MasukLas semanas siguientes transcurrieron en una calma que Victoria no se atrevía a llamar paz. La empresa marchaba viento en popa, los proyectos avanzaban y Leo estaba feliz, correteando por la casa con sus juguetes y sus risas. Mateo iba a la oficina cada mañana y volvía cada tarde con una sonrisa que no podía ocultar, y Victoria, aunque no lo admitía, empezaba a sentirse segura. Casi en casa.Hasta que una mañana, Mateo llegó con una notificación en el teléfono y el ceño ligeramente fruncido. Victoria estaba en la cocina, preparando el desayuno, y al ver su expresión, supo que algo pasaba.—¿Qué ocurre? —preguntó, dejando la espátula a un lado.Mateo se sentó en la mesa y le mostró la pantalla.—La empresa extranjera solicita una visita a sus oficinas centrales. Quie
Victoria subió las escaleras de dos en dos, con el corazón latiéndole con fuerza y el nombre de Leo en los labios. Mateo la siguió de cerca, sintiendo que la preocupación le apretaba el pecho. Cuando llegaron a la habitación de Leo, encontraron al niño sentado en el suelo, con las rodillas raspadas y el rostro serio, apretando los dientes para no llorar. Marta estaba a su lado, con una toallita húmeda en la mano y el rostro compungido.—¡Mi amor! —exclamó Victoria, corriendo hacia él y arrodillándose a su lado—. ¿Qué pasó? ¿Dónde te duele?Leo la miró, y por un momento, sus ojos brillaron con lágrimas contenidas. Pero no lloró. Se enderezó, con una entereza que sorprendió a Victoria, y señaló sus rodillas.—Me caí —dijo, con voz firme, aunque temblorosa—. Estaba corriendo y me tropecé con la alfombra. Pero no es nada, mamá. Los Beltrán somos fuertes, ¿recuerdas?Victoria sintió que el corazón se le encogía y se le llenaba de orgullo al mismo tiempo. Lo abrazó con fuerza y lo besó en l
El restaurante Le Jardin era un remanso de paz en medio del bullicio de la ciudad. Las mesas, cubiertas con manteles de lino blanco, se distribuían entre plantas y fuentes que susurraban agua, creando una atmósfera íntima y elegante. La luz de las lámparas de araña caía suavemente sobre los comensales, y el aroma a café y a flores frescas flotaba en el aire. Mateo estaba sentado en un rincón apartado, con la espalda recta y el rostro impasible, mientras Angela, frente a él, se acomodaba en su silla con la gracia calculada de quien sabe que todos los ojos están sobre ella. Llevaba un vestido negro que se ajustaba a sus curvas como una segunda piel, y su perfume floral invadía el aire, mezclándose con el aroma a café y a flores frescas.Mateo sacó una carpeta de su maletín y la abrió sobre la mesa, dispuesto a empezar.—Bien —dijo, con voz fría y profesional—. Hablemos de negocios. El contrato especifica que la primera fase de la colaboración debe estar lista en un plazo de tres meses.
Los dos días pasaron más rápido de lo que Victoria hubiera querido. Entre risas, abrazos y promesas de volver a verse pronto, el tiempo se escapó como arena entre los dedos. Y cuando llegó la mañana del viaje, Victoria sintió que el corazón se le encogía. Elizabeth había madrugado para terminar de hacer las maletas, y ahora estaba en el vestíbulo de la mansión, con su abrigo de viaje puesto y una sonrisa que no lograba ocultar la tristeza en sus ojos.—¿Tienes todo? —preguntó Victoria, con voz temblorosa—. ¿El pasaporte? ¿Los boletos? ¿La medicina para el mareo?Elizabeth rió suavemente y le tomó las manos.—Sí, cariño. Tengo todo. No te preocupes por mí. Soy una mujer adulta. He viajado más veces de las que puedo contar.—Lo sé. Pero es que... —Victoria bajó la mirada, y sus dedos juguetearon con el borde de su blusa—. Es que no quiero que te vayas.—Yo tampoco quiero irme. Pero tu padre me espera, ya he estado suficiente acá con ustedes. Y tú ya tienes tu vida aquí. Tu familia y tu
La tarde había caído sobre la ciudad cuando Victoria y Mateo llegaron a la mansión. El sol se ponía, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados que se filtraban por las ventanas, y el aroma a jazmín y a rosas flotaba en el aire. Victoria se sentía ligera, casi flotando. La reunión había sido un éxito, el contrato estaba firmado, y por primera vez en mucho tiempo, sentía que todo estaba en su lugar.Al entrar, escucharon voces en el salón. Elizabeth estaba allí, con el teléfono pegado a la oreja y una sonrisa suave en los labios. Al ver a Victoria y Mateo, levantó una mano para saludarlos, pero siguió hablando.—Sí, cariño, te extraño también. Pero en dos días viajo. No te preocupes.Victoria se detuvo en seco. Miró a Mateo, y él le devolvió una mirada de sorpresa. No sabían de qué estaba hablando Elizabeth. No sabían que tenía planes de viajar. Se acercaron lentamente, sin hacer ruido, y esperaron a que terminara la llamada.—Sí, sí. Te prometo que estaré allí pronto. Cuídate. Te
Los días fueron pasando y la calma se instaló en la mansión Beltrán como un huésped bienvenido. Las mañanas transcurrían entre el aroma a café recién hecho y el silencio tranquilo de una casa que había aprendido a respirar sin sobresaltos. Las noches se llenaban de conversaciones suaves y abrazos que sabían a hogar. Victoria había encontrado un ritmo que no conocía, una paz que no sabía que podía existir. Mateo iba a la empresa cada mañana con una sonrisa que no podía ocultar, y volvía cada tarde con la misma sonrisa, ansioso por ver a su esposa. Elizabeth había vuelto a Miami, pero llamaba cada dos días, y Fernando, aunque no aparecía por la casa, enviaba regalos con regularidad. La vida era buena. La vida era tranquila.La empresa, por su parte, florecía. Los proyectos avanzaban, los inversores estaban contentos, y la colaboración con la empresa extranjera estaba a punto de concretarse. Era un acuerdo histórico, un contrato millonario que abriría mercados en Europa y consolidaría a







