Una noche con el joven heredero

Una noche con el joven heredero

last updateLast Updated : 2026-11-05
By:  OmbakUpdated just now
Language: Spanish
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Nayla Anindita despierta en una cama de hotel junto a un desconocido demasiado joven y demasiado atractivo. La noche anterior descubrió a su esposo, Reza, en la cama con Sinta, su mejor amiga desde la preparatoria, y supo que la mitad de la casa de su difunta madre ya estaba a nombre de él gracias a una escritura que firmó sin leer. Ella cree que entró a esa habitación por error. Pero Arsen, el hombre que la mira como si fuera un milagro, le muestra la verdad: alguien la envió a su puerta a propósito. Atrapada entre la trampa de su esposo y una conspiración que apunta a la poderosa familia Wiratama, Nayla rechaza toda ayuda. Sin embargo, cuanto más la deja ir Arsen, más difícil le resulta alejarse. Él esconde su apellido; ella esconde su miedo a volver a confiar. Y en medio de juicios, chantajes y un cheque de quinientos millones para que lo olvide, Nayla descubre que durante cinco años la llamaron estéril, cuando el incapaz de tener hijos siempre fue Reza. Entonces llega lo imposible: después de una sola noche, Nayla está embarazada. Pero la madre de Arsen no la acepta, su prometida la amenaza y el futuro de miles de trabajadores depende de que él obedezca. Nayla desaparece sin decirle nada. Cinco años después, Arsen, convertido en un CEO frío que rechaza a todas las mujeres, encuentra en un pueblo a un niño con su mismo rostro. Pero su reencuentro apenas comienza cuando el pasado regresa para arrebatárselo todo otra vez.

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Chapter 1

Capítulo 1 — No es casualidad

Lo primero que Nayla Anindita notó aquella mañana fue que la cama era demasiado mullida. El colchón de su departamento siempre se hundía un poco del lado izquierdo, donde Reza llevaba cinco años durmiendo en la misma posición. Este no. Las sábanas eran demasiado blancas, las almohadas demasiado gruesas, y el aire olía a algo ajeno: madera de sándalo, café caro y un aroma masculino que no era el de su esposo.

Abrió los ojos despacio. Un techo alto con una lámpara de araña de cristal. Un ventanal del piso al techo que mostraba el cielo de Yakarta desde las alturas. En un rincón había una sala con sofás de cuero y un escritorio lleno de expedientes, y sobre uno de ellos descansaba un reloj de pulsera que probablemente costaba lo mismo que el sueldo de Nayla de todo un año. Aquella no era una habitación de hotel cualquiera. Era una suite presidencial.

Entonces giró la cabeza hacia un lado, y todo su cuerpo se congeló.

Un hombre estaba recostado de lado junto a ella, con la cabeza apoyada en una mano, mirándola. Quién sabe desde cuándo estaba despierto, y sus ojos oscuros no parpadeaban en absoluto. El cabello revuelto le caía sobre la frente, la mandíbula era firme y sus labios se curvaban apenas en una de las comisuras. Aquel rostro era demasiado atractivo para ser real, y también demasiado joven. La forma en que la miraba, con ternura y asombro, como si contemplara a un ángel que se hubiera perdido en su cama, hizo que Nayla olvidara respirar durante dos segundos completos.

—Buenos días —dijo él. Su voz era grave y ronca, la típica de alguien que acaba de despertar.

Nayla no respondió, porque acababa de darse cuenta de algo mucho más urgente. Sentía húmeda la comisura de los labios, y la boca le sabía amarga, como si se hubiera tragado los restos del vino de anoche. Dios mío. Baba. Se limpió la boca a toda prisa con el dorso de la mano y luego se subió la sábana hasta la barbilla, con la cara tan caliente que habría podido hervir agua.

El hombre soltó una risa suave.

—No pasa nada. Además, roncaste un poquito hace rato. Fue lindo.

—¡Yo no ronco!

—Muy poquito. Como una gatita.

Nayla abrió la boca para replicar, pero las palabras se le atoraron en la garganta, porque los recuerdos de la noche anterior volvieron como una inundación que revienta una represa. La caja de tiramisú en sus manos. La carta de ascenso a gerente de marketing que quería entregarle a su esposo como regalo por su quinto aniversario de bodas. La puerta del departamento sin llave. Unos tacones rojos junto al zapatero. La risa de una mujer desde el dormitorio, una risa que conocía desde que se sentaron en el mismo pupitre en primero de preparatoria. Reza y Sinta sobre las sábanas grises que ella misma había elegido.

Y lo más doloroso de todo: el rostro de Reza, sin el menor rastro de pánico. Su esposo solo sonrió, le tendió una carpeta con la demanda de divorcio que ya tenía preparada y le dijo con toda tranquilidad que la mitad de la casa de la madre de Nayla en Bogor ya estaba a su nombre, gracias a la escritura que ella había firmado tres meses atrás sin leer la tercera página.

