir de Venganza

โดย:  Aria Salvatoreจบแล้ว
ภาษา: Spanish
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El elixir de sangre que preparé ganó el primer lugar en la Ceremonia de la Corte Nocturne, pero mi hermana adoptiva me lo robó y se llevó todo el mérito. Ella creyó haber tocado el cielo con las manos. No tenía ni idea de que el premio era, en realidad, un contrato nupcial con el príncipe vampiro Kaelan Nocturne. Un hombre con fama de ser un monstruo. Cuando llegó la propuesta de matrimonio, mi prometido, un archimago, decidió «protegerla». No perdió tiempo: la vinculó con una marca de sangre y se la llevó a la cama. Horas después, mi hermana regresó presumiendo la herida fresca en su cuello como un trofeo de guerra. —Ay, hermanita, tu hombre me reclamó. En tres días vas a cumplir veinticinco años. Si nadie te reclama, el Registro Nupcial te va a echar a los brazos de cualquier mercenario frustrado y violento. Pero se equivocó. Yo siempre tuve otra opción. Me acerqué a mis padres, que estaban desesperados por tramar un plan para arreglar su desastre, y anuncié con toda la calma de la noche: —Si ella no quiere casarse con Kaelan Nocturne, lo haré yo.

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บทที่ 1

Capítulo 1

Las palabras me dejaron un sabor a ceniza y hierro en la boca. Mi padre se quedó petrificado con el pergamino del príncipe Nocturne en la mano. El grito ahogado de mi madre rompió el silencio de la sala. A la luz de las velas, se mostró horrorizada.

—¡Perdiste la cabeza, Elara! ¡Es Kaelan! ¡Dicen que deja secos a sus sirvientes nada más por diversión y que si te atreves a susurrar su nombre te parte el cuello! ¡Te vas directo al matadero! —bramó.

Abrí la boca para quejarme, pero la voz tensa de mi padre me interrumpió.

—Tu madre tiene razón, Elara. Marcus y Liana ya se vincularon. ¿Qué va a pasar con ellos si te rehúsas? —argumentó él.

La duda nubló la mirada de mi madre, pero se desvaneció al rato. Me apretó la mano hasta que, por fin, la soltó. Aun así, mi corazón se endureció. Yo era la hija legítima. Al contrario de Liana que era una huérfana de la calle. A pesar de eso, ella siempre era el centro de atención. Tenía un talento innato para fingir sonrisas y lavarle el cerebro a cualquiera con sus actuaciones. Al final, solo me quedó dedicarles una sonrisa amarga y responder con firmeza:

—Está bien. Lo haré. Pero con una condición.

Mi padre entrecerró los ojos.

—¿Cuál condición? —inquirió.

—El día de mi boda, Liana va a dar la cara frente a los invitados —exigí con voz clara y fría—. Y va a confesar ante todos que me robó el elixir. Quiero que admita su mentira.

Golpeó la mesa de roble con el puño e hizo saltar las copas de plata.

—¡Eres una malagradecida! ¿De verdad quieres destruir a tu hermana por tu orgullo herido? —exclamó.

Mi madre solo me miró con una profunda decepción. No quise retroceder y sentencié:

—El príncipe busca a la mujer que deslumbró a la corte con su sangre. Ella me robó. Tiene que aprender la lección. ¿Qué le importa más? ¿Cuidar las apariencias o un matrimonio con su adorado Marcus?

Todo era por Liana. Siempre Liana. Acorralados y sin opciones, aceptaron el trato. Di media vuelta y salí del salón sin mirar atrás.

Por poco tropiezo con Marcus cuando él salía de la habitación de Liana. Se acomodaba una bata de seda que dejaba al descubierto los chupetones en el cuello y el pecho. Todo el descaro de los últimos tres días se le notaba a leguas.

Arrugué la nariz e intenté esquivarlo. Me agarró del brazo con un suspiro y fingió indignación.

