LOGIN
—El siguiente —anunció la enfermera.
Me puse de pie. El edificio de la clínica, ubicado en un callejón mugriento del este de Londres, tenía una fachada deplorable: ladrillos carcomidos, ventanas cubiertas de hollín y un cartel desconchado que apenas dejaba leer el nombre del lugar. Parecía un matadero ilegal. Pero al cruzar las puertas dobles de seguridad, el panorama cambió por completo. El interior era un búnker de alta tecnología médica. Paredes de un blanco pulcro, suelos de mármol relucientes y equipos de última generación que costaban millones.
La enfermera me guio por un pasillo silencioso hasta una oficina privada. Detrás del escritorio de cristal me esperaba un hombre de mediana edad, impecable en su bata médica.
—Sra. Emma, soy el doctor Harrison. Tome asiento.
Me senté, apretando las manos sobre mis rodillas para ocultar el temblor.
Harrison fue directo al grano. Abrió una tableta digital y empezó el interrogatorio sin preámbulos.
—¿Historial de enfermedades crónicas?
—No.
—¿Consumo de alcohol, tabaco o estupefacientes?
—Nunca.
—¿Acepta renunciar a cualquier derecho legal sobre el producto gestado una vez concluido el periodo establecido?
—Sí.
Respondí afirmativamente a cada cláusula de confidencialidad y sumisión legal. No tenía otra opción. El dinero prometido era mi pasaporte de salida del fango.
Pasé la vista por el papel, memorizando los términos exactos.
—Sra. Emma, estas cláusulas son inamovibles —sentenció el doctor Harrison, deslizando un fajo de documentos sobre el cristal del escritorio—. Léalas bien.
Cláusula de Confidencialidad Absoluta.
Cláusula de Sumisión Legal y Renuncia de Derechos.
Cláusula de Control Biológico Extremo.
—Acepto.
—Bien. Pasemos a la evaluación física —dijo, poniéndose de pie.
Me indicó que me colocara una bata y subiera a la camilla de exploración. Lo que siguió no se pareció en nada a un chequeo ginecológico estándar. Harrison y dos asistentes comenzaron a realizar pruebas que me parecieron absurdas y desconcertantes.
Midieron con precisión milimétrica la estructura de mi pelvis mediante un escáner óseo tridimensional, murmurando entre ellos sobre la "capacidad de expansión". Luego me conectaron a sensores de resistencia cardíaca y me sometieron a una prueba de esfuerzo físico extremo en una cinta de correr, evaluando mi capacidad pulmonar y mi umbral de dolor mediante estímulos de presión en las muñecas. Incluso me extrajeron múltiples viales de sangre, analizando no solo hormonas, sino la densidad de mis tejidos.
—¿Por qué tantas pruebas de resistencia? —pregunté, jadeando mientras me retiraban los electrodos—. Solo voy a gestar un bebé, no a entrar al ejército.
Harrison no se inmutó.
—El cliente pertenece a un linaje con una genética extremadamente robusta, Sra. Emma. El feto exigirá una demanda física y ósea muy superior a la de un embarazo promedio. Necesitamos asegurarnos de que su cuerpo no colapse a mitad del proceso.
La respuesta me dejó fría, pero el hambre y la desesperación pesaban más que la sospecha.
Después de los exámenes óseos y de esfuerzo, el ambiente volvió a una aparente normalidad. Me indicaron que pasara a la sala contigua para los análisis estándar. Me sacaron varios viales de sangre para descartar infecciones, midieron mi presión arterial, registraron mi peso y me realizaron una ecografía pélvica de rutina para verificar el estado de mi útero.
Para cualquier otra mujer, habría sido un chequeo común de fertilidad. Para mí, cada aguja y cada monitor eran el precio de mi supervivencia.
—Terminamos por hoy —declaró el doctor, anotando los últimos datos en su tableta—. La llamaremos.
Me vestí a toda prisa. Antes de salir de la oficina, lo detuve.
—¿Cuándo? —mi voz sonó suplicante—. ¿Cuándo me llamarán? Necesito saberlo. Esta es mi única oportunidad de subsistir los próximos meses.
—Apenas salgan los resultados de compatibilidad. No tardará. Puede retirarse.
Salí de la clínica con la cabeza dándole vueltas. Iba tan absorta en mis pensamientos, calculando cuánto tiempo me quedaba antes de que el casero me echara a patadas, que no vi el cuerpo imponente que se plantó frente a mí en la acera.
El impacto fue seco. Choqué de lleno contra el pecho de un hombre. Mi cuerpo rebotó, pero él ni siquiera se movió; era como una roca.
—Fíjese por dónde camina —mascullé por puro instinto de defensa.
Pero mi necesidad fue más rápida. Al pedir disculpas simulando torpeza, mis dedos se deslizaron con la agilidad que da el hambre y la calle hacia el bolsillo interior de su abrigo largo.
Toqué cuero grueso. Su cartera. La saqué en un movimiento limpio y la oculté en mi manga.
—Lo siento, iba distraída —dije, dando un paso atrás.
