Su Omega Prohibido

Su Omega Prohibido

last updateLast Updated : 2026-10-28
By:  Ruth JonasUpdated just now
Language: Spanish
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Mi intención era encontrarme con mi padre, el profesor Knoxx, y rogarle que salvara a mi madre. Ese era el plan. Pero Knoxx se negaba a reconocerme; ni como su hija, ni como nada en absoluto. Él adoraba a Zenith Danning, el prodigio del fútbol, ​​y supe que, si quería aunque fuera una pizca de reconocimiento, debía seguir el camino que siempre había amado: el fútbol. Quizás, si me convertía en una estrella, por fin se fijaría en mí. Sin embargo, ser una omega conllevaba peligros. Las omegas sufrían acoso, burlas y eran vulnerables a celos inesperados. Por suerte, mi mejor amigo Shawn —un beta de carácter firme— me indicó cómo ocultar mi aroma. Fue la única razón por la que pude pisar el campo sin miedo. Cuando Zenith descubrió que yo estaba en su equipo, se negó a aceptarlo. Su orgullo, como el «niño mimado» de Knoxx, no le permitía tolerar mi presencia a su lado. No obstante, el nuevo entrenador, Baron Whitmore —hijo del anterior—, se mantuvo firme. Estaba dispuesto a romper con las tradiciones, incluso si eso significaba desafiar el legado de la institución. Zenith estaba decidido a echarme. Cada entrenamiento, cada partido y cada mirada hostil eran un recordatorio de que quería que me fuera. Hasta aquel día en los vestuarios: la protección falló y él captó mi aroma. En ese instante, todo cambió. La rivalidad se transformó en obsesión. El odio se entrelazó con el deseo. Y mi secreto dejó de estar a salvo.

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Chapter 1

El billete dorado

Punto de vista de Anatasia

“¡Felicidades! De entre doscientos mil solicitantes, te han concedido una beca completa y has sido admitida en la Universidad Imperial de Kingston. Esperamos darte la bienvenida al campus pronto.”

Esa era la frase exacta impresa en el grueso papel que llegó a mi buzón anoche. Lo miré incrédula, incapaz de asimilar las palabras. Había corrido por las calles de la ciudad, sin parar hasta llegar a las puertas del Hospital Bendon Memorial, donde mi madre estaba ingresada para que pudiera abrir el sobre sellado en su presencia y compartir la noticia con ella.

—¿Qué dice, Ana?— Los ojos azul pálido de mamá me miraron desde su cama de hospital, llenos de una mezcla de frágil esperanza y agotamiento.

En ese preciso instante, el mundo a mi alrededor se quedó en silencio. Solo oía un zumbido agudo en mis oídos, seguido rápidamente por el latido errático y fuerte de mi propio corazón.

Todas esas noches en vela. El estudio interminable. El ardor en los músculos. Nada había sido en vano.

—¡Lo logré! —grité con todas mis fuerzas, incapaz de contener la explosión de energía que recorría mis venas.

—¡Oh, Diosa! —exclamó mamá, llevándose una mano temblorosa a la boca.

Me lancé hacia ella, abrazándola con fuerza mientras las lágrimas corrían por mis mejillas—. ¡No puedo creer que lo haya logrado, mamá!

—Te lo mereces, Ana… ¡Ay! —exclamó mamá en voz baja.

Me aparté al instante, con el estómago revuelto—. ¡Lo siento mucho, mamá! No quería…

Una leve mueca cruzó su pálido rostro antes de que forzara una dulce sonrisa—. No pasa nada, cariño. Solo… Ojalá estuviera lo suficientemente sana como para cocinar tu plato favorito para celebrarlo. Sabes que lo haría, ¿verdad?

Sollocé, apartándole un mechón de pelo de la cara. —Tenerte aquí conmigo es más que suficiente. Me aseguraré de que recibas todos los tratamientos que necesitas, mamá. Aunque tenga que trabajar en dos empleos más además de estudiar para pagarlo, me aseguraré de ello.

Me hizo una seña para que volviera a sus brazos. —Ven aquí.

—No quiero hacerte daño—murmuré, conteniéndome.

—Estoy bien, hija. Ven—dijo con voz débil.

Me incliné y la abracé de nuevo, con cuidado de no presionar ni un gramo de mi peso sobre su frágil cuerpo.

