Se connecterMe vendí a un desconocido la misma noche que mi novio se casó con otra. Tres meses después, embarazada, descubro que ese desconocido es mi jefe, el jeque sin rostro, y que es el hermano de mi ex. Ahora me exige un heredero y yo ya llevo uno. El problema es que no sé cuál de los dos hermanos es el padre.
Voir plusMIRAMEI
Tenía la espalda pegada a la puerta y el pecho desnudo de un hombre a un palmo de la cara.
Una gota de whisky le resbaló desde el pelo mojado, le cruzó la clavícula y me cayó en la sudadera. Fría. Él ni se inmutó.
De cerca, la tinta le subía por el pecho hasta la garganta, donde un corazón atravesado por espinas se le movía cada vez que tragaba saliva.
Yo le había clavado las uñas en ese corazón. Una sola noche, hacía tres meses.
Levanté la vista. La boca torcida en media sonrisa. El aro de plata en la ceja, justo encima de una cicatriz fina que le cruzaba el párpado izquierdo. Y unos ojos verdes que me buscaban detrás de mis lentes oscuros, con la paciencia de un cazador que ya tiene a la presa contra la pared.
El jeque Sariel Bin-Asad, mi jefe. El hermano de mi ex.
El hombre al que me vendí la misma noche que Faisal se casó con otra.
Y yo acababa de gritarle que me casaba con él.
Sus dedos se cerraron sobre la patilla de mis lentes.
Tres meses antes, yo seguía creyendo que Faisal se iba a casar conmigo.
Todavía tenía su olor en el cuello cuando lo vi besar a otra mujer debajo de un arco de rosas blancas.
Minutos antes, el recepcionista del hotel me había mirado con lástima.
—¿El señor Faisal Bin-Asad? Está en su boda, señorita. Salón principal.
Me reí, convencida de que se equivocaba. ¿Faisal, casándose? Imposible… Esa tarde me había jurado que iba a cenar con su familia. Me lo había dicho con la boca pegada a mi oreja, todavía dentro de mí, sobre el escritorio de su oficina:
"Hoy hablo con mi familia, Miramei. Mañana pago la operación de tu hermana, y el mes que viene te pongo un anillo".
Llevábamos meses juntos a escondidas. En la empresa nadie lo sabía.
Caminé hasta el salón con la carpeta de las facturas de Maya, mi hermanita, apretada contra el pecho. Llevaba el pelo rojo escondido bajo la capucha y los ojos detrás de los lentes oscuros que usaba hasta de noche. En ese hotel nadie tenía que ver a la albina del archivo. Todavía no.
Empujé la puerta.
Primero vi los pétalos sobre el mármol. Después, la cola de un vestido de novia. Y al final, su mano. La misma que esa tarde me había subido la falda, apretada en la cintura de Yasmin Al-Farsi.
Yasmin era la prometida del jeque Sariel, el hermano menor de Faisal y dueño de la empresa donde yo archivaba papeles. O lo había sido hasta esa noche.
La carpeta se me resbaló de los dedos. La atrapé antes de que tocara el suelo.
—Pobre Sariel —cuchicheó una invitada, detrás de su abanico—. Leyeron el testamento del padre hace una semana, y Faisal ya se está casando con su novia. Y él ahí, con la cara tapada, porque su padre se lo exigió. ¿Quién se va a casar con un hombre así?
No me importó. Crucé el salón. Las invitadas se apartaban de mi capucha. Faisal me vio cuando ya estaba casi debajo del arco, y se le borró la sonrisa.
—¿Y lo de Maya? —le susurré—. ¿También era mentira?
Miró a su madre, a los socios de su padre, a las cámaras.
—Disculpe, señorita —pronunció, lo bastante alto para que lo oyera la primera fila—. ¿Nos conocemos?
Me quedé sin aire.
—¿Es de tu empresa, amor? —canturreó Yasmin, recorriéndome de la capucha a los zapatos planos—. Ay… ¡espérate! ¿Esa no es la del archivo? La albina, ¿no? ¡Mira qué pálida, parece un fantasma!
Se rieron. Fantasma… Así me decían en el colegio, cuando me escondía del sol debajo de las escaleras. Por eso había pedido el archivo del sótano, donde no entra el sol y nadie te mira dos veces.
Algo se me rompió por dentro, y lo que me salió no fue llanto.
Abrí la carpeta y le lancé las facturas a la cara.
Los papeles cayeron sobre el vestido blanco y sobre las copas. Facturas de cardiología infantil, con el nombre de mi hermana impreso en rojo, lloviendo sobre su boda.
