Se connecterNo podía negar que conocer a Dalana había resultado muy diferente a lo que imaginé.
Cuando recibí su correo pensé que, como tantas otras, terminaría rechazando el trabajo al escuchar las condiciones. Cualquiera en su lugar habría dado media vuelta después de conocer las reglas o al enterarse de que debía mudarse al pent-house.
Sin embargo, ella había aceptado.
Sin discutir.
Sin intentar negociar.
Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, sentía un enorme alivio al saber que, por fin, alguien ocuparía aquel puesto sin que yo tuviera que volver a empezar desde cero.
—David puede llevarla a su departamento para recoger sus cosas más importantes —dije mientras guardaba la carpeta con su hoja de vida—. El resto puede traerlo durante el fin de semana.
Dalana sonrió con amabilidad.
—Perfecto. ¿Sigue en pie lo de traer a mi gato?
Antes de que pudiera responder, Ximena abrió los ojos como platos.
—¿Tienes un gato?
En cuestión de segundos ya estaba frente a Dalana, dando pequeños saltitos de emoción.
—¡Yo quiero conocerlo! ¡Nunca he tenido un gato! ¿Cómo se llama? ¿Es grande? ¿Puedo jugar con él? ¿Le gustan los niños?
Las preguntas salían una detrás de otra sin darle siquiera tiempo para respirar.
Dalana soltó una pequeña carcajada.
—Sí, tengo un gato. Se llama Oreo.
—¡Qué nombre más bonito! —exclamó Ximena.
—Es blanco con manchas negras. Mi mamá le puso ese nombre cuando lo adoptamos porque decía que parecía una galleta Oreo.
La sonrisa de Dalana cambió apenas mencionó a su madre.
Fue un cambio tan sutil que probablemente nadie más lo habría notado.
Pero yo sí.
—Además —continuó con una risa—, tiene exactamente el mismo carácter que una galleta... por fuera parece muy dulce, pero cuando quiere puede convertirse en un pequeño demonio.
Ximena soltó una carcajada.
—¡Quiero conocerlo!
—Lo conocerás muy pronto.
—¿Prometido?
—Prometido.
La niña corrió hasta mí y abrazó mis piernas con fuerza.
—Papi... ¿Oreo puede ser mi amigo?
No pude evitar sonreír.
Era imposible negarle algo cuando me miraba de esa manera.
—Primero dejemos que Oreo conozca la casa.
—¡Sí!
—Y también a ti —añadió Dalana entre risas.
Ximena asintió con tanta energía que casi pierde el equilibrio.
—¿Dalana dormirá en la habitación de Marcel? —preguntó de repente.
La alegría desapareció por un instante.
Los ojos de Dalana se posaron sobre mí, claramente confundida.
Era lógico.
No tenía idea de quién era Marcel.
—Sí, princesa —respondí con tranquilidad—. Dormirá allí.
Dalana no hizo ninguna pregunta.
Y agradecí que respetara la primera regla incluso sin darse cuenta.
—Señorita Dalana —intervino David—. Cuando usted guste podemos ir por sus cosas.
Ella tomó su bolso.
—Solo llevaré lo indispensable por ahora.
Antes de marcharse volvió a mirar a Ximena.
—Y no me olvidaré de Oreo.
—¡Sííí!
David la acompañó hasta el ascensor.
Las puertas se cerraron lentamente y el silencio volvió a instalarse en el pent-house.
Por alguna extraña razón...
La casa parecía menos vacía.
Jessica.
***
Su nombre apareció iluminando la pantalla de mi teléfono justo cuando cerraba la puerta de mi automóvil.
Observé el celular durante unos segundos antes de responder.
—Hola.
—Buenos días, amor.
Su voz sonaba tan alegre como siempre.
—¿Ya saliste para la empresa?
Encendí el motor.
—Voy de camino.
—Perfecto. Pensaba pasar esta noche por el pent-house. Hace días que no veo a Ximena.
Apreté con más fuerza el volante.
—Hoy no será posible.
Hubo un breve silencio al otro lado de la llamada.
—¿Por qué?
Salí lentamente del estacionamiento antes de responder.
—Contraté una nueva ama de casa. Hoy será su primer día viviendo en la casa y prefiero que tenga tiempo para adaptarse.
Jessica suspiró.
—Paul... es solo una empleada.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo el problema.
Tampoco quería explicárselo.
No porque hubiera algo que ocultar, sino porque detestaba alterar la rutina del pent-house cuando alguien nuevo llegaba. Bastante difícil era conseguir que una empleada permaneciera más de una semana como para añadir más tensión desde el primer día.
—Podemos vernos mañana.
