INICIAR SESIÓN—Seré completamente obediente, Jefe. Haré cualquier cosa que me ordene en este mismo instante —respondí llena de entusiasmo.
—¿Cuál es tu propósito al convertirte en mi enfermera? —Mi objetivo aquí... por supuesto que es por ese gran sueldo. Con un salario de este nivel, la vida de mi familia estará asegurada; lo más importante para mí es poder saldar las deudas familiares y salvar la casa que nos dejó mi padre. —¿No hay ninguna otra razón? —Ninguna, Jefe. De verdad, solo quiero hacer felices a mi madre y a mis hermanos —respondí con firmeza. Esta vez no estaba mintiendo. De verdad era mi único y puro deseo: hacer feliz a mi familia. —Ser mi enfermera significa que tendrás que acatar muchas reglas, Calista. —Estoy lista para cumplir cualquier regla —afirmé sin dudarlo. —¿En serio? No te confíes demasiado, Calista. Puede que mis capacidades físicas estén limitadas, pero soy capaz de detectar el más mínimo movimiento sospechoso dentro de esta casa —amenazó con una voz grave que logró erizarme los vellos de la nuca. «¡Cielos... qué aura tan intimidante tiene! Es apuesto, no cabe duda, pero su carácter es espantoso. Se parece a un tigre listo para abalanzarse sobre su presa. Pero no importa, a mí me encantan los retos», pensé para mis adentros. —Jamás me atrevería a intentar algo indebido, Jefe. Vine aquí pura y exclusivamente a ganarme la vida de manera honrada —me defendí. —Ya lo veremos —respondió él con una ligera sonrisa cargada de un rudo sarcasmo—. Mi nombre es Kenzo. Grábatelo bien. —De acuerdo, Jefe Kenzo. —Tienes un periodo de prueba de dos días. Si tu trabajo es bueno y logro adaptarme a tu forma de cuidarme, podrás firmar un contrato a largo plazo —sentenció. En mi interior, ya estaba dando saltos de alegría. Llidiar con un jefe ciego, apuesto pero insoportable, no era un gran problema mientras el dinero siguiera fluyendo para saldar las deudas de mi familia. —Ahora busca al señor Carlos al final del corredor derecho. Él te explicará todas tus responsabilidades en esta casa —ordenó el Jefe Kenzo, inclinando apenas la barbilla en una dirección. —Entendido, Jefe Kenzo. Con su permiso, iré a ver al señor Carlos —respondí con voz dulce antes de darme la vuelta. Detuve mis pasos justo al final de aquel corredor en penumbras. Frente a mí, se encontraban dos hombres. Uno de ellos era de mediana edad, con canas adornando sus sienes y una camisa impecablemente abotonada. A su lado estaba un hombre mucho más joven, vistiendo un traje negro sin corbata. Ambos me examinaron de la cabeza a los pies. —Disculpen, ¿quiénes son ustedes? —pregunté confundida. El hombre mayor dio un paso al frente y asintió con serenidad. —Soy el mayordomo de esta residencia. Mi nombre es Carlos —respondió con un tono de voz grave y autoritario. Me apresuré a acomodar el agarre de mi vieja maleta y les dediqué la sonrisa más amplia posible. —Soy la nueva enfermera. Mi nombre es Calista Khiel, señor —dije a modo de saludo con la dulzura natural de mi voz. Al escucharme, el señor Carlos volteó de golpe hacia el joven que estaba a su lado. Frunció el ceño profundamente, mostrando un rostro que reflejaba un claro descontento. —Daniel, ¿por qué aceptaste a una enfermera tan joven? Sabes muy bien que al joven amo no le gusta que lo guíen enfermeras jóvenes y ruidosas —lo reprendió con firmeza. Daniel, el joven asistente, dejó escapar un leve suspiro mientras echaba un vistazo al documento que tenía en las manos. —No le informé al joven amo sobre su edad, señor Carlos. Pero en su perfil dice que tiene experiencia cuidando a niños con discapacidad visual. Además, desde el accidente que dejó ciego al señor Kenzo, ya han despedido a veinte enfermeras antes de que termine su primer día. Esta chica tampoco tiene garantizado aguantar hasta la tarde —respondió con total despreocupación. «¡¿Veinte personas despedidas en menos de un día?! Dios mío... ¿qué tan cruel es ese jefe ciego como para hacer que todos huyan tan rápido?». Un frío repentino me recorrió todo el cuerpo. Pero por esos cientos de