—Esta tarde no preguntabas si nos conocíamos —le escupí a Faisal—. ¡Esta tarde me tenías abierta de piernas en tu escritorio!
El salón entero se quedó mudo. Faisal se puso blanco.
—¡Seguridad!
Yasmin se sacudió una factura de la falda, leyó el nombre de mi hermana y la rompió por la mitad, sin dejar de mirarme.
—Sáquenla por la cocina —les ordenó a los guardias—. No quiero a la albina en las fotos de mi boda.
Dos guardias me arrastraron hacia atrás. La capucha se me cayó y mi pelo rojo se soltó bajo las lámparas de cristal. Alguien levantó el celular para grabarme.
Me dejaron en la acera, del otro lado de la reja, con la carpeta vacía a los pies.
El celular vibró. Un audio de Maya, desde su cama del hospital.
—Mei, la enfermera dice que si mañana no pagas el mes me cambian de sala —susurraba—. No te preocupes, ¿sí? Yo aguanto. Soy fuerte, como tú.
Me tapé la boca con el puño hasta que dejé de temblar.
Faisal había sido el primero en invitarme a un café sin preguntarme si lo mío se contagiaba. Por eso le creí todo. Meses viéndolo a escondidas, porque todavía no era el momento de contárselo a su familia.
Ahora ya sabía por qué.
Paré el primer autobús que iba hacia el puerto. Tenía otro trabajo. Uno que Faisal no conocía.
—Llegas tarde —me reprochó Rania, la dueña de El Oasis, en la puerta trasera del club—. Y con los ojos hinchados. Arréglate eso.
—Alergia a las bodas —le solté, y pasé de largo hacia el camerino.
En una esquina del espejo tenía pegada una foto de Maya, con la bata del hospital y el pulgar arriba. La puse boca abajo, como todas las noches. Maya creía que yo hacía turnos en un call center.
Me puse la peluca negra hasta la cintura y escondí debajo cada mechón rojo. Me alargué la raya de los ojos hasta las sienes. Polvo dorado en los hombros y en el vientre desnudo. El sostén de monedas, una talla más chico a propósito, me subía el pecho hasta casi desbordarlo.
Por último, el velo de gasa negra, tapándome la cara desde la nariz.
En esta ciudad, bailar así era delito. Si me reconocía alguien de la empresa, perdía el trabajo. Si me reconocía la policía, perdía mucho más. Por eso el velo no me lo quitaba nunca.
Lo único que no tapaba eran los ojos. Rosados, raros, imposibles de olvidar. Por eso, de día, no me quitaba los lentes ni en el sótano.
Rania me había puesto el nombre por ellos: Conejita. Yo lo odiaba. De día, esta piel era la del fantasma del sótano. De noche era justo lo que los clientes pagaban por mirar.
—El del reservado volvió —anunció Rania desde la puerta—. Y esta noche pregunta por el privado completo. Paga lo que tú pidas.
Se me cerró el estómago.
Así lo llamaban, porque nadie sabía su nombre. Llevaba meses viniendo solo, siempre pidiendo a la Conejita. Me miraba bailar sin tocarme, y dejaba en la mesa más de lo que yo ganaba en un mes en el archivo.
El privado completo… Lo que yo me había jurado no hacer nunca.
Pensé en Maya. En la cara de Faisal diciendo ¿nos conocemos? delante de toda su familia.
Esa tarde me había entregado gratis a un hombre que me prometió salvar a mi hermana. Si me iba a entregar otra vez, iba a ser por un precio alto.
—Dile… dile que sí.
Aparté la cortina del reservado.
Primero vi el vaso de whisky, con el hielo a medio derretir. Después, la mano que lo sostenía, llena de anillos de oro, con la tinta subiéndole desde los nudillos hasta perderse bajo la manga de una camisa negra abierta hasta el pecho. Aun sentado, llenaba el sillón con los hombros.
Una mandíbula cuadrada bajo la barba. Un corazón de espinas tatuado en el cuello. La cicatriz pálida cruzándole el párpado. Y unos ojos verdes, fijos en mí.
Me temblaron las rodillas.
Dejó el vaso sobre la mesa, sin prisa. Se echó hacia atrás, abrió las piernas y se desabrochó el cinturón sin quitarme los ojos de encima.
—Otra vez te encuentro aquí, conejita —pronunció, con la voz ronca, raspada de whisky—. Cierra la cortina. Esta noche no te pago por bailar.