Ella permaneció unos segundos en silencio.
—Está bien.
Su respuesta fue demasiado rápida.
Como si estuviera acostumbrada a escuchar un "no" de mi parte.
—Tengo una reunión importante en menos de una hora.
—No te preocupes.
Su voz perdió parte del entusiasmo.
—Solo quería escucharte.
Sentí un ligero peso en el pecho.
Jessica nunca había sido una mala mujer.
Al contrario.
Era paciente.
Comprensiva.
Cariñosa.
Cualquier hombre diría que tenía suerte de tener una novia como ella.
Sin embargo...
Cada vez que intentaba imaginar un futuro juntos...
Mi mente quedaba completamente en blanco.
—Hablamos después.
—Cuídate.
La llamada terminó.
Dejé el teléfono sobre el asiento del copiloto y continué conduciendo por las calles de Manhattan mientras la ciudad despertaba poco a poco.
No entendía por qué, pero desde hacía unos meses todo me resultaba más complicado.
Jessica llevaba casi un año conmigo.
Mi madre la adoraba.
La señora Vel opinaba que era una buena mujer.
Incluso Ximena disfrutaba cuando ella iba de visita.
Entonces...
¿Por qué seguía sintiendo aquel vacío?
¿Por qué cada paso que daba parecía más una obligación que una decisión propia?
Sacudí la cabeza.
No era momento para pensar en eso.
Tenía una empresa que dirigir.
Aparqué frente al edificio de White Corporation y apenas crucé la recepción los empleados comenzaron a saludarme.
—Buenos días, señor White.
—Buenos días.
Respondí con una leve inclinación de cabeza mientras caminaba directamente hacia el ascensor privado.
Mi secretaria ya me esperaba junto a la puerta de mi oficina.
—Buenos días, señor White.
—Buenos días, Emma.
Ella me entregó una carpeta.
—Los inversionistas de Sídney llegaron hace quince minutos. Lo esperan en la sala principal.
Asentí.
—¿Todo está listo?
—Como usted lo pidió.
Entré a la sala de reuniones.
Las conversaciones cesaron de inmediato.
Todos se pusieron de pie.
Respiré hondo.
Allí...
Ese era el lugar donde realmente sabía quién era.
No era el viudo.
No era el padre.
No era el hombre de las tres reglas.
Era simplemente Paul White.
El director ejecutivo.
Y, por unas horas, eso bastaba para mantener mi mente lejos de todo lo demás.
Aunque, por alguna razón...
Mientras comenzaba la presentación...
Mi cabeza volvió por un instante al pent-house.
Pensé en Ximena.
Después...
En Dalana intentando instalarse en una casa completamente desconocida.
Y, finalmente...
En un gato llamado Oreo que, probablemente, ya estaba conquistando a mi hija antes incluso de conocerme.
Fruncí ligeramente el ceño.
¿Por qué estaba pensando en eso durante una reunión tan importante?
Aparté aquella idea de mi cabeza y continué hablando frente a los inversionistas.
Sin saber que, en ese mismo instante...
En el pent-house...
Algo estaba a punto de suceder.
Dalana.Hoy oficialmente iniciaba mi trabajo en este enorme pent-house y como era de esperarse estaba nerviosa y ni yo misma entendía por qué ya que mi trabajo no requería nada del otro mundo o eso era lo que pensaba.Me levanté a las siete de la mañana y tomé la ropa que creí que sería más cómoda para la ocasión, me topé con la señora Vel en la cocina y me regaló una sonrisa que de igual manera le devolví.—Buenos días —dijo en mi dirección.—Buenos días para usted también.—¿Vas a desayunar o solo quieres café? —preguntó.—Solo desayuno, gracias.Ella asintió y se dispuso en preparar el desayuno mientras que yo tomé lugar en una de las sillas de la cocina en espera de este para así empezar con mis labores del día de hoy.
