INICIAR SESIÓNEl señor Carlos desvió la mirada hacia mi suéter. Su viejo rostro se tensó aún más, como si acabara de ver algo capaz de poner en riesgo su propia vida.
—¡Por Dios, Calista! ¿Por qué llevas puesta una prenda con tanto pelo? —preguntó el señor Carlos con un evidente tono de reproche.
—Es el modelo más reciente, un atuendo que está de moda —respondí sin vacilar, dedicándole una dulce sonrisa.
—Ese suéter suelta pelo y el señor Kenzo es alérgico a los pelos —me explicó el señor Carlos.
Me quedé helada y me quité el suéter de inmediato; Daniel lo tomó rápidamente de mis manos. Exhalé un suspiro de alivio mientras me decía para mis adentros: «Salvados mis mil millones. Menos mal que este suéter no arruinó mi oportunidad de ganar esa fortuna».
—Debes empezar a trabajar ahora mismo, ya es tarde. Ve a atender al señor Kenzo, es hora de su baño. Fíjate bien en la temperatura del agua: ni fría ni caliente —ordenó el señor Carlos.
—Entendido, señor. Atenderé muy bien al jefe Kenzo —contesté.
Daniel tomó mi maleta y me acompañó hasta la habitación de Kenzo, mostrándome de paso mi cuarto, que estaba justo al lado del suyo.
Una vez frente a la puerta del jefe Kenzo, llamé con suaves toques. Él solo se limitó a asentir con la cabeza.
—Aquí estoy, jefe Kenzo, lista para asumir mis funciones —anuncié con tono alegre, pero él frunció el ceño. Tal vez mi voz había sonado demasiado alta. Sin embargo, de repente...
—¿Qué es ese olor? Tu perfume es insoportable.
—Es aroma a aceite terapéutico de eucalipto, jefe. Es excelente para la salud y ayuda a mantener el cuerpo cálido —respondí con ingenuidad, usando la voz más pura e inocente que pude impostar.
Contuve la respiración mientras apretaba el dobladillo de mi blusa de satén hasta arrugarlo por completo. El jefe Kenzo no respondió. Su mandíbula se tensó aún más y su firme agarre sobre el borde de la mesita hizo que las venas del dorso de su mano se marcaran con fuerza.
—No me gusta ese olor.
—Al principio no se siente muy agradable, pero si cierra los ojos y lo respira despacio, sentirá cómo su mente se calma y su cuerpo se relaja.
—Exagerada —replicó con frialdad.
No obstante, en absoluto silencio, hizo exactamente lo que le dije: cerró los ojos y comenzó a respirar con lentitud.
*«Cuando mantiene los ojos cerrados se ve tan apuesto... hasta tierno. Qué lástima que al abrirlos tenga esa mirada tan fiera como la de un león»*, pensé mientras encogía los labios.
Por muy irritable o cascarrabias que fuera, tenía que resistir. Necesitaba ese dinero desesperadamente.
De pronto, mis pensamientos retrocedieron a aquella maldita noche de hacía dos años, cuando me encontraba de pie ante la entrada del salón de un lujoso hotel.
—Disculpe, por favor muéstreme su invitación, señorita —dijo un guardia de seguridad de complexión robusta, bloqueándome el paso frente a las puertas del salón decorado por doquier con flores blancas.
No respondí. Con las manos temblorosas, lo empujé del pecho con brusquedad y me adentré a zancadas entre la multitud de invitados vestidos con elegantes trajes y vestidos de noche, ignorando las miradas de desprecio dirigidas a mi aspecto descuidado.
En lo alto del altar, bajo el destello de una gigantesca araña de cristal, el hombre que me había abrazado con amor durante cinco años sostenía con fuerza la mano de otra mujer.
Esa mujer era mi propia amiga.
—¡Peter! —grité con todas mis fuerzas, interrumpiendo el repique de las copas de champán que resonaba en el lugar.
El hombre vestido con el esmoquin negro se giró. Su apuesto rostro se volvió pálido de inmediato. Bajó apresuradamente del escenario nupcial, me sujetó del brazo con rudeza y me arrastró hacia un rincón apartado.
—¡Calista! ¡¿Qué haces aquí?! ¡No tienes ningún derecho a arruinar mi boda! —bramó Peter con voz contenida, clavando en mí una mirada llena de amenazas.
Juntando el resto de fuerzas que me quedaban, me zafé de su agarre de un tirón. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.
—¡¿Que no tengo derecho?! ¡Cuatrocientos treinta y cinco millones de rupias! ¡Eran nuestros ahorros de cinco años, Peter! ¡El dinero que reunimos para nuestro futuro! ¡¿Cómo pudiste usarlo para pagar esta boda ostentosa con esa maldita mujer?! —grité histérica, señalando a la mujer en el altar, quien ahora me observaba con una sonrisa burlona.
