LOGINHace cinco años, Alexandro Castillo se marchó sin decir una sola palabra, dejando a Valentina Morales sumida en la herida más profunda de su vida. Ahora, el destino volvía a cruzarlos en el momento en que la vida de Valentina tocaba fondo. El negocio que le dejó su difunta madre estaba al borde de la ruina, a punto de ser arrebatado por su madrastra y su propio exfiduciario. Sin otra opción a la cual recurrir, Valentina acudió a Alexandro, el hombre que hoy se había convertido en el CEO más despiadado y respetado del mundo empresarial. Valentina solo buscaba auxilio para su negocio. Sin embargo, Alexandro le planteó una condición descabellada: —Cásate conmigo. Un año. Un matrimonio secreto. Sin amor. Al principio, Valentina estaba convencida de que no se trataba más que de una fría transacción. No obstante, cada gesto de sutil atención y cada mirada profunda de Alexandro comenzaron a desmoronar la fortaleza que ella tanto se había esforzado en construir. Aquel hombre no actuaba como alguien sediento de venganza, sino como alguien que aún guardaba una añoranza contenida. Detrás de aquel matrimonio por contrato yacía una cruenta verdad sobre su separación cinco años atrás. Alguien había destruido su relación de manera deliberada, y ahora la misma amenaza acechaba de nuevo a Valentina. Con las mentiras familiares y los secretos más oscuros de Alexandro saliendo a la luz, Valentina se vio acorralada ante una pregunta devastadora: ¿Acaso Alexandro había vuelto para salvarla, o para terminar de destruirla por segunda vez?
View MoreEl golpe del mazo sobre la mesa de teca resonó con una frialdad absoluta, sepultando de golpe los últimos vestigios de valor que Valentina había logrado reunir desde la mañana.
—La decisión de la junta de accionistas del día de hoy es definitiva —expresó Elena con una sonrisa tenue y forzadamente cortés. Su madrastra se reajustó el chal de seda mientras la contemplaba desde el extremo opuesto de la mesa, con una mirada cargada de un triunfo indiscutible—. A partir del próximo mes, las operaciones y la transferencia de activos de Morales Nusa Group quedarán bajo el control total de la nueva administración.
Valentina se puso de pie, afianzando sus manos con fuerza sobre el borde de la mesa. Sintió que los ojos le ardían, pero se negó rotundamente a derramar una sola lágrima en aquella sala de paredes de cristal.
—¡Esto es una locura, Elena! Esta empresa la construyó mi difunta madre desde cero. ¡Usted no tiene ningún derecho a vender las acciones mayoritarias sin mi consentimiento!
—¿Tu consentimiento? —interrumpió la voz de un hombre con un tono burlón.
Nicolas, el hombre que apenas el mes pasado ostentaba el título de prometido de Valentina, se encontraba sentado justo al lado de Elena. Apoyó la espalda contra el respaldo del sillón de manera relajada, observando a Valentina como si no fuera más que una piedra insignificante en el camino.
—Valentina, sé realista. Tras las pérdidas del último trimestre, tus acciones se redujeron a solo un veinte por ciento. No tienes voz ni voto aquí.
—¡Esas pérdidas ocurrieron porque tú falsificaste los informes financieros, Nicolas! —su voz se elevó, mientras su pecho subía y bajaba con agitación, sofocado por una rabia contenida que amenazaba con asfixiarla—. ¡Tú y Elena desviaron fondos deliberadamente a sus empresas fantasma!
Nicolas soltó una leve risita y se acomodó la solapa de su costoso saco.
—Esa es una acusación muy grave. ¿Dónde están las pruebas? Si no las tienes, será mejor que vayas empacando tus cosas de la oficina de dirección antes de que la seguridad lo haga por ti.
Valentina dirigió la mirada hacia su alrededor. Los accionistas veteranos —aquellos hombres que alguna vez vieron crecer el negocio codo a codo con su madre— se limitaron a agachar la cabeza. Ni uno solo tuvo el valor de alzar la voz para oponerse a la dominación de Elena y al aplastante capital que Nicolas traía consigo.
El mundo de Valentina se desmoronó en un instante. Los activos, la herencia y la dignidad de la familia Morales habían sido arrebatados sin piedad en menos de una hora.
Sin pronunciar una sola palabra más, dio media vuelta y salió de la sala de reuniones. Las piernas le temblaban, apenas capaces de sostener su propio peso mientras recorría los fríos pasillos de la empresa.
—¡Señorita Valentina!
Una voz entrecortada por el cansancio la alcanzó desde atrás. Don Mateo, el anciano y fiel secretario que había acompañado a su difunta madre desde los inicios, corrió hacia ella. En sus ojos se reflejaba una profunda compasión.
—Don Mateo... —la voz de Valentina finalmente se quebró, atascándosele en la garganta—. Fallé. No pude proteger el legado de mi madre.
—No se dé por vencida todavía, señorita —susurró él, echando un vistazo a ambos lados para asegurarse de que nadie del personal de Elena estuviera vigilando. Con disimulo, la apartó un poco hacia una esquina del corredor—. Aún queda una pequeña rendija. Los activos principales no se han transferido por completo porque hay una cláusula de recontratación de inversores para la próxima semana.
Valentina se limpió con discreción las lágrimas en la comisura de sus ojos.
