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Capítulo 55: Un paso inesperado

last update Date de publication: 2026-08-31 12:59:08

La risa de Leo resonaba en la habitación como una melodía alegre mientras Mateo seguía haciéndole cosquillas. El niño se retorcía en el suelo, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes de felicidad, su risa contagiosa llenando cada rincón de la habitación. Era un momento de pura inocencia, una burbuja de alegría que parecía aislarlos del mundo exterior, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos. Pero esa burbuja se rompió cuando Leo levantó la vista y vio a su madre, escondi
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  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 109: La reina y el rey

    Mateo se puso de pie lentamente. La sala de juntas estaba en silencio, todos los directivos aún sentados, con los rostros pálidos y las carpetas de sus secretos esparcidas sobre la mesa de caoba. Mateo miró a Victoria, que seguía de pie frente a su padre, con la barbilla en alto y la mirada encendida.—Eso es todo por hoy señores, querían a mi esposa, pues allí la tienen. —dijo Mateo, con voz firme y clara, lo suficientemente alto para que todos en la sala lo escucharan—. Es una mujer fuerte y admirable, la apoyaré en todo. Victoria lo miró, y por un momento, sus ojos color miel se suavizaron. Solo un momento. Un instante. Luego, volvieron a ser los mismos ojos fríos y calculadores de siempre. Pero en ese instante, Mateo supo que sus palabras habían llegado a ella. Que habían tocado algo profundo. Algo real.Victoria asintió, y luego se giró hacia la puerta. Caminó con la espalda recta, la barbilla en alto, y una sonrisa que era puro triunfo. Sus tacones resonaban en el suelo de márm

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    El silencio que siguió fue denso. Todos los presentes miraron a Victoria, esperando su reacción. Mateo apretó los puños, dispuesto a intervenir. Pero Victoria levantó una mano, pidiéndole silencio. Y Mateo obedeció. Porque confiaba en ella. Porque sabía que ella no necesitaba que nadie la defendiera.Victoria miró a Gustavo largamente. Sus ojos color miel brillaban con una intensidad que helaba la sangre. Pero no había rabia en ellos. Había algo más. Algo que se parecía a la lástima. A la superioridad. Al desprecio de quien sabe que es mejor que su oponente.Por dentro, sin embargo, la rabia le hervía en las venas. Sentía que la sangre le quemaba. Que el corazón le latía con fuerza. Que las manos le temblaban. Quería gritar. Quería romper algo. Quería arrancarle la cara a Gustavo Herrera. Pero no podía. No frente a ellos. No frente a su padre. No frente a nadie. Así que respiró hondo, y sonrió. Una sonrisa fría, calculada, que helaba la sangre.—Señor Herrera —dijo, con voz fría pero

  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 107: Sangre en el agua

    Fernando Beltrán se quedó solo en el pasillo, con los puños apretados y el rostro enrojecido por la rabia. Pero no se movió. No entró a la reunión. No los siguió. En cambio, se giró lentamente y caminó hacia su oficina, cerrando la puerta detrás de él con un golpe sordo que resonó en todo el piso. El eco del golpe se desvaneció en el silencio, pero la tensión quedó flotando en el aire como una niebla tóxica.Se sentó en su silla de cuero, frente a la mesa de caoba, y esperó. Sabía que el sobre iba a llegar. Lo había ordenado esa misma mañana. Y su investigador privado nunca fallaba. Nunca. En todos los años que llevaba trabajando para él, jamás había entregado un informe incompleto. Jamás había dejado un cabo suelto. Jamás había decepcionado a Fernando Beltrán.Pasaron quince minutos. Alguien golpeó la puerta. Tres golpes secos, precisos, como los de alguien que sabe que su presencia es esperada.—Adelante —dijo Fernando, con voz fría.Un hombre de traje oscuro entró, con un sobre gru

  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 106: La presidenta llegó para quedarse

    La luz de la mañana entraba por las cortinas, dibujando líneas doradas sobre las sábanas blancas. Victoria se despertó lentamente, sintiendo que el sueño se desvanecía como una niebla. Por un momento, no recordó dónde estaba. Solo sentía el calor de las sábanas, el silencio de la casa, la paz de la mañana.Se levantó y caminó hacia el espejo. Se miró largamente. Vio a una mujer que ya no reconocía del todo. Una mujer que había aprendido a ser fuerte. A ser fría. A proteger su corazón con muros de hielo. Pero también vio a una mujer que, en el fondo, seguía siendo la misma Violet que había huido de Suiza años atrás. La misma que había encontrado en Martha a una madre. A una amiga. A una familia.Se vistió con ropa elegante. Un traje de chaqueta y pantalón de color azul medianoche, que resaltaba su figura y le daba un aire de autoridad. Se recogió el cabello en un moño bajo, dejando algunos mechones sueltos que enmarcaban su rostro. Se puso unos tacones altos y un collar de perlas discr

  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 105: La cena

    La casa olía a comida recién hecha. Victoria había pasado la tarde en la cocina, preparando una cena especial. No era un día especial, pero quería que lo fuera. Quería que todos estuvieran juntos. Quería que Martha se sintiera parte de la familia. Quería que Leo fuera feliz. Quería que Mateo olvidara, aunque fuera por un momento, los problemas de la oficina.—¡A la mesa! —gritó Victoria, colocando la última fuente en el centro—. ¡La cena está lista!Leo corrió hacia el comedor, con las manos aún manchadas de tierra del jardín. Mateo lo siguió, con una sonrisa en los labios. Martha apareció en la puerta, con un delantal que Victoria le había prestado, y se quedó un momento observando la escena. La mesa estaba puesta con manteles de lino, platos de porcelana, cubiertos de plata. Hab&

  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 104: La junta de las serpientes

    Mateo entró a la sala, con la mente puesta en la reunión de la junta directiva que tenía esa mañana. Era una reunión importante. Se iban a discutir los nuevos proyectos de expansión, los presupuestos del próximo trimestre, y la reestructuración de algunas áreas de la empresa. Mateo había preparado todo con esmero. Había revisado los informes, había estudiado las propuestas, había ensayado su discurso. Estaba listo. O eso creía.Entró a la sala de juntas con paso firme. Los doce directivos ya estaban allí, sentados alrededor de la mesa de caoba. Al verlo entrar, algunos lo saludaron con cortesía, otros con indiferencia. Mateo no les prestó atención. Solo caminó hacia la cabecera de la mesa y se sentó.—Buenos días, señores —dijo, con voz firme—. Vamos a comenzar.

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