INICIAR SESIÓN—Sí, jefe, ya voy —respondí de inmediato. Mis manos se apresuraron a tomar su camisa, pero me fue imposible concentrarme en la tarea ante la visión de su cuerpo. Un pensamiento travieso cruzó mi mente: «Un rozón rápido no le hace daño a nadie». Al instante me di un golpe en la frente: «¡No, no! ¡Eso sería una falta grave! A la anterior sirvienta la despidieron por querer pasarse de lista, y a él no le gustan las coquetas».
—¡Calista, date prisa! —exclamó el jefe Kenzo.
—S... sí, jefe —balbuceé, apresurándome a desabrochar los botones de su camisa uno a uno.
—Veo que eres hábil, aunque un poco lenta. Mañana quiero que seas más ágil. Habrá un bono para ti si lo haces bien —comentó el jefe Kenzo, evaluando mi desempeño.
«Qué considerado», me dije en un murmullo interno, mientras un rubor repentino me encendía las mejillas.
Terminé de abrochar los últimos dos botones cerca del cuello. Tan pronto como acabé, di dos pasos hacia atrás y exhalé un profundo suspiro de alivio.
—Listo, jefe. Todos los botones están perfectamente colocados.
El jefe Kenzo pasó su mano por el pecho para asegurarse de que todo estuviera en su lugar y bien ajustado.
—Ahora dame los pantalones de vestir negros.
En cuanto se los entregué, añadió de inmediato:
—Puedes salir. Los pantalones me los puedo poner yo mismo.
—Entendido, jefe Kenzo. Bajaré a preparar la cena —respondí con entusiasmo.
Apenas me di la vuelta para marcharme, el jefe Kenzo —que no podía ver hacia dónde me dirigía— sacudió con fuerza los pantalones negros antes de ponérselos.
¡Zas!
El extremo de la tela gruesa salió volando e impactó de lleno en mi rostro. El azote imprevisto me hizo cerrar los ojos por reflejo. Para colmo, como me hallaba a mitad del giro para salir, perdí el equilibrio por completo.
—¡Ay! —grité presa del pánico al sentir que mi cuerpo se tambaleaba hacia atrás.
Con los ojos aún cerrados y dominada por un miedo atroz, extendí los brazos buscando a ciegas de dónde sujetarme. Para mi desgracia, mis dedos terminaron aferrándose con fuerza a la camisa blanca que acababa de abrochar sobre su torso firme.
—¡Calista! ¡¿Qué estás haciendo...?!
¡Pum!
Nuestros cuerpos cayeron juntos de golpe contra el frío suelo de mármol. Por obra de una gravedad despiadada, mi delgado cuerpo aterrizó justo encima del amplio pecho del jefe Kenzo. Mis labios terminaron posándose sin querer sobre su firme y bien definida mandíbula, dejándome completamente encima de él. De pronto, el ambiente quedó en absoluto silencio; solo se escuchaba el choque de nuestras respiraciones agitadas en el aire.
El pecho del jefe Kenzo subía y bajaba con rapidez. Se quedó petrificado, con la mandíbula tensándose al máximo bajo el roce inesperado de mis labios.
—Más te vale tener una muy buena explicación para esta posición, Calista —susurró con voz fría y amenazante, a escasos centímetros de mi rostro.
—Ah... eh... —Los nervios me impidieron incorporarme de inmediato sobre su cuerpo.
El aroma varonil de su jabón, mezclado con el cálido aliento del jefe Kenzo, se sentía terriblemente cerca de mi piel. Nuestra postura era en extremo incómoda. El hombre debajo de mí permanecía petrificado, bloqueando por completo cada uno de mis movimientos. El corazón me retumbaba en el pecho como un tambor en plena fiesta. Como una mujer que jamás había tenido novio, esta situación límite me dejó completamente débil e indefensa.
—¡Per... perdón, jefe! ¡No fue a propósito! —balbuceé presa del pánico, tratando de recobrar el sentido.
