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Capítulo 30: Cinco años de bendiciones

ผู้เขียน: Espíritu libre
last update วันที่เผยแพร่: 2026-08-29 04:06:43

La mansión Montgomery estaba en silencio, solo rota por el suave murmullo de la fuente en el jardín y el canto de los pájaros que anunciaban el amanecer. Los rayos del sol comenzaban a filtrarse a través de los grandes ventanales, iluminando los pisos de mármol con un resplandor dorado que parecía pintar el día con colores de esperanza. Violet bajó las escaleras con pasos ligeros, sintiendo la calidez del hogar que había encontrado después de tantos años de tormenta. Su vida había cambiado por
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    Victoria se separó del beso con un movimiento brusco, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones y que el corazón le latía tan fuerte que creía que iba a estallar. Sus labios ardían, su piel ardía, todo su cuerpo ardía. Pero su mente, esa parte de ella que aún conservaba algo de cordura, le gritaba que se detuviera, que esto no debía pasar, que él era el hombre que la había hecho sufrir.—No —dijo, con voz temblorosa, empujándolo suavemente con las manos—. No puedo. No debo.Mateo no se apartó. Al contrario, deslizó su brazo por la cintura de Victoria y la atrajo hacia él nuevamente, sin dejar espacio entre sus cuerpos. Su pecho desnudo, aún húmedo por la ducha, presionaba contra el encaje de la pijama de ella, y Victoria sintió que el calor de su piel la traspasaba como un rayo.—¿Qué haces? —preguntó ella, con voz más débil de lo que pretendía—. Suéltame.—No —respondió Mateo, con voz ronca, sus ojos negros brillando bajo la luz tenue de la lámpara—. ¿Por qué te resistes si tú

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    La noche había caído sobre Suiza como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de estrellas que brillaban con una intensidad que no se veía en Miami. La mansión estaba en silencio, solo rota por el suave murmullo del viento entre los árboles y el ocasional crujido de la madera antigua. Victoria estaba en la sala, sentada en el sofá con las piernas recogidas y una manta sobre los hombros, mirando la puerta con una mezcla de ansiedad y fastidio.Mateo había dicho que volvería temprano. Había dicho que la reunión sería corta. Había dicho que estaría en casa para la cena. Pero la cena había pasado, Leo ya estaba dormido, y de Mateo no había ni rastro. Ni una llamada. Ni un mensaje. Nada.—¿Dónde se habrá metido? —murmuró Victoria, mirando el reloj por décima vez—. Se supone que deberí

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    La mañana había avanzado con una calma engañosa. El desayuno había terminado, Leo había ido a lavarse los dientes y Victoria se había quedado en la cocina, recogiendo los platos con movimientos lentos, casi mecánicos. Su mente seguía atrapada en el beso de esa mañana, en la sonrisa de Mateo, en la forma en que la había mirado como si supiera exactamente lo que ella estaba sintiendo.Mateo subió a su habitación para alistarse. Se duchó con agua caliente, dejando que el vapor llenara el baño y relajara sus músculos tensos. Pero no podía relajarse del todo. La imagen de Victoria en la cocina, con la bata de seda y el cabello despeinado, no se iba de su mente. La forma en que lo había mirado, con esos ojos color miel que brillaban con una mezcla de deseo y confusión. La forma en que sus labios habían temblado cuando él la besó.Salió de la ducha y se secó con una toalla, frotándose el cabello con movimientos rápidos. Se puso un traje oscuro, impecable, y se ajustó la corbata frente al esp

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