Dalana.Decían que el tiempo lo curaba todo.Durante mucho tiempo quise creerlo.Después de perder a mi madre, repetía esa frase una y otra vez esperando que algún día dejara de doler, pero no era cierto. El tiempo no curaba.Uno simplemente aprendía a vivir con la ausencia y, viendo a Paul frente a mí, comprendí que él también seguía aprendiendo.La primera impresión que tuve de aquel hombre fue la de alguien frío, distante e imposible de conocer.Ahora sabía que me había equivocado. Detrás de aquel empresario serio existía un hombre que todavía cargaba el peso de una pérdida enorme y lo único que parecía mantenerlo en pie era aquella pequeña niña de cabello rubio que corría por el parque sin preocuparse por nada más.—Gracias, Dalana.Su voz me sacó de mis pensamientos.Noté cómo retiraba lentamente el brazo que había permanecido cerca del mío durante la conversación.Fue un movimiento rápido.Casi como si hubiera recordado de repente que existía una distancia que no debía cruzar.—¿
Paul.El abrigo que llevaba Dalana era de Stella.Hice una pequeña pausa antes de soltar.—Era el favorito de Stella.Las palabras abandonaron mis labios con mucha más facilidad de la que imaginé. Durante unos segundos no fui capaz de mirarla. Sentía que, si lo hacía, terminaría arrepintiéndome de haber dicho aquello.Escuché el leve roce de la tela.Dalana había bajado la vista hacia el abrigo.Lo observó con cuidado, como si de repente aquella prenda hubiera adquirido un significado completamente distinto.—Yo...No sé qué decir.Negué lentamente.—No tienes que decir nada.Respiré hondo.—Solo necesitaba que lo supieras. No quería quedarme pensando que algún día descubrirías la verdad y creerías que intenté ocultártela.Ella asintió en silencio.No hizo preguntas.No intentó profundizar.Simplemente respetó aquel momento.Y, por alguna razón, eso hizo que todo fuera mucho más sencillo.Sus ojos recorrieron el parque.—Creo que iré a buscar a Ximena. Hace un rato que no la veo.Asent
Dalana.—¡Dalana! —gritó Ximena apenas crucé la puerta del enorme comedor.No pude evitar sonreír.La pequeña ya estaba sentada en su lugar con un babero de colores, los cubiertos perfectamente acomodados y un plato del que salía un delicioso aroma a estofado con spaghettis recién preparado.La señora Vel terminaba de colocar una cesta con pan caliente sobre la mesa mientras David y el señor Rot conversaban en voz baja.Paul, que acababa de entrar detrás de mí, caminó hasta una de las sillas.Pensé que iba a sentarse.Sin embargo, tomó el respaldo, la apartó con elegancia y me hizo un pequeño gesto para que ocupara ese lugar.—Gracias —respondí algo sorprendida.—De nada.Su sonrisa fue breve.Discreta.Pero suficiente para que me sintiera cómoda.Al levantar la vista descubrí algo curioso.David había dejado de acomodar su servilleta.El señor Rot también.Ambos intercambiaron una mirada tan rápida que casi pensé haberla imaginado.Ninguno dijo absolutamente nada.Solo continuaron con
Paul.—¡No me toques! —exclamó Jessica en cuanto intenté tomarla del brazo para salir de la habitación de Dalana.Cerré los ojos un instante.Todo se había descontrolado demasiado rápido.Aquella discusión jamás debió ocurrir y, sin embargo, ahí estaba yo, intentando reparar algo que ni siquiera había imaginado cuando regresé del trabajo.Respiré hondo antes de hablar.—Ve a mi habitación y espérame allí.Mi voz salió más firme de lo que esperaba.Jessica soltó una risa amarga.—¿Hablas en serio? ¿Vas a entrar otra vez a la habitación de esa chica cuando deberías estar conmigo?La miré directamente.—Jessica. A la habitación.No levanté la voz.No hizo falta.Ella me sostuvo la mirada durante unos segundos y, finalmente, giró sobre sus tacones con evidente molestia.La observé alejarse por el pasillo hasta desaparecer detrás de la puerta de mi habitación.Esperé unos segundos.Necesitaba asegurarme de que realmente había entrado.Entonces respiré profundamente y regresé frente a la hab
Dalana.—¡Ximena! ¡Tu padre ya llegó! —escuché decir a la señora Vel desde el pasillo.La pequeña se levantó del suelo cuando salió a la puerta y salió al pasillo.Paul apareció primero.A su lado caminaba una mujer pelirroja de una belleza imposible de ignorar. Vestía un elegante vestido negro que parecía hecho a su medida y unos tacones que resonaban con seguridad sobre el piso de madera.—Princesa, ya llegué —saludó Paul con una sonrisa.Ximena corrió hacia él.Él la levantó en brazos sin esfuerzo.Y entonces ocurrió.—¡Papá! ¡Dalana va a casarse contigo!Sentí que el corazón dejaba de latirme durante unos segundos.Abrí los ojos como platos y miré a Ximena completamente horrorizada.—¡Ximena! —susurré, deseando haber tenido tiempo de taparle la boca.Paul desvió lentamente la mirada hacia mí.Por un instante nuestros ojos se encontraron.Parecía tan sorprendido como yo.Después carraspeó con cierta incomodidad, dispuesto a decir algo.Pero la mujer que lo acompañaba habló primero.







