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Capítulo 29: Nuevos horizontes

last update publish date: 2026-08-29 04:06:30

Pasaron dos semanas desde que Violet se mudó a la mansión Montgomery. Dos semanas de adaptación, de descubrimientos, de sanación. Dos semanas en las que el miedo comenzó a disiparse y la esperanza a florecer como las flores en el jardín de Elizabeth.

Las mañanas seguían siendo su momento favorito. El aroma a café recién hecho, el sonido de los pájaros, la luz del sol entrando por los ventanales del comedor. Pero ahora, Violet ya no se sentía como una extraña. Ahora, se sentía en casa.

Elizabeth
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    La mañana en la casa de Suiza amaneció con una calma que parecía mentira. El sol se filtraba por los ventanales, pintando el suelo de madera con rayos dorados, y el aire olía a jazmín y a café recién hecho. No había gritos, no había tensión, no había reuniones de negocios ni llamadas urgentes. Solo el silencio pacífico de un hogar.Victoria estaba en el jardín, con un par de tijeras de podar en la mano, revisando las flores que habían plantado días atrás con Leo. Llevaba un vestido de lino blanco, sencillo, y el cabello recogido en un moño desordenado. Se sentía... tranquila. O al menos, intentaba sentirse tranquila, ignorando el nudo que se le formaba en el estómago cada vez que pensaba en Mateo y en su viaje misterioso.Marta salió de la casa con una bandeja de limonada y dos vasos. La dejó sobre la mesa de hierro forjado del jardín y se acercó a Victoria, observándola trabajar.—Mi niña, ¿no quiere que le ayude? —preguntó Marta, con su voz suave, esa voz que siempre lograba calmarl

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    Álex abrió la nevera. El aire frío le golpeó la cara. Sacó un paquete pequeño, envuelto en papel de estraza, y lo dejó sobre la mesa. La cocina olía a limpio. A limpia pisos y a algo que hervía en la estufa. Mateo se sentó en una silla y observó cómo Álex desdoblaba el papel con dedos cuidadosos. Dentro había raíces. Oscuras, alargadas, de un marrón que tiraba a negro. Olían a tierra húmeda. A bosque después de la lluvia.—Estas son —dijo Álex, con voz tranquila—. Las compré en el mercado. Valeriana. Pasiflora. Y una que el hombre llamó raíz de sueño, no sé el nombre científico.Mateo las miró. No había nada sospechoso en ellas. Eran raíces. Solo raíces. El envoltorio que Ramiro había visto en el bote de basura no era más que eso. Un envoltorio. Arrugado. Vacío. Con un olor fuerte que no era droga, sino tierra y plantas.—¿Cómo las preparas? —preguntó Mateo.—Las hiervo. Con miel. Una taza antes de dormir.—¿Y funciona?Álex se encogió de hombros. Luego asintió. Un gesto pequeño, casi

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    Álex sintió que el corazón le daba un vuelco. Las manos le sudaban. La boca le sabía a metal. Y las palabras de Mateo aún resonaban en el aire como un eco que no terminaba de desaparecer.—¿Has salido de aquí? —había preguntado Mateo.No era una afirmación. Era una pregunta. Una pregunta sencilla. Una pregunta que, en teoría, no debería tener nada de malo. Pero Álex sabía lo que significaba. Sabía que Mateo no preguntaba por curiosidad. Sabía que Mateo ya sabía la respuesta. Y sabía que, si mentía, lo perdería todo.Tragó saliva. Su nuez subió y bajó. Sus ojos, que hasta hace un momento brillaban con una chispa de tranquilidad, ahora estaban fijos en el suelo. En la alfombra gris que Mateo había pagado. En los muebles que Mateo había pagado. En la vida que Mateo le había dado.—Sí —respondió, con voz temblorosa—. He salido. He recorrido la ciudad. He conocido lugares nuevos.Mateo lo miró desde el sofá. No dijo nada. Solo esperó. Y ese silencio fue peor que un grito.—¿Has ido a lugar

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    Mateo se acostó con el corazón apretado. La conversación con Ramiro le había dejado un sabor amargo en la boca, como si hubiera mordido una fruta podrida. Álex, el hermano de Victoria, el muchacho al que le había dado una segunda oportunidad, estaba metido en algo. Algo que no entendía. Algo que olía mal y que podía destruirlo. Mateo no podía permitirlo. No solo por Victoria. No solo por Leo. Sino porque, en el fondo, se había encariñado con el muchacho. Lo veía como un hermano menor, como alguien a quien proteger. Y no iba a dejarlo caer. No esta vez. Victoria dormía a su lado, ajena a todo. Su respiración era suave, rítmica. Su rostro, tranquilo. Mateo la miró un largo rato. La luna se filtraba por las cortinas y bañaba su piel con un resplandor plateado. Parecía un ángel. Un ángel que, por primera vez en mucho tiempo, había decidido quedarse a su lado. Pero él no podía disfrutarlo. Su cabeza era un torbellino y su su corazón era un puño apretado. La angustia le subía por la gargan

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    Ramiro esperó. Escondido en el pasillo del edificio, agazapado entre las sombras que proyectaban las luces tenues de las escaleras de emergencia. Había entrado al edificio minutos después de que Álex lo hiciera. La puerta principal tenía un código, pero él había visto cuál era. Ocho, cuatro, dos, cero. Demasiado fácil. Demasiado descuidado. O quizás, demasiado confiado.Se quedó quieto. Escuchando. El edificio estaba en silencio. Solo se oía el zumbido lejano de algún aparato eléctrico y el ocasional crujido de la madera vieja. La puerta del apartamento de Álex estaba cerrada. La luz que se filtraba por debajo indicaba que el muchacho seguía despierto. Ramiro miró la hora en su reloj. Las once y cuarenta y cinco de la noche. Y Álex seguía despierto. Como si no tuviera prisa por dormir. Como si algo lo mantuviera despierto. Algo que Ramiro necesitaba descubrir.Esperó. Se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared fría, y esperó. Pasó una hora. Luego otra. La luz bajo la puerta

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    El agente se llamaba Ramiro. Llevaba años trabajando para Mateo Beltrán. Doce años de vigilancia, de seguimientos, de informes confidenciales que nunca debían salir de su boca. Doce años de moverse en las sombras, de ver cosas que no debía ver, de callar cosas que no debía contar. Era un hombre alto, delgado, de rostro impasible y ojos entrenados para no perderse ni un detalle. Había trabajado en los barrios más peligrosos de Europa. Había seguido a criminales, a estafadores, a gente que mataba por dinero. Pero nunca se había sentido tan incómodo como esa noche. Nunca había sentido que el aire le pesara tanto en los pulmones. Nunca había tenido que vigilar a alguien que, en el fondo, no merecía ser vigilado.Álex había salido del apartamento al atardecer. Caminó por las calles de la ciudad con paso firme, sin mirar atrás. Ramiro lo siguió a distancia, manteniéndose en las sombras, confundiéndose con los transeúntes. Lo vio tomar el metro. Lo vio bajar en una estación alejada del centr

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