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Capítulo 2

Author: Jenny37
last update publish date: 2026-08-03 07:05:50

El dolor en la sien era una aguja fina pinchándome el cerebro, pero la descarga de adrenalina fue tan rápida que me borró la borrachera de golpe.

La pegajosa y espesa humedad entre mis muslos era la prueba irrefutable de que la noche anterior no había sido un sueño. Mi intimidad latía, hinchada y sensible, saturada hasta el fondo con semen.

El brazo que me aferraba por la cintura, con fuerza posesiva y bruta, me arrastraba a una realidad que mi mente se negaba a creer. La barba abundante salpicada de canas, la mandíbula ancha esculpida en piedra y ese rostro atractivo no pertenecían a ningún extraño.

Pertenecían a Richard Foster… mi jefe.

El magnate inmobiliario que el mes pasado hizo colapsar a la competencia al comprar tres manzanas del centro en una sola mesa de negociación. Ese hombre que jamás sonreía en las reuniones directivas a menos que alguien estuviera perdiendo millones de dólares. Quien me devoraba con la mirada detrás de su escritorio de caoba mientras me dictaba informes que yo, como su secretaria, anotaba en mi libreta.

Un macho alfa que me dominó sobre la cama, abriéndome las piernas de un tirón y hundiendo tres dedos en mi sexo sin anestesia, antes de embestirme con una polla monstruosa. Mi estómago se contrajo en una oleada de calor que terminó en mi entrepierna. La sensación de su miembro llenándome hasta el fondo aún persistía como un eco fantasma.

Ladeé la cabeza para mirarlo. Cincuenta años bien llevados, sin pretensiones vanidosas como los hombres de mi edad. Richard era puro poder y fortaleza. Un torso ancho, hombros pesados y una capa densa de vello oscuro por el pecho y la espalda le daban el aspecto de un depredador.

—No puede ser... —murmuré en un hilo de voz.

Y entonces, de repente, los recuerdos me golpearon con la violencia de una bofetada.

Peter.

Apenas dos días atrás había descubierto a mi novio metido en nuestra cama con una compañera de su trabajo. El maldito imbécil con el que había proyectado mi vida me había humillado. Llena de rabia, despecho y con el orgullo pisoteado, la fiesta de aniversario de la empresa había sido la excusa perfecta para ahogar el dolor en whisky y no llorar.

Recordé el momento en la barra. La cabeza me daba vueltas cuando Richard se acomodó a mi lado, mirándome el pecho con hambre intensa. Cuando la fiesta acabó y se ofreció a llevarme en su auto con chofer, algo en mi mente hizo clic. Me cansé de ser la jovencita buena, la secretaria ejecutiva perfecta, la novia fiel que termina burlada. Quería mandar todo al diablo. Quería sentir lo que era un hombre de verdad abriéndome de piernas, no un inmaduro pidiendo permiso.

Dominada por el alcohol, fui yo la que sedujo a mi jefe; la que agarró su bulto por encima del pantalón en el asiento trasero, sintiendo cómo esa bestia de verga se erguía bajo mi mano. Fui yo la que le dijo que me hiciera suya, y él no dudó un solo segundo en cumplir mis demandas. Rápidamente fuimos a su suite en un hotel de lujo.

—¿Ya te despertaste, perrita?

Su voz retumbó como un ronroneo grave y rasposo.

Me sobresalté. Su brazo se apretó más contra mis costillas, pegando mi espalda desnuda contra su torso. Pude sentir su erección matutina, dura como una barra de metal, presionando directamente contra el surco de mis nalgas.

Abrió los ojos despacio. No había un solo rastro de vergüenza, duda o arrepentimiento en esa mirada azul. Para él, amanecer con su secretaria chorreando su semen en la cama era tan natural como revisar la bolsa de valores a primera hora.

—Sr. Foster, yo… —solté, sin saber qué decir en realidad.

—¿«Sr. Foster»? —Sonrió con arrogancia, apretando una de mis nalgas con su mano enorme—. Anoche me llamabas de otra manera y pedías a gritos que te rompiera por dentro.

