LOGIN"Llevamos diez años odiándonos. Él llevaba cuatro años esperando a su pareja. Y a la Diosa Luna le bastó un solo segundo para arruinar nuestros planes." Lyra tiene 17 años y está a punto de asumir como Alfa de la manada Blackwood. No es una princesa sumisa; es una guerrera orgullosa que no se inclina ante nadie. Darian tiene 22 años, es el implacable Alfa de la manada Nightbane y lleva cuatro largos años esperando a su mate. Para el mundo, él es un líder temido. Para Lyra, sigue siendo el arrogante insoportable con el que lleva una década sacándose chispas. Son rivales de nacimiento, Alfas dominantes y completamente incompatibles. O eso creían. Cuando el reloj marca la medianoche en el cumpleaños 18 de Lyra, el destino se cobra la factura: el aroma a enemistad se vuelve la fragancia más adictiva del mundo. Sus mentes humanas rugen "enemigo", pero sus lobos internos demandan "mío". ¿Quién cederá primero en esta guerra de poder y deseo salvaje?
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La madera del centro de entrenamiento crujió bajo el peso de mis botas. Tenía diecisiete años, los nudillos rojos bajo los vendajes de boxeo y el cuerpo ardiendo en sudor, pero me negaba a parar. Faltaban exactas cuatro horas para la medianoche. Cuatro horas para cumplir los dieciocho años, asumir oficialmente el liderazgo de la Manada Blackwood —siguiendo la tradición al igual que mi padre antes que yo— y descubrir qué pareja tenía preparada la Diosa Luna para mí.
—Estás dejando la guardia izquierda expuesta, enana —resonó una voz profunda, grave y exasperante desde el marco de la puerta.
No necesité girar la cabeza. Conocía esa voz mejor que a mi propio instinto.
Darian Nightbane.
Ahí estaba el Alfa de la Manada Nightbane. A sus veintidós años, vestía como solía hacerlo cuando venía de una reunión con los ancianos: traje oscuro, impecable, la corbata ligeramente desajustada y esa aura de poder absoluto que venía con el cargo que asumió al cumplir los dieciocho.
Con toda la manada era el líder implacable, disciplinado, estratégico y respetado.
Conmigo... era el mismo dolor de cabeza inmaduro y provocador de siempre.
—Nadie pidió la opinión de un Nightbane —respondí sin detener mis golpes contra el saco pesado, apretando la mandíbula—. Vuelve a tus asuntos de Alfa, Darian.
—Te la doy de regalo de cumpleaños por adelantado —dijo, dando varios pasos lentos hacia el centro de la sala. El eco de sus pisadas transmitía una dominancia calculada—. Por cierto, ya era hora. Pensé que te quedarías enana para siempre.
Me detuve en seco. Me giré sobre mis talones para encararlo, respirando con dificultad, y le sostuve la mirada verde oscuro con la mía. Teníamos una guerra no declarada desde hacía diez años, y la memoria de nuestro primer enfrentamiento me quemó la mente.
—Al menos a mí la Diosa Luna no me va ha dejar esperando —ataqué con una sonrisa ácida, dando un paso en su dirección—. Cuatro años gobernando tu manada y cuatro años esperando a tu mate, Darian. Debes estar desesperado si vienes a buscar pelea al gimnasio de mi manada.
Las pupilas de Darian se contrajeron. Una sombra cruzó sus facciones, pero no retrocedió. En lugar de eso, acortó la distancia entre los dos hasta que su sombra me cubrió por completo. Con su 1.92 m de estatura, la diferencia física era evidente, pero yo no bajé la cabeza ni un solo centímetro.
—Cuidado, Lyra —musitó con voz baja, rugosa, un susurro peligroso que me erizó los vellos del cuello—. Si la Diosa me envía a alguien con la mitad de tu mal carácter, juro que prefiero gobernar solo el resto de mi vida.
—El sentimiento es mutuo, Nightbane.
«Es peligroso...», susurró de pronto una voz femenina, elegante y salvaje en lo más profundo de mi mente.
Mi loba plateada, estiró sus garras y olfateó el aire de forma extraña.
«Cállate, Nyx», le ordené en mi cabeza. «Es Darian. El sujeto al que le voy a romper la nariz si sigue provocándome.»
«No me pidas que me calle. Su lobo... Fenrir nos está mirando. Siento su presencia arañando la frontera de nuestra mente», replicó Nyx con una inquietud que me heló la sangre.
Miré a Darian a los ojos. Durante un segundo, solo un segundo, el brillo verde de sus pupilas mutó a una oscuridad dorada y salvaje. Su pecho subió y bajó con fuerza, como si acabara de inhalar el aire a mi alrededor. La máscara de autocontrol que solía llevar pareció tambalearse por un segundo.
—Nos vemos a la medianoche en tu fiesta, futura Alfa —dijo, dando un paso atrás y ajustándose los puños de la camisa con una frialdad ensayada—. Intenta no arruinar la noche. Hay diplomacia en juego.