Peter soltó un bufido lleno de desdén. Se acomodó el cuello de la camisa, arrugado por mi empujón, y me dedicó la mirada más fría que jamás le había visto.
—Ese dinero ya se gastó en el alquiler de este lugar. Ya basta, Calista. Acepta la realidad. Tú no estás a mi nivel. No pienso arruinar mi futuro cargando con el peso de tu familia —sentenció con dureza.
—¡Devuélveme mi dinero ahora mismo! —grité sujetándolo del cuello de la camisa, sin importarme nada, hasta que finalmente llamó al personal de seguridad para que me arrojaran a la calle esa misma noche.
Apreté los puños con fuerza a los lados de mis muslos al revivir aquel oscuro recuerdo. Mi pecho subía y bajaba con respiración agitada, intentando contener la opresión que volvía a invadirme. De repente, otra voz me arrancó de golpe de aquella memoria.
—¿Por qué sigues ahí de pie?
La voz grave y fría del jefe Kenzo cortó el doloroso recuerdo sin piedad. Sobresaltada, parpadeé varias veces para ahuyentar las sombras del pasado que aún me oprimían el pecho.
El hombre frente a mí se había levantado de su sillón de terciopelo. Su bata de baño azul marino le quedaba un poco holgada, dejando al descubierto sus hombros anchos y firmes. Con el rostro inexpresivo, orientó la cabeza justo hacia donde yo me encontraba.
—Ayúdame a quitarme la ropa. Quiero bañarme ahora —ordenó el jefe Kenzo, sin la menor alteración en su apuesto rostro.
—¡¿Qué?!
Un grito de sorpresa se me escapó de los labios antes de que pudiera contenerlo. Mis ojos se abrieron de par en par, fijos en su amplio pecho de piel blanca e impecable.
El jefe Kenzo soltó un resoplido de mofa, como si pudiera percibir mi inmensa confusión a través del aire. Dio un paso al frente y, con sus propios dedos, deshizo el nudo del cinturón de su bata hasta dejarla completamente abierta.
—No me gustan las enfermeras lentas que me hacen perder el tiempo —dijo con frialdad mientras comenzaba a deslizar la tela de terciopelo de sus anchos hombros, dejándola caer de manera lenta pero inevitable.
Se me desorbitaron aún más los ojos por la incredulidad. Sentí la garganta seca como un desierto y el corazón me latía al doble de su velocidad habitual. Bajo la tenue luz, su piel blanca y suave quedó al descubierto por completo ante mi mirada atónita.
«Maldición... habla completamente en serio. Esto es un desastre. Es mi primer día de trabajo y ya estoy enfrentando una situación tan extrema... ¡ya empezó a desvestirse!», me dije en un murmullo interno, permaneciendo petrificada sin poder moverme.
—¿Piensas moverte de una vez o prefieres que te despida ahora mismo?
—Porque llevo años usando esta misma cuchara, Calista —respondió el jefe Kenzo con serenidad. Su mano, que había quedado suspendida en el aire, bajó despacio para depositar de nuevo la cuchara en el recipiente—. Mi memoria muscular funciona. ¿Acaso crees que soy ciego de nacimiento como para no saber dónde tengo la boca?Dejé escapar un suspiro prolongado, intentando ahuyentar la sospecha que por un instante se me había instalado en la mente. Lo que decía tenía sentido. Un ciego acostumbrado a valerse por sí mismo sin duda desarrollaba un instinto corporal muy agudo.—Vaya, y yo que pensaba que el jefe solo fingía estar ciego —murmuré mientras me recostaba contra el respaldo de la silla.Kenzo no respondió. Término su desayuno en medio de un silencio bastante reconfortante.A las nueve en punto de la mañana, el comité de ética junto con el médico independiente enviado por Arturo se presentaron en la mansión. Sentí un vuelco de pánico en el estómago al ver a aquel doctor de anteojos gr
—¿Un médico independiente contratado por Arturo? —repetí con una voz que se me quedó atorada en la garganta.Miré a Daniel, que permanecía rígido en medio de la habitación, y luego volví la vista hacia mi jefe Kenzo. La mandíbula del hombre se tensó, marcando una línea dura y sumamente fría.—¿Creen que pueden atraparme con este juego tan barato? —desplazó Kenzo entre dientes. Los músculos de sus manos, apretadas en puños sobre la mesa, se tensaron con fuerza.—La evaluación está programada para mañana a las nueve de la mañana, señor —continuó Daniel con expresión preocupada—. Si ese médico emite un certificado oficial que declare que su estado mental no es estable, Arturo tendrá un argumento legalmente válido para congelar su derecho de veto en la empresa.Dí un paso hacia adelante, intentando asimilar la situación.—¿Y qué se supone que hagamos? ¿No podemos simplemente rechazar la evaluación?Daniel sacudió la cabeza despacio.—Un rechazo solo hará que el comité de ética considere q