El hombre bajó la mirada hacia mí. No pude verle bien la cara bajo la sombra de su sombrero y sus gafas de diseñador pero sentí una presión extraña en el aire, un olor a bosque y tormenta que me revolvió el estómago.
—¿Está bien? —preguntó.
Su voz era grave, profunda, un eco que me vibró en el pecho.
—Sí, perfectamente. Con permiso.
Apresuré el paso sin mirar atrás, doblando en la primera esquina hasta meterme en un callejón oscuro. Con el corazón en la garganta y las manos temblorosas, saqué la cartera del desconocido. Era de un cuero negro, grueso y costoso, con un aroma a madera y lluvia que me inundó las fosas nasales.
La abrí. Mis ojos se abrieron de golpe al ver la cantidad de billetes de cien libras perfectamente alineados. Había una fortuna ahí dentro. No me detuve a mirar sus identificaciones ni sus tarjetas de crédito; no me interesaba saber quién era mi víctima. Saqué todo el efectivo con movimientos torpes por la adrenalina y escondí la cartera vacía en el fondo de mi bolso.
Con el dinero seguro, caminé rápido hacia el supermercado más cercano. Compré provisiones de calidad, el saco más grande de comida para perro y algo de carne para mí. Tomé el metro de regreso, vigilando mis bolsillos en cada estación, sintiendo por primera vez en meses el peso del alivio en el estómago.
Cuando por fin llegué a mi miserable edificio y abrí la puerta de mi apartamento, un bufido pesado me recibió.
—Hola, Astro —susurré.
Mi pastor alemán trotó hacia mí agitando la cola. Dejé las bolsas en el suelo y le serví una porción generosa de comida. Él comió con avidez. Yo apenas alcancé a dar el primer bocado a lo mío cuando unos golpes brutales sacudieron la puerta, haciendo que los viejos tablones de madera crujieran.
Era la casera.
Abrí la puerta a medias. La mujer me miró con desprecio, lista para soltar su discurso de desahucio, pero la corté en seco extendiéndole los billetes correspondientes a los meses que le debía. Los ojos se le abrieron con sorpresa. Agarró el dinero de inmediato y lo contó con avaricia.
—Así me gusta —escupió, guardándose el efectivo en el bolsillo—. Te vuelves a atrasar un solo día y te largas a la calle.
—No volverá a pasar —respondí, manteniendo la voz firme antes de cerrarle la puerta en la cara.
Apoyé la espalda contra la madera y me deslicé hasta el suelo. El alivio se transformó rápidamente en una capa densa de soledad. Me sentía triste, desdichada, una criminal que dependía de la caridad clandestina de una clínica o del bolsillo de un extraño para no dormir en la acera.
Huerfana, sin familia y con un novio que me engaño. solo tenia la compañia de mi perro y seguia viviendo por el, porque dependia de mi completamente.
Me arrastré hasta mi cama deshecha. Astro se subió y se echó a mi lado, pegando su hocico a mi pecho. Lo abracé con fuerza, buscando su calor, y con las lágrimas secándose en mis mejillas, me quedé dormida.
Horas después, un gruñido sordo me arrancó del sueño.
Astro estaba de pie sobre la cama, con el pelaje erizado y enseñando los colmillos hacia la oscuridad del rincón más alejado de la habitación. Empezó a ladrar con una furia que nunca antes le había conocido.
Me incorporé de golpe, con el corazón golpeándome las costillas. La habitación estaba helada. En el rincón más oscuro, donde la luz de la calle no alcanzaba a llegar, la silueta de una sombra enorme y densa se materializó desde la nada.
—Vine por lo que me robaste Mocosa —dijo una voz grave, profunda y letal, que hizo vibrar las paredes de mi apartamento.