Se dio media vuelta y caminó hacia la salida. Cuando cruzó el umbral, Kai y Elena, sus Betas, lo esperaban al final del pasillo. Aiden y Kaia, mis futuros Betas, aparecieron desde la sombra opuesta para reunirse conmigo.
—Algún día vas a morder más de lo que puedes masticar con ese hombre, Lyra —me advirtió Aiden, cruzándose de brazos mientras veía a Darian alejarse.
—Él empezó —gruñí, quitándome los vendajes de las manos con brusquedad.
Pero por dentro, el corazón me latía a mil por hora. No por miedo a Darian, sino por la extraña tensión que se había quedado flotando en el aire. Faltaba muy poco para la medianoche. Faltaba poco para asumir el liderazgo... y para que el destino por fin hablara.
KAIA—Jack... —repetí, probando la palabra en mis labios mientras el calor de su gabardina rodeaba mis hombros.Por un segundo, la ilusión de la paz nos sostuvo. Mis ojos bajaron hacia el puño de su camisa, donde una insignia de plata brillaba bajo la luz lunar. Un colmillo escarchado.El mundo no solo se detuvo; se desmoronó sobre mis hombros con el peso de una ejecución.—Frostfang... —susurré. El nombre brotó de mi garganta como un veneno amargo—. Eres un Frostfang.La sonrisa de Jack se congeló al instante. Sus ojos azul tormenta se abrieron con un horror súbito, perdiendo de golpe la devoción de hace unos segundos mientras retrocedía un paso.—Jack Frostfang —articulé, y cada sílaba se sintió como una puñalada en mi propio pecho—. El hijo del Alfa Vane Frostfang.No podía ser. Esto tenía que ser una pesadilla grotesca, un chiste cruel y perverso orquestado por la Diosa Luna. Y el hombre parado frente a mí, envuelto en el mismo aroma a madera quemada que me hacía enloquecer de de
KAIACorrí hacia el este mientras las sombras del bosque exterior amenazaban con tragárselo todo. El viento soplaba en contra, pero el rastro de tormenta eléctrica y resina silvestre se volvía más espeso con cada metro recorrido, como un hilo invisible que tiraba directamente de mi alma.A mitad de trayecto, el dolor en mis huesos se volvió insoportable. Mi biología no resistía más la distancia. En mi cabeza, la voz de mi loba resonaba como un trueno desgarrador: «¡Rompe el cascarón! ¡Suéltame! ¡Está cerca!». No pude contenerla más. Un crujido sordo recorrió mi espina dorsal mientras caía hacia adelante. Mi cuerpo de mujer se quebró en pleno vuelo para dar paso a las garras, al pelaje gris y a la fuerza salvaje de Juno.En cuatro patas, mi velocidad se duplicó. Volé sobre los matorrales, saltando raíces mientras mi mente de guerrera intentaba mantener el control en medio del caos instintivo.¿Quién es este hombre?, me preguntaba desesperadamente en mi diálogo interno, sintiendo el air
DARIANLa rabieta de Valerie contra la costosa alfombra de la alcoba duró exactamente lo que tardó Kaia en asomar la cabeza por la puerta sosteniendo un plato con galletas de avena e hinojo. Con la misma velocidad con la que había declarado la guerra abierta a toda la dinastía Nightbane solo tres minutos atrás, nuestra primogénita se levantó del suelo, le arrebató el plato a su tía sin un solo gesto de cortesía y se instaló en el rincón más alejado. Masticaba con un orgullo desmedido y la barbilla en alto, ignorando olímpicamente nuestra existencia como si no fuéramos los Alfas de la Diarquía.Aiden, que venía justo detrás cargando una abultada bolsa de monedas de plata —producto directo de las apuestas del día anterior—, se recostó contra el pesado marco de roble con una sonrisa de absoluta autosuficiencia.—Muy bonito el heredero y todo lo que quieran, mi Alfa, pero el muchacho ya lleva más de veinticuatro horas respirando y sigue siendo conocido internacionalmente como "el cachorro
KAIATres meses. Noventa días de una calma casi antinatural que bordeaba lo sofocante.Desde la llegada de Kael, la fortaleza de los Blackwood y Nightbane respiraba un ritmo pacífico que jamás creí presenciar en mi vida. El pequeño cachorro ya no era el bulto indefenso que apenas abría los ojos; a sus tres meses de edad, el segundo heredero mostraba una energía voraz y unos ojos oscuros que observaban todo con una inteligencia inquietante. Las fronteras de las manadas, teñidas de tensión y desconfianza, permanecían selladas en un pacto implacable. Ni una sola escaramuza, ni un solo indicio de amenaza. La paz reinaba, y para una guerrera acostumbrada al sabor metálico de la sangre y al desgaste del patrullaje constante, tanta tranquilidad resultaba espeluznante.Ajusté las correas de mi arnés de cuero mientras caminaba a lo largo del límite del sector este. El bosque en esta franja era denso, dominado por arboles milenarios cuyas copas apenas dejaban filtrar la luz del atardecer. La br












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