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Enganar a un Multimillonario Ciego
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Penulis: Vena Rose

Capitulo 1

Penulis: Vena Rose
last update Tanggal publikasi: 2026-08-28 12:31:56

—¡Si en tres meses no pagan esta deuda, largo de aquí! ¡Voy a vender esta casa!

El grito de mi tío aún resonaba con fuerza en mis oídos. Él y mi tía habían arrojado nuestras pertenencias a la calle sin piedad alguna. Mi madre, mis tres hermanos menores y yo no tuvimos más remedio que marcharnos.

En medio de la desesperación que me consumía, llegó una notificación a mi teléfono. Mi solicitud para ser la enfermera de un hombre invidente, con un sueldo de cientos de millones, había sido aceptada oficialmente. Aquella oferta extraordinaria era como un salvavidas en medio de la tormenta. Sin perder el tiempo, empaqué mi vieja maleta y me dirigí de inmediato a la dirección indicada.

Una imponente residencia, más parecida a un palacio, se alzó ante mis ojos. Bajé del taxi y contemplé la extraña edificación con la ansiedad a flor de piel.

—Esta casa es enorme, pero está tan silenciosa que da miedo.

La soledad envolvía cada rincón del jardín. Intenté llamar a cualquiera que estuviera adentro.

—¡Ya he llegado!

El ambiente permaneció en absoluto silencio; no hubo respuesta alguna. Me acerqué a la alta reja de hierro negro, buscando un timbre o alguna caseta de vigilancia. El resultado fue nulo, no había nada allí.

Justo cuando me disponía a gritar una vez más, un agudo rechinido rompió el silencio. La reja de hierro se abrió de pronto por sí sola, acompañada por el suave zumbido de un mecanismo automático. Se me erizó la piel al instante. La duda comenzó a luchar en mi mente.

«¿Entro o no? Pero necesito el dinero para la deuda en el pueblo».

El miedo se disipó de golpe al recordar las necesidades de mi familia.

«¡Ah, qué más da! ¡Por esos millones de rupias, entro porque entro!».

Con cautela, me adentré arrastrando mi vieja y ruidosa maleta. La atmósfera en el patio era silenciosa como un cementerio, sin la presencia de sirvientes ni jardineros. La imagen de esos cientos de millones y de la leche para mis hermanos reforzó mi valentía.

—¿Disculpe, hay alguien aquí? ¡Jefe, ya llegó la nueva enfermera!

Caminé a lo largo del corredor exterior de mármol brillante. De repente, una gran sombra negra en la esquina de una columna me hizo dar un salto hacia atrás, casi tropezando. Sentí que el corazón se me salía del pecho antes de darme cuenta de que aquello era solo la estatua de un tigre a tamaño real, cerca de la puerta principal.

—¡Por Dios, casi me da un ataque al corazón!

Calmé mi respiración agitada mientras me sobaba el pecho. Tras asegurarme de que la puerta principal no tenía seguro, entré. Los techos altos y la lujosa araña de cristal me dejaron fascinada, hasta que mi mirada se detuvo en el sofá de terciopelo gris en el centro de la sala de estar.

Un hombre estaba sentado erguido allí. Era extremadamente apuesto, de mandíbula firme y marcada, pero sus ojos de un claro color café miraban fijamente hacia al frente sin parpadear. Una amplia sonrisa se dibujó en mis labios al ver su atractivo.

—Jefe, soy la nueva enferme...

La punta de mi zapato se atoró en la gruesa alfombra debajo del sofá. Perdí el equilibrio y caí de bruces contra el frío suelo de mármol de la forma más antiestética posible, mientras mi maleta se salía de mi agarre y salía disparada hacia adelante. El hombre del sofá no se movió ni un milímetro ni giró la cabeza.

Me levanté refunfuñando de dolor y sacudí mi ropa arrugada. Llevada por la curiosidad, agité la mano justo frente a sus ojos, pero sus párpados no se inmuto en absoluto.

«El rumor era cierto, es ciego».

Sus ojos, de un cálido color café como el caramelo, me dejaron deslumbrada.

«Pero, de verdad, qué ojos tan hermosos tiene, de un café tan cálido como el caramelo. Es una lástima que no pueda ver las curvas de mi cuerpo».

—Ni siquiera sabes caminar bien, ¿cómo pretendes cuidarme?

Aquella voz fría y sin expresión me sobresaltó, haciéndome poner de pie con torpeza. Tenía una lengua muy afilada, pero esos labios carnosos captaron por completo mi atención.

—Preséntate.

Inhalé profundo y comencé a hablar.

—Mi nombre es Calista. Tengo cuarenta años y me he divorciado dos veces. Soy madre soltera con tres hijos porque mi exesposo se escapó con otra mujer. Peso sesenta y cinco kilos, mi rostro es redondo con un pequeño lunar cerca de la mejilla izquierda, tengo las caderas anchas y el cabello rizado natural. No tengo dinero y le agradezco muchísimo la oportunidad de trabajar aquí, Jefe.

El hombre frunció el ceño y ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Cuarenta años y divorciada con tres hijos?

—Sí, así es, Jefe.

Respondí rápidamente mientras jugaba con el borde de mi blusa. El hombre se acarició la barbilla recién afeitada.

—Pero tu voz suena como la de una joven de veinte años. Es muy extraño.

El rostro se me encendió de la vergüenza, apenada aunque sabía que él no podía ver mi sonrisa. Su forma de pensar me parecía de lo más sexy.

—Es que mi voz es así de dulce desde que nací, Jefe. A mucha gente le causa confusión.

El hombre dejó escapar un chasquido cínico y se reclinó en el sofá.

—No necesito tu voz dulce. Lo que necesito es obediencia.

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