SARIELLe quité los lentes.Apretó los párpados antes de que la luz le tocara los ojos. Me moví medio paso, hasta que mi sombra le cubrió la cara.—Ábrelos.Tardó. Rosados, con el borde oscuro. Los mismos que tres meses atrás me miraban por encima de un velo negro mientras la tenía debajo.Tres meses volviendo cada noche a El Oasis para oír a Rania jurar que no había vuelto. Y la tenía en mi sótano, archivando mis papeles.Se le había ido el color de la cara.—¿Por qué me sigue llamando así? —susurró—. Conejita…Podía decírselo. Ver cómo se le rompía la cara al saber que la reconocí desde que entró por esa puerta.Pero entonces dejaría de mentirme. Y yo quería verla mentir. Quería saber cuánto aguantaba antes de confesarme que la mujer que Faisal echó a la calle era la misma que esa noche se me abrió de piernas en mi reservado.—Antes era por lo chiquita y lo blanca. —Le devolví los lentes—. Pero con esos ojos, ¿cómo quieres que te llame? Pareces un conejo acorralado.Casi las mismas
MIRAMEIKarim se atragantó. Me tapé la boca con las dos manos.—Perdón. No quise… Perdone, de verdad. Necesito este trabajo.El jeque se quedó muy quieto. Los dedos del guante se le cerraron sobre el borde del escritorio, hasta hacer crujir el cuero. Creí que me iba a echar de la empresa ahí mismo.En lugar de eso, se le arrugaron los ojos por encima del pañuelo. Se estaba riendo.—Sí quisiste —corrigió, más bajo—. Ya me preguntaba cuánto ibas a aguantar.Dejó la carpeta a un lado sin abrirla.—Necesito una esposa antes del domingo y un hijo antes que Yasmin —anunció, seco—. Tú necesitas pagar la cardiología infantil de tu hermana. Cuando los guardias te sacaron, recogí una de las facturas del suelo. Maya De la Vega.Se me cerró el estómago.—Yo pago la operación. Tú te casas conmigo y me das un heredero. Al año nos divorciamos y te vas con el dinero que quieras. —Se inclinó un poco más—. Y el niño se queda conmigo.Me llevé la mano al vientre sin darme cuenta. La bajé enseguida.Me e
MIRAMEIYasmin le estaba acomodando la corbata a Faisal, el idiota de mi ex, en medio del vestíbulo cuando se abrieron las puertas del ascensor.Habían pasado tres meses desde la boda, y todavía se me cerraba la garganta al verlos. Yasmin se puso de puntillas y lo besó delante de toda la recepción.Faisal me vio por encima del hombro de su esposa. Me sostuvo la mirada un instante. Después miró su reloj de oro y se dio la vuelta.Ni siquiera me reconoció… O fingió no hacerlo, que me dolía igual. Apreté los puños, con ganas de estamparle la cabeza contra la pared.Me calé la capucha hasta las cejas y apreté la carpeta azul contra el vientre.Sobre todo contra el vientre.Todavía no se me notaba. Aun así, llevaba sudaderas dos tallas más grandes, para que todos se fueran acostumbrando a verme así. Nadie sabía que estaba embarazada. Ni Maya.Si alguien se enteraba, en la empresa iban a sacar la cuenta. Y la cuenta llevaba derecho a la noche de la boda de Faisal.El jazmín de Yasmin me lle
MIRAMEICerré la cortina.La música de la sala se volvió un golpe sordo. Adentro olía a whisky y a oud, y todas las lámparas del reservado estaban encendidas, como él pedía siempre.Tenía el cinturón abierto. No se había movido del sillón.Me temblaban tanto las manos que hice lo único que sabía hacer en ese cuarto. Bailar.Las monedas del sostén tintinearon con el primer giro de cadera. Arqueé la espalda muy lento, dejé que la gasa de la falda se me pegara a los muslos y bajé las manos por mis costados. Lo había hecho decenas de veces para él. Mi cuerpo se sabía el camino.Mi cabeza no.Bajé hasta quedar de rodillas entre sus piernas, sin tocarlo, y subí sin apuro, ondulando el vientre a centímetros de su cara. Él no se movió. Solo apretó el brazo del sillón hasta que el cuero crujió.Le di la espalda y me arqueé hacia atrás, hasta que el pelo de la peluca le cayó sobre el pecho y sentí su respiración caliente en la nuca.Esta tarde, Faisal. Esta noche, él… Respira, Mei.Di otra vuel












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