—¿Ya se lo has dicho a Shawn?—preguntó cuando por fin me separé.

—Le mandé un mensaje para que viniera, pero probablemente esté en medio de una clase— dije, mirando el móvil. —Pasaré por su casa más tarde para darle la noticia en persona.

Mamá asintió, con una sonrisa cálida y orgullosa.

Antes de que pudiéramos decir otra palabra, la pesada puerta de madera se abrió con un clic y el Dr. Vance entró en la habitación con una gruesa historia clínica en la mano.

—Anastasia —me llamó, sorprendido de verme—. Llegaste bastante temprano hoy. ¿Puedo hablar contigo un momento en el pasillo?

Asentí, con un nudo en el estómago, mientras salía de la habitación, dejando que la pesada puerta se cerrara tras de mí.

—¿Está todo bien, Dr. Vance? —pregunté, cruzando los brazos sobre el pecho para que no me temblaran las manos—. ¿Ya llegaron los resultados de sus análisis?

El Dr. Vance se ajustó las gafas; su expresión era seria mientras observaba el historial médico que sostenía en sus manos. —Anastasia... voy a ser totalmente sincero contigo. El estado de tu madre ha empeorado considerablemente en las últimas cuarenta y ocho horas. Su organismo ya no responde a los tratamientos habituales de cuidados a largo plazo.

Me quedé sin aliento de golpe. —¿Qué quiere decir? ¡Dijo que el tratamiento localizado le daría más tiempo!—exclamé, con una mezcla de rabia y desesperación anudándoseme en la garganta.

—Y así ha sido—respondió con suavidad, posando una mano firme sobre mi hombro. —Pero, a este ritmo... estamos hablando de cuatro meses. Seis, como máximo absoluto.

Cuatro meses. De cuatro a seis meses. Las palabras resonaron con violencia en mi cabeza, nublándome la vista. No podía estar pasando, ¿verdad? Después de todos los esfuerzos a los que nos habíamos adaptado... ¿Por qué ahora?

—No— logré decir, negando con la cabeza de forma brusca. —No, tiene que haber otra opción. Otro medicamento, una cirugía... ¡lo que sea! Estoy segura de que pueden encontrar una solución. Puedo hacer más turnos, puedo pagar cualquier fármaco experimental que haga falta....

—Ana, escúchame— me interrumpió el Dr. Vance con delicadeza. —Existe un tratamiento que podría revertir por completo el deterioro de sus órganos. Pero no se trata de un fármaco.

Hice una pausa y me sequé una lágrima que rodaba por mi mejilla. —Entonces, ¿qué es?.

—Una transfusión directa de sangre de su pareja vinculada», reveló, mirándome fijamente a los ojos. —La resonancia biológica de la sangre de una pareja verdadera es lo único capaz de estabilizar el sistema interno de una omega que está fallando en esta etapa. Pero hay un inconveniente.

—¿Qué inconveniente?— insistí.

—No puede extraerse por la fuerza ni bajo coacción. La sangre debe ser ofrecida voluntariamente por la alfa; de lo contrario, el cuerpo de tu madre la rechazará al instante— explicó el Dr. Vance con seriedad. —¿Tienes alguna forma de contactar con su pareja vinculada?—

¿Pareja vinculada?

La palabra me supo a ácido en la lengua. Knox Bradford. El hombre al que llaman mi padre biológico.

El hombre del que solo había leído en el blog de la escuela. El poderoso alfa de la élite que, hace veinte años, nos abandonó a nuestra suerte sin mirar atrás.

—Yo... —se me cerró la garganta—. Ni siquiera reconoce que existo —logré soltar.

—Entonces tienes que hacer que te escuche —insistió el doctor Vance con suavidad—. Porque, sin su donación voluntaria, a ella solo le quedan de cuatro a seis meses de vida.

Clavé la mirada en la puerta cerrada de la habitación de mi madre; mi pecho subía y bajaba con fuerza mientras mi desesperación se transformaba en una determinación ardiente, intensa y feroz. Acababa de conseguir una plaza en la Universidad Kingston Imperial. Knox era profesor titular allí.

Iba a entrar en ese campus, encontrarlo y obligarlo a donar su sangre; costara lo que costara.

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