LOGINUna piel de nieve vulnerable al sol. Un matrimonio construido sobre una mentira piadosa. Durante tres años, Clarissa Dupont entregó su devoción al hombre equivocado, ignorando que para él no era más que una sombra sustituta, un consuelo dócil mientras esperaba el regreso de su verdadero amor. Pero cuando la traición se vuelve insostenible y la ilusión se quiebra, Clarissa decide romper sus cadenas. Lo que no imagina es que, en el instante en que exige su libertad, una presencia mucho más peligrosa y dominante aguarda en las sombras. Bastian Kavanagh, el frío e intocable líder de un imperio farmacéutico, guarda un secreto que ha silenciado durante años. Un deseo antiguo. Una promesa no cumplida. Al verla caer, el magnate no dudará en extender la mano y arrastrarla a su propio juego, ofreciéndole un nuevo matrimonio que desafiará a toda la familia. ¿Es una trampa de conveniencia o la salvación que siempre necesitó? Mientras los secretos del pasado salen a la luz, una cosa queda clara: desafiar a Bastian no solo es imposible... será el error más costoso en la vida de quienes intentaron destruirla.
View MoreEl calor abrasador de la tarde caía sobre la acera como una plancha de plomo. Clarissa observó la pantalla de su teléfono con el labio inferior temblando apenas entre la amargura y una diminuta, irracional chispada de ilusión. Era su cumpleaños número veintitrés.
—Un restaurante al aire libre… —murmuró para sí misma.
El termómetro digital marcaba treinta grados centígrados bajo un cielo desprovisto de nubes. Para cualquiera, un almuerzo bajo el sol era un plan agradable. Para Clarissa, cuya piel pálida y cabello de nieve delataban un albinismo severo, implicaba una tortura física evitable. Ajustó el mango de su sombrilla especial contra el calor, sintiendo una punzada amarga en el pecho. Lucian había vuelto a olvidarlo. Como siempre.
Al llegar al establecimiento, la escasa ilusión que guardaba se evaporó al instante. No había globos, ni una vela, ni un gesto para ella. En el centro de una mesa larga, riendo con elegancia artificial, estaba la razón de la convocatoria: la mujer que acababa de aterrizar tras tres años en el extranjero.
Lucian no la cita para celebrar su cumpleaños, sino para honrar a otra.
Tres años atrás, Clarissa se había armado de valor para confesarle sus sentimientos a Lucian. Él no la rechazó, pero tampoco la aceptó de inmediato. Dejó que ella se ahogara en el silencio hasta que, de la noche a la mañana, le propuso iniciar un noviazgo que culminó en un matrimonio apresurado. En aquel momento, Clarissa creyó que el milagro de ser amada se había cumplido.
¡Qué ingenua!
Ahora la verdad la golpeaba en la cara con la fuerza de una bofetada helada. Lucian solo había buscado un consuelo dócil porque ella, la mujer que realmente le quitaba el sueño, lo había abandonado para irse fuera del país. Clarissa no era más que el reemplazo accesible. Y lo peor de todo era la identidad de la recién llegada: la misma persona que convirtió sus años universitarios en un infierno de burlas solapadas.
—Clarissa, qué bueno que llegaste —dijo Lucian al verla, haciéndole un gesto vago para que se acercara a la mesa—. Ella insistió en que te invitáramos —agregó él con una sonrisa desatenta—. Quiere reunirse con los antiguos compañeros y pensó que debías estar aquí.
Clarissa apretó los nudillos contra el tejido de su falda. Por dentro, una risa seca y dolorosa le rasgó la garganta. La maldad ajena siempre venía disfrazada de santa caridad. Recordó con claridad absoluta aquel día en el campus cuando su piel terminó ardiendo enrojecida: la crema solar que le prestó amablemente para protegerla de los rayos ultravioleta había sido mezclada a propósito con harina para desencadenarle una reacción alérgica severa. Toda la facultad se burló de su apariencia demacrada mientras la responsable ponía cara de dolor de paja. Nadie le habría creído si decía la verdad; la señorita perfecta jamás rompería un plato.
Alrededor de la mesa, los murmullos de los viejos amigos no tardaron en filtrarse entre el sonido de los vasos.