Antes de que pudiera erguirme para ponerme de pie, Kenzo giró bruscamente su posición al asumir que intentaba aprovecharme de la situación. La fuerza de su movimiento impulsivo, sumada a mi repentino empujón, arruinó de nuevo su equilibrio. Su cuerpo alto y robusto fue arrastrado por la inercia y terminó cayendo de vuelta justo encima de mí.
¡Pum!
Mi espalda se estrelló con tal violencia contra el suelo de mármol que sentí cómo se me escapaba todo el aire de los pulmones. No obstante, el dolor físico se esfumó al instante, reemplazado por un shock colosal que me paralizó la mente. Al abrir los ojos, el apuesto rostro de Kenzo se había resbalado hacia un lado de mi mejilla debido al impacto imprevisto.
MUA.
Los labios carnosos y cálidos de aquel hombre se posaron a la perfección sobre mi mejilla.
El mundo pareció detener su curso. Abrí los ojos desorbitados por completo, sintiendo que en cualquier momento se me saldrían de las cuencas. Durante unos segundos que se sintieron eternos, ninguno de los dos se movió. Solo el sonido de nuestras respiraciones agitadas rompió el absoluto silencio de la habitación.
Kenzo fue el primero en reaccionar. Apoyó ambas manos a los lados de mi cabeza y levantó el pecho para alejarse con movimientos apresurados. Su mandíbula se tensó hasta el límite y su piel clara se tornó de un rojo carmesí, conteniendo una rabia a punto de estallar.
—¡Quita tus manos de mi ropa ahora mismo!
—Porque llevo años usando esta misma cuchara, Calista —respondió el jefe Kenzo con serenidad. Su mano, que había quedado suspendida en el aire, bajó despacio para depositar de nuevo la cuchara en el recipiente—. Mi memoria muscular funciona. ¿Acaso crees que soy ciego de nacimiento como para no saber dónde tengo la boca?Dejé escapar un suspiro prolongado, intentando ahuyentar la sospecha que por un instante se me había instalado en la mente. Lo que decía tenía sentido. Un ciego acostumbrado a valerse por sí mismo sin duda desarrollaba un instinto corporal muy agudo.—Vaya, y yo que pensaba que el jefe solo fingía estar ciego —murmuré mientras me recostaba contra el respaldo de la silla.Kenzo no respondió. Término su desayuno en medio de un silencio bastante reconfortante.A las nueve en punto de la mañana, el comité de ética junto con el médico independiente enviado por Arturo se presentaron en la mansión. Sentí un vuelco de pánico en el estómago al ver a aquel doctor de anteojos gr
—¿Un médico independiente contratado por Arturo? —repetí con una voz que se me quedó atorada en la garganta.Miré a Daniel, que permanecía rígido en medio de la habitación, y luego volví la vista hacia mi jefe Kenzo. La mandíbula del hombre se tensó, marcando una línea dura y sumamente fría.—¿Creen que pueden atraparme con este juego tan barato? —desplazó Kenzo entre dientes. Los músculos de sus manos, apretadas en puños sobre la mesa, se tensaron con fuerza.—La evaluación está programada para mañana a las nueve de la mañana, señor —continuó Daniel con expresión preocupada—. Si ese médico emite un certificado oficial que declare que su estado mental no es estable, Arturo tendrá un argumento legalmente válido para congelar su derecho de veto en la empresa.Dí un paso hacia adelante, intentando asimilar la situación.—¿Y qué se supone que hagamos? ¿No podemos simplemente rechazar la evaluación?Daniel sacudió la cabeza despacio.—Un rechazo solo hará que el comité de ética considere q
