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Donde nadie debería mirar

Penulis: P. Wolf
last update Tanggal publikasi: 2026-01-30 20:18:27

Clara sabía que no debía.

Lo supo desde el momento en que cerró la puerta del cuarto de aperos con más fuerza de la necesaria. Desde que escuchó el clic seco del pestillo y el ruido quedó amortiguado, como si el mundo se hubiera quedado fuera.

—Cinco minutos —dijo Álvaro, apoyándose contra la pared—. Luego tengo que volver.

No preguntó si estaba bien. No preguntó por qué había cambiado de idea. Solo marcó el tiempo.

—Siempre dices lo mismo —respondió Clara, cruzándose de brazos.

Álvaro sonrió. Esa sonrisa ladeada que nunca prometía nada y, aun así, siempre conseguía que ella bajara la guardia.

—Y siempre acabas aquí.

El espacio era estrecho. Olía a cuero, a polvo, a metal viejo. Clara notó su presencia antes de que la tocara. Era una cercanía aprendida, automática. Su cuerpo reaccionaba incluso cuando su cabeza gritaba que no.

—No deberíamos —murmuró, más por costumbre que por convicción.

—Tranquila —respondió él—. No hay nadie.

Eso fue lo que terminó de empujarla.

El contacto fue rápido, urgente, casi torpe. No había caricias largas ni palabras suaves. Era cuerpo contra cuerpo, respiraciones aceleradas, manos que sabían exactamente dónde ir porque ya habían estado allí demasiadas veces.

Clara cerró los ojos. Por un momento funcionó. Por un momento dejó de pensar.

Las manos de Álvaro empezaron a desnudarla poco a poco. Empezó quitándole la camiseta y el sujetador lentamente mientras que se besaban, pero no con pasión ni con amor, solo con ganas de sexo.

El también se empezó a desnudar quitándose la camisa, pero sus labios no se despegaban ni un segundo, ni si quiera para respirar.

Luego le empezó a quitar los pantalones y el tanga y con su lengua fue bajando poco a poco, pasando por sus tetas, parándose a poder saborearlas bien y luego bajando hasta su vagina. La cogió en volandas y la tumbó en un saco de heno que había al lado y empezó a tocarla y a chuparla, por la ingle hasta llegar a su clítoris.

Clara intentaba no gemir, pero el placer le podía más. Ella le agarraba del pelo para que no soltara su lengua de su clítoris mientras él le hacía unos dedos. Mientras tanto él se quitó el pantalón y los calzoncillos y sin que clara se lo esperara metió su gran miembro en su vagina.

Esos momentos para Clara significaban algo, no amor o felicidad, no sabía con claridad lo que era, ella lo quería pero no sabía distinguir si solo era por que la follaba como nadie o porque de verdad lo quería.

Él cada vez la empujaba más fuerte y estaba apunto de llegar al clímax. Todo pasó muy rápido, los dos llegaron al mismo tiempo y no fue hasta entonces que escuchó unos pasos.

Se quedó rígida.

—Álvaro… —susurró.

Él también se tensó. No se apartó enseguida. Solo ladeó la cabeza, atento.

Voces al otro lado de la puerta. Risas. Alguien arrastrando algo metálico.

Clara sintió el pulso en la garganta. El corazón golpeándole demasiado fuerte para un lugar tan pequeño. Pensó en Marcus. En Mara. En lo fácil que sería que alguien abriera esa puerta.

Álvaro se separó lo justo para mirarla.

—Relájate —murmuró—. Si no haces ruido, no pasa nada.

Si no haces ruido.

No si te da miedo.

No si te incomoda.

Solo eso.

Los pasos se alejaron. Las voces se apagaron poco a poco. El silencio volvió, pesado, incómodo.

Álvaro terminó de arreglarse antes que ella. Siempre lo hacía. Clara lo observó en ese gesto tan simple y tan revelador. Como si lo ocurrido fuera solo un paréntesis sin importancia.

—Esta noche no puedo quedarme —dijo él, ya con la mano en el pestillo—. Mañana madrugo.

Clara asintió, tragándose algo que no sabía muy bien qué era.

—Claro.

Álvaro le dio un beso rápido en la mejilla. No en los labios. Nunca en los labios.

—Nos vemos.

La puerta se cerró y Clara se quedó sola.

Tardó unos segundos en moverse. En recolocarse la ropa. En mirarse las manos, todavía temblorosas. No era culpa. Era vacío. Esa sensación conocida que llegaba siempre después.

Salió cuando estuvo segura de que no había nadie. Caminó hacia los establos intentando recuperar la respiración normal.

Y entonces lo vio.

Marcus estaba a unos metros, hablando con otro monitor. No miraba en su dirección… hasta que lo hizo.

Sus miradas se cruzaron.

No había acusación. No había reproche. Solo una pausa. Un segundo demasiado largo. Como si ambos supieran que algo acababa de pasar… aunque no supieran exactamente qué.

Clara apartó la vista primero.

Y en ese gesto entendió algo que no estaba preparada para admitir:

que lo que acababa de hacer ya no le servía para olvidar.

y que, por primera vez, el daño no venía del riesgo… sino de lo poco que había significado.

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