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Capitulo 5

Penulis: Vena Rose
last update Tanggal publikasi: 2026-08-28 12:42:31

—gritó con dureza, haciendo retumbar su voz en todo el cuarto.

Me sobresalté. Fue entonces cuando me di cuenta de que mis dedos aún sujetaban con fuerza el cuello de su camisa blanca, dejándolo arrugado y deshecho. Solté el agarre a toda prisa y escondí ambas manos detrás de mi espalda.

—¡Le juro que no fue a propósito, jefe! ¡Es que su pantalón me dio en la cara! —exclamé temblando, muerta de miedo. «Ya me amargué, mis mil millones se fueron directo al basurero», me lamenté aterrorizada en mi mente.

El jefe Kenzo se puso de pie con brusquedad. Pasó las manos a ciegas sobre su ropa para acomodarse la camisa desordenada. Su apuesto rostro reflejaba un profundo gesto de asco. Con el dorso de la mano, se limpió los labios una y otra vez mediante movimientos cargados de irritación.

—¡Maldita sea, besé a una mujer de cuarenta años! —refunfuñó fuera de sí—. ¡Lárgate de aquí!

Sin esperar a que me lo dijera dos veces, me puse de pie de un salto y corrí fuera de la habitación a toda velocidad, refugiándome directo en mi cuarto.

¡Bam!

Cerré la puerta de golpe, completamente jadeante. Me llevé una mano al pecho mientras mi cuerpo temblaba con fuerza.

—Dios mío, ojalá el jefe Kenzo no me despida. Me encantó poder besar al guapo de mi jefe, pero mis mil millones... Qué tonta... qué tonta... Calma, Calista, inhala y exhala. Inhala y exhala —susurré para mis adentros, intentando tranquilizarme para no ceder al pánico.

Cuando llegó la hora de la cena, el ambiente en el comedor se sentía denso y tenso.

—¿Por qué mueves mi plato? —preguntó Kenzo con el ceño fruncido. La mano con la que sostenía el tenedor de forma elegante quedó suspendida en el aire mientras sus dedos palpaban la superficie de la mesa frente a él, de pronto vacía.

—Le quité el pollo frito, jefe —respondí de inmediato.

—¡Es mi comida favorita! Devuélvemelo —ordenó con un tono frío que no admitía réplica.

Ignoré su mandato y me giré hacia el sirviente que permanecía de pie cerca de nosotros.

—La comida con huesos es muy peligrosa para el jefe Kenzo. Aunque la hayan cocinado a presión hasta ablandarla, siempre existe el riesgo de que se la trague por accidente o se atragante. Cámbiela por carne a la que le hayan retirado por completo los huesos.

El sirviente asintió con temor.

—Entendido, señora Calista. Le pido una disculpa.

En el extremo de la mesa, Ellie, la hermana menor de Kenzo, dejó su cuchara con los ojos brillándole de entusiasmo.

—Vaya, por fin Kenzo tiene una enfermera que se atreve a llevarle la contraria. Por lo general, las demás solo se ponían a llorar cuando les gritaba.

Maxim, el hermano menor de Kenzo sentado al lado de Ellie, solo soltó un resoplido de desdén.

—De nada sirve tanta atención si Kenzo sigue de terco y ni siquiera quiere probar su comida.

Pasé por alto la indirecta de Maxim. Tras asegurarme de que el plato con la carne deshuesada estuviera ubicado justo frente a la mano de Kenzo, volví a sentarme a su izquierda.

De pronto, sentí un leve toque de codo en mi brazo. El señor Carlos estaba allí de pie, mirándome mientras me hacía una señal muy clara con los ojos.

—Dale de comer al jefe Kenzo, Calista —susurró el señor Carlos en voz casi inaudible.

Abrí los ojos de par en par, señalándome a mí misma con total desconcierto. ¿Darle de comer en la boca a este hombre cascarrabias? ¡Ni loca! Acababa de ponerse como una fiera salvaje solo porque mi mejilla rozó sus labios por accidente.

Antes de que pudiera reaccionar, Maxim se aclaró la garganta con formalidad. Dejó su tenedor sobre la mesa y miró a Kenzo con expresión seria.

—Kenzo —lo llamó Maxim—. Llevas seis meses sin ir a la oficina. Los ingresos de la empresa están cayendo y las acciones del Grupo Donovan comienzan a desestabilizarse.

Ellie le dio un codazo a Maxim, viéndose incómoda.

—Maxim, estamos cenando. No hables de trabajo ahora.

—Solo estoy diciendo la verdad, Ellie —se defendió Maxim cortante, para luego volver a fijar su mirada en Kenzo, quien continuaba en silencio.

Kenzo permaneció inmóvil. Su tenedor descendió despacio hasta tocar el borde del plato, provocando un tintineo metálico que resonó con fuerza en el comedor, sumergido de pronto en el sigilo.

—La empresa... —susurró Kenzo entre dientes, con la emoción reprimida. Su mirada estaba fija en la nada. Apretó la mandíbula con tal rigidez que los nudillos con los que se aferraba al borde de la mesa se tornaron blancos.

La mente del jefe Kenzo se trasladó de inmediato al accidente de hacía seis meses. El estruendo de la lluvia torrencial golpeando el techo del auto de lujo volvió a resonar en sus oídos. Aquella noche, viajaba en el asiento trasero junto a su padre. Todo transcurría con normalidad hasta que el señor Joko, el chófer, giró el volante hacia una ruta alternativa tras recibir información de que la vía principal estaba bloqueada por un árbol caído.

Sin embargo, en una curva pronunciada y en total penumbra, un camión enorme sin luces delanteras apareció de la nada en sentido contrario y embistió el vehículo con extrema violencia. Ese trágico accidente se cobró la vida de su padre y del chófer, además de arrebatarle a él la vista.

Había un pensamiento que no había dejado de dar vueltas en la cabeza de Kenzo a lo largo de estos seis meses: la sospecha. La decisión de tomar la ruta alternativa se había tomado de forma repentina a raíz de una llamada proveniente de la propia empresa. Alguien los había guiado a propósito hacia esa calle solitaria. Había un traidor dentro de su propia compañía.

Al ver a Kenzo absorto en sus pensamientos y con la mandíbula rígida, dejé mi cuchara sobre el plato con un tac firme.

—Corten la conversación sobre la empresa por ahora —interrumpí con voz tajante.

Maxim me miró con el ceño fruncido, sorprendido y a la vez ofendido de que una simple enfermera se atreviera a interrumpirlo.

Sin mostrar ápice de temor, eché un vistazo a mi reloj de pulsera.

—Los asuntos de negocios pueden discutirse al terminar de cenar. La hora de la cena ya lleva cinco minutos de retraso sobre el horario establecido. Si continúan posponiéndola para hablar de temas pesados, al jefe Kenzo se le puede subir el ácido gástrico. La salud de mi jefe es mucho más importante en este momento.

El rostro de Maxim se endureció al instante ante mi llamada de atención directa. Sus ojos me lanzaron una destello de rabia reprimida.

—Sal de esta habitación ahora mismo —siseó Maxim con voz baja pero afilada, señalando hacia la puerta—. Estás despedida.

Enderecé la espalda y le sostuve la mirada a Maxim sin el menor rastro de miedo.

—Lo siento, joven Maxim. Nadie tiene el derecho de echarme de esta mesa ni de despedirme, excepto el jefe Kenzo. Porque en esta casa, él es mi único patrón.

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