LOGINLa casa olía a comida recién hecha. Victoria había pasado la tarde en la cocina, preparando una cena especial. No era un día especial, pero quería que lo fuera. Quería que todos estuvieran juntos. Quería que Martha se sintiera parte de la familia. Quería que Leo fuera feliz. Quería que Mateo olvidara, aunque fuera por un momento, los problemas de la oficina.
—¡A la mesa! —gritó Victori
La luz de la mañana entraba por las cortinas, dibujando líneas doradas sobre las sábanas blancas. Victoria se despertó lentamente, sintiendo que el sueño se desvanecía como una niebla. Por un momento, no recordó dónde estaba. Solo sentía el calor de las sábanas, el silencio de la casa, la paz de la mañana.Se levantó y caminó hacia el espejo. Se miró largamente. Vio a una mujer que ya no reconocía del todo. Una mujer que había aprendido a ser fuerte. A ser fría. A proteger su corazón con muros de hielo. Pero también vio a una mujer que, en el fondo, seguía siendo la misma Violet que había huido de Suiza años atrás. La misma que había encontrado en Martha a una madre. A una amiga. A una familia.Se vistió con ropa elegante. Un traje de chaqueta y pantalón de color azul medianoche, que resaltaba su figura y le daba un aire de autoridad. Se recogió el cabello en un moño bajo, dejando algunos mechones sueltos que enmarcaban su rostro. Se puso unos tacones altos y un collar de perlas discr
La casa olía a comida recién hecha. Victoria había pasado la tarde en la cocina, preparando una cena especial. No era un día especial, pero quería que lo fuera. Quería que todos estuvieran juntos. Quería que Martha se sintiera parte de la familia. Quería que Leo fuera feliz. Quería que Mateo olvidara, aunque fuera por un momento, los problemas de la oficina.—¡A la mesa! —gritó Victoria, colocando la última fuente en el centro—. ¡La cena está lista!Leo corrió hacia el comedor, con las manos aún manchadas de tierra del jardín. Mateo lo siguió, con una sonrisa en los labios. Martha apareció en la puerta, con un delantal que Victoria le había prestado, y se quedó un momento observando la escena. La mesa estaba puesta con manteles de lino, platos de porcelana, cubiertos de plata. Hab&
Mateo entró a la sala, con la mente puesta en la reunión de la junta directiva que tenía esa mañana. Era una reunión importante. Se iban a discutir los nuevos proyectos de expansión, los presupuestos del próximo trimestre, y la reestructuración de algunas áreas de la empresa. Mateo había preparado todo con esmero. Había revisado los informes, había estudiado las propuestas, había ensayado su discurso. Estaba listo. O eso creía.Entró a la sala de juntas con paso firme. Los doce directivos ya estaban allí, sentados alrededor de la mesa de caoba. Al verlo entrar, algunos lo saludaron con cortesía, otros con indiferencia. Mateo no les prestó atención. Solo caminó hacia la cabecera de la mesa y se sentó.—Buenos días, señores —dijo, con voz firme—. Vamos a comenzar.
Fernando Beltrán se quedó solo en su oficina, sentado en su silla de cuero, con los puños apretados sobre la mesa de caoba. Su rostro, que normalmente era una máscara de hielo, ahora estaba enrojecido por la rabia. Sus ojos, que siempre habían sido fríos y calculadores, ahora brillaban con una furia que no había sentido en años. La revelación de Mateo lo había golpeado como un tren de carga. Victoria Montgomery era Violet. La misma mujer que había despreciado. La misma mujer que había llamado advenediza. La misma mujer que, según él, no valía nada.Y ahora, esa mujer tenía el control de su empresa. De su imperio. De todo lo que había construido durante años. De todo lo que había sido suyo. De todo lo que le pertenecía por derecho.—¿Cómo es posible? —murmuró, con voz ronca—. ¿Cómo es posible que esa mujer... esa don nadie... ahora sea tan poderosa?Se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Miró la ciudad que se extendía a sus pies, y sintió que la rabia le hervía en las venas.
Mateo se despertó antes del amanecer. La luz tenue de la mañana apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas, y el silencio de la casa era absoluto. Victoria dormía a su lado, con el cabello esparcido sobre la almohada y los labios entreabiertos en una expresión de paz que no le había visto nunca. Parecía un ángel. Un ángel que, por primera vez, había decidido quedarse a su lado.Mateo la observó un largo rato, sintiendo que el corazón se le llenaba de una calidez que no había sentido nunca. Recordó la noche anterior. Recordó cómo se había acurrucado contra su pecho. Recordó cómo había admitido que también lo había extrañado. Recordó cómo, por un momento, todos los muros se habían derrumbado. Y aunque sabía que ella no había escuchado su confesión de amor, sabía que algo había cambiado entre ellos. Algo profundo. Algo real.Se inclinó y le dio un beso en la frente. Fue un beso suave, casi reverente, como si estuviera besando algo sagrado.—Te amo —susurró, en voz baja—. Y algún día t
La noche había caído sobre Suiza, y la casa estaba en silencio. Martha ya se había ido a dormir, agotada después de un día lleno de emociones. Leo también dormía profundamente en su habitación, con sus Legos favoritos en la mesita de noche y una sonrisa en los labios. Victoria estaba en su cuarto, sentada en la cama, con un libro en las manos que no estaba leyendo. Su mente estaba en otra parte. En Mateo. En la conversación que habían tenido esa tarde. En el regalo que le había dado. En la sorpresa que le había prometido. En la forma en que la había mirado. En la forma en que la había hecho sentir. En la forma en que su corazón latía cada vez que él estaba cerca.De repente, la puerta se abrió. Victoria levantó la vista, sobresaltada. Mateo estaba en el umbral, con una sonrisa juguetona en los labios y el cabello aún húmedo de la ducha. Llevaba una pijama de color gris oscuro, que dejaba poco a la imaginación.—¿Qué haces aquí? —preguntó Victoria, con voz sorprendida—. Deberías estar







