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Capitulo 2

Autor: Vena Rose
last update Fecha de publicación: 2026-08-28 12:33:44

—Seré completamente obediente, Jefe. Haré cualquier cosa que me ordene en este mismo instante —respondí llena de entusiasmo.

—¿Cuál es tu propósito al convertirte en mi enfermera?

—Mi objetivo aquí... por supuesto que es por ese gran sueldo. Con un salario de este nivel, la vida de mi familia estará asegurada; lo más importante para mí es poder saldar las deudas familiares y salvar la casa que nos dejó mi padre.

—¿No hay ninguna otra razón?

—Ninguna, Jefe. De verdad, solo quiero hacer felices a mi madre y a mis hermanos —respondí con firmeza. Esta vez no estaba mintiendo. De verdad era mi único y puro deseo: hacer feliz a mi familia.

—Ser mi enfermera significa que tendrás que acatar muchas reglas, Calista.

—Estoy lista para cumplir cualquier regla —afirmé sin dudarlo.

—¿En serio? No te confíes demasiado, Calista. Puede que mis capacidades físicas estén limitadas, pero soy capaz de detectar el más mínimo movimiento sospechoso dentro de esta casa —amenazó con una voz grave que logró erizarme los vellos de la nuca.

«¡Cielos... qué aura tan intimidante tiene! Es apuesto, no cabe duda, pero su carácter es espantoso. Se parece a un tigre listo para abalanzarse sobre su presa. Pero no importa, a mí me encantan los retos», pensé para mis adentros.

—Jamás me atrevería a intentar algo indebido, Jefe. Vine aquí pura y exclusivamente a ganarme la vida de manera honrada —me defendí.

—Ya lo veremos —respondió él con una ligera sonrisa cargada de un rudo sarcasmo—. Mi nombre es Kenzo. Grábatelo bien.

—De acuerdo, Jefe Kenzo.

—Tienes un periodo de prueba de dos días. Si tu trabajo es bueno y logro adaptarme a tu forma de cuidarme, podrás firmar un contrato a largo plazo —sentenció.

En mi interior, ya estaba dando saltos de alegría. Llidiar con un jefe ciego, apuesto pero insoportable, no era un gran problema mientras el dinero siguiera fluyendo para saldar las deudas de mi familia.

—Ahora busca al señor Carlos al final del corredor derecho. Él te explicará todas tus responsabilidades en esta casa —ordenó el Jefe Kenzo, inclinando apenas la barbilla en una dirección.

—Entendido, Jefe Kenzo. Con su permiso, iré a ver al señor Carlos —respondí con voz dulce antes de darme la vuelta.

Detuve mis pasos justo al final de aquel corredor en penumbras. Frente a mí, se encontraban dos hombres. Uno de ellos era de mediana edad, con canas adornando sus sienes y una camisa impecablemente abotonada. A su lado estaba un hombre mucho más joven, vistiendo un traje negro sin corbata. Ambos me examinaron de la cabeza a los pies.

—Disculpen, ¿quiénes son ustedes? —pregunté confundida.

El hombre mayor dio un paso al frente y asintió con serenidad.

—Soy el mayordomo de esta residencia. Mi nombre es Carlos —respondió con un tono de voz grave y autoritario.

Me apresuré a acomodar el agarre de mi vieja maleta y les dediqué la sonrisa más amplia posible.

—Soy la nueva enfermera. Mi nombre es Calista Khiel, señor —dije a modo de saludo con la dulzura natural de mi voz.

Al escucharme, el señor Carlos volteó de golpe hacia el joven que estaba a su lado. Frunció el ceño profundamente, mostrando un rostro que reflejaba un claro descontento.

—Daniel, ¿por qué aceptaste a una enfermera tan joven? Sabes muy bien que al joven amo no le gusta que lo guíen enfermeras jóvenes y ruidosas —lo reprendió con firmeza.

Daniel, el joven asistente, dejó escapar un leve suspiro mientras echaba un vistazo al documento que tenía en las manos.

—No le informé al joven amo sobre su edad, señor Carlos. Pero en su perfil dice que tiene experiencia cuidando a niños con discapacidad visual. Además, desde el accidente que dejó ciego al señor Kenzo, ya han despedido a veinte enfermeras antes de que termine su primer día. Esta chica tampoco tiene garantizado aguantar hasta la tarde —respondió con total despreocupación.

«¡¿Veinte personas despedidas en menos de un día?! Dios mío... ¿qué tan cruel es ese jefe ciego como para hacer que todos huyan tan rápido?». Un frío repentino me recorrió todo el cuerpo. Pero por esos cientos de millones, tenía que resistir.

El señor Carlos volvió a fijar su mirada en mí con una inspección aguda y madura.

—Está bien, Calista. Escucha con mucha atención el reglamento de esta residencia —dijo cruzándose de brazos.

—Sí, señor. Estoy lista para escuchar.

—La regla principal: jamás hagas ruido. El señor Kenzo aborrece el más mínimo sonido innecesario. Aunque él no puede ver, es precisamente por eso que su oído se ha vuelto extremadamente agudo. Puede escuchar el roce de la tela o un suspiro demasiado pesado a gran distancia —explicó con un rostro sumamente serio.

Tragué saliva con dificultad al imaginar lo difícil que sería moverme sin hacer ruido en una mansión tan vasta como esta.

—Sería mejor que te comportes como un objeto inanimado y mudo mientras estés cerca del joven amo —añadió el señor Carlos con tono plano.

—Comprendo, señor. Haré todo lo posible por mantener la calma —respondí rápidamente.

—Si logras aguantar tan solo un día aquí sin hacer enojar al joven amo y sin que te corra, esta misma noche te transferiré mil millones de rupias a tu cuenta como bono inicial. Después de eso, podrás firmar el contrato oficial de trabajo por seis meses —prometió el señor Carlos, lanzando una oferta insólita.

¡¿Mil millones de rupias?! Abris los ojos de par en par ante semejante cifra fantasiosa. El corazón me dio un vuelco del shock.

«¡Con tal de simular ser muda por mil millones de rupias, hasta me arrastraría por este frío suelo de mármol si me lo pidieran! ¡Mis hermanos en el pueblo podrán comer bien y las deudas de mi padre quedarán saldadas de golpe!», me dije a mí misma en un grito interno mientras aguantaba la sonrisa con todas mis fuerzas.

—¿Qué dices? ¿Aceptas las condiciones? —preguntó el señor Carlos para asegurarse.

—¡Claro que sí, señor! ¡Por supuesto! Prometo no hacer el más mínimo ruido frente al Jefe Kenzo —contesté repleta de entusiasmo.

De pronto, Daniel dio un paso al frente y observó la ropa que llevaba puesta. Frunció el ceño en cuanto su mirada se posó en mi suéter de tejido rosa favorito.

—Señor Carlos, mire la ropa que trae puesta —dijo Daniel señalando hacia mi brazo.

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