Él Eligió a Su Amante, Yo Elegí Sobrevivir (Apocalípsis)

Él Eligió a Su Amante, Yo Elegí Sobrevivir (Apocalípsis)

last updateLast Updated : 2026-10-26
By:  Antonia KosiUpdated just now
Language: Spanish
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Mi marido prefirió a su amante embarazada antes que a mí. Así que decidí divorciarme. Adrian pensaba que le suplicaría que me quisiera, pero no tenía ni idea de que yo ya sabía cómo acababa esta historia. En mi vida anterior, el apocalipsis lo destruyó todo. Confié en las personas equivocadas, perdí todo lo que tenía y morí lamentando cada sacrificio que hice por un hombre que nunca me mereció. Ahora he regresado antes del primer brote y, esta vez, me niego a repetir mis errores. Mientras Adrián protege a su amante y su familia exige acceso a mi fortuna, yo estoy asegurándome de tener provisiones, fortaleciendo mi patrimonio y preparándome para el fin de la civilización. Luego está Damien Cross, un multimillonario despiadado cuyos recursos podrían cambiar mis posibilidades de supervivencia. Pero tratar con un hombre como él conlleva sus propios riesgos. Adrian pronto se arrepentirá de haberme perdido. Su familia descubrirá que mi generosidad tiene límites. Cuando el mundo se desmorone, el amor no los salvará. Y yo tampoco los salvaré.

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Chapter 1

Capitulo 1

«¡Adrián, por favor, no me hagas esto!», gritó Camila mientras golpeaba desesperadamente la puerta blindada, suplicando a su marido que no la dejara fuera para que muriera.

«No puedo abrir la puerta, Cami. Isabella está embarazada y no podrá huir si los infectados se acercan», respondió Adrián desde el otro lado.

Camila se quedó paralizada, mirando la puerta con incredulidad. Su marido había elegido a su amante en lugar de a ella, dejándola sola frente a los infectados.

Había salido a buscar provisiones y, al regresar, se encontró a Adrián en su dormitorio con Isabella. Cuando los confrontó, él ni siquiera se molestó en negar la relación. En cambio, la acusó de perturbar su tranquilidad y luego le dio una patada tan fuerte en la pierna que ella se derrumbó con un grito. Antes de que pudiera recuperarse, la agarró del pelo y la arrastró fuera de la habitación, ignorando sus súplicas desesperadas mientras el dolor le atravesaba la pierna herida.

Ahora se encontraba atrapada en el pasillo, abandonada por el hombre al que había amado durante dos años.

Barcelona no siempre había sido así. Los primeros informes oficiales habían descrito el brote como una infección neurológica, y el Gobierno insistía en que los casos eran aislados y estaban bajo control. Luego se filtró un vídeo de un centro de investigación a las afueras de la ciudad, en el que se veía a pacientes inmovilizados en camas de hospital, mordiéndose los propios labios y atacando a cualquiera que se les acercara. Para cuando las autoridades admitieron que la infección se estaba propagando, los hospitales estaban desbordados, las carreteras bloqueadas y los ciudadanos aterrorizados buscaban desesperadamente un lugar seguro.

El ejército intentó establecer zonas de contención, pero los infectados se propagaban más rápido de lo que nadie había previsto. Los controles de seguridad cayeron, los planes de evacuación fracasaron y los refugios abarrotados se convirtieron en trampas mortales. En cuestión de meses, el mundo que Camilla había conocido quedó reducido a asentamientos vigilados, pueblos abandonados y carreteras peligrosas donde cualquier desconocido podía suponer una amenaza.

Y ahora, tras haber sobrevivido a tantas cosas, estaba a punto de morir por culpa del hombre al que una vez había confiado su vida.

—¡Adrian, por favor! ¡Eres mi marido! —gritó, golpeando con más fuerza la puerta.

—¡Deja de gritar! —espetó—. ¿Quieres atraer a todas las criaturas infectadas de este edificio?