Pasé el cepillo una última vez por mi cabello, dejándolo caer sobre los hombros. Dos años. Parecía mentira que hubieran pasado dos años desde aquella noche en que Thomas cruzó la puerta con olor a sangre para prometerme que todo había terminado. Cumplió.Me miré al espejo. Llevaba uno de los vestidos de punto verde oliva que me mandó traer. Ya no me quedaba holgado; se adaptaba a mi figura, recordándome todo lo que mi cuerpo había atravesado.Desde el jardín llegaban la música y las risas. Celebrábamos el segundo cumpleaños de nuestra Lyra. La manada entera estaba reunida para festejar a la pequeña que trajo luz a nuestras vidas.Unos pasitos rápidos resonaron en el pasillo antes de que la puerta se abriera de par en par.—¡Mami! —gritó Lyra, corriendo hacia mí a toda prisa por el pasillo.Llevaba un vestido crema lleno de pliegues que la hacía parecer una pequeña nube flotando sobre el suelo. Estaba enorme, tan llena de vida que verla me robaba el aliento. Sus rizos dorados saltaban
—¿Me vas a matar como un cobarde entre cuatro? —escupió Archer, apretando los dientes.—No —dije, dando un paso al frente mientras mi voz se volvía sorda por la furia—. Así como ejecuté a tu hija Mayra, te voy a matar a ti. Tú y yo. Solo.Le hice una señal a Gideon, Varek y Valeska para que retrocedieran. Archer soltó una carcajada seca, arrojó su arma al suelo y dejó que las garras le brotaran de las manos. Se lanzó contra mí con un rugido desesperado.El choque fue brutal. Esquivé su primer zarpazo, le encajé un golpe en las costillas y lo estrellé contra la mesa de madera, reventándola en dos. Archer se reincorporó rápido, ciego de odio, y logró clavar sus garras en mi hombro, rasgándome la carne.—¡Voy a descuartizar a tu mujer! —rugió cerca de mi oído, saliva y sangre salpicándome el rostro—. ¡Voy a buscar a Emma y a la bastarda de Lyra cuando termine contigo! ¡Les voy a arrancar las entrañas como hiciste con Mayra!Ese nombre en su boca desató la furia de Llamas.Le agarré la ga
Apoyé ambas manos sobre la mesa de madera rústica, observando los mapas desplegados bajo la luz de la lámpara. El cansancio de una semana metido en esta cabaña en lo alto de la colina, lejos de mis dominios y de la manada como si estuviera huyendo, me pesaba en la espalda, pero la rabia quemaba con más fuerza.Gideon permanecía a mi derecha con los brazos cruzados. Varek revisaba las marcas del mapa y Valeska se mantenía firme, con la espalda recta.Caminé hacia el mueble del fondo, tomé la botella de cristal y serví whisky en cuatro vasos pesados. Le entregué uno a cada uno y me quedé con el mío, dejando que el ardor me quemara la garganta.—Una semana —dije, mirando el fuego que crepitaba en la chimenea—. Siete días haciendo rodar el rumor de que escapé, de que estoy escondido y debilitado en esta colina.—El rumor ya corrió por toda la frontera, Alfa —dijo Varek, dándole un trago a su vaso—. Pero sus hombres aún no se mueven. No hay confirmación de que haya salido a buscarte.—Va a
Le extendí el auricular a Thomas. Él lo tomó, escuchó un par de órdenes cortas de su capitana con el rostro rígido, asintió en silencio y cortó la llamada, devolviendo el teléfono a la base mientras la tranquilidad volvía a asentarse entre las paredes del búnker.La enfermera me trajo una bandeja con caldo vegetal espeso, trozos de pechuga a la plancha y un vaso enorme de agua. Comer fue un proceso lento; cada bocado requería un esfuerzo para vencer las náuseas que los medicamentos me producían, pero sabía que necesitaba las calorías si quería empezar a producir leche. Thomas se mantuvo a mi lado todo el tiempo, sosteniéndome el vaso y asegurándose de que me terminara hasta la última gota antes de ayudarme a recostarme de nuevo.El cansancio volvió a caer sobre mí como una manta pesada. Apenas mi cabeza tocó la almohada, el efecto del analgésico me arrastró a un sueño profundo y reparador, libre de las pesadillas de los meses anteriores.Cuando volví a abrir los ojos.Giré la cabeza c
Era tan pequeña. Su pecho subía y bajaba al ritmo del monitor, con la piel rosada y los puños apretados junto a las mejillas.—Mira cómo respira... —murmuré, rozando el vidrio—. Es tan pequeña, Thomas.—Pero es fuerte —respondió él contra mi sien, sosteniéndome firme—. Fuerte como tú.Aparté la mirada de la bebé para buscar sus ojos dorados.—¿Qué ha dicho exactamente Harrison? —pregunté—. Cuando desperté solo me dijiste que estaba bien, pero necesito saber el diagnóstico completo. Nació en la semana treinta y dos... ¿sus pulmones están maduros? ¿Cuánto tiempo tendrá que estar en esa caja?Thomas ajustó mi peso contra su pecho, cuidando de no rozar la sutura.—Harrison la revisó a fondo en cuanto terminaron la cirugía —me explicó con tono calmado y preciso—. Sus niveles de saturación de oxígeno están por encima del noventa y cinco por ciento sin necesidad de intubación. La incubadora solo le está proporcionando el calor que su cuerpo prematuro todavía no puede regular por sí solo y un
Su primer impulso no fue quejarse, ni mirar la vía que llevaba en la mano. Lo primero que hizo fue buscarme con la mirada desorbitada y apretar los labios.—¿Dónde está...? —susurró preocupada—. Thomas... ¿dónde está mi hija? ¿Cómo está Lyra?—Tranquila, mi vida. Respira —le dije—. Nuestra hija está perfecta. Está en la incubadora de observación a dos metros de aquí, al otro lado del cristal. Es pequeña, pero es fuerte y rosadita. Sus pulmones están respondiendo solos.Un suspiro tembloroso le cruzó el pecho y vi cómo la tensión en sus hombros cedía un poco. Cerró los ojos un segundo, asimilando mis palabras, antes de volver a mirarme.—¿Cuánto... cuánto tiempo estuve dormida? —preguntó, intentando acomodarse sobre la almohada.—Llevas diez horas profundas —respondí, manteniéndole la mano firme para que no hiciera movimientos bruscos—. El efecto de la anestesia y los analgésicos pesados terminó de pasar hace poco. Tu cuerpo necesitaba ese descanso después de la cesárea.Emma intentó m







