Se connecterMateo se acostó con el corazón apretado. La conversación con Ramiro le había dejado un sabor amargo en la boca, como si hubiera mordido una fruta podrida. Álex, el hermano de Victoria, el muchacho al que le había dado una segunda oportunidad, estaba metido en algo. Algo que no entendía. Algo que olía mal y que podía destruirlo. Mateo no podía permitirlo. No solo por Victoria. No solo por Leo. Sino porque, en el fondo, se había encariñado con el muchacho. Lo veía como un hermano menor, como alguien a quien proteger. Y no iba a dejarlo caer. No esta vez. Victoria dormía a su lado, ajena a todo. Su respiración era suave, rítmica. Su rostro, tranquilo. Mateo la miró un largo rato. La luna se filtraba por las cortinas y bañaba su piel con un resplandor plateado. Parecía un ángel. Un ángel que, por primera vez en mucho tiempo, había decidido quedarse a su lado. Pero él no podía disfrutarlo. Su cabeza era un torbellino y su su corazón era un puño apretado. La angustia le subía por la gargan
Ramiro esperó. Escondido en el pasillo del edificio, agazapado entre las sombras que proyectaban las luces tenues de las escaleras de emergencia. Había entrado al edificio minutos después de que Álex lo hiciera. La puerta principal tenía un código, pero él había visto cuál era. Ocho, cuatro, dos, cero. Demasiado fácil. Demasiado descuidado. O quizás, demasiado confiado.Se quedó quieto. Escuchando. El edificio estaba en silencio. Solo se oía el zumbido lejano de algún aparato eléctrico y el ocasional crujido de la madera vieja. La puerta del apartamento de Álex estaba cerrada. La luz que se filtraba por debajo indicaba que el muchacho seguía despierto. Ramiro miró la hora en su reloj. Las once y cuarenta y cinco de la noche. Y Álex seguía despierto. Como si no tuviera prisa por dormir. Como si algo lo mantuviera despierto. Algo que Ramiro necesitaba descubrir.Esperó. Se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared fría, y esperó. Pasó una hora. Luego otra. La luz bajo la puerta
El agente se llamaba Ramiro. Llevaba años trabajando para Mateo Beltrán. Doce años de vigilancia, de seguimientos, de informes confidenciales que nunca debían salir de su boca. Doce años de moverse en las sombras, de ver cosas que no debía ver, de callar cosas que no debía contar. Era un hombre alto, delgado, de rostro impasible y ojos entrenados para no perderse ni un detalle. Había trabajado en los barrios más peligrosos de Europa. Había seguido a criminales, a estafadores, a gente que mataba por dinero. Pero nunca se había sentido tan incómodo como esa noche. Nunca había sentido que el aire le pesara tanto en los pulmones. Nunca había tenido que vigilar a alguien que, en el fondo, no merecía ser vigilado.Álex había salido del apartamento al atardecer. Caminó por las calles de la ciudad con paso firme, sin mirar atrás. Ramiro lo siguió a distancia, manteniéndose en las sombras, confundiéndose con los transeúntes. Lo vio tomar el metro. Lo vio bajar en una estación alejada del centr
Victoria se alistó en silencio frente al espejo del baño. Se miró largamente. El traje de chaqueta y pantalón seguía impecable, pero su rostro delataba lo que acababa de pasar. Sus labios estaban hinchados. Sus mejillas, encendidas. Y en sus ojos color miel había una mezcla de emociones que no podía ocultar del todo. Se pasó los dedos por el cabello, intentando ordenarlo. Se ajustó la blusa. Se puso un poco de gloss. Pero nada de eso borraba la evidencia. Nada de eso borraba lo que había pasado en esa oficina. Nada de eso borraba el sabor de Mateo en su boca.Mateo la esperaba en la puerta, con el saco en una mano y las llaves del auto en la otra. La observó salir del baño, y una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. Una sonrisa de satisfacción. De orgullo. De algo que se parecía al amor.—¿Lista? —preguntó, con voz suave.Victoria asintió, sin mirarlo. Caminó hacia la salida con la espalda recta y la barbilla en alto. Pero sus piernas aún temblaban ligeramente. Y él lo notó.Saliero
Mateo la besó con una intensidad que la dejó sin aliento. Sus manos recorrían su espalda, su cintura, sus caderas, atrayéndola más hacia él. La oficina estaba en silencio, solo roto por el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el susurro de la tela contra la tela. Cada vez que Mateo la tenía así, Victoria se dejaba llevar, siempre perdía el control. Y esa vez, iba a ser la excepción.Se separó del beso con un movimiento brusco, y lo empujó contra el sofá. Mateo cayó sentado, sorprendido, con los ojos abiertos de par en par. Victoria lo miró desde arriba, con una sonrisa que era pura malicia. Sus ojos color miel brillaban con una intensidad que helaba la sangre. Y su cuerpo, aún vestido con el traje de chaqueta y pantalón, se movía con una gracia que lo dejaba sin aliento.—Hoy mando yo —dijo, con voz firme. No era una pregunta. Era una orden.Mateo abrió la boca para responder, pero Victoria no lo dejó hablar. Se subió sobre él, con las piernas a cada lado de sus caderas, y lo m
Victoria seguía sentada en el sofá de cuero, con los brazos cruzados y la mirada fija en la ventana. El silencio entre ellos era denso, cargado de cosas no dichas. Mateo la observaba desde el otro lado de la oficina, sintiendo que la tensión flotaba en el aire como una nube eléctrica. Sabía que ella estaba molesta. No necesitaba preguntarlo. Lo veía en la rigidez de sus hombros, en la forma en que apretaba los labios, en la manera en que evitaba mirarlo. Y eso, lejos de apagarlo, lo encendía más. Porque Victoria, incluso enojada, era la mujer más hermosa que había visto en su vida.Se acercó lentamente. Paso a paso. Hasta que estuvo lo suficientemente cerca para sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Podía oler su perfume. Un aroma suave, floral, que se le metía en los sentidos y lo volvía loco.—Estás celosa —dijo, con una sonrisa en la voz. No era una pregunta. Era una constatación.Victoria giró la cabeza de inmediato. Sus ojos color miel brillaban con una intensidad que helaba