Camilla se quedó mirando fijamente la puerta, sin entender cómo podía preocuparse por el ruido que ella estaba haciendo mientras ignoraba a la mujer que había dejado fuera.

—¡Pues abre la puerta! —gritó ella—. ¡Puedes dejarme entrar sin que entren ellos!

«Lo siento, Cami, pero tengo que pensar en mi familia».

Su familia.

Esas palabras la golpearon más fuerte que su patada. ¿Acaso ella no había sido su familia durante los últimos dos años? ¿No había sacrificado su comodidad, su dinero y su felicidad para ayudarle a construir la vida que él quería? Sin embargo, cuando más importaba, él había decidido que ella era prescindible.

Antes de que pudiera responder, un gruñido sordo resonó desde el otro extremo del pasillo.

Camilla se giró bruscamente y vio una figura que emergía de la oscuridad. Llevaba la ropa rasgada, el rostro manchado de sangre y sus movimientos eran antinaturalmente espasmódicos. Sus ojos turbios se fijaron en ella mientras otro infectado aparecía detrás de él, seguido de otros dos.

«No. Por favor, ahora no».

Retrocedió a toda prisa, con la pierna lesionada apenas soportando su peso, hasta que su mano chocó contra un trozo de metal roto que yacía junto a la pared. Lo agarró y se preparó para el impacto cuando el primer infectado se abalanzó sobre ella. Golpeó con todas sus fuerzas, alcanzándole en la cabeza y haciéndolo caer estrepitosamente al suelo. El impacto le entumeció las manos, pero no tuvo tiempo de recuperarse antes de que otra criatura se abalanzara sobre ella.

Camilla nunca había recibido entrenamiento para luchar. Conocía algunos movimientos básicos de defensa personal, pero esas lecciones nunca la habían preparado para enfrentarse a una horda de infectados en un pasillo estrecho con una pierna rota. Aun así, luchó desesperadamente, blandiendo el trozo de metal, dando patadas a todo lo que tenía a su alcance y apoyándose en la pared para mantenerse en pie.

Cada movimiento le provocaba un nuevo dolor en la pierna, pero se negó a rendirse. Cuando un infectado la agarró por la ropa, le asestó un golpe en la cara y se liberó con dificultad, a punto de caer mientras se tambaleaba hacia la puerta blindada.

—¡Adrian! —gritó de nuevo—. ¡Por favor, no puedo contenerlos!

No hubo respuesta.

Apretó la frente contra el frío metal, con las lágrimas resbalándole por el rostro mientras los infectados seguían rodeándola. «Te quería», susurró con la voz quebrada. «Lo hice todo por ti».

Los recuerdos inundaron su mente. Recordó al hombre que una vez la había esperado fuera de su piso con flores, al hombre que le había prometido que nunca la dejaría afrontar nada sola, y al hombre que le había cogido de la mano el día de su boda mientras juraba que ella siempre sería lo primero para él. Se había pasado dos años convenciéndose a sí misma de que su crueldad era temporal, de que sus insultos no eran más que el resultado del estrés, y de que, si lo amaba lo suficiente, él acabaría cambiando.

Pero quizá simplemente se había negado a ver la verdad.

El hombre con el que se había casado nunca la había valorado tanto como ella a él. Había confundido su amabilidad ocasional con amor y sus promesas con compromiso, sacrificando partes de sí misma hasta que apenas le quedaba nada. Ahora, cuando más lo necesitaba, él la había abandonado sin dudarlo.

El primer infectado la alcanzó antes de que pudiera ordenar sus pensamientos. Camilla luchó hasta que sus brazos apenas podían moverse, pero las criaturas seguían llegando, rodeándola hasta que ya no le quedó ningún sitio al que huir. Mientras caía, pensó en todo lo que había soportado y en la vida que podría haber vivido si hubiera dejado de suplicar el amor de un hombre.

