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Capítulo 8. la Danza del corazón.

작가: Isabella
last update 게시일: 2026-01-11 14:43:34

Capítulo 8.

La danza del corazón.

POV Alicha.

Los vítores estallan en el pasillo como una marea de sonidos que me estremece hasta los huesos. El aire, antes denso y privado, ahora se llena del ulular de las mujeres, ese canto agudo y rítmico que celebra mi transición. Al vernos salir de la suite, sus rostros se iluminan; ven la marca roja en mi frente y la sábana blanca que sostengo entre mis manos, con esa mancha carmesí que cuenta la historia de mi entrega. Es el trofeo de nuestra casta, la prueba de que el honor de los Nazer permanece intacto.

Nos movemos lentamente entre la multitud. Escucho las felicitaciones de los parientes, las bendiciones que llueven sobre nosotros como pétalos de flores. Mi padre se acerca con los ojos brillantes y, al recibir la sábana de mis manos, la levanta con una alegría tan desbordante ante todos que la vista se me nubla por la tristeza. Para ellos es una victoria política y social; para mí, es el recordatorio de un acto que me dejó el alma en carne viva. Apenas nos hemos dado un roce de labios en la intimidad, un beso que yo esperaba que fuera el sello de nuestro amor eterno, pero que se convirtió en un recuerdo agridulce, empañado por la frialdad de Armando.

Mi corazón se encoge. No sé si hice algo mal, no entiendo qué palabra o qué gesto provocó ese enojo silencioso en él. Pienso en todos los años que pasé soñando con este momento. Cuando él se fue al extranjero, mi mundo se detuvo. Muchos decían que no volvería, que las luces de Occidente lo habrían cambiado para siempre, pero yo juré ante Allah que si regresaba cuando yo estuviera lista para el matrimonio, intentaría ser la mejor esposa para él. Allah me cumplió. Me lo trajo de vuelta justo cuando mi mano estaba siendo pretendida por otros, como una señal divina de que nuestro destino estaba escrito en las estrellas mucho antes de que naciéramos. Cuando lo vi entrar en mi casa para pedir mi mano, mi corazón saltó de alegría con una fuerza que casi me deja sin aliento. Contaba las horas, los minutos y los segundos para esta noche… y ahora, siento esta presión insoportable en el pecho. Sonrío a todos, intento proyectar la imagen de la novia feliz, pero por dentro estoy librando una batalla contra su rechazo. Siento que hay algo más tras sus ojos azules, un secreto o un dolor que no me permite alcanzarlo.

—Mi niña, Allah bendiga tu hogar. Que les dé muchos hijos —susurra mi madre mientras me abraza con fuerza.

—Cuida a mi niña, Armando. La dejo en tus manos —dice ella, volviéndose hacia él.

Mi madre lo abraza también y, al alejarse, nuestras manos vuelven a unirse. Miro nuestras manos entrelazadas por un instante, observando lo hermosa que se ve nuestra unión física, y me doy cuenta con un peso en el estómago de que ahora estoy completamente bajo su poder. Estoy en las manos de mi sultán, para bien o para mal.

El camino hacia la nueva vida

—Se van, la pareja se va —gritan los invitados mientras nos abrimos paso hacia la salida.

El momento de la partida definitiva llega. Mi mirada se posa un instante en mi padre, el hombre que ha sido mi refugio desde que nací. Suelto la mano de mi esposo por un segundo y corro hacia él, rompiendo el protocolo por la urgencia de mi amor filial.

—Sé feliz, hija. Muy feliz —me dice él, dándome la bendición y besando mi frente con una ternura que me desgarra.

—Te amo, papá —le susurro, abrazándolo con tanta fuerza que siento que si lo suelto, me desmoronaré.

Me voy de casa por primera vez. Dejo atrás los pasillos donde jugué de niña, el jardín donde soñé con Armando y el calor de mis padres. Beso la frente de mi madre, sonriendo para ellos a través de las lágrimas, y vuelvo al lado de mi esposo. Nos despedimos de todos con las manos mientras él me ayuda a subir al auto.

En cuanto la puerta se cierra, el mundo exterior desaparece. El silencio que se instala en el vehículo es denso, casi sólido. Mi corazón martillea contra mis costillas, pero no me atrevo a decir nada. Me limito a concentrar mi atención en el paisaje que desfila por la ventana mientras nos dirigimos a nuestra nueva mansión nupcial en Dubái. Este traslado es el resultado de un nuevo convenio empresarial; Armando manejará las empresas familiares desde aquí, y yo debo construir un hogar en esta ciudad de cristal y arena.

El trayecto es una condena de silencio. Intento no molestarlo, asumiendo que su cansancio es real, aunque mi alma grite por una palabra de afecto. Al llegar a la mansión, el lujo nos recibe. Es una construcción imponente, de líneas modernas y toques árabes tradicionales. En la entrada, mis sirvientes más allegados nos esperan en fila.