—¿Pero quién querría invertir en una empresa que ya ha sido carcomida desde adentro? Los bancos ya me rechazaron, Don Mateo.
—No me refiero a un banco, señorita.
Don Mateo le extendió una elegante tarjeta de presentación, de un color negro mate con letras doradas en relieve.
—Castillo Group. Acaban de abrir la sede de su empresa matriz en esta ciudad y están buscando adquisiciones estratégicas. Si ellos aceptan inyectar capital fresco de manera directa, la decisión de la junta quedará anulada automáticamente por ley.
Valentina fijó la mirada en la tarjeta. En ella solo aparecía el nombre de la compañía, sin ningún dato personal.
—¿De verdad estarían dispuestos a ayudarnos?
Don Mateo exhaló un largo suspiro. De repente, su expresión se tornó sumamente seria y cautelosa. Dio un paso hacia adelante, bajando la voz hasta convertirla casi en un murmullo de urgencia.
—He recurrido a todos los viejos contactos de su madre para tender este puente —dijo Don Mateo, mirándola fijamente a los ojos—. El máximo líder de Castillo Group aceptó reunirse con usted esta misma noche. Pero recuerde, Valentina... no se trata de un hombre cualquiera.
Las luces del pasillo del último piso del penthouse emitían un resplandor tenue cuando las puertas del ascensor se abrieron. Valentina salió con los hombros caídos por el cansancio, sosteniendo su muñeca aún envuelta en la venda fina. A su lado, Diego caminaba a su ritmo, llevando el maletín de Valentina que voluntariamente le había cargado desde la oficina.—¿Estás segura de yang no necesitas que te acompañe hasta adentro? —preguntó Diego, deteniéndose a dos metros de la entrada del departamento. Su voz rebosaba atención, conservando la inquietud tras la pregunta que había quedado flotando en el aire en la oficina aquella tarde.Valentina esbozó una sonrisa débil, intentando esquivar la mirada inquisitiva de Diego.—No es necesario. Hasta aquí está bien. Ya me has ayudado demasiado por hoy. Muchas gracias.Diego suspiró profundamente. Le entregó el maletín y guardó silencio un instante, como si le pesara marcharse.—Sobre lo que te pregunté en la oficina... si aún no estás lista para
El sol matutino aún no se elevaba por completo cuando Valentina ingresó a su oficina en Morales Nusa Group. La atmósfera en la empresa permanecía serena, pero su cabeza ya se sentía pesada. Las palabras pronunciadas por Alexandro la noche anterior en el balcón del hotel continuaban dando vueltas en su mente como un eco imposible de apagar. Mírame como si me siguieras amando igual que antes. Aquella frase desgastaba sin tregua la paz que con tanto esfuerzo intentaba edificar.Mientras Valentina colocaba su bolso sobre el escritorio e intentaba organizar la pila de documentos, llamaron suavemente a la puerta. Diego entró sosteniendo dos tazas de café caliente, cuyo aroma invadió de inmediato la habitación.—Buenos días, Val —saludó Diego con calidez, dibujando su sonrisa característica—. Sabía que no habrías tenido tiempo de desayunar, así que te traje tu café favorito.Valentina alzó la vista, intentando esbozar su mejor sonrisa a pesar del evidente cansancio en sus ojos.—Muchas graci
Valentina se zafó del agarre de Alexandro en su barbilla con la respiración agitada. Las palabras que él le había escupido a la orilla de la avenida aún le dejaban una quemazón ardiente en las mejillas. Sin embargo, Alexandro no le dio espacio para replicar; pisó nuevamente el acelerador, abriéndose paso en el denso tráfico de Yakarta rumbo a un hotel de cinco estrellas en el corazón de la ciudad.Sin pronunciar palabra alguna, Alexandro detuvo el vehículo frente a la entrada exclusiva para VIPs. Un asistente personal ya lo aguardaba con un vestido de noche azul marino y un estuche de joyería fina.—Tienes quince minutos para prepararte en la suite —dijo Alexandro con frialdad, sin siquiera voltear a mirarla—. Esta noche es la gala anual de la asociación de empresarios. No me hagas pasar una vergüenza.Momentos después, Valentina apretó los puños al sentir la tela ceñida a su figura. El vestido moldeaba sus curvas a la perfección, complementado por un collar de diamantes que reposaba
La tensión provocada por las palabras de Diego en el pasillo esa misma mañana aún resonaba en la mente de Valentina. Sin embargo, no disponía de tiempo para procesar el torbellino emocional de su amigo, pues la verdadera batalla en Morales Nusa Group apenas estaba por comenzar.Los pasos de Nicolas se congelaron justo frente a la puerta de la sala de reuniones principal. El hombre, ataviado con un traje costoso y que solía contemplar a Valentina con un desprecio absoluto, lucía ahora completamente pálido. En su mano, una notificación oficial del tribunal y del consorcio bancario temblaba con violencia.—Esto es imposible... —murmuró Nicolas con un hilo de voz ahogada, desencajado mientras clavaba la mirada en Valentina—. ¿Cómo es posible que hayan congelado todos los litigios de los activos al mismo tiempo? ¡¿Quién demonios liquidó el préstamo principal de Morales Nusa Group de la noche a la mañana?!Valentina, erguida al extremo de la mesa de juntas, lo contempló con absoluta serenid


















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