«Si pudiera empezar de nuevo —susurró entre lágrimas—, no sería tan débil».

La oscuridad la envolvió antes de que pudiera decir otra palabra.

---

«¿Dónde está esa chica buena para nada? ¡Camilla! ¡Baja ahora mismo!».

La voz furiosa sacó a Camilla de la oscuridad. Abrió los ojos de golpe y se incorporó con un grito ahogado, llevándose las manos a la garganta antes de revisarse frenéticamente los brazos y las piernas. No había mordeduras, ni sangre, ni huesos rotos. Su piel estaba intacta y, bajo sus palmas temblorosas, su corazón latía con fuerza contra el pecho.

Estaba viva.

«¿Qué demonios?»

Camilla miró a su alrededor y reconoció el techo blanco, las cortinas color crema y la lujosa lámpara de mesilla. Conocía aquella habitación. Reconoció la fotografía de boda enmarcada sobre la cómoda y el armario que había junto a la puerta del baño. Estaba en su dormitorio, el mismo que había compartido con Adrián antes de que el mundo se derrumbara.

Le temblaban las manos mientras buscaba su móvil. Cuando miró la fecha, se quedó sin aliento por un instante.

26 de octubre de 2026.

«No puede ser. Esto no puede ser real».

Volvió a mirar, con la esperanza de que la fecha cambiara, pero seguía siendo la misma. Tres meses antes del brote. Tres meses antes de que el mundo que conocía se sumiera en el caos y el hombre al que amaba la dejara morir.

¿Cómo había vuelto al pasado?

Se llevó una mano a la boca mientras los recuerdos de sus últimos momentos inundaban su mente. Aún podía oír la voz de Adrián al otro lado de la puerta, aún sentía el dolor en la pierna y aún recordaba el terror de ver cómo se acercaban los infectados mientras el hombre que había prometido protegerla se negaba a dejarla entrar.

Esto no era un sueño. Sabía cómo había muerto y sabía exactamente lo que le esperaba si permitía que su vida siguiera el mismo camino.

No otra vez.

No iba a pasar otros dos años suplicando el cariño de un hombre que no la merecía. No iba a tolerar humillaciones solo para mantener un matrimonio que solo le había traído miseria, y desde luego no iba a morir protegiendo a gente que la abandonaría sin pensárselo dos veces.

—¡Camilla!

La puerta del dormitorio se abrió de par en par, dejando al descubierto a Carmen Reyes, la madre de Adrián. Estaba de pie en el umbral con una bata de seda puesta, el rostro deformado por la irritación.

—¿Estás sorda? ¡Llevo diez minutos llamándote! Mi desayuno no está listo y tú sigues tumbada en la cama como una princesa perezosa. ¿Qué crees que estás haciendo exactamente?

Camilla la miró fijamente, recordando todas las veces que Carmen la había hecho sentir insignificante. Durante dos años, su suegra había criticado su aspecto, se había burlado de sus orígenes y la había culpado cada vez que Adrián estaba descontento. Camilla lo había aguantado porque creía que ganarse la aprobación de Carmen facilitaría su matrimonio, pero ahora comprendía que por mucha obediencia que mostrara, nunca satisfaría a una mujer que disfrutaba menospreciándola.

Esta vez, no iba a ser su nuera obediente.

—¿Me has oído? —exigió Carmen, adentrándose más en la habitación—. Levántate y prepara el desayuno. Mi hijo tiene un día ajetreado y no voy a permitir que salga de esta casa con hambre por tu culpa.

Camilla apartó lentamente la manta y se puso de pie.

—Hay una cocina abajo —respondió con calma—. Si tienes hambre, puedes prepararte tú misma el desayuno.

Carmen parpadeó, aparentemente incapaz de comprender lo que acababa de oír. «¿Qué has dicho?»

«He dicho que puedes prepararte tu propio desayuno. No soy tu sirvienta».

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