millones, tenía que resistir. El señor Carlos volvió a fijar su mirada en mí con una inspección aguda y madura. —Está bien, Calista. Escucha con mucha atención el reglamento de esta residencia —dijo cruzándose de brazos. —Sí, señor. Estoy lista para escuchar. —La regla principal: jamás hagas ruido. El señor Kenzo aborrece el más mínimo sonido innecesario. Aunque él no puede ver, es precisamente por eso que su oído se ha vuelto extremadamente agudo. Puede escuchar el roce de la tela o un suspiro demasiado pesado a gran distancia —explicó con un rostro sumamente serio. Tragué saliva con dificultad al imaginar lo difícil que sería moverme sin hacer ruido en una mansión tan vasta como esta. —Sería mejor que te comportes como un objeto inanimado y mudo mientras estés cerca del joven amo —añadió el señor Carlos con tono plano. —Comprendo, señor. Haré todo lo posible por mantener la calma —respondí rápidamente. —Si logras aguantar tan solo un día aquí sin hacer enojar al joven amo y sin que te corra, esta misma noche te transferiré mil millones de rupias a tu cuenta como bono inicial. Después de eso, podrás firmar el contrato oficial de trabajo por seis meses —prometió el señor Carlos, lanzando una oferta insólita. ¡¿Mil millones de rupias?! Abris los ojos de par en par ante semejante cifra fantasiosa. El corazón me dio un vuelco del shock. «¡Con tal de simular ser muda por mil millones de rupias, hasta me arrastraría por este frío suelo de mármol si me lo pidieran! ¡Mis hermanos en el pueblo podrán comer bien y las deudas de mi padre quedarán saldadas de golpe!», me dije a mí misma en un grito interno mientras aguantaba la sonrisa con todas mis fuerzas. —¿Qué dices? ¿Aceptas las condiciones? —preguntó el señor Carlos para asegurarse. —¡Claro que sí, señor! ¡Por supuesto! Prometo no hacer el más mínimo ruido frente al Jefe Kenzo —contesté repleta de entusiasmo. De pronto, Daniel dio un paso al frente y observó la ropa que llevaba puesta. Frunció el ceño en cuanto su mirada se posó en mi suéter de tejido rosa favorito. —Señor Carlos, mire la ropa que trae puesta —dijo Daniel señalando hacia mi brazo.—Porque llevo años usando esta misma cuchara, Calista —respondió el jefe Kenzo con serenidad. Su mano, que había quedado suspendida en el aire, bajó despacio para depositar de nuevo la cuchara en el recipiente—. Mi memoria muscular funciona. ¿Acaso crees que soy ciego de nacimiento como para no saber dónde tengo la boca?Dejé escapar un suspiro prolongado, intentando ahuyentar la sospecha que por un instante se me había instalado en la mente. Lo que decía tenía sentido. Un ciego acostumbrado a valerse por sí mismo sin duda desarrollaba un instinto corporal muy agudo.—Vaya, y yo que pensaba que el jefe solo fingía estar ciego —murmuré mientras me recostaba contra el respaldo de la silla.Kenzo no respondió. Término su desayuno en medio de un silencio bastante reconfortante.A las nueve en punto de la mañana, el comité de ética junto con el médico independiente enviado por Arturo se presentaron en la mansión. Sentí un vuelco de pánico en el estómago al ver a aquel doctor de anteojos gr
—¿Un médico independiente contratado por Arturo? —repetí con una voz que se me quedó atorada en la garganta.Miré a Daniel, que permanecía rígido en medio de la habitación, y luego volví la vista hacia mi jefe Kenzo. La mandíbula del hombre se tensó, marcando una línea dura y sumamente fría.—¿Creen que pueden atraparme con este juego tan barato? —desplazó Kenzo entre dientes. Los músculos de sus manos, apretadas en puños sobre la mesa, se tensaron con fuerza.—La evaluación está programada para mañana a las nueve de la mañana, señor —continuó Daniel con expresión preocupada—. Si ese médico emite un certificado oficial que declare que su estado mental no es estable, Arturo tendrá un argumento legalmente válido para congelar su derecho de veto en la empresa.Dí un paso hacia adelante, intentando asimilar la situación.—¿Y qué se supone que hagamos? ¿No podemos simplemente rechazar la evaluación?Daniel sacudió la cabeza despacio.—Un rechazo solo hará que el comité de ética considere q