—De verdad que Lucian es un santo —comentó un hombre en voz baja, asegurándose de ser oído—. Cuidar a una chica enferma todo el tiempo debe ser agotador.
—Sí, mira nada más cómo la tolera con ese sombrillón hasta para comer —asintió una mujer al lado.
Lucian escuchó cada palabra. No movió un solo músculo para defenderla. Permaneció junto a la recién llegada, rozando su hombro con familiaridad mientras sonreía complacido por los elogios a su supuesta paciencia.
El corazón de Clarissa terminó de congelarse. La calidez del sol veraniego ya no le llegaba a los huesos.
—Se equivocan —interrumpió Clarissa, elevando la voz lo suficiente para cortar las risas de la mesa. Su tono fue firme, frío como el hielo—. Durante estos tres años de matrimonio, he sido yo quien ha lavado su ropa, preparado sus comidas y organizado cada segundo de su vida diaria.
Los presentes se quedaron en silencio, impactados por la repentina interrupción. Clarissa fijó su mirada directamente en Lucian.
—Él ni siquiera recuerda qué medicamentos no puedo tomar, ni qué temperatura me quema la piel, pero se toma la molestia de organizar una recepción de bienvenida para alguien más.
Lucian mudó el color del rostro. La incomodidad lo hizo removerse en su asiento antes de ponerse de pie a toda prisa, tomándola del brazo para intentar aplacarla.
—Clarissa, por favor. No empieces a hacer una escena aquí —susurró él con evidente nerviosismo, echando una mirada rápida a su alrededor—. Solo soy un buen amigo para ella. No malinterpretes las cosas, no arruines la reunión.
Ella zafó su brazo con un movimiento seco, negándose a ceder a sus manipulaciones. En ese preciso instante, el teléfono en su bolso vibró con insistencia.
Un mensaje de texto iluminó la pantalla. Era el benefactor misterioso, aquel hombre influyente al que jamás le había visto el rostro, pero que sostenía financieramente la fundación para personas con albinismo que ella misma había cofundado.
"Ya he dejado los suministros de este mes en la oficina de la fundación, pero no hay nadie allí".
Clarissa parpadeó con pesadez. La luz directa y el estrés acumulado comenzaban a pasarle factura; la vista se le nublaba y las sienes le palpitaban con furia. Con dedos temblorosos, escribió una respuesta rápida:
"Perdón, estoy fuera. Por favor, déjalos en el punto de recepción temporal…"
Una ola de mareo vertiginoso la sacudió. Los números y las letras bailaron frente a sus ojos y presionó el botón de enviar antes de poder completar la frase.
No tuvo la fuerza para ver la pantalla un segundo después, perdiéndose el mensaje de voz desesperado que el misterioso donante le envió de inmediato:
"¿Dónde estás? ¿Te pasa algo?"
La voz molesta de Lucian volvió a irrumpir en su espacio, cortando su intento de recuperar el aire.
—Oye, ¿me estás escuchando? —le reclamó él, tomándola de nuevo del hombro con impaciencia—. Vamos a ir a la playa al aire libre que está aquí al lado. Acompáñanos.
—No voy a ir a ninguna parte —respondió ella, apretando los dientes mientras la cabeza le daba vueltas—. Me voy a casa.
Lucian suspiró con fastidio, mirando la sombrilla de protección contra rayos solares que ella sostenía con firmeza.
—Si te vas a ir a encerrar a la casa, déjale la sombrilla a ella —exigió él sin un ápice de vergüenza—. El sol está fuerte y no trajo nada para cubrirse.
Acto seguido, Lucian metió la mano en su billetera, sacó un par de billetes arrugados y se los arrojó a la mano a Clarissa con una falsa generosidad que rayaba en el desprecio.
—Toma. Para que te regreses en taxi y no te quejes.