Después vinieron fragmentos más borrosos. El mensaje repentino de Sinta, lleno de lágrimas falsas, invitándola a verse en el bar del hotel para reparar su error. Sinta, que nunca apareció. La tercera copa de vino, o la cuarta. Un pasillo de alfombra gruesa que parecía ondularse bajo sus pies. Una mano en su hombro que la guiaba hacia una puerta. La puerta que se abrió, y alguien que la sostuvo antes de que cayera.

Y después de eso, el fragmento que, curiosamente, recordaba con más claridad. Ella sentada en el suelo de esta habitación, recargada en el sofá, y aquel desconocido sentado frente a ella con la corbata floja y un rostro igual de cansado. Hablaron hasta las tres de la mañana. Ella le contó del árbol de mango de su padre. Él le habló de su padre enfermo y de una familia que lo veía solo como un nombre sobre el papel. Nayla recordaba haber dicho algo que lo dejó en silencio un largo rato. No recordaba la frase. Solo recordaba cómo la miró él después, como alguien a quien escuchaban por primera vez.

Se le oprimió el pecho. En una sola noche había perdido a su esposo, a su mejor amiga y a ese hogar que creía que era un matrimonio. Durante cinco años se había tomado cada mañana el brebaje amargo que le mandaba su suegra, soportando los murmullos de la familia que la llamaba estéril. Y había cerrado todo eso en la cama de un desconocido cuyo nombre ni siquiera sabía.

—Deja de mirarme —dijo con brusquedad.

—Anoche dijiste que te gustaba cómo te miro.

A Nayla le ardió la cara hasta las orejas.

—Anoche estaba borracha.

—No tanto. Todavía te dio para sermonearme sobre la familia hasta las tres de la mañana. —Él esbozó una leve sonrisa—. Y me preguntaste mi edad dos veces.

—¿Cuántos años tienes?

—Veintiséis. Ya van tres veces que me lo preguntas.

—Dios mío. —Nayla se cubrió la cara con ambas manos—. Tengo veintinueve años. Me acosté con un niño.

—Un niño que te preparó té de jengibre cuando tenías náuseas —corrigió él—. Y que te sostuvo el cabello en el baño.

Nayla no quiso oír más. Se levantó con la sábana enrollada alrededor del cuerpo, recogió su ropa y entró al baño sin voltear. Frente al espejo de mármol se lavó la cara tres veces y se vistió con las manos temblorosas. Se abrochó mal el blazer y volvió a abotonarlo con brusquedad.

Cuando salió, él ya estaba de pie junto a la ventana, con una camisa blanca de mangas arremangadas, poniéndose aquel reloj caro en la muñeca, sin dejar de mirarla.

Nayla abrió su cartera, sacó su tarjeta de débito y la dejó sobre la mesa con un golpe seco. Sabía que era ridículo, en una habitación tan lujosa. Pero su orgullo no conocía otra manera.

—El NIP es 270519. Por el té de jengibre. Por lo que sea.

Él miró la tarjeta de reojo y luego la miró a ella con una expresión entre divertida y algo mucho más tierno.

—¿Me estás pagando?

—Te pago para que quedemos a mano. Anoche no estaba en mis cabales. Entré a la primera habitación que encontré y resultó ser la tuya. Fue pura casualidad. No significa nada. No vuelvas a aparecerte frente a mí. Nunca me busques.

La sonrisa de él se desvaneció.

—No es casualidad —dijo en voz baja—. No entraste a cualquier habitación, Nayla Anindita.

A Nayla se le heló la sangre. Nunca había dicho su nombre completo. Anoche, incluso en su peor estado de ebriedad, solo se había presentado como Nayla. Lo recordaba con claridad, porque él había sonreído y le había dicho que ese nombre le quedaba bien a una mujer que lloraba sin dejar de levantar la barbilla. No llevaba tarjetas de presentación en la cartera. No llevaba gafete de la oficina en el blazer.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Él tomó el celular de la mesa y giró la pantalla hacia Nayla. Un mensaje de un número desconocido, enviado a las diez de la noche, una hora antes de que Nayla aporreara su puerta. Contenía una foto del rostro de Nayla y una sola frase.

Esta mujer llegará a tu habitación esta noche. Asegúrate de que no salga antes del amanecer.

El celular vibró dentro del bolso de Nayla. Con las manos heladas, lo sacó. Un mensaje de Reza. Una foto: ella misma, entrando a esta habitación anoche, en brazos del hombre que ahora tenía enfrente.

Buenos días, esposa mía. Nos vemos en el juzgado.

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