—Muévete un poco hacia la derecha, Calista. No te quedes parada justo frente a la lámpara.Contuve la respiración al escuchar la llamada de atención de mi jefe Kenzo desde el sofá principal. Mi mano, que sostenía el frasco de las gotas para los ojos, se quedó petrificada en el aire.—¿Eh? ¿Y cómo sabe el jefe que estoy parada exactamente frente a la luz? —pregunté extrañada. Dije dos pasos hacia un lado para poner a prueba su percepción.Kenzo carraspeó suavemente. Su mano derecha buscó al tacto el borde de la mesa de cristal al lado del sofá y luego se acomodó los lentes especiales que se le habían resbalado ligeramente por el tabique de la nariz.—Tu sombra tapa la luz —respondió Kenzo con tono plano. Su voz sonaba sumamente tranquila, pero había algo raro en la forma en que su cabeza seguía el movimiento de mis pasos—. La sensibilidad de mis ojos a la luz ha empezado a aumentar, según dijo el doctor Aris ayer. ¿Ya se te olvidó?Dejé escapar un suspiro de alivio.—Ah, es verdad. Ya
—Este es tu bono de este mes, Calista. Solo acéptalo y no hagas tantas preguntas.El jefe Kenzo le ordenó al señor Carlos que colocara un sobre marrón grueso y una cajita de terciopelo rojo sobre la mesa pequeña al lado de su cama. Mi guapo jefe permanecía sentado al borde del colchón con los brazos cruzados sobre el pecho. Mantenía el rostro girado hacia un lado, enfurruñado y con los labios apretados con rigidez.Me acerqué a paso lento, contemplando ambos objetos con los ojos iluminados de entusiasmo. El sobre marrón se veía bastante abultado, señal clara de que contenía una suma considerable de dinero. Sin embargo, la cajita de terciopelo rojo a su lado llamaba muchísimo más mi atención.—Vaya, qué sobre tan grueso, jefe —dije con voz alegre mientras tomaba la cajita de terciopelo—. ¿Y qué hay dentro de esta caja roja?Abrí la tapa del pequeño estuche. En su interior descansaba un broche de oro con forma de flor de jazmín, elaborado con un grabado exquisitamente fino y detallado.
—Solo quiero asegurarme de que mi sobrino favorito cena bien, Kenzo.La voz del tío Arturo resonó en el comedor principal de la residencia de Kenzo. El hombre de mediana edad tiró de la silla de madera tallada al otro lado de la mesa y se sentó con un movimiento fingidamente relajado. El cuchillo y el tenedor en sus manos tintinearon suavemente al rozar el plato de porcelana.Kenzo, sentado en la cabecera, mantuvo el cuchillo y el tenedor con calma. Sus ojos seguían cubiertos por las gafas especiales, pero su cabeza apuntaba en línea recta hacia Arturo.—Agradezco la atención de mi tío —respondió Kenzo con frialdad—. Pero no creo que sea necesario que te molestes en venir a las ocho de la noche solo para verme masticar carne de res.Arturo dejó escapar una risita, un sonido seco que no reflejaba calidez alguna.—Ah, siempre tan formal con tu propio tío —replicó Arturo. Dejó los cubiertos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante—. Además, hay un documento de inversión para el proyecto
—¿Quién le autorizó a Tio la entrada al archivo del cuarto piso ayer por la tarde, Daniel?Kenzo estrelló el grueso expediente sobre su escritorio de madera de caoba. El fuerte golpe retumbó en la habitación, haciendo que Daniel, de pie frente al escritorio, se acomodara los lentes de aumento por puro reflejo.—Nadie le dio autorización, señor Kenzo —respondió Daniel con firmeza—. Arturo aprovechó un descuido durante la hora del descanso. Se metió a la fuerza al área de archivos financieros con el pretexto de buscar un documento antiguo de un proyecto.Kenzo chasqueó la lengua con frialdad. Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Con los ojos aún protegidos por los lentes especiales, mantuvo la mirada fija en la dirección de la voz de Daniel.—¿Se cree que estoy completamente ciego y que no tengo oídos en esta oficina? —murmuró Kenzo. Su voz era baja, cargada de una tensión que pesaba en el aire.—Ya aseguré la copia de las grabaciones del circuito c