—Bienvenidos, señor y señora Málaga Nazer —dice Latifa, mi ama de llaves de confianza.

—Gracias, Latifa —respondo, tratando de que mi voz no tiemble.

—Ya está todo listo para ustedes. Hemos preparado la habitación nupcial con especial cuidado.

—Te lo agradezco —dice Armando, cortante.

Los sirvientes se retiran con una reverencia. Nos adentramos en el lugar y me quedo maravillada. Es hermoso; los colores, las texturas… todo tiene detalles que me encantan. Comprendo que mi padre debe haber intervenido en la elección de cada mueble para que yo no extrañara mi hogar. Sin embargo, mientras yo observo el entorno buscando consuelo, Armando se sienta en el sofá de la sala, ajeno a la belleza que lo rodea, absorto en su propio mundo sombrío.

La danza del alma

Mi corazón late rápidamente. No sé cómo acercarme a este hombre que parece de hielo. Entonces, una idea cruza mi mente, una tradición que he preparado en secreto durante meses para él. Camino hacia donde está sentado; él me mira en silencio, con esa expresión indescifrable. Sin pedir permiso, tomo su mano y le quito el celular, dejándolo a un lado.

—Ven, tengo un regalo para ti —pido, guiándolo de la mano hacia nuestra habitación.

Él me sigue sin protestar, quizás por curiosidad o por puro cansancio. Al entrar, todo está organizado tal como lo pedí a través de mis doncellas. Lo siento en la cama de sábanas de seda y me atrevo a acariciar su mejilla, sintiendo la aspereza de su barba incipiente.

—Espérame aquí, por favor. Solo me tomará unos minutos —le ruego con la mirada—. ¿Me vas a esperar sin quedarte dormido?

—Lo intentaré —responde él con una honestidad brutal que me duele, pero que acepto.

Me retiro al gran vestidor, con el corazón en la garganta. De un cofre de madera con incrustaciones de nácar, saco mi traje de danza árabe. Es una pieza de arte: la falda de seda traslúcida, el sostén bordado con cristales que capturan la luz, y las campanillas de oro que tintinean con cada movimiento. Me cambio rápidamente, dejando mi cabello libre de cualquier hiyab, adornándolo solo con mi pequeña corona de princesa. Con manos temblorosas, conecto mi celular al sistema de sonido de la habitación y selecciono la melodía que he practicado mil veces frente al espejo.

Salgo del vestidor ocultándome tras dos bastones árabes que sostienen una tela de seda ligera, cubriéndome como un velo misterioso. A través de la tela, puedo ver cómo Armando se endereza en la cama, sentándose de golpe al verme. El impacto en su mirada es evidente. Este es mi momento; no puedo fallar.

Empieza a sonar el ritmo de la danza del vientre, el darbuka marcando el paso de mi sangre. Me muevo lentamente con la introducción, desplazándome hacia el centro de la habitación. Estoy nerviosa, pero la música me posee. Muevo las varillas formando un cuadro pequeño ante mis ojos, simulando la forma de un hiyab y una pañoleta, jugando con la idea de lo que se oculta y lo que se revela. Lo miro fijamente a través del espacio, sosteniendo su mirada azul con la mía, antes de empezar a dar vueltas rápidas, dejando caer las varillas a un lado.

Mi cuerpo empieza a vibrar. Muevo mis caderas al ritmo frenético del tambor, cada golpe de percusión se traduce en un movimiento de mi vientre. Mi piel tiembla mientras me muevo con una sensualidad que nunca supe que poseía. Mi cabello baila al ritmo de mis giros, azotando mis hombros y mi espalda mientras las campanillas de mi traje crean una sinfonía metálica que llena la alcoba.

Noto su mirada fija en mí, silenciosa, sin expresión, pero su cuerpo está rígido. Puedo jurar que está en shock. Le bailo a mi sultán con todo mi corazón, entregándole en cada movimiento el mensaje que mis palabras no pudieron transmitir: que lo quiero, que lo he esperado toda la vida y que, a pesar de su frialdad, mi cuerpo y mi alma ya le pertenecen. Mi cadera se mueve en círculos hipnóticos mientras me acerco lentamente a la cama, desafiando la distancia que él ha impuesto entre nosotros. Cada vibración de mi piel es una súplica, cada paso es una promesa de lealtad absoluta.

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댓글 (17)
goodnovel comment avatar
Vane
Los capitulos están muy buenos, cada uno es mejor que el anterior isa
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ILiana Ferreira
La danza de la seducción
goodnovel comment avatar
ILiana Ferreira
Alisha es una princesa tiene que ser fuerte para lo que viene
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