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En Vivo: La Hundí con Pruebas en Su Boda
En Vivo: La Hundí con Pruebas en Su Boda
Author: Zafira

Capítulo 1

Author: Zafira
Apenas Blanca García se mostró débil en el chat, a todos se les hizo un nudo en la garganta, de pura pena.

“¡Dios! ¿Hasta dónde la obligaron a llegar?”

“¡Dijo que jamás pensó en demandar a Samantha Vázquez!”

“¡Samantha, no tienes corazón! ¡La llevaste al límite!”

“¡Equipo legal, rápido! ¡Demándenla hasta hundirla! ¡Esa mujer abusa de su poder!”

“¡Es pura envidia! ¡Como ella no se puede casar, no deja que las demás se casen!”

En un segundo, mi imagen de “abusiva” y “la que enloquece a sus empleadas” quedó sentenciada.

Fuera de cámara, mi asistente Susana Torres y un par de chicas ya no aguantaron y soltaron, casi suplicando:

“¡No era así!”

“No era lo que parecía, Blanca…”

“¡Samantha no quiso decir eso!”

Sus palabras en voz baja quedaron captadas por el micrófono.

Y el en vivo explotó.

“¿Escucharon? ¡Está amenazando a las otras empleadas!”

“¡Esas mujeres ahí al lado le siguen la corriente!”

“¡Qué horror! ¡Esa empresa da miedo, pura gente mala!”

“¡Les lavó el cerebro y todavía la defienden!”

“¿Qué es esto? ¿Una empresa que te lava el cerebro?”

Mi celular personal, sobre el escritorio, vibraba sin parar. En la pantalla aparecía el nombre de Gustavo Medina —mi inversionista—, pero lo ignoré mientras miraba cómo la ola de insultos se tragaba todo: “inhumana”, “jefa loca”, “enferma”.

Frente a millones, cerré el en vivo con mis propias manos.

La pantalla se fue a negro, y ese en vivo terminó con mi derrota total.

Blanca se quedó con la compasión de todo el internet, y yo con el sello de “capitalista tóxica, celosa, que manipula a toda la empresa”.

Al día siguiente del en vivo, apenas llegué a la oficina cuando el director de operaciones entró corriendo, pálido, con la voz temblándole.

“Samantha, ya valimos. Nos bajaron todos nuestros productos de las plataformas. Dicen que nuestros valores empresariales tienen ‘problemas graves’. Y todos los socios ya enviaron cartas de rescisión unilateral.”

La empresa se quedó al borde de paralizarse.

No había terminado de hablar cuando la puerta de mi oficina se abrió de una patada. Gustavo entró con los ojos rojos, con esa cara de que venía a comerse vivo a alguien, y estampó su celular contra mi escritorio.

“¡Samantha!”

Me señaló y rugió:

“¿Ayer te atreviste a colgarme? ¿Estás loca? ¡Por una practicante vas a reventarnos a todos!”

Su furia no cedía, y yo todavía no alcanzaba a decir una palabra cuando Patricia Cardoso, la subdirectora, se plantó delante de él para frenarlo.

“Gustavo, cálmate. Samantha es la persona más íntegra que conozco. Si hizo esto, es porque tiene una razón.”

Gustavo soltó una risa cargada de rabia.

“¿A ti también te lavó el cerebro? ¿Qué les dio? ¿Por qué todas la defienden?”

Patricia ni lo miró. Sacó su celular y, frente a él, entró a su cuenta verificada con su nombre real y publicó:

“Pongo mi reputación en juego: Samantha es la mejor jefa. No es ni de cerca lo que están diciendo en internet.”

Susana, la que habló en el en vivo, y varias chicas de Tecnología y Marketing se sumaron de inmediato, comentando con su nombre real debajo de la publicación:

“En esta empresa el ambiente es el mejor de toda la industria, y aquí no se acosa a nadie.”

“Samantha ha sido buena con cada una de nosotras.”

“Nosotras estamos con Samantha.”

Esa publicación, con todos los comentarios, se colocó rapidísimo en tendencias.
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