—Muévete un poco hacia la derecha, Calista. No te quedes parada justo frente a la lámpara.Contuve la respiración al escuchar la llamada de atención de mi jefe Kenzo desde el sofá principal. Mi mano, que sostenía el frasco de las gotas para los ojos, se quedó petrificada en el aire.—¿Eh? ¿Y cómo sabe el jefe que estoy parada exactamente frente a la luz? —pregunté extrañada. Dije dos pasos hacia un lado para poner a prueba su percepción.Kenzo carraspeó suavemente. Su mano derecha buscó al tacto el borde de la mesa de cristal al lado del sofá y luego se acomodó los lentes especiales que se le habían resbalado ligeramente por el tabique de la nariz.—Tu sombra tapa la luz —respondió Kenzo con tono plano. Su voz sonaba sumamente tranquila, pero había algo raro en la forma en que su cabeza seguía el movimiento de mis pasos—. La sensibilidad de mis ojos a la luz ha empezado a aumentar, según dijo el doctor Aris ayer. ¿Ya se te olvidó?Dejé escapar un suspiro de alivio.—Ah, es verdad. Ya
—Este es tu bono de este mes, Calista. Solo acéptalo y no hagas tantas preguntas.El jefe Kenzo le ordenó al señor Carlos que colocara un sobre marrón grueso y una cajita de terciopelo rojo sobre la mesa pequeña al lado de su cama. Mi guapo jefe permanecía sentado al borde del colchón con los brazos cruzados sobre el pecho. Mantenía el rostro girado hacia un lado, enfurruñado y con los labios apretados con rigidez.Me acerqué a paso lento, contemplando ambos objetos con los ojos iluminados de entusiasmo. El sobre marrón se veía bastante abultado, señal clara de que contenía una suma considerable de dinero. Sin embargo, la cajita de terciopelo rojo a su lado llamaba muchísimo más mi atención.—Vaya, qué sobre tan grueso, jefe —dije con voz alegre mientras tomaba la cajita de terciopelo—. ¿Y qué hay dentro de esta caja roja?Abrí la tapa del pequeño estuche. En su interior descansaba un broche de oro con forma de flor de jazmín, elaborado con un grabado exquisitamente fino y detallado.
—Solo quiero asegurarme de que mi sobrino favorito cena bien, Kenzo.La voz del tío Arturo resonó en el comedor principal de la residencia de Kenzo. El hombre de mediana edad tiró de la silla de madera tallada al otro lado de la mesa y se sentó con un movimiento fingidamente relajado. El cuchillo y el tenedor en sus manos tintinearon suavemente al rozar el plato de porcelana.Kenzo, sentado en la cabecera, mantuvo el cuchillo y el tenedor con calma. Sus ojos seguían cubiertos por las gafas especiales, pero su cabeza apuntaba en línea recta hacia Arturo.—Agradezco la atención de mi tío —respondió Kenzo con frialdad—. Pero no creo que sea necesario que te molestes en venir a las ocho de la noche solo para verme masticar carne de res.Arturo dejó escapar una risita, un sonido seco que no reflejaba calidez alguna.—Ah, siempre tan formal con tu propio tío —replicó Arturo. Dejó los cubiertos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante—. Además, hay un documento de inversión para el proyecto
—¿Quién le autorizó a Tio la entrada al archivo del cuarto piso ayer por la tarde, Daniel?Kenzo estrelló el grueso expediente sobre su escritorio de madera de caoba. El fuerte golpe retumbó en la habitación, haciendo que Daniel, de pie frente al escritorio, se acomodara los lentes de aumento por puro reflejo.—Nadie le dio autorización, señor Kenzo —respondió Daniel con firmeza—. Arturo aprovechó un descuido durante la hora del descanso. Se metió a la fuerza al área de archivos financieros con el pretexto de buscar un documento antiguo de un proyecto.Kenzo chasqueó la lengua con frialdad. Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Con los ojos aún protegidos por los lentes especiales, mantuvo la mirada fija en la dirección de la voz de Daniel.—¿Se cree que estoy completamente ciego y que no tengo oídos en esta oficina? —murmuró Kenzo. Su voz era baja, cargada de una tensión que pesaba en el aire.—Ya aseguré la copia de las grabaciones del circuito c