—Anoche tenía encima medio barril de whisky —dije, sintiendo cómo mis mejillas ardían.

—Tenías alcohol, sí, pero estabas bien despierta cuando me chupabas la verga —repuso, zafando su brazo para deslizar su mano perezosamente por mi cadera—. Hicimos exactamente lo que querías, Karen. Gritaste mi nombre tan fuerte que apuesto a que se escuchó en el pasillo.

—Esto es un error —dije de inmediato—. Usted es mi jefe.

El pánico pudo más que la vergüenza. En un acto instintivo, me zafé de su agarre y me salí de la cama de golpe. Mis pies descalzos tocaron el suelo frío y retrocedí un par de pasos sin importarme estar completamente desnuda ante él. Me crucé de brazos sobre el pecho, apretándome con fuerza para intentar cubrirme, sintiendo un sudor helado correrme por la espalda mientras empezaba a caminar de un lado a otro entre la ventana y la puerta del baño.

Estaba aterrada, no sabía qué hacer. ¿Perdería el empleo que hace apenas seis meses había logrado? Todos los planes y sueños que tenía parecía que se iban a la basura. ¿Tendría que volver a casa de mis padres diciéndoles que había fracasado?

—Esto no está pasando… Dios mío, esto no puede estar pasando —susurré, con la voz quebrada y el aliento corto. Solté un brazo para llevarme la mano a la cabeza, desordenando más mi cabello, antes de volver a abrazarme a mi propio cuerpo.

En la cama, Richard no hizo ademán de perseguirme de inmediato. Se apoyó perezosamente contra la cabecera, sosteniendo la sábana sobre su cintura y dejando al descubierto su torso ancho y peludo. Me observaba en silencio, con esa mirada calculadora de quien ha decidido que no piensa dejar ir a su presa.

—Karen —dijo él. Su voz sonó grave, inundando el espacio con una autoridad natural.

Me detuve en seco, como si me hubieran atrapado cometiendo un delito, pero no me atreví a mirarlo a la cara.

—Señor… Foster —dije, tragando saliva mientras la cara me ardía de vergüenza—. Por favor. Hay que borrar esto. Déjeme vestirme, me voy y mañana seré la misma de siempre en su despacho. Se lo juro. No afectará mi trabajo, solo… no me despida.

Lentamente, Richard echó a un lado la sábana y se levantó de la cama sin la menor intención de cubrirse, mostrándose imponente y desnudo antes de caminar hacia mí. Se acercó tanto que volví a sentir el calor de su cuerpo y su respiración sobre mi frente.

—¿La misma de siempre? —preguntó, bajando el tono—. Eso es imposible. Ninguno de los dos va a olvidar lo que pasó. Creer que mañana vas a entrar a mi oficina a tomar notas y traerme café como si no hubieras cabalgado sobre mi verga gritando de placer es una fantasía infantil.

—¿Entonces qué quiere? ¿Despedirme? ¿Tirarme a la calle después de todo lo que me he esforzado?

—Al contrario —dijo él—, tu empleo está más seguro que nunca.

Arrugué el entrecejo, confusa.

—¿De qué habla?

—De que, a partir de hoy, las reglas cambiaron —Richard extendió una mano y, con el dorso de los dedos, me rozó la mejilla. Me tensé, pero no me aparté—. Aceptas ser exclusivamente mía. Mi amante… Mi mujer. En privado, bajo mis términos y sin explicaciones a nadie. A cambio, puedes seguir en tu puesto trabajando junto a mí y lograr tus metas.

—Eso es… eso es chantaje —alcancé a articular, con la respiración entrecortada, sintiendo el contraste peligroso entre sus palabras y el calor de su contacto.

—Es un trato —corrigió él, mirándome fijamente a los ojos, con una seguridad que no dejaba espacio al debate—. No voy a dejar que te vayas de aquí fingiendo que esto no significó nada para nosotros. Piénsalo bien, Karen. Te conviene.

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