—Sé que estás molesta, Elara. Pero era la única forma de protegerla. Ya sabes la obsesión que tienen los vampiros. Si todos saben que hay un vínculo de sangre... hasta Kaelan lo pensaría dos veces antes de marcar a una mortal reclamada —explicó.

Me solté de un tirón.

—¿Y qué pasa conmigo, Marcus? —reclamé.

Se suponía que nos íbamos a vincular en mi cumpleaños número veinte, pero Liana siempre inventaba una excusa para retrasarlo. Una fiebre de la nada. Un desmayo. Una melancolía repentina. En ese momento yo estaba a punto de cumplir veinticinco. Y él corrió a acostarse con ella a última hora. Me dejó tirada con las únicas dos opciones que le quedaban a las mujeres solteras cuando perdían su juventud: que el Registro Nupcial de la ciudad me emparejara con cualquier mercenario de paso o aceptar la propuesta del vampiro más temido del reino.

Un rastro de culpa desmoronó su fachada por un instante. Luego me tomó de las manos con desesperación.

—¡Tranquila! No voy a dejar que te entreguen a un salvaje. ¡Te voy a aceptar como mi sirvienta de sangre! Te quedarás en mi mansión y así te libras de casarte con cualquiera —ofreció, como si me hiciera el mayor favor de mi vida—. No me mires con esa cara. Es un simple trámite. Cuando estés bajo mi techo, te daré el mismo trato que a Liana —añadió.

Dejé escapar una risa seca. ¡Qué pedazo de basura!

La marca de sirviente era para los delincuentes o para los endeudados que se vendían como mercancía. Una condena de inferioridad de por vida. Me convertiría en un objeto. Mis hijos serían objetos. Mi voluntad le pertenecería para siempre a ese inútil.

Me libré de su agarre con un empujón.

—Ni en tus sueños —siseé.

La cara se le desfiguró por la humillación. Un instante después, su rabia estalló.

—¡¿Qué demonios te pasa?! ¿Acaso no me amas? ¿O tu orgullo importa más que estar conmigo? —gritó.

—¡¿Esto es en serio?! —ataqué—. Entonces, ¿por qué no convertiste a Liana en tu sirvienta? Eso también la salvaba, ¿o me equivoco?

Retrocedió como si hubiera recibido una bofetada.

—¡Cómo te atreves a insinuar eso! ¡Una sirvienta de sangre! —reclamó a gritos—. ¡Una flor delicada como Liana merece que la adoren! ¡No tiene por qué sufrir ni un segundo en su vida!

Sus palabras abrieron una vieja herida familiar que me hizo arder los ojos. Claro, Liana era una flor delicada. Y yo era... de hierro. Indestructible. Yo tenía el aguante para sobrevivir a las fiebres y la cabeza para arreglar los desastres. Yo podía aguantar la humillación. Yo podía cargar con todo el peso del desprecio sin decir una palabra.

En silencio, le dediqué mi mejor cara de asco para devolverle la puñalada. Se acercó y sentí su repulsivo aliento en mi rostro.

—Tienes que adaptarte. Sabes que no te queda otra opción —masculló.

Se fue tan rápido como pudo. Me dejó con la compañía de las sombras en el pasillo.

Bajé las escaleras como si fuera una muerta en vida. Mis padres me esperaban en la entrada. Mi madre me extendió una cajita de terciopelo que me llamó la atención.

—Viene del Reino de las Sombras. Es para ti —indicó.

La abrí. Adentro, sobre seda negra, me sorprendió un brazalete. Había sido forjado con hierro oscuro. Como detalle, traía incrustada una piedra lunar en forma de lágrima que emitía una luz tenue.

Yo conocía esa joya. Años atrás, la había visto en una subasta clandestina en el Mercado de la Medianoche. Me moría por tenerla, pero el precio era una locura.

Apreté el metal frío entre los dedos.

Tal vez... tal vez casarme con Kaelan Nocturne no era una sentencia de muerte al fin y al cabo.

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