La luz dorada de la mañana se filtraba suavemente a través de los cristales especiales del vestíbulo, tiñendo el suelo de mármol con destellos cálidos. Clarissa descendió la escalinata luciendo un traje de corte impecable en tono marfil, con una sombrilla de protección UV plegada bajo el brazo y la mirada cargada de una determinación serena.Bastian, de pie junto a la gran mesa de entrada mientras hojeaba unos informes ejecutivos, levantó los ojos oscuros al escuchar sus pasos. La escudriñó durante un segundo en silencio, advirtiendo la ligera tensión en la postura de la joven.—Tengo que salir esta mañana —dijo Clarissa, deteniéndose a un par de metros de él con la voz firme.Bastian cerró la carpeta de cuero con un chasquido seco. Su intuición afilada no requirió de más pistas.—¿Vas a ver a Lucian? —preguntó él en un registro grave, directo y pausado, fijando sus pupilas en las de ella.Clarissa sostuvo la mirada sin pestañear. No lo negó. No tenía sentido mentirle al hombre que le
Clarissa cruzó el umbral del vestidor intentando con todas sus fuerzas recomponer la compostura. Sopló de forma pausada, sintiendo que sus mejillas aún ardían con la incandescencia del encuentro anterior. Se alisó la falda del conjunto de seda crema y descendió a paso firme por la escalinata principal, buscando un refugio de normalidad que alejara de su mente la mirada devoradora de Bastian.Al aproximarse al amplio salón que antecedía al comedor, la voz grave y severa del magnate la hizo detenerse un instante.—En esta casa la atención debe ser impecable —retumbaba la voz de Bastian, impasible pero cargada de una firmeza helada—. La señorita Clarissa requiere cuidados prioritarios. Dejarla desprovista de lo elemental en el cuarto de baño no es un error que vaya a tolerar nuevamente.La joven criada, con la cabeza gacha y las manos temblorosas entrelazadas sobre el delantal, asentía con torpeza mientras las lágrimas amenazaban con asomarle a los ojos.—Señor… le ruego que me perdone —
El regreso a la majestuosa residencia transcurrió bajo la luz suave del atardecer. La berlina cruzó los portones de hierro forjado y se detuvo frente al pórtico principal. Una vez dentro de la calidez de la mansión, Clarissa ascendió los escalones de mármol hacia su suite privada, buscando un remanso de paz para procesar la tormenta de descubrimientos que la rodeaba.Se acomodó en el amplio sillón junto al ventanal y desbloqueó la pantalla de su dispositivo móvil. Al abrir la aplicación de redes sociales, el algoritmo no tardó en desplegar en la parte superior del muro una actualización reciente publicada por Verónica.La fotografía, encuadrada con calculada astucia, mostraba únicamente el escote frontal y la seda brillante del costoso vestido de alta costura. Verónica había recortado cuidadosamente la parte posterior de la prenda, ocultando el enorme rasgón que ella misma había provocado minutos antes en la boutique. Junto a la imagen, la mujer presumía con descaro: “Un obsequio tan
La madre de Clarissa regresó del pasillo sosteniendo un trapo seco entre las manos, pero al notar la rigidez en la espalda de su hija y el documento arrugado entre sus dedos pálidos, se detuvo a mitad del corredor. Un suspiro pesado y cargado de agotamiento brotó de sus labios.—Son los hombres del nuevo arrendador, Clarissa —explicó la mujer, bajando la cabeza con marcada frustración—. Desde hace un par de meses vienen exigiendo incrementos desmedidos sin previo aviso. Dicen que el costo de la propiedad se ha revalorizado y que, si no pago esa tarifa tan elevada antes de fin de semana, mandarán a sus matones para desalojarme sin contemplaciones.El rostro de Clarissa se volvió una máscara de piedra. La impotencia de su madre le quemó las entrañas con la fiereza de un ácido corrosivo.—No les pagues un solo centavo todavía —sentenció Clarissa con una voz baja, firme, exenta de cualquier duda—. Esta propiedad no vale semejante exabrupto y no voy a permitir que te extorsionen de esa man












Bienvenido a Goodnovel mundo de ficción. Si te gusta esta novela, o eres un idealista con la esperanza de explorar un mundo perfecto y convertirte en un autor de novelas originales en online para aumentar los ingresos, puedes unirte a nuestra familia para leer o crear varios tipos de libros, como la novela romántica, la novela épica, la novela de hombres lobo, la novela de fantasía, la novela de historia , etc. Si eres un lector, puedes selecionar las novelas de alta calidad aquí. Si eres un autor, puedes insipirarte para crear obras más brillantes, además, tus obras en nuestra plataforma llamarán más la atención y ganarán más los lectores.