เข้าสู่ระบบCon el fin de ganar cientos de millones, me hice pasar por una anciana de cuarenta años para convertirme en la cuidadora de un multimillonario ciego. Fingí ser una viuda que se había divorciado dos veces y tenía tres hijos, aunque todo era mentira. No me lo esperaba, pero aquel hombre frío llamado Kenzo Donovan se enamoró precisamente de mi identidad falsa. Incluso se mostró dispuesto a ser el padre de «mis hijos», que nunca existieron. Sin embargo, cuando recuperó la vista y descubrió quién era yo en realidad, el amor se convirtió en rencor. Kenzo decidió seguir fingiendo estar ciego solo para jugar conmigo poco a poco. En medio de mentiras, malentendidos y conspiraciones que ponen en peligro nuestras vidas, ¿podrá nuestro amor sobrevivir? ¿O la mentira que inicié para conseguir dinero acabará destruyendo al único hombre que realmente me ama?
ดูเพิ่มเติม—¡Si en tres meses no pagan esta deuda, largo de aquí! ¡Voy a vender esta casa!
El grito de mi tío aún resonaba con fuerza en mis oídos. Él y mi tía habían arrojado nuestras pertenencias a la calle sin piedad alguna. Mi madre, mis tres hermanos menores y yo no tuvimos más remedio que marcharnos.
En medio de la desesperación que me consumía, llegó una notificación a mi teléfono. Mi solicitud para ser la enfermera de un hombre invidente, con un sueldo de cientos de millones, había sido aceptada oficialmente. Aquella oferta extraordinaria era como un salvavidas en medio de la tormenta. Sin perder el tiempo, empaqué mi vieja maleta y me dirigí de inmediato a la dirección indicada.
Una imponente residencia, más parecida a un palacio, se alzó ante mis ojos. Bajé del taxi y contemplé la extraña edificación con la ansiedad a flor de piel.
—Esta casa es enorme, pero está tan silenciosa que da miedo.
La soledad envolvía cada rincón del jardín. Intenté llamar a cualquiera que estuviera adentro.
—¡Ya he llegado!
El ambiente permaneció en absoluto silencio; no hubo respuesta alguna. Me acerqué a la alta reja de hierro negro, buscando un timbre o alguna caseta de vigilancia. El resultado fue nulo, no había nada allí.
Justo cuando me disponía a gritar una vez más, un agudo rechinido rompió el silencio. La reja de hierro se abrió de pronto por sí sola, acompañada por el suave zumbido de un mecanismo automático. Se me erizó la piel al instante. La duda comenzó a luchar en mi mente.
«¿Entro o no? Pero necesito el dinero para la deuda en el pueblo».
El miedo se disipó de golpe al recordar las necesidades de mi familia.
«¡Ah, qué más da! ¡Por esos millones de rupias, entro porque entro!».
Con cautela, me adentré arrastrando mi vieja y ruidosa maleta. La atmósfera en el patio era silenciosa como un cementerio, sin la presencia de sirvientes ni jardineros. La imagen de esos cientos de millones y de la leche para mis hermanos reforzó mi valentía.
—¿Disculpe, hay alguien aquí? ¡Jefe, ya llegó la nueva enfermera!
Caminé a lo largo del corredor exterior de mármol brillante. De repente, una gran sombra negra en la esquina de una columna me hizo dar un salto hacia atrás, casi tropezando. Sentí que el corazón se me salía del pecho antes de darme cuenta de que aquello era solo la estatua de un tigre a tamaño real, cerca de la puerta principal.
—¡Por Dios, casi me da un ataque al corazón!
Calmé mi respiración agitada mientras me sobaba el pecho. Tras asegurarme de que la puerta principal no tenía seguro, entré. Los techos altos y la lujosa araña de cristal me dejaron fascinada, hasta que mi mirada se detuvo en el sofá de terciopelo gris en el centro de la sala de estar.
Un hombre estaba sentado erguido allí. Era extremadamente apuesto, de mandíbula firme y marcada, pero sus ojos de un claro color café miraban fijamente hacia al frente sin parpadear. Una amplia sonrisa se dibujó en mis labios al ver su atractivo.
—Jefe, soy la nueva enferme...
La punta de mi zapato se atoró en la gruesa alfombra debajo del sofá. Perdí el equilibrio y caí de bruces contra el frío suelo de mármol de la forma más antiestética posible, mientras mi maleta se salía de mi agarre y salía disparada hacia adelante. El hombre del sofá no se movió ni un milímetro ni giró la cabeza.
Me levanté refunfuñando de dolor y sacudí mi ropa arrugada. Llevada por la curiosidad, agité la mano justo frente a sus ojos, pero sus párpados no se inmuto en absoluto.
«El rumor era cierto, es ciego».
Sus ojos, de un cálido color café como el caramelo, me dejaron deslumbrada.
«Pero, de verdad, qué ojos tan hermosos tiene, de un café tan cálido como el caramelo. Es una lástima que no pueda ver las curvas de mi cuerpo».
—Ni siquiera sabes caminar bien, ¿cómo pretendes cuidarme?
Aquella voz fría y sin expresión me sobresaltó, haciéndome poner de pie con torpeza. Tenía una lengua muy afilada, pero esos labios carnosos captaron por completo mi atención.
—Preséntate.
Inhalé profundo y comencé a hablar.
