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Capítulo 81: Marcando territorio

Penulis: Espíritu libre
last update Tanggal publikasi: 2026-09-25 23:49:18

Victoria caminó por el pasillo del piso 40 con paso firme, sintiendo que el corazón le latía con una mezcla de nervios y determinación. No sabía qué iba a encontrar al otro lado de esa puerta, pero estaba lista para enfrentarlo. Leo caminaba a su lado, con su manita pequeña aferrada a la de ella, mirando todo con los ojos abiertos de par en par. El edificio de Beltrán Corporation era enorme, con pasillos de mármol pulido y ventanales que mostraban la ciudad entera a sus pies.

Estaban a punto de
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  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 122: La llamada que lo cambió todo

    La mañana llegó con una luz tenue que se filtraba por las cortinas, dibujando sombras suaves sobre la cama. Victoria no había dormido. Había pasado la noche en vela, con los ojos abiertos y la mirada fija en el techo, repitiendo una y otra vez las palabras de Mateo en su cabeza. "No fue una violación, Victoria. Fue amor." Cada vez que las recordaba, sentía que el corazón le daba un vuelco. Y cada vez que pensaba en Leo, en su hijo, en la posibilidad de que fuera hijo de Mateo, sentía que el mundo se le venía encima.Se levantó de la cama con un esfuerzo que le pesó en los huesos. Se puso una bata de seda sobre la pijama y caminó hacia la ventana. El jardín estaba bañado por el rocío de la mañana, y los pájaros cantaban como si nada hubiera pasado. Como si su vida no estuviera a punto de cambiar para siempre.Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba desahogarse. Necesitaba consejo. Y la única persona en la que podía confiar, la única que nunca la juzgaría, era su madre. Elizabeth Mont

  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 121: Lo que la mente olvidó

    Mateo la miró, y en sus ojos negros no había ni una sombra de duda. Solo una calma que la desarmaba, como si lo que estaba diciendo no tuviera nada de malo, como si fuera lo más natural del mundo.—Lo que oyes, Victoria. Desde esa noche en el hotel no he podido olvidarte. Me contacté contigo después, en esa cita. ¿De verdad crees que soy el tipo de hombre que busca mujeres por plataformas virtuales? —hizo una risa burlona, baja, casi un suspiro—. No. Te busqué a ti. Y ahora, por fin, estás aquí.Victoria ya no podía escucharlo. Su mente estaba trabajando al mil por uno, y las piezas comenzaban a encajar de una manera que la aterraba. No había sido Félix. No había sido una violación. Había sido Mateo. Mateo la había salvado. Mateo la había llevado a su habitación. Mateo había hecho el amor con ella. Y ella no recordaba nada.Mateo notó que el rostro de Victoria se volvía pálido. Sus manos temblaban ligeramente, y su respiración se entrecortaba. Sus ojos color miel se abrieron de par en

  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 120: La duda que carcome

    Mateo se quedó en el pasillo, con Leo en brazos, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Las palabras de Victoria resonaban en su cabeza como un eco cruel: "Es un contrato, ¿recuerdas?". Sabía que las decía para herirlo, para protegerse, para mantener la distancia que tanto le costaba derribar. Pero dolían. Dolían como una puñalada.Leo, ajeno a la tensión, jugueteaba con el cuello de su camisa.—Papá, ¿estás triste? —preguntó el niño, con esa percepción que a veces lo dejaba sin aliento.Mateo forzó una sonrisa.—No, campeón. Solo estoy cansado. El viaje fue largo.—¿Me trajiste un regalo? —preguntó Leo, con los ojos brillantes.Mateo rió suavemente. Al menos, con Leo, todo era sencillo.—Claro que sí. Pero primero, vamos a cenar. Tu mamá preparó algo rico.Leo asintió y se dejó llevar al comedor. Leo no paraba de hablar sobre sus Legos, sobre el jardín, sobre las flores que había plantado con Marta. Y Mateo lo escuchaba, agradecido por la distracción, pero con el corazón apre

  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 119: El secreto en los ojos de Leo

    La mañana en la casa de Suiza amaneció con una calma que parecía mentira. El sol se filtraba por los ventanales, pintando el suelo de madera con rayos dorados, y el aire olía a jazmín y a café recién hecho. No había gritos, no había tensión, no había reuniones de negocios ni llamadas urgentes. Solo el silencio pacífico de un hogar.Victoria estaba en el jardín, con un par de tijeras de podar en la mano, revisando las flores que habían plantado días atrás con Leo. Llevaba un vestido de lino blanco, sencillo, y el cabello recogido en un moño desordenado. Se sentía... tranquila. O al menos, intentaba sentirse tranquila, ignorando el nudo que se le formaba en el estómago cada vez que pensaba en Mateo y en su viaje misterioso.Marta salió de la casa con una bandeja de limonada y dos vasos. La dejó sobre la mesa de hierro forjado del jardín y se acercó a Victoria, observándola trabajar.—Mi niña, ¿no quiere que le ayude? —preguntó Marta, con su voz suave, esa voz que siempre lograba calmarl

  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 118: Las raíces de la verdad

    Álex abrió la nevera. El aire frío le golpeó la cara. Sacó un paquete pequeño, envuelto en papel de estraza, y lo dejó sobre la mesa. La cocina olía a limpio. A limpia pisos y a algo que hervía en la estufa. Mateo se sentó en una silla y observó cómo Álex desdoblaba el papel con dedos cuidadosos. Dentro había raíces. Oscuras, alargadas, de un marrón que tiraba a negro. Olían a tierra húmeda. A bosque después de la lluvia.—Estas son —dijo Álex, con voz tranquila—. Las compré en el mercado. Valeriana. Pasiflora. Y una que el hombre llamó raíz de sueño, no sé el nombre científico.Mateo las miró. No había nada sospechoso en ellas. Eran raíces. Solo raíces. El envoltorio que Ramiro había visto en el bote de basura no era más que eso. Un envoltorio. Arrugado. Vacío. Con un olor fuerte que no era droga, sino tierra y plantas.—¿Cómo las preparas? —preguntó Mateo.—Las hiervo. Con miel. Una taza antes de dormir.—¿Y funciona?Álex se encogió de hombros. Luego asintió. Un gesto pequeño, casi

  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 117: Contra la espada y la pared.

    Álex sintió que el corazón le daba un vuelco. Las manos le sudaban. La boca le sabía a metal. Y las palabras de Mateo aún resonaban en el aire como un eco que no terminaba de desaparecer.—¿Has salido de aquí? —había preguntado Mateo.No era una afirmación. Era una pregunta. Una pregunta sencilla. Una pregunta que, en teoría, no debería tener nada de malo. Pero Álex sabía lo que significaba. Sabía que Mateo no preguntaba por curiosidad. Sabía que Mateo ya sabía la respuesta. Y sabía que, si mentía, lo perdería todo.Tragó saliva. Su nuez subió y bajó. Sus ojos, que hasta hace un momento brillaban con una chispa de tranquilidad, ahora estaban fijos en el suelo. En la alfombra gris que Mateo había pagado. En los muebles que Mateo había pagado. En la vida que Mateo le había dado.—Sí —respondió, con voz temblorosa—. He salido. He recorrido la ciudad. He conocido lugares nuevos.Mateo lo miró desde el sofá. No dijo nada. Solo esperó. Y ese silencio fue peor que un grito.—¿Has ido a lugar

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