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La grieta que duele

作者: P. Wolf
last update 公開日: 2026-01-30 20:26:54

Clara intentó concentrarse en Ventisca, cepillando su pelaje como si cada movimiento pudiera borrar lo que había pasado horas antes. Cada golpe de cerdas parecía recordarle la cercanía de Álvaro, el roce de sus manos, la forma en que su presencia le había dejado un nudo en el estómago y un sabor amargo en la garganta. Intentó decirse que no significaba nada, que todo había sido físico y rápido. Pero el cuerpo no miente. Y el suyo no paraba de traicionarla.

—Clara, ¿todo bien? —preguntó Marta, la instructora auxiliar, mientras recogía un casco.

—Sí, sí, todo bien —respondió Clara, más rápido de lo habitual—. Solo un poco cansada.

Pero no estaba cansada. Estaba enfadada consigo misma. Había sentido deseo, peligro y culpa al mismo tiempo, y ahora eso le quemaba por dentro. Cada respiración recordaba la cercanía de Álvaro, cada movimiento de Ventisca parecía repetir el roce de sus manos.

Entonces lo vio. Álvaro apareció de nuevo, cruzando la pista con la seguridad que siempre la desarmaba. Su sonrisa ladeada, esa que nunca prometía nada, la hizo temblar ligeramente.

—No pareces muy concentrada —dijo, acercándose demasiado.

Clara respiró hondo, intentando mantener el control, pero su cuerpo la traicionaba: el pulso acelerado, las palmas sudadas, la sensación de peligro mezclada con deseo.

—Tengo trabajo que hacer —murmuró, volviendo a Ventisca.

—Ya, claro. Pero… —Él se inclinó un poco más cerca—. No puedo dejar de notar que me ignoras deliberadamente.

Clara no respondió. No era ignorarlo. Era protegerse. Pero que él lo notara le dolió. La herida que Álvaro siempre dejaba era más emocional que física, y esta vez dolía más que nunca.

Un golpe metálico resonó cerca, y ambos se tensaron. Marta pasaba caminando con un casco en la mano, y el sonido de sus botas sobre la arena hizo que Clara tragara saliva. Álvaro dio un paso atrás, consciente de que cualquier error podía delatarlos.

—Demasiado cerca del público —murmuró, con una voz baja que parecía vibrar entre ellos—. Tendríamos que ser más cuidadosos.

Clara asintió, aunque su corazón seguía latiendo como un tambor. Sabía que no había vuelto a cruzar la línea todavía. Y aun así, la mezcla de peligro, deseo y culpa la hacía sentir viva de una manera que nunca esperaba.

Se giró para poner a Ventisca a pastar, y Álvaro se acercó por detrás. No dijo nada. Solo apoyó la mano en su cintura mientras ella ajustaba la cincha. Un contacto breve, casi accidental, pero suficiente para que Clara sintiera que el mundo se había reducido a ese punto de la pista, que todo lo demás desaparecía.

—Álvaro… —susurró, tratando de separarse, pero él no lo permitió. Solo inclinó la cabeza, mirándola con una intensidad que la desarmó.

—Tranquila —murmuró—. Solo quiero que me escuches.

Clara respiró con dificultad. Escuchar lo que él decía era imposible de separar de lo que sus cuerpos sabían hacer juntos. Todo lo que no podía decir en voz alta estaba allí: tensión, deseo, necesidad, miedo.

Entonces, un sonido inesperado: la puerta de la pista se abrió de golpe. Clara y Álvaro se separaron de inmediato. La sombra de Marcus apareció por el marco, con Mara sujetando su mano.

—¿Todo bien aquí? —preguntó Marcus, sin saber exactamente por qué su presencia le ponía alerta, aunque Clara podía sentirlo.

Clara tragó saliva, incapaz de mirar a Marcus a los ojos. Álvaro se apartó, con esa sonrisa que parecía decir “nos hemos salvado… por ahora”, aunque Clara sabía que no era verdad. No se podía salvar lo que ya había cambiado.

—Sí, todo bien —dijo, intentando sonar natural.

Marcus asintió, mirando primero a Mara, luego a Clara, con esa atención silenciosa que siempre la descolocaba. Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era solo miedo a que Marcus viera algo. Era la sensación de que estaba atrapada entre dos mundos: uno seguro, tierno y lleno de posibilidades con Marcus; otro peligroso, inmediato y dañino con Álvaro.

Mara corrió hacia su caballo, sin notar la tensión entre los adultos. Marcus se inclinó para ajustar el casco de su hija y luego lanzó una mirada a Clara que hizo que el nudo en su estómago se apretara aún más.

—Nos vemos mañana —dijo Marcus, con esa voz tranquila que parecía exigir respeto sin pedirlo.

Clara asintió, incapaz de hablar. Su mirada se cruzó con la de Álvaro por un instante y, aunque él no dijo nada, ella entendió perfectamente: había líneas que ya se habían cruzado, y ninguna de las dos relaciones le iba a permitir ignorarlo.

Cuando la pista quedó vacía, Clara apoyó la frente contra el caballo. Respiró hondo y se dijo que lo que había pasado con Álvaro no volvería a repetirse. Que tenía que centrarse en Mara y en Marcus. Que todo eso era solo un error.

Pero su corazón sabía la verdad: los errores más peligrosos nunca se olvidan.

Y mientras salía de la pista, escuchó el eco de pasos detrás de ella, y algo dentro de su pecho se tensó al instante.

Porque alguien había visto algo que ella no podía borrar.

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