—Muévete un poco hacia la derecha, Calista. No te quedes parada justo frente a la lámpara.Contuve la respiración al escuchar la llamada de atención de mi jefe Kenzo desde el sofá principal. Mi mano, que sostenía el frasco de las gotas para los ojos, se quedó petrificada en el aire.—¿Eh? ¿Y cómo sabe el jefe que estoy parada exactamente frente a la luz? —pregunté extrañada. Dije dos pasos hacia un lado para poner a prueba su percepción.Kenzo carraspeó suavemente. Su mano derecha buscó al tacto el borde de la mesa de cristal al lado del sofá y luego se acomodó los lentes especiales que se le habían resbalado ligeramente por el tabique de la nariz.—Tu sombra tapa la luz —respondió Kenzo con tono plano. Su voz sonaba sumamente tranquila, pero había algo raro en la forma en que su cabeza seguía el movimiento de mis pasos—. La sensibilidad de mis ojos a la luz ha empezado a aumentar, según dijo el doctor Aris ayer. ¿Ya se te olvidó?Dejé escapar un suspiro de alivio.—Ah, es verdad. Ya
—Este es tu bono de este mes, Calista. Solo acéptalo y no hagas tantas preguntas.El jefe Kenzo le ordenó al señor Carlos que colocara un sobre marrón grueso y una cajita de terciopelo rojo sobre la mesa pequeña al lado de su cama. Mi guapo jefe permanecía sentado al borde del colchón con los brazos cruzados sobre el pecho. Mantenía el rostro girado hacia un lado, enfurruñado y con los labios apretados con rigidez.Me acerqué a paso lento, contemplando ambos objetos con los ojos iluminados de entusiasmo. El sobre marrón se veía bastante abultado, señal clara de que contenía una suma considerable de dinero. Sin embargo, la cajita de terciopelo rojo a su lado llamaba muchísimo más mi atención.—Vaya, qué sobre tan grueso, jefe —dije con voz alegre mientras tomaba la cajita de terciopelo—. ¿Y qué hay dentro de esta caja roja?Abrí la tapa del pequeño estuche. En su interior descansaba un broche de oro con forma de flor de jazmín, elaborado con un grabado exquisitamente fino y detallado.
—Solo quiero asegurarme de que mi sobrino favorito cena bien, Kenzo.La voz del tío Arturo resonó en el comedor principal de la residencia de Kenzo. El hombre de mediana edad tiró de la silla de madera tallada al otro lado de la mesa y se sentó con un movimiento fingidamente relajado. El cuchillo y el tenedor en sus manos tintinearon suavemente al rozar el plato de porcelana.Kenzo, sentado en la cabecera, mantuvo el cuchillo y el tenedor con calma. Sus ojos seguían cubiertos por las gafas especiales, pero su cabeza apuntaba en línea recta hacia Arturo.—Agradezco la atención de mi tío —respondió Kenzo con frialdad—. Pero no creo que sea necesario que te molestes en venir a las ocho de la noche solo para verme masticar carne de res.Arturo dejó escapar una risita, un sonido seco que no reflejaba calidez alguna.—Ah, siempre tan formal con tu propio tío —replicó Arturo. Dejó los cubiertos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante—. Además, hay un documento de inversión para el proyecto
—¿Quién le autorizó a Tio la entrada al archivo del cuarto piso ayer por la tarde, Daniel?Kenzo estrelló el grueso expediente sobre su escritorio de madera de caoba. El fuerte golpe retumbó en la habitación, haciendo que Daniel, de pie frente al escritorio, se acomodara los lentes de aumento por puro reflejo.—Nadie le dio autorización, señor Kenzo —respondió Daniel con firmeza—. Arturo aprovechó un descuido durante la hora del descanso. Se metió a la fuerza al área de archivos financieros con el pretexto de buscar un documento antiguo de un proyecto.Kenzo chasqueó la lengua con frialdad. Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Con los ojos aún protegidos por los lentes especiales, mantuvo la mirada fija en la dirección de la voz de Daniel.—¿Se cree que estoy completamente ciego y que no tengo oídos en esta oficina? —murmuró Kenzo. Su voz era baja, cargada de una tensión que pesaba en el aire.—Ya aseguré la copia de las grabaciones del circuito c