—Mi nombre es Calista. Tengo cuarenta años y me he divorciado dos veces. Soy madre soltera con tres hijos porque mi exesposo se escapó con otra mujer. Peso sesenta y cinco kilos, mi rostro es redondo con un pequeño lunar cerca de la mejilla izquierda, tengo las caderas anchas y el cabello rizado natural. No tengo dinero y le agradezco muchísimo la oportunidad de trabajar aquí, Jefe.
El hombre frunció el ceño y ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Cuarenta años y divorciada con tres hijos?
—Sí, así es, Jefe.
Respondí rápidamente mientras jugaba con el borde de mi blusa. El hombre se acarició la barbilla recién afeitada.
—Pero tu voz suena como la de una joven de veinte años. Es muy extraño.
El rostro se me encendió de la vergüenza, apenada aunque sabía que él no podía ver mi sonrisa. Su forma de pensar me parecía de lo más sexy.
—Es que mi voz es así de dulce desde que nací, Jefe. A mucha gente le causa confusión.
El hombre dejó escapar un chasquido cínico y se reclinó en el sofá.
—No necesito tu voz dulce. Lo que necesito es obediencia.
—Porque llevo años usando esta misma cuchara, Calista —respondió el jefe Kenzo con serenidad. Su mano, que había quedado suspendida en el aire, bajó despacio para depositar de nuevo la cuchara en el recipiente—. Mi memoria muscular funciona. ¿Acaso crees que soy ciego de nacimiento como para no saber dónde tengo la boca?Dejé escapar un suspiro prolongado, intentando ahuyentar la sospecha que por un instante se me había instalado en la mente. Lo que decía tenía sentido. Un ciego acostumbrado a valerse por sí mismo sin duda desarrollaba un instinto corporal muy agudo.—Vaya, y yo que pensaba que el jefe solo fingía estar ciego —murmuré mientras me recostaba contra el respaldo de la silla.Kenzo no respondió. Término su desayuno en medio de un silencio bastante reconfortante.A las nueve en punto de la mañana, el comité de ética junto con el médico independiente enviado por Arturo se presentaron en la mansión. Sentí un vuelco de pánico en el estómago al ver a aquel doctor de anteojos gr
—¿Un médico independiente contratado por Arturo? —repetí con una voz que se me quedó atorada en la garganta.Miré a Daniel, que permanecía rígido en medio de la habitación, y luego volví la vista hacia mi jefe Kenzo. La mandíbula del hombre se tensó, marcando una línea dura y sumamente fría.—¿Creen que pueden atraparme con este juego tan barato? —desplazó Kenzo entre dientes. Los músculos de sus manos, apretadas en puños sobre la mesa, se tensaron con fuerza.—La evaluación está programada para mañana a las nueve de la mañana, señor —continuó Daniel con expresión preocupada—. Si ese médico emite un certificado oficial que declare que su estado mental no es estable, Arturo tendrá un argumento legalmente válido para congelar su derecho de veto en la empresa.Dí un paso hacia adelante, intentando asimilar la situación.—¿Y qué se supone que hagamos? ¿No podemos simplemente rechazar la evaluación?Daniel sacudió la cabeza despacio.—Un rechazo solo hará que el comité de ética considere q
—Muévete un poco hacia la derecha, Calista. No te quedes parada justo frente a la lámpara.Contuve la respiración al escuchar la llamada de atención de mi jefe Kenzo desde el sofá principal. Mi mano, que sostenía el frasco de las gotas para los ojos, se quedó petrificada en el aire.—¿Eh? ¿Y cómo sabe el jefe que estoy parada exactamente frente a la luz? —pregunté extrañada. Dije dos pasos hacia un lado para poner a prueba su percepción.Kenzo carraspeó suavemente. Su mano derecha buscó al tacto el borde de la mesa de cristal al lado del sofá y luego se acomodó los lentes especiales que se le habían resbalado ligeramente por el tabique de la nariz.—Tu sombra tapa la luz —respondió Kenzo con tono plano. Su voz sonaba sumamente tranquila, pero había algo raro en la forma en que su cabeza seguía el movimiento de mis pasos—. La sensibilidad de mis ojos a la luz ha empezado a aumentar, según dijo el doctor Aris ayer. ¿Ya se te olvidó?Dejé escapar un suspiro de alivio.—Ah, es verdad. Ya
—Este es tu bono de este mes, Calista. Solo acéptalo y no hagas tantas preguntas.El jefe Kenzo le ordenó al señor Carlos que colocara un sobre marrón grueso y una cajita de terciopelo rojo sobre la mesa pequeña al lado de su cama. Mi guapo jefe permanecía sentado al borde del colchón con los brazos cruzados sobre el pecho. Mantenía el rostro girado hacia un lado, enfurruñado y con los labios apretados con rigidez.Me acerqué a paso lento, contemplando ambos objetos con los ojos iluminados de entusiasmo. El sobre marrón se veía bastante abultado, señal clara de que contenía una suma considerable de dinero. Sin embargo, la cajita de terciopelo rojo a su lado llamaba muchísimo más mi atención.—Vaya, qué sobre tan grueso, jefe —dije con voz alegre mientras tomaba la cajita de terciopelo—. ¿Y qué hay dentro de esta caja roja?Abrí la tapa del pequeño estuche. En su interior descansaba un broche de oro con forma de flor de jazmín, elaborado con un grabado exquisitamente fino y detallado.






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